La encuesta
A propósito
de la encuesta publicada por SEMANA, todavía queda tela de dónde
cortar. En primer término, sus resultados no son tan sorprendentes
como parecen a primera vista. Tienen su lógica. Reflejan vaivenes
comprensibles de la opinión y, por tal motivo, contienen indicativosútiles
para los propios candidatos. En segundo lugar, muestran con bastante aproximación
lo que ocurriría en una primera vuelta, pero todavía no lo
que pasaría en la vuelta definitiva. En ella, venida la hora, será
determinante la manera como los candidatos perdedores endosen sus votos
a uno de los dos finalistas.
No es sorprendente, en efecto, que Horacio Serpa aparezca
con un 29 por ciento de las intenciones de voto en la primera ronda. Es
lo mismo, o casi lo mismo, de lo que obtenía en junio del año
pasado, según la encuesta de Gallup Colombia publicada por esta misma
revista (28 por ciento). Quiere decir que después de un año
largo Serpa queda en su plata, sin aumentar ni perder efectivos. Es comprensible.
Su elector es un samperista definido y fiel que no está expuesto
a las oscilaciones e incertidumbres del 70 por ciento del electorado restante,
sujeto a la búsqueda ansiosa de una alternativa distinta. Con el
liberalismo oficialista, desde luego minoritario pero homogéneo,
irá hasta el final, si no tiene tropiezos en la consulta.
Los cambios que se han operado de un año a esta
parte se producen en la amplia franja restante y, como decía al principio,
contienen su lógica, una lógica que debe extraerse como una
gema en las arenas movedizas de la opinión pública. En busca
de un liderazgo confiable, ese vasto electorado se fabrica ilusiones y hace
apuestas momentáneas sobre tal o cual nombre, expuesto siempre a
ser defraudado y cambiar de opción. A lo largo de un año hemos
visto, por esa razón, un desfile de prestigios fugaces y de simpatías
alternativamente desplazadas.
Ha desaparecido el cura Hoyos, ha descendido verticalmente
Mockus (tenía 21 por ciento hace un año), ha bajado Noemí
(tenía un 17 por ciento y pasó al 5 por ciento para luego
iniciar un repunte al 8 por ciento) y, significativamente, ha surgido primero,
con sorprendente fuerza, Valdivieso para descender en los dosúltimos
meses a un preocupante 16 por ciento. Y ha aparecido, en cambio, con un
12 por ciento inesperado el general Harold Bedoya.
¿Cuál sería la explicación
de estos vaivenes? Aventuro una. Polarizado el país, quien no forma
parte del rebaño gobiernista que sigue a Serpa, busca un perfil fuerte
que represente su antítesis. Es decir, busca ante todo como
expresión de un país anarquizado, huérfano, profundamente
inseguro, firmeza, mucha firmeza, para responder a la debilidad reinante
frente a la subversión, la inseguridad y la violencia; y busca otras
formas de anticontinuismo: antipolítica y anticorrupción,
esencialmente. Hay candidatos que han recogido por momentos estos, o uno
de estos, sentimientos latentes del electorado y, en aras de una estrategia
equivocada, los han defraudado sin darse cuenta.
Sobran ejemplos. Su condición de mujer ajena a los
manejos políticos, unida a la firmeza e intransigencia de sus primeros
pronunciamientos, fortalecía la imagen de Noemí. Pero la estrategia,
diseñada por sus asesores, de aparecer como una figura conciliadora
(ecuménica, dice Mauricio Vargas) ajena a la polarización,
destiñó esta imagen con el consiguiente descenso en las encuestas.
Valdivieso había acreditado en la Fiscalía
la imagen de un Di Pietro inflexible y de carácter. Firmeza y anticorrupción
eran su emblema. Despojado de su toga de Fiscal, debía mostrar que
esas condiciones eran también las del candidato. Pero nebulosos proyectos
de paz y débiles comparecencias en los foros lo han debilitado ante
la opinión, despojándolo de esa aura férrea que era
su atributo. Y algo similar (¿dónde quedó su mano dura?
) le ha ocurrido a Lleras de la Fuente.
La antipolítica de Mockus, sostenida con efectos
histriónicos, se desvanece ante la aparición de Bedoya. Un
general es por naturaleza lo contrario de un político. Si a ello
suma la firmeza, no es de extrañarse que Bedoya recoja al electorado
cansado de la politiquería y de las tímidas propuestas transaccionales.
De ahí su 12 por ciento ¿Crecerá o será otro
meteoro? Todo depende de que sus consejeros no le bajen el perfil, como
ya lo hicieron durante el homenaje que le fuera ofrecido en el Hotel Tequendama,
proponiéndole un discurso patriotero y sin sustancia. Ni a él
ni a otros muchos candidatos (con excepción de Juan Manuel Santos
y de Juan Camilo Restrepo) les convienen los foros, ni andar en manada con
sus competidores.
Andrés Pastrana puede esperar su cuarto de hora.
No sufre graves oscilaciones porque tiene la red anticaídas de su
propio partido. Y contrariamente a lo que yo mismo he dicho en esta columna,
su estrategia de aparecer a la penúltima hora en escena puede resultarle
políticamente rentable. La suerte de Juan Manuel Santos, por su parte,
depende de la pedagogía que logre acreditar en torno a la consulta
como alternativa anticontinuista. Ahí se juega todo. En resumen y
espero no equivocarme: la debilidad y el justo medio sólo servirán
en esta coyuntura para sepultar aspiraciones, pues el país no está
para eso. Que lo sepan los candidatos. Para los que han bajado, sólo
cambiando de estrategia pueden considerar que nada aún está
perdido.
Revista Semana de Colombia,
29 de Septiembre de 1997.
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