El dilema de la democracia
La semana pasada el ELN propuso suspender las elecciones
porque sus dirigentes consideran que la democracia colombiana es una gran
farsa. Con los mismos argumentos pretenden sabotear las elecciones al obligar
a los numerosos candidatos a renunciar a sus aspiraciones.
Un atentado contra la democracia colombiana de similares
magnitudes se ha venido denunciando a lo largo y ancho del país con
el trasteo de votos. En poblaciones como Caucasia o Aracataca -para solo
mencionar dos en las que he podido confirmar personalmente este fenómeno-,
se ha presentado un registro masivo de cédulas que claramente indica
la intención de ciertos grupos políticos de ganar las elecciones
locales con votos ajenos y comprados.
Ambos procedimientos, el saboteo a la fuerza y el trasteo
de votos, tienen el mismo efecto pernicioso y muy grave de restarles credibilidad
a los resultados y legitimidad a los elegidos. Ambos le dan en la médula
a nuestra ya de por sí frágil democracia. Por eso es tan importante
que se tomen todas las medidas del caso para mitigar las nefastas consecuencias
de estos dos fenómenos.
Pero aparte de este ataque coyuntural y preciso a la democracia
colombiana, ha comenzado en el mundo un interesante debate sobre las falencias
de este sistema de Gobierno, su viabilidad hacia el futuro y su capacidad
o incapacidad para afrontar los problemas que se están incubando
con la transición de la era industrial a la llamada era del conocimiento.
En la última edición que celebra los 75 años
de la revista Foreign Affairs, considerada como una de las publicaciones
más serias sobre asuntos políticos en el mundo, el artículo
principal es precisamente una conferencia magistral sobre este tema que
dictó recientemente el historiador Arthur Shlesinger en la Universidad
de Londres.
Una de sus conclusiones es que la democracia se ha venido
fortaleciendo en la medida en que se ha impuesto el capitalismo como sistema
económico. Pero la globalización y el avance tan vertiginoso
de la tecnología (producto del capitalismo) está creando una
nueva élite en el mundo y al interior de los países, a expensas
de una inmensa mayoría que no es capaz de competir ni de participar
de los beneficios de la nueva era. Se estaría llegando a lo que Joseph
Schumpeter llamó la "destrucción creativa" del capitalismo,
que es cuando el sistema se vuelve víctima de su propio éxito.
La gran diferencia frente a lo que sucedió durante
la revolución industrial es que ésta fue una importante generadora
de empleo, mientras que la informática se ha convertido en voraz
destructora de puestos de trabajo. Pero no solo eso. Otra grave consecuencia
es que la mano de obra no calificada, que representa la gran mayoría
de los trabajadores del planeta, es la principal víctima. En todo
el mundo -Colombia es un ejemplo perfecto- se está agudizando la
diferencia con respecto a la mano de obra calificada. Es una bomba de tiempo
que es preciso desactivar.
El progreso y la computarización del mundo no solo
están acabando con el concepto de Estado-nación, cuna tradicional
de la democracia, sino que están debilitando sobremanera el poder
de los gobiernos para ejercer control sobre sus políticas fiscales
y monetarias y están deteriorando las condiciones laborales y el
medio ambiente. Es decir, los países son cada día menos dueños
de su destino económico, porque la cibernética no acepta dominio
nacional. Se está creando entonces una economía global sin
control político, lo que sin duda debilita el funcionamiento de cualquier
democracia.
El resurgimiento del Asia como nuevo centro de poder es
otro fenómeno que vulnera la tradicional democracia liberal occidental,
donde el individuo, el derecho a disentir y la libertad son valores sagrados.
En los valores asiáticos la comunidad está por encima del
individuo; prefieren el orden sobre el argumento, y tanto la autoridad como
la solidaridad son más importantes que la libertad.
Otro aspecto interesante de esta discusión es el
relativo fracaso tanto del Estado como del mercado para solucionar los problemas
sociales que afligen a la humanidad. Como dato curioso, y a pesar del auge
neoliberal, en ningún país se ha visto una disminución
del tamaño del Estado, medido como la proporción del gasto
público en la economía. Y ni los países donde el Estado
es pequeño, ni donde es grande, ni mucho menos donde controlaba todos
los medios de producción, los resultados han sido satisfactorios.
De ahí la importancia del concepto del Buen Gobierno.
Todas estas son reflexiones sobre la democracia en el próximo
siglo y los dilemas y desafíos que le esperan. Por el momento aquí
en Colombia debemos cuidar nuestro sistema democrático de ataques
más inmediatos y frontales como son las balas y la compra de votos.
Pero mientras no exista una alternativa mejor, tanto aquí en Colombia
como en el resto del mundo, debemos luchar por fortalecer y mejorar este
sistema de gobierno, pues, como decía Churchill, "Es el peor
de todos, excluyendo a los demás".
www.buengobi.org
El Tiempo de Bogotá,
3 de Octubre de 1997.
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