Augusto Mijares 'el último de los
venezolanos'
Juan Ernesto Montenegro
Creo que si Juan Vicente González estuviera vivo,
no dudaría un segundo en aplicar, ésta, su muy conocida frase
conque caracterizó a Fermín Toro, al profesor Augusto Mijares;
puesto que aun cuando la creó, quiso aludir a las virtudes que eran
la esencia del venezolano ejemplar, de las cuales estuvieron hechos, tanto
el tribuno vertical e incorruptible del siglo pasado, como el educador y
maestro del siglo que fenece, quien ha quedado en nuestro recuerdo como
modelo de rectitud y de honorabilidad.
Y no es simple comparación literaria la que nos
lleva a cotejar las similitudes de dos varones pertenecientes a dos épocas
tan diferentes con metas también particulares, ya que, en cierta
forma, fue el profesor Mijares una figura de otros tiempos en el sentido
que no sólo se eximía de defender y de lucir los valores tradicionales,
sino que los practicaba y los predicaba en esa dedicación suya permanente
al oficio de ser ciudadano venezolano. Y sí que le cabe el mote gonzalista
de 'El último venezolano' , ya que después de sus días
en los que se esforzaba en discernir los abundantes recursos cívicos
y espirituales que animaban a nuestro colectivo; después de su infatigable
empeño en demostrar cuán ricas eran las posibilidades del
venezolano para proyectarse en una vida futura llena de los beneficios que
da el mérito; luego de ese llamado constante y de la apelación
vehemente a lo positivo que encierra nuestra indiosincrasia; después
de su creativo discurso, cayó la opinión en un universal clamor
de complejo de culpa, en un menosprecio de los valores heredados, en una
convicción total de la condición de corruptos difundida a
los cuatro vientos, en una incredulidad y falta de fe que nos condena antes
del nacimiento a una reputación de apátridas desvergonzados,
a una especie de conciliábulo de aprovechadores.
Contra esa enfermedad social fue que nos quiso prevenir
el profesor Mijares. Contra esa infección que quiere generalizar
y extender a la totalidad del cuerpo nacional, los males que corroen a una
minoría de bandidos que siempre ha existido y existirá. Seres
empedernidos y deshonestos que quieren medrar y ser aceptados en las comunidades,
bajo el sobrentendido infundado de que todos los demás son como ellos,
falsedad que han logrado difundir sembrando el pesimismo y el desconcierto.
No obstante, la propagación de esa especie destructiva y soterrada,
se hallan íntegras las cualidades del venezolano que entrevió
el profesor Mijares, por lo que a la idea de la corrupción general,
que no es más que una inmensa mentira con la que se busca debilitarnos
y desmoralizarnos, se opone aquella tradición de honestidad que tan
bien definió el maestro como una de las cualidades más resaltantes
de nuestro carácter: 'y Venezuela, por doquiera apareció esa
como necesidad angustiosa de destacar la honradez y convertirla en la primera
de las virtudes públicas...'' 'Pero la honradez no consiste solamente
en abstenerse de tomar los bienes ajenos o de cometer peculado...el respeto
a la ley, el cuidadoso y público estudio de los asuntos de interés
común, negarse valerosamente a las cuentas alegres de los favoritos
y a la ostentación de los demagogos, ofrecerle al pueblo una República
y no un jolgorio. Todo eso es honradez'.
No se diga pues, en esta hora de crisis en que se levantan
los peculadores como eminentes ejemplos de la corrupción sobre el
perfil del común, que Venezuela es un país de corruptos. Figuras
tutelares como la del profesor Augusto Mijares se yerguen aún más
alto desplegando la bandera de las virtudes públicas, usando sus
propias palabras: 'en un anhelo colectivo que pugna por levantar sobre la
chatura y la desvergüenza de la realidad, una imagen no menos real
de la Patria, desinterés y grandeza'. Son muchos los hombres en la
Venezuela actual que podrían seguir el ejemplo del admirado profesor
y sucederle en esto de mantener en alto las insignias del civismo. Pero
para esto hay que asumir el papel de predicador y de moralista, función
que muy pocos quieren desempeñar por temor a la impopularidad o a
que se les señale algún detalle con el fin de descalificarle
ya que nadie es perfecto. Por esto, ese papel se le ha dejado a los muertos.
A los muertos ilustres a quienes la posteridad ya ha sometido a un inventario
para calificarle de ejemplo intachable.
Personalmente, le debo una al profesor Augusto Mijares.
Pero no es por pagarle que he mostrado estas señales de admiración,
ni por hacer coro ya que no tengo dotes de vocalización, ni simplemente
por adherirme al homenaje público más que merecido que le
ofrece el talento venezolano en el momento de su centenario. Es porque no
se puede dejar pasar la ocasión para honrarlo, ya que habitualmente
acudimos a su pensamiento enaltecedor con el cual fortalecemos el espíritu
y renovamos la fe en las capacidades potenciales de nuestro país.
Es porque al beber en las fuentes de su opulencia ética, hallamos
claridades y motivos vigentes para consolidar nuestras convicciones. Es
porque he encontrado en su figura señera, el aliento creador, y ese
estímulo firme que presta vigor para continuar por esas sendas abruptas
y a la vez amenas por las que se camina en la búsqueda de la realización
y de la venezolanidad. En un artículo publicado el 8 de marzo de
1975, titulado 'Un libro Ejemplar', dice refiriéndose a mi biografía
de Francisco Fajardo: 'Habitualmente se dice de un libro que es ejemplar
cuando se quiere destacar su intención moralizadora: pero también
se puede calificar así una obra científica o histórica
cuando merece servir de modelo intelectual por el método de su exposición
y la honradez conque se han analizado todos los elementos de juicio en los
cuales se apoya'. Llámese bien ingenuidad, bien pedantería,
desde ese momento quedé comprometido a explorar más hondo
en el pensamiento del maestro y a interpretar aquel lenguaje diáfano
con el que hizo disección del alma nacional para mostrarnos la materia
de que está hecho nuestro pueblo y la suma de sus recursos y de sus
capacidades.
Creo también firmemente, que en su mensaje, el profesor
Augusto Mijares dejó establecido que el venezolano de hoy es tan
honrado como aquel en el cual describe la tradicional necesidad angustiosa
de convertir la honradez en la primera de las virtudes públicas.
Esta proposición, esta realidad, no puede ser desvirtuada por la
presencia de unos cuantos peculadores y de una banda de estafadores. Lo
comprueba el rigor con el que la opinión colectiva sanciona a quienes
se apoderan de los bienes del Estado y a quienes hacen ostentación
de riquezas mal habidas. Es un privilegio poder honrar la memoria de un
venezolano ejemplar como fue y es Don Augusto Mijares, de quien aprendemos
bellas lecciones todos los días.
Correo Electrónico:jemontenegro@etheron.net
El Universal Digital, 16 de noviembre de 1997
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