¿Estamos condenados a vivir con
inflación?
Rafael Arráiz Lucca
Sigo muy de cerca las explicaciones de los economistas.
Provocan en mí la misma fascinación que me producen las videntes,
los astrólogos y todos aquellos que ven el futuro. Los economistas
forman parte del conjunto de magos que disertan en este fin de milenio.
Son los artífices de las predicciones y tienen la llave de las causas
y la de las consecuencias.
Recuerdo con nitidez cómo Petkoff nos explicaba,
con su vehemencia característica, cómo los intereses que pagan
los bancos a los ahorristas paulatinamente iban a ser mayores que el índice
de la inflación. Pues ya se nos anunció que en el 98 seguirán
siendo inferiores. Pero Petkoff lo hacía de buena fe, más
aún: la Agenda Venezuela, ideada junto al Fondo Monetario Internacional,
atacaba casi todas las causas de la enfermedad inflacionaria, incluso hasta
puede decirse que el gobierno al anclar el tipo de cambio ha ido más
allá de lo previsto. Digamos
que, en líneas generales, se han dado los pasos recomendados para
superar la enfermedad y los índices de ésta han bajado, pero
se han anclado en treinta por ciento. Los más altos de América
Latina, con uno de los índices de pobreza más altos de la
región, mientras la apertura petrolera avanza y siguen llegando miles
de dólares al país. En pocas palabras: llega cada día
más dinero y cada día somos más pobres.
¿Quién entiende esto?Todo parece indicar
que la última causa que queda por derrotar, para luego abatir la
inflación, es el tamaño del Estado. ­Menuda tarea! Si
no se adelanta un acuerdo político nacional que desmonte la enorme
e inútil estructura del Estado, los venezolanos viviremos con inflación
per secula secolorum, por la sencillísima razón de que el
agente productor de la misma es el gasto público, al que se suma
ahora el gigantesco contenido inflacionario que añade la inversión
petrolera. Por supuesto, no alego en contra del proceso de apertura, señalo,
eso sí, que no parece haberse acordado entre el Gobierno y Pdvsa
un plan de contingencia que atenúe el efecto inflacionario de la
apertura. El caso es que estos dos ingredientes: burocracia o gasto público
o tamaño del Estado e inversión petrolera cuantiosa atentan
contra la caída de la inflación, que nos pronosticaron nuestros
videntes de la
economía.
La prédica más insistente del doctor Uslar
ya no es la de sembrar el petróleo. Dice, con insistencia de convencido,
una verdad tan grande y contundente como sus años: ``El problema
de Venezuela es que la nación vive del Estado, en vez de ser el Estado
el que vive de la nación''. Dicho de otra forma: los venezolanos
somos todos empleados públicos, dependemos del gran capitalista que
hay en el país, de quien detenta la riqueza: el Estado, esa hidra
de mil cabezas que lejos de mermar en su crecimiento, cada día le
brota una cabeza nueva, sin
que se haga nada serio y decidido para evitar el cáncer. De modo
que la inflación no es la enfermedad en sí misma, es un síntoma
de algo más grave que subyace en el corazón de la República.
La patología está en que el Estado venezolano es como un luchador
de Sumo: muere de sobrepeso a los cuarenta años, su corazón
no puede sostener en pie una masa de trescientos kilos de grasa y estalla,
cae como un árbol minado por las termitas.
Cómo puede desmantelarse el aparato burocrático
del país si los partidos políticos, los sindicatos y la infinidad
de dolientes de este estado de cosas se oponen? Dicho de otra manera: Cómo
hacemos para construir una nación productiva que convierta al aparato
estatal en un instrumento a su servicio y no, como ocurre hoy en día,
que la nación depende del Estado? Si nos detenemos en la historia
del país, veremos que la solución de este dilema es
difícil. Nuestra propia cultura rentista, formada y robustecida al
alero del petróleo, no va a ser fácil de modificar por la
de la de productividad. Alguna vez alguien comparaba a los venezolanos con
el estadio de la adolescencia, época en la que se sabe pedir hasta
con artimaña, sin preparación para proveerse sustento propio.
No llego a tanto, pero tampoco estamos muy lejos de este símil lacerante.
No es suicida, acaso, que se comprenda que en el
cáncer del tamaño del Estado está el núcleo
de muchísimos de los problemas y no se haga algo verdaderamente efectivo?.
Nadie duda de que el problema central a vencer es el del
tamaño del Estado que, además, es el mismo problema de la
eficiencia de la democracia y el mismo nudo del sistema educativo y para
usted de contar porque no es difícil darse cuenta de que toda apunta
hacia un solo sitio: la obesidad de los luchadores de Sumo, la ineficacia
de lo elefantiásico. Si no se somete a una dieta severa al Estado,
la inflación será nuestra eterna compañía. Y
lo peor es que nada verdaderamente serio se está haciendo en este
sentido. Lejos de rebajar, el Estado sigue subiendo de peso. Cuidado con
los infartos.
El Nacional On Line, 14 de noviembre de 1997 |