Boda de la infanta Cristina e Iñaki Urdangarin
Princesa de Barcelona
Más de doscientos mil barceloneses expresaron
con espontaneidad su simpatía a la infanta Cristina --también
Princesa de Barcelona, un reconocimiento popular compartido ayer con la
patrona de la ciudad en la basílica de la Mercè-- y a Iñaki
Urdangarin después de contraer matrimonio en la catedral. Asistieron
a la boda unos 1.500 invitados, entre miembros de las casas reales, representantes
de las instituciones del Estado y de la sociedad civil. La solemnidad y
la sencillez caracterizaron la ceremonia nupcial y el posterior recorrido
por las engalanadas calles de la capital catalana, que fue seguido por unos
mil millones de telespectadores en todo el mundo.

Foto: Pedro Madueño
La Vanguardia de Barcelona
Un sí que escucharon mil millones
La infanta Cristina llegó puntual a las 11 de la
mañana al altar
BARCELONA. -- El poeta Joan Maragall personificó
a Barcelona en una dama; ayer, la prosopopeya no fue un recurso lírico
sino una realidad estable. La ciudad quiso parecerse a la Infanta casi tanto
como Cristina de Borbón se miró en el espejo barcelonés.
De este modo, la discreción y la sobriedad fueron el común
denominador de una jornada en la que la novia tuvo un guiño de complicidad
con su ciudad en la decoración modernista del bordado de la cola
del traje, que parecía el reflejo de las cerámicas de la casa
Batlló del paseo de Gràcia junto a las que los contrayentes
desfilaron en Rolls, camino del palacio de Pedralbes.
La reina Sofía y el príncipe
Felipe
El País Digital de España
A las once y media, los novios respondieron con el tradicional
"sí, quiero" a la pregunta del oficiante, el cardenal arzobispo
de Barcelona, Ricard Maria Carles, que subrayó la sentencia de que
lo que Dios había unido, que no lo separara el hombre. Cristina de
Borbón e Iñaki Urdangarin se convertían en marido y
mujer ante los ojos de mil millones de personas que siguieron la ceremonia
por televisión.
La jornada había comenzado a las nueve de la mañana
cuando dos canónigos abrieron las puertas de la catedral y empezaron
a llegar los primeros invitados. Personal de la Casa del Rey procedía
a distribuir a los convidados en el templo religioso. En primera fila de
los bancos de la realeza, el protocolo estableció que se sentaran
los reyes de Noruega, Suecia, Lesotho y la reina de Jordania. Inmediatamente
detrás, la gran duquesa de Luxemburgo, los príncipes de Liechtenstein,
el gran maestre de la Orden de Malta y el príncipe regente de Mónaco.
En tercera fila, los herederos de Mónaco, Jordania, Suecia, Bélgica
y Dinamarca. Los testigos se situaron entre el área de la realeza
y la destinada a las principales autoridades españolas. Los testigos
fueron Alexia de Grecia, el príncipe Kubrat de Bulgaria, Cristina
de Borbón-Dos Sicilias, Victoria Fumadó, Carlos García
Revenga, Roberto Molina, Ana Pérez, Fernando Barbeito, David Barrufet,
José Esteve, Ramón Esteve, José Montero, Jordi Pujol
Xicoy y Jaume Reguant. También fueron testigos, aunque ocuparon su
lugar junto a la familia, el príncipe Felipe, la infanta Elena, su
esposo, Jaime de Marichalar, y Miguel, Ana y Lucía Urdangarin.
A las 10.30 llegó el presidente José María
Aznar con su esposa Ana la cual, haciendo honor a su apellido, lucía
de verde botella. A los diez minutos llegó el novio del brazo de
su madre, Clara Liebert, que llevaba un dos piezas de color avellana. La
avenida de la Catedral vibró en un encendido y emocionado aplauso.
