bienvenidos a analítica semanal, por favor active sus imágenes y configuere su pantalla a 800 x 600 pixeles
Visite nuestro archivo   Escriben Nuestros Lectores Entre a Banco Mercantil


lo mejor de la semana

lo mejor de la prensa internacional

Tercera: La Infanta y la Universidad

Carmen Iglesias

La llegada de S.A.R. la Infanta Doña Cristina a la Universidad Complu-tense en el curso de 1984 permanece como uno de los actos simbólicos más expresivos de la profunda imbricación de la Monarquía con la democracia. La andadura conjunta que se inició en 1975 y se fortaleció cada vez más desde 1981 se subraya en una decisión aparentemente tan sencilla como que, por primera vez en la historia de España, una hija de Reyes, heredera tercera en el orden sucesorio, acuda día a día a las aulas de la universidad pública como una alumna más. Su hermana mayor, S.A.R. Doña Elena, desde sus estudios de Magisterio, prolongados luego con la titulación superior, y la licenciatura posterior de S.A.R. el Príncipe de Asturias en la Universidad Autónoma de Madrid, evidencian la hondura y naturalidad de estas decisiones.

Las relaciones de la Corona con la Universidad son, como es sabido, de larga data. Como nos recuerda en varias ocasiones la brillante ´Historia de la Universidad española´, de Alberto Jiménez Fraud, el origen de las universidades españolas desde el siglo XIII se caracteriza por ser su reconocimiento y fundación de origen real y no pontifical. Ydesde las Partidas de Alfonso X el Sabio, que definía, en párrafo famoso, los altos estudios como ´ayuntamiento de maestros e de escolares´, siempre la Monarquía y la Universidad estuvieron, de una forma u otra, entrelazadas en la vertebración del Estado y sociedad modernos y, como en toda Europa, en la formación de elites cultas, imprescindibles para una evolución y un desarrollo complejos, que han configurado el mundo que vivimos. Reyes, reinas, príncipes o infantas, tuvieron con frecuencia, a lo largo de la historia, profesores, maestros, consejeros, secretarios, vinculados a la universidad institucionalmente. A veces, las Personas Reales tuvieron relación individual y directa con la institución universitaria (sobre todo en la contemporaneidad, pero no solo, basta recordar que la primera mujer catedrática de la Universidad Complutense –y Académica de la Lengua–, doña María Isidra Quintina de Guzmán y La Cerda, lo fue bajo la protección de Carlos III), y desde luego, volviendo a nuestra inmediata actualidad, en la mente de todos está la vinculación personal de SS.MM. los Reyes a distintos estudios universitarios en su momento y su conocimiento por tanto, de primera mano, de lo que podían ser las aulas universitarias españolas en pleno siglo XX.

La singularidad que supone la matriculación de la Infanta Doña Cristina en 1984, y su estadía en la Universidad hasta la finalización de sus estudios en 1989, es que, por primera vez, una Infanta de España se somete al esfuerzo y a la disciplina que toda carrera universitaria bien realizada exige. Esfuerzo y disciplina que están en el día a día de todo estudiante, en sus horas lectivas y en sus agobios de exámenes y en su paso por profesores de muy distintos talantes; todo un aprendizaje nuevo de sociabilidad plural y contactos con compañeros en pasillos, cafés entre clase y clase, agitación diaria de la vida universitaria que sólo la vivencia personal puede valorar. En un nivel simbólico, el encuentro de las dos instituciones, en un plano tan diferente al habitual histórico de mecenazgo o protección o consejo, está repleto de retos y adaptaciones que lo hacen doblemente apasionante.

