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Del 30 de Septiembre al 07 de Octubre de 1997

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Boda de la infanta Cristina e Iñaki Urdangarin

Princesa de Barcelona

Más de doscientos mil barceloneses expresaron con espontaneidad su simpatía a la infanta Cristina --también Princesa de Barcelona, un reconocimiento popular compartido ayer con la patrona de la ciudad en la basílica de la Mercè-- y a Iñaki Urdangarin después de contraer matrimonio en la catedral. Asistieron a la boda unos 1.500 invitados, entre miembros de las casas reales, representantes de las instituciones del Estado y de la sociedad civil. La solemnidad y la sencillez caracterizaron la ceremonia nupcial y el posterior recorrido por las engalanadas calles de la capital catalana, que fue seguido por unos mil millones de telespectadores en todo el mundo.


Foto: Pedro Madueño
La Vanguardia de Barcelona

Un sí que escucharon mil millones

La infanta Cristina llegó puntual a las 11 de la mañana al altar

BARCELONA. -- El poeta Joan Maragall personificó a Barcelona en una dama; ayer, la prosopopeya no fue un recurso lírico sino una realidad estable. La ciudad quiso parecerse a la Infanta casi tanto como Cristina de Borbón se miró en el espejo barcelonés. De este modo, la discreción y la sobriedad fueron el común denominador de una jornada en la que la novia tuvo un guiño de complicidad con su ciudad en la decoración modernista del bordado de la cola del traje, que parecía el reflejo de las cerámicas de la casa Batlló del paseo de Gràcia junto a las que los contrayentes desfilaron en Rolls, camino del palacio de Pedralbes.


 

 

La reina Sofía y el príncipe Felipe

El País Digital de España

 

A las once y media, los novios respondieron con el tradicional "sí, quiero" a la pregunta del oficiante, el cardenal arzobispo de Barcelona, Ricard Maria Carles, que subrayó la sentencia de que lo que Dios había unido, que no lo separara el hombre. Cristina de Borbón e Iñaki Urdangarin se convertían en marido y mujer ante los ojos de mil millones de personas que siguieron la ceremonia por televisión.

La jornada había comenzado a las nueve de la mañana cuando dos canónigos abrieron las puertas de la catedral y empezaron a llegar los primeros invitados. Personal de la Casa del Rey procedía a distribuir a los convidados en el templo religioso. En primera fila de los bancos de la realeza, el protocolo estableció que se sentaran los reyes de Noruega, Suecia, Lesotho y la reina de Jordania. Inmediatamente detrás, la gran duquesa de Luxemburgo, los príncipes de Liechtenstein, el gran maestre de la Orden de Malta y el príncipe regente de Mónaco. En tercera fila, los herederos de Mónaco, Jordania, Suecia, Bélgica y Dinamarca. Los testigos se situaron entre el área de la realeza y la destinada a las principales autoridades españolas. Los testigos fueron Alexia de Grecia, el príncipe Kubrat de Bulgaria, Cristina de Borbón-Dos Sicilias, Victoria Fumadó, Carlos García Revenga, Roberto Molina, Ana Pérez, Fernando Barbeito, David Barrufet, José Esteve, Ramón Esteve, José Montero, Jordi Pujol Xicoy y Jaume Reguant. También fueron testigos, aunque ocuparon su lugar junto a la familia, el príncipe Felipe, la infanta Elena, su esposo, Jaime de Marichalar, y Miguel, Ana y Lucía Urdangarin.

A las 10.30 llegó el presidente José María Aznar con su esposa Ana la cual, haciendo honor a su apellido, lucía de verde botella. A los diez minutos llegó el novio del brazo de su madre, Clara Liebert, que llevaba un dos piezas de color avellana. La avenida de la Catedral vibró en un encendido y emocionado aplauso. Aznar se situó junto a sus dos vicepresidentes, los presidentes del Congreso, del Senado, del Tribunal Supremo y del Constitucional, todos con sus esposas, así como el resto del Gobierno. También estaban en estos bancos el presidente de la Generalitat y Marta Ferrusola. Más atrás quedaban el resto de presidentes autonómicos, los secretarios generales de partidos y personalidades como Felipe González, Pasqual Maragall, Federico Mayor Zaragoza, Javier Solana o Juan Antonio Samaranch.

