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Lo me jor  de la Prensa Nacional

Prevención y no miedo a las palabras nuevas

Julio Barroeta Lara

Lingüistas y sociólogos consideran que nuestra lengua va siendo amenazada por la invasión de los modismos y nos hacen suponer que tal vez caiga en la anarquía referida por Andrés Bello cuando dijo que por imprevisión cada país de hispanoamérica podría llegar a tener un habla diferente. Por lo pronto sólo nos estamos enriqueciendo con recursos de comunicación necesarios para entrar en la modernidad. Aún orillamos el atraso. Si alguien nos pregunta sin más: '¿Tú navegas?', nos quedamos sin respuesta y sólo se trata de 'viajar en Internet'.

Acaso sea romántico pensar que hemos debido quedarnos hablando como Guaicaipuro; sin embargo, el imperativo de la historia, que es un ferrocarril sin retroceso, impone su adecuado sistema de comunicación verbal. Así, lengua atrasada, pueblo atrasado. La España de hoy pone toda la energía del Cid, y todos sus hierros, hacia la industrialización, pero no habla como él.

Las expresiones nuevas llevan comillas que desaparecerán, como las del okey, al habituarnos a convivir con ellas. Esas formas de habla por ahora técnicas que quienes las utilizan se regustan al pronunciarlas pues les coloca en clase distinguida, ya serán del completo dominio público al llenar una necesidad común y dejarán de ser un habla exclusiva como en una época lo sería el latín y luego el propio castellano. La parte más agresiva viene por el lado de la economía, fuerza esencial de cada transformación.

Cualquier hablachín nos confunde en la Tv con un indigestante sancocho verbal en el que van y vienen 'inflación', 'producto territorial bruto', 'PTI' y demás magallas en las cuales él está
empastelado.

Por no haber dominado los políticos esa terminología, el país resbala como chivo en patio de granito. El simple sistema del dos y dos son cuatro y cero mata cero conque el general Gómez logró pagar deudas que la nación arrastraba desde la Independencia, se volvió un galimatías en el que no logramos entender si el ministro Matos hizo bien o mal en ese cambalache de los bonos, como igual sí es propio lo que objeta el opositor Lauría. Y en el medio de todo el galimatías verbal estamos nosotros, los palurdos, escuchando alelados ese derroche de sabiduría desatado por Adam Smith, Keynes, el doctor Shaths, los Chicago's Boys y las correspondientes derivaciones tropicalizadas.

Es cuestión, como diría el maestro Ignacio Burt, de cambiar la conducta verbal. Y ser cuidadosos.De las corrupciones del habla hemos leído las preocupaciones de Arturo Uslar Pietri, Picón Salas, Martínez Centeno, Augusto Germán Orihuela, Mario Torrealba, Luis Beltrán Guerrero, Alexis Márquez, entre otros distinguidos literatos y académicos.

En reciente fecha el Instituto de Filología Andrés Bello, de la Universidad Central, efectuó un homenaje a la memoria del eminente Angel Rosenblat, quien empeñado en una hermosísima labor de cuarenta o más años contribuyó a desentrañar el pensar venezolano a través del habla
cotidiano. Digamos que estudió el 'román paladino conque habla el pueblo a su vecino'. En la
Escuela de Letras él nos recordaba esta reflexión de Kafka: 'Los hombres se vuelven malos y
culpables porque obran sin darse cuenta del efecto de sus palabras. Son sonámbulos, no
malvados'.

Y de ese modo los intemperantes debemos lamentar las buenas ocasiones que hemos tenido para callar y no haber tenido luego que decir con José Martí: 'Recuerdos hay que queman la memoria'.

Es el fatalismo de la vieja sentencia: 'Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos
pensado'. Se piensa con palabras. Indicaba Rousseau que las 'cabezas se hacen por las lenguas'.
De modo que en la escogencia de las palabras está la escogencia de nuestra conducta. Cuestión de estilo. En las peleas entre villanas aparece primero la ofensa: 'Oye, bruta ¿no ves que me pisaste al pasar?'. La dama del viejo teatro español, ante tal tipo de adversaria, se pone tiesa, levanta la barbilla y dice a la palurda que la ofende: 'Señora: mida sus palabras'. En nuestra fina Tv le pone una mano en el cuello y otra bien abajo mientras meciéndola en vaivén, le dice: '¡Toma,por ser tan altanera!'.

Sopesemos las palabras que nos llegan en la brisa internacional. Podrían resultar mejores que las nuestras y serían asimiladas como ese okey ya instalado sin comillas, toda vez que su carga semántica lo hace más concreto que el adverbio 'sí'. Por supuesto, cada cual tiene su ocasión.Imagïnemos que en el acto del matrimonio el cura le pregunte a la novia si acepta al enamoradonovio y ésta, con la luna de miel esperando en la puerta, respondiese: ¡okey!', '¡okey!'.


El Universal Digital, 10 de noviembre de 1997

 

 

 

 

 

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