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El atentado

A la Divina Providencia debe Colombia que la integridad física del General Manuel José Bonett esté sana y salva. O a San Rafael, santo de fe del alto militar. El atentado, con toda su maldad encerrada, llevaba la clara intención de acabar en forma miserable con la vida del Comandante General del Ejército.

He ahí una prueba fehaciente, otra más, de la ferocidad guerrillera, y de las intenciones criminales que encierran en sus corazones los más reconocidos malvados habitantes de esta patria. Atentar contra la vida de eminentes representantes del poder público, o de altos miembros de las Fuerzas Armadas, no es cosa corriente en la vida de los países. Pero sucede de tiempo en tiempo. Y hoy le ha correspondido otra prueba a Colombia.

Estos atentados son muestra palpable de que el terrorismo no ha bajado la cabeza, o dejan ver el coletazo de su furia porque el Ejército está pisando terrenos que los guerrilleros suponían vedados al Estado. La bomba lanzada al automóvil del General Bonett no admite argumento en contrario. Y no es solo un atentado contra el alto militar, sino simbólicamente contra todo lo representativo de las Fuerzas Armadas y, agregaríamos, contra el país entero. Por eso los colombianos debemos darnos una respuesta, íntima o pública, de cómo afrontar la criminal acción. Y no encontramos sino una: prepararnos a derrotar en la próxima elección las balas con los votos. Es una frase muy utilizada, pero es la que señala el camino más indicado para mantener vigente la democracia.

Una copiosa votación, un alud de votos en favor de la paz, es una manifestación contundente contra la guerrilla, que bien puede disuadir, o aplacar al menos, a quienes llevan en su mente el erróneo pensamiento de que mediante el terror y el crimen van a conseguir sus fines protervos. Por ello hay que olvidar la idea de abstenerse de votar. La abstención siempre es un error; pero en esta ocasión, con los episodios conocidos, se convertiría casi en una ofensa de lesa patria, un pecado contra el libre discurrir y decidir de la ciudadanía y un indirecto respaldo a los bandoleros.

Prepárense los colombianos de bien a votar. A hacerlo por las listas de candidatos que más les agraden, que más convengan a su comunidad. Toca disparar la más poderosa arma de la democracia, como es la papeleta electoral, simple y sencilla. Con ella se van a formar sólidos muros que las balas no podrán atravesar y se va a cimentar el futuro de este país. La próxima es una elección definitiva, de tonalidades diferentes a la de una simple escogencia electoral. Es la decisión de nuestra nación libre y corajuda de seguir la senda de la democracia, o de someterse a los subversivos.

Si el objetivo final es la elección de alcaldes, parlamentarios, diputados, concejales y otros miembros de corporaciones públicas, el certamen posee interés aún mayor, como es el de formar el bloque de millones de corazones colombianos que desean seguir palpitando al ritmo de la democracia y no al del sonido fúnebre y triste del terrorismo y la dictadura.

Por todo lo dicho, corresponde respaldar a nuestras Fuerzas Armadas; ofrecerles la voz de ánimo para que sigan dando el paso al frente. Ya está más que demostrado contra qué clase de enemigo luchan.

* * *

Insistimos: el derecho fundamental de votar es intrínseco al sentido libre de la vida. Desoigan los colombianos esos llamados a decidir sobre la pureza o la impureza de las elecciones. Casi siempre hemos escuchado ese argumento utilizado con intención política, pero en la gran mayoría de las ocasiones no corresponde a una realidad.

Las próximas elecciones se llevarán a cabo bajo un ambiente ciertamente peligroso, pero las fuerzas del orden estarán listas para hacer respetar la fiesta democrática, que como tal hay que tomarla.


El Tiempo de Bogotá, 4 de Octubre de 1997.


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