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En la mira de Clint Eastwood

Mauricio Laurens

Actor estrella y director prolífico, cuyas películas suelen ser interesantes, y dos o tres de ellas han marcado un hito en sus respectivos géneros. Es el americano bueno desde cuando Sergio Leone lo hizo caracterizar varios famosos spaghetti western entre 1964 y 1966; el policía duro con su Magnum al cinto por instrucciones del diestro realizador Don Siegel, y el fugitivo vaquero, Josey Wales, que lo consagró detrás de cámaras. Al narrar los últimos días atormentados del gran Charlie Parker, en una obra maestra llamada Bird, Clint Eastwood fue catalogado por los europeos como un actor de primerísimo relieve, y algunos años más tarde se confirmó su generalizado prestigio cuando la misma Academia de Artes de Hollywood reconoció el toque magistral de Los imperdonables.

Poder absoluto, su más reciente incursión en calidad de realizador e intérprete, mantiene los trazos propios de quien coordina la producción (Malpaso Company) y cuida con virtuosismo la factura de las imágenes, el desarrollo lineal del relato escrito, sin demasiados artificios, por William Goldman y los detalles escenográficos en una ciudad tan fotogénica como Washington. Del ladrón profesional que se interna en una mansión con el objeto de apropiarse de una colección de joyas, a la historia sospechosamente inverosímil del testigo ocular que presencia un asesinato sexual instigado por el presidente del país más poderoso del mundo, se lanzan varias hipótesis intermedias sobre la integridad familiar del buen ladrón y el inexplorado tema de las manipulaciones ejercidas por el poder absoluto.

En contraluz y oculto detrás de una pared, el señor Luther sorprende a dos amantes en bruscos juegos pasionales y excesos alcohólicos que saltan a la vista. Dos son los ingredientes que hacen todavía más descabellada esta ficción: las agresiones físicas propinadas por el individuo de apariencia septuagenaria y la violenta irrupción de los guardaespaldas en apoyo del jefe cuyo inesperado crimen debe ser mantenido en secreto por las fuerzas estatales. Otras contradicciones narrativas hacen que la escritura del señor Goldman parezca extraída de un argumento realmente débil; en efecto, el lío de faldas se mezcla con sucesos turbios cuyo debido esclarecimiento afectaría por principio la imagen del ejecutivo.

Actores de la talla de Gene Hackman -un estadista más-, E. G. Marshall -en el papel de protector financiero de la Casa Blanca- y Scott Glenn -con la legendaria prestancia de los estamentos oficiales- le conceden cierta credibilidad a esta última salida en falso del siempre respetado Eastwood. No obstante la intervención de tan importantes invitados, es difícil evitar la colcha de retazos y de intrigas gubernamentales vistas exclusivamente a través del filtro de aquel viejo delincuente próximo a retractarse ante la imposibilidad de revelar sus morbosos descubrimientos. Si Un mundo perfecto y Los puentes de Madison le habían otorgado confianza sentimental, ahora solo nos queda por esperar otro de sus éxitos.


El Tiempo de Bogotá, 3 de Octubre de 1997.


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