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Y de la globalización, ¿qué?

Alfonso López Michelsen

Cuando ciertas nociones se apoderan del mundo de los intelectuales todo acaba por explicarse en función de un vocablo, de una palabra mágica. Es lo que está sucediendo con la llamada "globalización".

Así se trate de la inflación monetaria, de las modas femeninas, del auge del comercio o de las comunicaciones, del estilo literario o de la desmoralización de las costumbres privadas, nada hay que escape al señuelo de la globalización.

Quien quiera investigar acerca de la expansión del sida o de la decadencia de la institución matrimonial no tiene sino que echar mano del último flagelo de la humanidad que, para el bien como para el mal, es la globalización de un mundo sin fronteras. La Coca-Cola, al igual que el terrorismo o la minifalda, tiene su origen en la desaparición de las barreras en el mundo occidental, ampliado a últimas fechas con la caída del muro de Berlín.

En el ocaso del siglo XX y a falta de una teoría científica, como lo fueron en el siglo anterior el darwinismo y el marxismo, nos contentamos con tener por denominador común de nuestro tiempo el concepto de que vivimos en una aldea global en donde la simultaneidad, fruto de los medios de comunicación, va siendo la regla de nuestra cultura.

¿Será tan sencillo el diagnóstico como para no poder ir más allá?

Un disidente se atreve a pensar lo contrario: que estas coincidencias han existido desde tiempo inmemorial, desde cuando el poder de las ideas les permitía abrirse camino a nivel universal merced a sus méritos intrínsecos, así la televisión, la radio y la prensa escrita no hubieran hecho aún su aparición sobre el planeta.

El caso de la emancipación de las posesiones españolas de América nos viene como anillo al dedo. ¿Cómo explicar que en un período de diez años, entre 1810 y 1820, surgieran en el Continente movimientos independentistas que dieran al traste con el imperio español? ¿Dónde estaba la aldea global que propició semejante simultaneidad?.

Si se recuerda que nuestro precursor, don Antonio Nariño, no alcanzó a distribuir cincuenta ejemplares de su edición sobre los Derechos del Hombre, ¿cómo pensar que la globalización de nuestro movimiento independentista obedeció a una consigna transmitida a través de los pueblos desde el Río Grande hasta la Patagonia? °No! Fue el poder de una nueva concepción del Estado en el cual la soberanía emanaba del pueblo, y la autodeterminación venía a ser su consecuencia inmediata, lo que permitió que en un mundo dominado por el analfabetismo y el fanatismo religioso se abriera camino tan velozmente el principio democrático. Se contempló entonces el espectáculo de una pléyade de hombres y mujeres de la máxima diversa extracción, ricos y pobres, nobles y plebeyos, cultos o ignorantes, civiles y eclesiásticos, que se dieron cita espiritual para plasmar una nueva sociedad en donde el criollo fuera dueño de su destino.

Claro está que a todo este trastorno no fueron ajenos ciertos acontecimientos mundiales, como la independencia norteamericana, la Revolución Francesa, las guerras napoleónicas y la decadencia del principio del derecho divino de los reyes a gobernar estas comarcas, cuando ya en Europa se le había perdido todo respeto al monarca español de turno. Fenómenos semejantes ya se habían presentado sin mayores consecuencias: la reforma protestante, la revolución inglesa contra los Estuardo, la guerra de sucesión de España, etc., revoluciones que no tuvieron mayor repercusión en América.

Mal podemos admitir como verdad inconcusa la de que la globalidad es la gran conquista del siglo XX. Ya, en la época de los descubrimientos, un fervor de parecidas dimensiones se había apoderado de la Europa cristiana, cuando españoles, portugueses, franceses, ingleses, holandeses y rusos optaron al final del siglo XV por penetrar más allá del mundo conocido, en aras de un credo religioso o impulsados por algún móvil económico. Pero que no se atribuya exclusivamente al afán de lucro o a la miseria este desplazamiento de las sociedades modernas en uno u otro sentido, cuando aún no existían contactos revolucionarios de ninguna clase entre unos y otros continentes.

Ya en otras ocasiones hemos puesto de presente cómo, al comenzar el siglo XIX, las colonias españolas de América registraban, bajo la dinastía de los Borbones, el mayor crecimiento económico y cultural de su historia. Un desarrollo inusitado surgió con la apertura económica que significó permitir el intercambio comercial de las colonias entre sí y, aun, en determinadas regiones, con el extranjero, en contraste con el monopolio tradicional de la Casa de Contratación de Sevilla. La partera de las revoluciones populares puede ser por igual la excesiva pobreza o la riqueza mal distribuida. Fue cuanto ocurrió en vísperas de nuestra emancipación, porque las bonanzas no son menos explosivas que la miseria si no se las sabe tratar.

La globalización, como lo anota Juan Manuel Santos en su último artículo, coincidente con el último número del Economist, lejos de reducir el tamaño económico del Estado o minimizar su papel, acarrea consecuencias fiscales imprevisibles, entre las cuales cabe mencionar la evasión fiscal paralelamente con la necesidad de aumentar la tributación, como ya se vislumbra en el seno de la Unión Europea. Francia e Inglaterra acabarán haciéndoles pagar a sus contribuyentes el precio de la globalización.

La ilusión de que con el transcurso del tiempo irá desapareciendo la mano invisible del Estado se ha ido marchitando frente a la cruda realidad de que, si en lo político el Estado puede ser menor con el eclipse de la soberanía, en lo económico sus urgencias fiscales serán cada día mayores en la carrera por la competitividad.


El Tiempo de Bogotá, 5 de Octubre de 1997.


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