Aznar se situó junto a sus dos vicepresidentes, los presidentes del
Congreso, del Senado, del Tribunal Supremo y del Constitucional, todos con
sus esposas, así como el resto del Gobierno. También estaban
en estos bancos el presidente de la Generalitat y Marta Ferrusola. Más
atrás quedaban el resto de presidentes autonómicos, los secretarios
generales de partidos y personalidades como Felipe González, Pasqual
Maragall, Federico Mayor Zaragoza, Javier Solana o Juan Antonio Samaranch.
Foto: EFE/Roser Vilallonga
La Vanguardia de Barcelona
Mientras esperaba, el novio mostró su aplomo frente
al altar, conversando con sus padres y dominando el escenario. A las 10.45
apareció en la plaza el príncipe Felipe, que vestía
uniforme de teniente de navío, del brazo de la Reina, que llevaba
un dos piezas con pamela de color lila pálido. La infanta Elena lucía
un traje de cóctel con encajes de color rosa y una gran pamela igualmente
violácea que ocultó sus ojos a las imágenes de los
fotógrafos. El cardenal hizo su entrada tres minutos más tarde
por la puerta del claustro. A las 10.55 se formó el cortejo: los
duques de Badajoz lo abrían, detrás desfilaban la infanta
Pilar y su hijo Juan Gómez-Acebo; en tercera fila figuraban los duques
de Lugo y, a continuación, la Reina del brazo del Príncipe.
El Rolls de la novia y el Rey se detuvo frente a la Pia Almonia. Su salida
del automóvil fue recibida de forma calurosa. La Infanta apareció
radiante y espléndida, con un bellísimo traje de novia y una
larga cola de 3,25 metros, labrado en hilo de plata para conformar dibujos
modernistas. El traje dejaba los hombros al descubierto; había sido
confeccionado en el taller de Lorenzo Caprile. La diadema rusa que usó,
en oro, plata y brillantes, pertenece a su madre la Reina. Los pendientes
fueron de la reina Victoria Eugenia.
Un beso en el altar
Precediendo a la Reina iban seis niños, ahijados
de los novios, vestidos con pantalón blanco y toreras rojas. Colaboraban
en los movimientos de la cola de la novia Teodora de Grecia y Lucía
Gui Urdangarin. Puntualmete, a las once, entró el cortejo en la catedral.
Tan pronto como la Infanta llegó al altar, recibió un beso
del novio. Antes del rito del matrimonio, el cardenal Carles leyó
una homilía en la que destacó que los contrayentes eran referencia
para muchas familias. En este sentido, les animó a hacer visible
su amor. Valoró la sencillez y discreción de la pareja, que
pudo comprobar apenas dos semanas antes, al presentarse ambos como unos
ciudadanos más en el funeral por la madre Teresa de Calcuta. Y, por
último, les pidió --pasando del castellano al catalán--
que fueran sensibles con los que sufren, para solicitarles que se sumen
a la construcción de una sociedad más justa.
Foto: Kim Manresa
La Vanguardia de Barcelona
Ante la formulación del consentimiento, la infanta
Cristina pidió con el gesto autorización al Rey antes de contestar
afirmativamente, como manda el protocolo, cosa que en Sevilla no ocurrió
por el nerviosismo de la infanta Elena. El intercambio de los anillos resultó
un momento emocionante y el rostro del Rey reflejó mejor que cualquier
palabra sus sentimientos. Urdangarin no siguió la tradición
catalana y se colocó la alianza en el anular de la mano derecha.
Tras la eucaristía, sonó el "Aleluya" de Häendel.
La salida de la catedral permitió escuchar algunos siseos a Aznar,
los aplausos a los Reyes y los piropos al príncipe Felipe. También
los nombres de Alberto de Mónaco, Felipe de Bélgica y Victoria
de Suecia fueron coreados. En su caso, era el reconocimiento a la prensa
del papel couché.
Las dos familias posan juntas tras la boda
Foto: El País Digital de España
La
Vanguardia de Barcelona, 5 de Octubre de 1997
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