Si la Infanta Doña Cristina iniciaba una andadura que, como a todos los jóvenes de su edad, suele constituir un periodo clave en sus vidas personales, en el que se anudan nuevos lazos intelectuales y afectivos, se recrean reglas y pautas propias de relación y de evaluación de la realidad para enfrentarse a lo que llamamos ´el mundo´, enriqueciendo así los lazos de parentesco y la formación y educación determinante familiar; por su parte, la institución universitaria debía enfrentarse en ese momento a una etapa de reformas y adaptación a una joven democracia recientemente consolidada que alteraba las coordenadas en las que, en los anteriores veinte años, habían discurrido las elites universitarias. De la confrontación más o menos generalizada que éstas habían manifestado frente a una situación de falta de libertades políticas, la normalidad democrática centraba institucionalmente al conjunto universitario y –con independencia de las libres decisiones personales– retornaba a la Universidad, de forma plena, a su especialización funcional de crear y transmitir cultura superior; la reintegraba a lo que siempre había sido –incluso en los momentos más difíciles– la sustancia de los altos estudios universitarios: el conocimiento como finalidad y como valor.

Es una sustancia –quizás, como en la frase célebre de ´El halcón maltés´, de la misma materia que están hechos los sueños–, que da un aire de familia a los que la viven en sus años universitarios. Además de las enseñanzas concretas sobre disciplinas variadas y especializadas, de los contenidos propios científicos y profesionales, lo que puede transmitir una institución tan antigua como la universitaria, a un tiempo capaz de plasticidad y solidez, es decir, de adaptación al cambio y de permanencia, en un equilibrio dinámico y crítico siempre entre tradición e innovación, es una serie de valores implícitos que sirven para identificar a los individuos formados sinceramente en ella. Son valores que tienen que ver con el conocimiento y la libertad y también con el valor de la excelencia. No se transmiten a través de ninguna declaración explícita, ni de discursos expresos, sino –más o menos borrosamente, por tomar prestado un término de la teoría de conjuntos– mediante una serie de prácticas, de un conjunto de relaciones formales e informales con los profesores, con los compañeros, con las materias y problemáticas que se entrecruzan. Constituyen un aprendizaje que ayuda a comprender y a vertebrar la pluralidad de un mundo que es, ciertamente en muchas facetas, ´ancho y ajeno´, pero que es también algo nuestro, algo que construimos entre todos, todos los días, dentro de una tradición inacabable, gracias al ejercicio modesto pero continuo de la libertad y la voluntad. Pero, si esa capacidad de organizar y producir saber es liberación, es también responsabilidad. Es el compromiso de una excelencia consigo mismo; el esfuerzo para hacer lo que uno hace lo mejor posible. La universidad en definitiva, y el campus universitario como espacio físico, contribuirían a conformar un estilo de vida; constitutivamente la búsqueda del conocimiento y de la excelencia necesita del pluralismo y de la innovación, y también de la sólida tradición heredada. Es una búsqueda por definición inacabada, que recoge de forma secular la hermosa sentencia de San Agustín: ´Buscamos como si fuéramos a encontrar, pero no encontraremos jamás sino buscando siempre´. Es búsqueda que, como enseñara Sócrates, se transmite de forma abierta a todos los que sean capaces de aprender a pensar. La creencia occidental de hacer posible una transmisión de conocimientos formalizados en instituciones abiertas a la inteligencia y razón humanas está impregnada en sí de un sentido democrático y de un sentido de libertad.

Para una estudiante singular como fue la Infanta Doña Cristina, que se integró plenamente al marco de rutinas y exigencias de la vida universitaria, esos valores de conocimiento, libertad, excelencia, pluralidad, forzosamente salieron reforzados en cinco años de estudio asiduo, de asistencia a seminarios y a prácticas que seguían la tradición heredada de unos maestros, algunos ya jubilados en aquel momento, pero intelectualmente activos, y a quienes S.A.R. tuvo la oportunidad, el interés y la voluntad de conocer y tratar, estableciéndose lazos de afecto y admiración sin duda mutuos. La continua vinculación de Doña Cristina a la Universidad después de aquellos años, en formas y ocasiones varias, atestigua, simbólica y personalmente, la prolongación y reforzamiento de una etapa histórica marcada por la progresión en la libertad y en la democracia.


ABC Prensa Española, Octubre de 1997.


entre en la bitblioteca      espacio disponible

 




 

volver al inicio o volver al tope