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El dilema de la democracia

Juan Manuel Santos

La semana pasada el ELN propuso suspender las elecciones porque sus dirigentes consideran que la democracia colombiana es una gran farsa. Con los mismos argumentos pretenden sabotear las elecciones al obligar a los numerosos candidatos a renunciar a sus aspiraciones.

Un atentado contra la democracia colombiana de similares magnitudes se ha venido denunciando a lo largo y ancho del país con el trasteo de votos. En poblaciones como Caucasia o Aracataca -para solo mencionar dos en las que he podido confirmar personalmente este fenómeno-, se ha presentado un registro masivo de cédulas que claramente indica la intención de ciertos grupos políticos de ganar las elecciones locales con votos ajenos y comprados.

Ambos procedimientos, el saboteo a la fuerza y el trasteo de votos, tienen el mismo efecto pernicioso y muy grave de restarles credibilidad a los resultados y legitimidad a los elegidos. Ambos le dan en la médula a nuestra ya de por sí frágil democracia. Por eso es tan importante que se tomen todas las medidas del caso para mitigar las nefastas consecuencias de estos dos fenómenos.

Pero aparte de este ataque coyuntural y preciso a la democracia colombiana, ha comenzado en el mundo un interesante debate sobre las falencias de este sistema de Gobierno, su viabilidad hacia el futuro y su capacidad o incapacidad para afrontar los problemas que se están incubando con la transición de la era industrial a la llamada era del conocimiento.

En la última edición que celebra los 75 años de la revista Foreign Affairs, considerada como una de las publicaciones más serias sobre asuntos políticos en el mundo, el artículo principal es precisamente una conferencia magistral sobre este tema que dictó recientemente el historiador Arthur Shlesinger en la Universidad de Londres.

Una de sus conclusiones es que la democracia se ha venido fortaleciendo en la medida en que se ha impuesto el capitalismo como sistema económico. Pero la globalización y el avance tan vertiginoso de la tecnología (producto del capitalismo) está creando una nueva élite en el mundo y al interior de los países, a expensas de una inmensa mayoría que no es capaz de competir ni de participar de los beneficios de la nueva era. Se estaría llegando a lo que Joseph Schumpeter llamó la "destrucción creativa" del capitalismo, que es cuando el sistema se vuelve víctima de su propio éxito.

La gran diferencia frente a lo que sucedió durante la revolución industrial es que ésta fue una importante generadora de empleo, mientras que la informática se ha convertido en voraz destructora de puestos de trabajo. Pero no solo eso. Otra grave consecuencia es que la mano de obra no calificada, que representa la gran mayoría de los trabajadores del planeta, es la principal víctima. En todo el mundo -Colombia es un ejemplo perfecto- se está agudizando la diferencia con respecto a la mano de obra calificada. Es una bomba de tiempo que es preciso desactivar.

El progreso y la computarización del mundo no solo están acabando con el concepto de Estado-nación, cuna tradicional de la democracia, sino que están debilitando sobremanera el poder de los gobiernos para ejercer control sobre sus políticas fiscales y monetarias y están deteriorando las condiciones laborales y el medio ambiente. Es decir, los países son cada día menos dueños de su destino económico, porque la cibernética no acepta dominio nacional. Se está creando entonces una economía global sin control político, lo que sin duda debilita el funcionamiento de cualquier democracia.

El resurgimiento del Asia como nuevo centro de poder es otro fenómeno que vulnera la tradicional democracia liberal occidental, donde el individuo, el derecho a disentir y la libertad son valores sagrados. En los valores asiáticos la comunidad está por encima del individuo; prefieren el orden sobre el argumento, y tanto la autoridad como la solidaridad son más importantes que la libertad.

Otro aspecto interesante de esta discusión es el relativo fracaso tanto del Estado como del mercado para solucionar los problemas sociales que afligen a la humanidad. Como dato curioso, y a pesar del auge neoliberal, en ningún país se ha visto una disminución del tamaño del Estado, medido como la proporción del gasto público en la economía. Y ni los países donde el Estado es pequeño, ni donde es grande, ni mucho menos donde controlaba todos los medios de producción, los resultados han sido satisfactorios. De ahí la importancia del concepto del Buen Gobierno.

Todas estas son reflexiones sobre la democracia en el próximo siglo y los dilemas y desafíos que le esperan. Por el momento aquí en Colombia debemos cuidar nuestro sistema democrático de ataques más inmediatos y frontales como son las balas y la compra de votos. Pero mientras no exista una alternativa mejor, tanto aquí en Colombia como en el resto del mundo, debemos luchar por fortalecer y mejorar este sistema de gobierno, pues, como decía Churchill, "Es el peor de todos, excluyendo a los demás".

www.buengobi.org


El Tiempo de Bogotá, 3 de Octubre de 1997.


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