 

 

Foto: EFE/Roser Vilallonga

La Vanguardia de Barcelona

 

Mientras esperaba, el novio mostró su aplomo frente al altar, conversando con sus padres y dominando el escenario. A las 10.45 apareció en la plaza el príncipe Felipe, que vestía uniforme de teniente de navío, del brazo de la Reina, que llevaba un dos piezas con pamela de color lila pálido. La infanta Elena lucía un traje de cóctel con encajes de color rosa y una gran pamela igualmente violácea que ocultó sus ojos a las imágenes de los fotógrafos. El cardenal hizo su entrada tres minutos más tarde por la puerta del claustro. A las 10.55 se formó el cortejo: los duques de Badajoz lo abrían, detrás desfilaban la infanta Pilar y su hijo Juan Gómez-Acebo; en tercera fila figuraban los duques de Lugo y, a continuación, la Reina del brazo del Príncipe. El Rolls de la novia y el Rey se detuvo frente a la Pia Almonia. Su salida del automóvil fue recibida de forma calurosa. La Infanta apareció radiante y espléndida, con un bellísimo traje de novia y una larga cola de 3,25 metros, labrado en hilo de plata para conformar dibujos modernistas. El traje dejaba los hombros al descubierto; había sido confeccionado en el taller de Lorenzo Caprile. La diadema rusa que usó, en oro, plata y brillantes, pertenece a su madre la Reina. Los pendientes fueron de la reina Victoria Eugenia.

Un beso en el altar

Precediendo a la Reina iban seis niños, ahijados de los novios, vestidos con pantalón blanco y toreras rojas. Colaboraban en los movimientos de la cola de la novia Teodora de Grecia y Lucía Gui Urdangarin. Puntualmete, a las once, entró el cortejo en la catedral. Tan pronto como la Infanta llegó al altar, recibió un beso del novio. Antes del rito del matrimonio, el cardenal Carles leyó una homilía en la que destacó que los contrayentes eran referencia para muchas familias. En este sentido, les animó a hacer visible su amor. Valoró la sencillez y discreción de la pareja, que pudo comprobar apenas dos semanas antes, al presentarse ambos como unos ciudadanos más en el funeral por la madre Teresa de Calcuta. Y, por último, les pidió --pasando del castellano al catalán-- que fueran sensibles con los que sufren, para solicitarles que se sumen a la construcción de una sociedad más justa.

 

 

 

Foto: Kim Manresa

La Vanguardia de Barcelona

 

Ante la formulación del consentimiento, la infanta Cristina pidió con el gesto autorización al Rey antes de contestar afirmativamente, como manda el protocolo, cosa que en Sevilla no ocurrió por el nerviosismo de la infanta Elena. El intercambio de los anillos resultó un momento emocionante y el rostro del Rey reflejó mejor que cualquier palabra sus sentimientos. Urdangarin no siguió la tradición catalana y se colocó la alianza en el anular de la mano derecha. Tras la eucaristía, sonó el "Aleluya" de Häendel. La salida de la catedral permitió escuchar algunos siseos a Aznar, los aplausos a los Reyes y los piropos al príncipe Felipe. También los nombres de Alberto de Mónaco, Felipe de Bélgica y Victoria de Suecia fueron coreados. En su caso, era el reconocimiento a la prensa del papel couché.

 

 

Las dos familias posan juntas tras la boda

Foto: El País Digital de España

 


La Vanguardia de Barcelona, 5 de Octubre de 1997

Copyright La Vanguardia 1997 redaccion@vanguardia.es



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