Los errores se pagan
Otra vez Saddam Hussein está haciendo de las suyas.
Le importa un bledo la hambruna,
calamidades y sufrimientos a los cuales ha tenido sometido a su gente durante
varias décadas.Cuando en 1990 atacó Kuwait, en lo que había
sido una vieja idea de los líderes iraquíes, el mundo pensó
que se la estaba jugando del todo. Que si podía tomar el pequeño
emirato del golfo sin mayores problemas, lo demás sería 'pan
comido en la mano'. Lo demás era, nada más y nada menos, tomarse
la provincia de Hasa, la más importante región petrolífera
de Arabia Saudita, a Qatar, los Emiratos Arabes Unidos y Omán. Es
decir, todo los países árabes ribereños del Golfo Pérsico
o Arábigo, como suelen llamarlo unos y otros de acuerdo con sus nacionalides.
Pero Saddam Hussein estaba jugando con candela. Los países
del Golfo no son para el mundo, desde el punto de vista geopolítico
y económico, una región cualquiera del planeta. Allí
están concentradas el 75% de las reservas petroleras del mundo. El
petróleo y el gas natural que allí se produce mueve el andamiaje
industrial, de transporte y doméstico del planeta. Hasta ahora, sin
el petróleo del Medio Oriente los países no podrán
funcionar como lo hacen. La clara concepción de los líderes
de las potencias mundiales de que eso es así movilizó la alianza
político-militar más importante y diversa que se ha dado en
la historia de la humanidad. Poner juntos a países que habían
librado entre sí dos guerras mundiales e innumerables enfrentamientos
bilaterales, fue un portento de la diplomacia estadounidense. Nunca un país
había logrado poner juntos a tantos otros en la defensa de un interés
común. Hasta los antiguos adversarios históricos, la Union
Soviética y China, votaron a favor de las sanciones militares contra
Irak cuando el asunto fue llevado a la consideración del Consejo
de Seguridad de las Naciones Unidas.
La maquinaria bélica que se montó para la
ofensiva fue de proporciones gigantescas. La Madre de todas las Batallas',
como Saddam Hussein definió el enfrentamiento por venir, no fue sino
una escaramuza de pocos días.
Los miles y miles de muertos de las tropas aliadas nunca
se vieron. Por el contrario, las imágenes que nos ofrecía
la televisión mostraban columnas enteras de blindados iraquíes
destruidos y miles de soldados de ese país muriendo de hambre y frío
e implorando un poco de comida.
La aviación aliada destruía con admirable
precisión todos los objetivos, tanto militares como de infraestructura,
que se había fijado. Las fuerzas de tierra avanzaban hacia Bagdad,
la capital iraquí.Era cuestión de horas el tiempo que se requería
para que toda la geografía del país, y los líderes
iraquíes, cayeran en manos de las tropas aliadas, particularmente
las estadounidenses.
Cuando las fuerzas del general Schwartkoft estaban a menos
de cien kilómetros de Bagdad recibieron, inexplicablemente para muchos,
la orden de detener su avance. Tomar la capital y apresar o liquidar a los
líderes iraquíes no parecía ser un gran problema. La
tan mentada y alabada GuardiaRepublicana iraquí no demostró,
frente a las tropas enemigas, la misma eficacia que durante años
ha mostrado frente a miles de indefensos ciudadanos iraquíes, ni
tampoco la agresividad que se le atribuye frente al pueblo Kurdo desprovisto
de pertrechos militares que les permita enfrentar y derrotar a quienes les
violan, de manera cruel y sanguinaria, sus más elementales derechos
humanos y como pueblo.
Mucha gente en el mundo no entendió las razones
que tuvo el presidente Goerge Bush para
ordenar que sus tropas se detuvieran prácticamente a las puertas
de Badgad. La explicación que se dio era que con todo y lo malo de
Saddam Hussein, no dejaba de ser un elemento estabilizador y mantenedor
de la integridad territorial de Irak. Se deseaba un Gobierno en Irak suficientemente
débil para no tener ninguna capacidad ofensiva y no constituir una
amenaza para los países del Golfo, pero con la posibilidad de mantener
un control interno que evitara la sucesión del país Kurdo
en el Norte y la anexión de las provincias del Sur por parte de Irán.
Si revisamos la historia reciente de la zona, no hay duda
que Saddam ha cumplido con relativa eficiencia, pero a un gran costo en
vidas y sufrimientos para la gente, el papel que se esperaba cumplir. Sin
embargo, quienes tomaron la decisión de que se mantuvieran en el
poder parecía que desconocían el carácter, la personalidad
y las intenciones de Saddam, quien se ha convertido en una pieza de ajedrez
de la geopolítica del Medio Oriente demasiada incómoda e imprevisible.
En 1996 lanzó una tremenda ofensiva contra los Kurdos
que obligaron a los aliados a tomar algunas represalias muy puntuales. El
incidente provocó un alza en los precios del petróleo que
afectó a los consumidores, pero de la cual se vieron favorecidos
los países productores, entre ellos Venezuela que recibió
3 mil millones de dólares de ingresos adicionales.
En días recientes el clima se ha vuelto a enrarecer.
El Gobierno iraquí rechaza la presencia de ciudadanos estadounidenses
dentro del grupo de funcionarios de Naciones Unidas que investigan la posesión
de armas químicas y bacteriológicas en su territorio. Esto
ha motivado una fuerte reacción del presidente de los Estados Unidos,
Bill Clinton, quien ha lanzado serias amenazas en el caso de que el Gobierno
iraquí insista en la expulsión de los funcionarios de origen
estadounidense.
Cualquier cosa puede pasar, pero no pareciera que se produzca
un ataque masivo contra Irak. En el Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas no existe el consenso que se logró en 1990. Los intereses
han variado. Saddam no constituye una amenaza cierta para los países
del Golfo que es de donde dependen la mayoría de las importaciones
petroleras de los países consumidores. Por lo demás, muchos
países europeos han apostado a la reincorporación de Irak
al mercado petrolero internacional y se aprestan a sacar provecho de ello.
La mejor prueba de lo anterior son las inversiones que han venido haciendo
por parte de éstos para estar prestos al momento en que las circunstancias
lo permitan.
Finalmente, no hay duda que muchos países, con fuertes
intereses en la región, estarán aplicando frente a Saddam
Hussein la conseja de que 'más vale malo conocido que bueno por conocer',
máxime cuando la crueldad de éste ha diezmado a todos los
eventuales opositores a quienes los han mandado a asesinar, encerrando durante
años en las cárceles o aventado al exili, imposibilitando,
a corto plazo, la constitución de un gobierno que pueda evitar un
vacío de poder al cual le tienen pavor sus vecinos, aún sus
enemigos, y todos aquellos países con intereses geopolíticos
en la región.
e-mail: hcalderonberti@compuserve.com
El Universal Digital, 13 de noviembre de 1997
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