Reinventar la esperanza
En la búsqueda de cómo comunicar un sentimiento
que me acompaña sobre este país atribulado, desesperanzado,
acorralado por una guerra y mil violencias de todo tipo, me encontré
en estos días con una mujer como enviada por Dios: Blanca Marlén,
que llegó hace unos meses a Cuba en una silla de ruedas con la sola
certeza de su incapacidad y aferrada, como un náufrago, a la esperanza.
Y allí volvió a caminar, volvió a creer, redescubrió
la maravilla de sus posibilidades, en medio de delfines y seres humanos
cargados de fe.
Si al contrario de lo que le sucedió a Blanca Marlén
con sus médicos, llegase a un siquiatra un paciente con una depresión
aguda y el terapeuta, en cada sesión, se dedicase a recalcarle las
razones de su depresión, a justificar su estado dadas las circunstancias
que lo rodean, muy posiblemente lo único que conseguiría sería
el suicidio. Y no es que las razones de la depresión no sean ciertas.
Sin embargo, el médico comienza por ayudar a restituir la confianza
en sí mismo a su paciente para que los problemas no lo apabullen,
no le roben la fuerza que necesita para buscar alternativas y construir
soluciones.
En forma similar, nos encontramos como país ante
un cuadro de profunda depresión social. No logramos ver luz al final
del túnel, solo conseguimos encerrarnos en nosotros mismos como mecanismo
de defensa y de evasión, para no sucumbir en medio de la tragedia.
Y a nuestro alrededor encontramos demasiada gente empeñada
en decirnos que estamos mal y vamos a estar peor; médicos sociales
(los sabios de las letras y las ciencias) que pronostican nuevas desventuras,
que le matan cada día cualquier esperanza de salir adelante. Esta
estrategia de 'choque' no consigue que reaccionemos; por el contrario, nos
amilana y paraliza. El miedo, la desconfianza, la falta de fe, nos restan
cada vez más la fuerza que necesitaríamos para reaccionar
positivamente.
En este país perplejo, adolorido y casi minusválido,
necesitamos reencontrar, reinventar la esperanza, la certeza de la paz.
El objetivo del Mandato Ciudadano por la Paz, la Vida y la Libertad no es
otro que realizar un acto de seducción colectiva que nos aglutine
a los ciudadanos frágiles y desarmados, y nos devuelva la fuerza
que necesitamos para volver a creer en nosotros; que nos ayude a mirar más
nuestras posibilidades como pueblo y se convierta en una fuerza de la paz,
capaz de seducir también a los que se empeñan en la violencia
como método de construcción de nuevos paraísos, a los
que se empeñan en la violencia para catalizar sus propias imposibilidades,
a los que pretenden afirmarse en la desaparición de los otros, a
los que pretenden esconder sus miedos y temores, sus inseguridades y terrores
en el dolor ajeno.
Y esto empieza por vender esperanza. Sí podemos
porque estamos cada uno de nosotros, unos al lado de los otros. El 26 de
octubre podremos evidenciar que somos millones: más que para oponernos,
para acompañarnos; más que para destruir, para construir solidaridades,
para evidenciar nuestros dolores de pueblo, nuestras angustias ante los
niños tristes y los ancianos olvidados, nuestra incapacidad ante
el dolor ajeno.
Ese día será recordado por todas las generaciones,
no porque hayamos conseguido milagrosamente la paz, que es un proceso lento,
sino porque reanudamos el camino al volver a creer en nosotros y eso nos
lanzó, como a Blanca Marlén, a la reconstrucción de
todos nuestros sueños; porque, como ella, junto con los delfines
y los miles de hombres, mujeres, jóvenes, niñas y niños
de buena voluntad, recobramos nuestro presente y posibilitamos el futuro.
*Red de Iniciativas por la
Paz
El Tiempo de Bogotá,
3 de Octubre de 1997. |