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Lo me jor  de la Prensa Nacional

La tiranía de los medios: Matos y Alfaro

Marta Colomina

Hace algún tiempo, a propósito de la dominante corriente de opinión a favor del periodista William Ojeda y de su pésimo libro Cuánto vale un juez, escribí sobre los efectos que el terrorismo periodístico y las solidaridades automáticas suelen producir en las opiniones de las grandes audiencias. Decía entonces que los profesionales de la comunicación criticamos constantemente la solidaridad automática practicada por gobernantes y políticos cuando un miembro de su cofradía es acusado de mal comportamiento y sin indagar la veracidad de las denuncias se lanzan a defender a su conmilitante contra viento y marea. Me preguntaba lo que ocurriría si medios (MC) y periodistas aplicamos esas mismas solidaridad en defensa de quienes infringen las normas de la ética profesional y amparados en un corporativismo peligroso convertimos en paradigma del tan necesitado periodismo de investigación a lo que sólo es un conjunto de denuncias no documentadas o venganzas personales.

El comentario es oportuno a la luz de tres hechos recientes que han recibido de los MC un tratamiento visiblemente parcializado, a pesar de las evidencias que les permitían un enfoque objetivo y equilibrado. El primero de ellos es la inofensiva propuesta del presidente Caldera en la VII Cumbre de Margarita sobre la información veraz y los dos restantes son las palizas periodísticas recibidas por el ministro de Hacienda, Luis Raúl Matos Azócar, a partir de la operación de canje de los bonos Brady a bonos globales, y los vituperios dirigidos al secretario general de AD, Luis Alfaro Ucero, a raíz de la decisión de ese partido de no votar en el Congreso la moción de censura en contra del primero.

Una medición del centimetraje de prensa dedicado a la controversia entre la SIP y el Gobierno en torno al tema de la información veraz nos demostraría que los periódicos y restantes MC, cuando se sienten vulnerados, son un coto de caza al servicio de sus intereses, que no necesariamente son los intereses de sus lectores y audiencias. A nadie medianamente enterado de lo que ocurre en estas elefantiásicas cf157cumbres puede ocurrírsele la idea de que de esta VII podría salir una resolución confiscatoria de la libertad de expresión. Sin embargo, la arremetida mediática en contra de ese demonizado sintagma convenció a la mayoría de los venezolanos de que el presidente Caldera era una especie de Hitler redivivo, esta vez con un apacible Goebbels en la figura del ministro Egaña (La Asociación de la Prensa Regional fue una gloriosa excepción). La deplorable decisión oficial en contra de los disidentes cubanos y las, como siempre, torpes declaraciones del ministro Andueza, dieron mayor fuerza a las críticas.

Con el asunto de los bonos globales ha ocurrido algo semejante. En general se observa una clara tendencia a difundir y magnificar las posiciones políticas de quienes desde el Parlamento adversan la operación, en desmedro de las posiciones de quienes la defienden, entre las que se encuentran voces tan respetables como las de los técnicos del Banco Central, de distinguidos economistas nacionales e internacionales y de no pocas instituciones locales _Fedecámaras, Conindustria_ y del exterior. Partiendo del arraigado estereotipo de que el Gobierno nunca tiene la razón y de que tanto sus intenciones como sus prácticas son perversas, los medios no se han molestado en presentarnos un informe comparativo entre la operación venezolana y la realizada por países como Brasil, México y Argentina. Una simple medición de los espacios informativos dedicados a la decisión de canje de los bonos demostraría el liliputiense porcentaje otorgado a la posición oficial y los grandes titulares y espacios otorgados a quienes la adversan políticamente. En este caso el ministro de Hacienda ha tenido que recurrir a pagar costosos avisos de prensa en los que se reproducen las múltiples posiciones favorables a la operación, efecto que se volatiliza frente a la profusión de informaciones en contra.

El apabullamiento informativo ha sido tal, que mucho le debió costar al parco Alfaro Ucero demostrar a sus compañeros de partido que negar la moción de censura al ministro Matos era una responsabilidad de Estado. Es obvio que convenció a sus conmilitantes, pero no así a la veleidosa opinión pública (OP) que, movida por los ayatollas informativos, califica a Alfaro poco menos que de traidor a la patria y hasta coloca el RIP al partido blanco. Así las cosas, una OP cada vez más desinformada y heterodirigida, pendula al son que le tocan los MC, de ahí la enorme responsabilidad de éstos en garantizar a sus usuarios una información objetiva y plural. Lamentablemente, en torno a temas tan importantes como el de la operación de los bonos globales no ha existido un verdadero debate público: ha habido, eso sí, la imposición de una tendencia amparada en la impopularidad del gobierno, que no ha podido romper esa 'espiral del silencio' a la que se refiere la alemana Elizabeth Noelle-Neuman, cuando señala los peligros que significa para la existencia de una OP informada y crítica las presiones ejercidas por corrientes de opinión dominantes que reprimen y descalifican cualquier argumento disidente, por muy racional que éste sea. Una OP así concebida se convierte en terrible mecanismo de control social, detectado hace tres siglos por el genial Locke, al referirse a la ley de la opinión que sancionaba moralmente a quienes se desvían de ella. Ese tribunal de la OP _despojado como está ahora de capacidad razonadora y reflexiva_ obliga a las personas a amoldarse a la opinión dominante por temor a sentirse aisladas. ¿Qué valientes se atreven a decir hoy que Matos Azócar tiene razón y que Alfaro Ucero cumplió responsablemente con una función política para evitar tan mala señal de Venezuela al mundo como habría sido la destitución del titular de Hacienda? Posiblemente muy pocos. Por eso la aguda investigadora alemana observará que sólo podrá considerarse como una verdadera OP 'el conjunto de aquellas opiniones que pueden expresarse en la esfera de lo público, sin miedo a aislarse y sin coacción'. Otro alemán, el brillante Habermas, dirá que la OP surgida como efecto de la acción de los medios, comienza a ser analizada como opinión de masas, producto de un proceso de comunicación no vinculado a los principios de la discusión pública, ni a la participación política. Por cierto ¿dónde está esa prensa que reseñe críticamente el sorprendente periplo de Irene desde Rockefeller Center al Vaticano, mientras los concejales de Chacao se halan de las greñas?

No hay duda: Maquiavelo instaura de nuevo el reino de las apariencias.


El Universal Digital, 16 de noviembre de 1997

 

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