Y de la globalización, ¿qué?
Cuando ciertas nociones se apoderan del mundo de los intelectuales
todo acaba por explicarse en función de un vocablo, de una palabra
mágica. Es lo que está sucediendo con la llamada "globalización".
Así se trate de la inflación monetaria, de
las modas femeninas, del auge del comercio o de las comunicaciones, del
estilo literario o de la desmoralización de las costumbres privadas,
nada hay que escape al señuelo de la globalización.
Quien quiera investigar acerca de la expansión del
sida o de la decadencia de la institución matrimonial no tiene sino
que echar mano del último flagelo de la humanidad que, para el bien
como para el mal, es la globalización de un mundo sin fronteras.
La Coca-Cola, al igual que el terrorismo o la minifalda, tiene su origen
en la desaparición de las barreras en el mundo occidental, ampliado
a últimas fechas con la caída del muro de Berlín.
En el ocaso del siglo XX y a falta de una teoría
científica, como lo fueron en el siglo anterior el darwinismo y el
marxismo, nos contentamos con tener por denominador común de nuestro
tiempo el concepto de que vivimos en una aldea global en donde la simultaneidad,
fruto de los medios de comunicación, va siendo la regla de nuestra
cultura.
¿Será tan sencillo el diagnóstico
como para no poder ir más allá?
Un disidente se atreve a pensar lo contrario: que estas
coincidencias han existido desde tiempo inmemorial, desde cuando el poder
de las ideas les permitía abrirse camino a nivel universal merced
a sus méritos intrínsecos, así la televisión,
la radio y la prensa escrita no hubieran hecho aún su aparición
sobre el planeta.
El caso de la emancipación de las posesiones españolas
de América nos viene como anillo al dedo. ¿Cómo explicar
que en un período de diez años, entre 1810 y 1820, surgieran
en el Continente movimientos independentistas que dieran al traste con el
imperio español? ¿Dónde estaba la aldea global que
propició semejante simultaneidad?.
Si se recuerda que nuestro precursor, don Antonio Nariño,
no alcanzó a distribuir cincuenta ejemplares de su edición
sobre los Derechos del Hombre, ¿cómo pensar que la globalización
de nuestro movimiento independentista obedeció a una consigna transmitida
a través de los pueblos desde el Río Grande hasta la Patagonia?
°No! Fue el poder de una nueva concepción del Estado en el cual
la soberanía emanaba del pueblo, y la autodeterminación venía
a ser su consecuencia inmediata, lo que permitió que en un mundo
dominado por el analfabetismo y el fanatismo religioso se abriera camino
tan velozmente el principio democrático. Se contempló entonces
el espectáculo de una pléyade de hombres y mujeres de la máxima
diversa extracción, ricos y pobres, nobles y plebeyos, cultos o ignorantes,
civiles y eclesiásticos, que se dieron cita espiritual para plasmar
una nueva sociedad en donde el criollo fuera dueño de su destino.
Claro está que a todo este trastorno no fueron ajenos
ciertos acontecimientos mundiales, como la independencia norteamericana,
la Revolución Francesa, las guerras napoleónicas y la decadencia
del principio del derecho divino de los reyes a gobernar estas comarcas,
cuando ya en Europa se le había perdido todo respeto al monarca español
de turno. Fenómenos semejantes ya se habían presentado sin
mayores consecuencias: la reforma protestante, la revolución inglesa
contra los Estuardo, la guerra de sucesión de España, etc.,
revoluciones que no tuvieron mayor repercusión en América.
Mal podemos admitir como verdad inconcusa la de que la
globalidad es la gran conquista del siglo XX. Ya, en la época de
los descubrimientos, un fervor de parecidas dimensiones se había
apoderado de la Europa cristiana, cuando españoles, portugueses,
franceses, ingleses, holandeses y rusos optaron al final del siglo XV por
penetrar más allá del mundo conocido, en aras de un credo
religioso o impulsados por algún móvil económico. Pero
que no se atribuya exclusivamente al afán de lucro o a la miseria
este desplazamiento de las sociedades modernas en uno u otro sentido, cuando
aún no existían contactos revolucionarios de ninguna clase
entre unos y otros continentes.
Ya en otras ocasiones hemos puesto de presente cómo,
al comenzar el siglo XIX, las colonias españolas de América
registraban, bajo la dinastía de los Borbones, el mayor crecimiento
económico y cultural de su historia. Un desarrollo inusitado surgió
con la apertura económica que significó permitir el intercambio
comercial de las colonias entre sí y, aun, en determinadas regiones,
con el extranjero, en contraste con el monopolio tradicional de la Casa
de Contratación de Sevilla. La partera de las revoluciones populares
puede ser por igual la excesiva pobreza o la riqueza mal distribuida. Fue
cuanto ocurrió en vísperas de nuestra emancipación,
porque las bonanzas no son menos explosivas que la miseria si no se las
sabe tratar.
La globalización, como lo anota Juan Manuel Santos
en su último artículo, coincidente con el último número
del Economist, lejos de reducir el tamaño económico del Estado
o minimizar su papel, acarrea consecuencias fiscales imprevisibles, entre
las cuales cabe mencionar la evasión fiscal paralelamente con la
necesidad de aumentar la tributación, como ya se vislumbra en el
seno de la Unión Europea. Francia e Inglaterra acabarán haciéndoles
pagar a sus contribuyentes el precio de la globalización.
La ilusión de que con el transcurso del tiempo irá
desapareciendo la mano invisible del Estado se ha ido marchitando frente
a la cruda realidad de que, si en lo político el Estado puede ser
menor con el eclipse de la soberanía, en lo económico sus
urgencias fiscales serán cada día mayores en la carrera por
la competitividad.
El Tiempo de Bogotá,
5 de Octubre de 1997.
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