Tercera El color de la mañana: Se
nos casa una infanta
Hoy se nos casa Doña Cristina, la Infanta soltera;
se nos casa en España, en Barcelona, la ca-pital del Principado de
Cataluña, y con un español, el guipuzcoano Iñaki Urdangarín,
mozo de buena planta natural de Zumárraga; en esta casa todos los
hombres tienen buena planta, incluso los incorporados. En España
se había perdido la costumbre de que se casasen los hijos en estado
de merecer de los Reyes, primero porque en España no había
Reyes, llevábamos cerca de setenta años sin Reyes, y segundo
porque, cuando por fin los hubo, sus hijos eran niños pequeños,
muy circunspectos y seriecitos, sí, pero pequeños. La ceremonia
y la puesta en escena de la boda de Doña Cristina saldrá a
pedir de boca porque los catalanes, que saben llevar con buen tino sus propósitos,
han puesto en la empresa sus cinco sentidos y sería raro que marrasen.
Cervantes llama a Barcelona archivo de la cortesía, albergue de los
extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de
los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y
en belleza única; estas palabras se van a leer estos días
con frecuencia porque al personal le gusta que se le repitan las amabilidades
de las plumas ilustres. También se va a oír la pequeña
ingeniosidad de que parece una boda de diseño por las bonancibles
connotaciones políticas que pudiera tener en la confusa España
de las autonomías, y porque los comentaristas de sucesos notorios
tienden a complacerse con el tópico inmediato: rosa de Ingla-terra,
aludiendo a Diana de Gales; la madre de los pobres, hablando de Te-resa
de Calcuta; la boda del año, refiriéndose a cualquiera medianamente
sonada, etcétera. Para mí tengo que a este casamiento de hoy
se le debe mirar sin mayores alarmas ni prejuicios, ya que tampoco es más
que la boda de dos jóvenes que se aman y que aspiran a vivir su amor
en compañía, eso es todo, aunque al ser ella Infanta de España
se complique y deforme un poco la perspectiva. Doña Cristina, sobre
hija de los Reyes de España, es una mujer sencilla y puesta en razón,
inteligente, simpática y trabajadora, que se pudo apuntar a vivir
de las rentas del padre, que tampoco son tantas, y a disfrutar, es un de-cir,
de la dolce vita de quien puede hacerlo, pero prefirió estudiar y
después trabajar, y ha-cer deporte, y di-vertirse como cualquier
moza de su misma edad y no tan notoria condición, lo que, descendiendo
de los Reyes Cató-licos sin más que mi núsculas interrupciones
meramente anecdóticas, pienso que tiene el cierto mérito que
me honro con proclamar y en agradecerle. A su novio lo conozco me-nos; de
Urdangarín no tengo más noticia que la que me dan los periódicos,
que tampoco es mucha. A mí me parece un muchacho sencillo y fuerte,
limpio y sano por dentro y por fuera, atlético, deportista y vasco;
la mezcla no es mala y puede dar muy buen resultado, mucho juego. La gente
es aficionada a buscarle los cinco pies al gato y a lucubrar fantasmagorías
para uso de desocupados; lo digo, curándome en salud, porque esta
boda de hoy ni precisa ni tampoco admite suerte alguna de abstracciones.
Supongo que no faltará quien quiera ver en mis palabras lo que mis
palabras no dicen. Hoy se nos casa Do-ña Cristina, la Infan-ta soltera;
se nos casa con el hombre por ella elegido, lo que no deja de tener su significación,
y al margen de cualquier tortuosa y equívoca -o diáfana y
saludable- razón de Estado. No pocos españoles pensamos que
la Monarquía más debe basarse en el espíritu que en
el pie de la letra y suponemos que la ley está para ser respetada,
sin duda, pero sabiendo leerla y entenderla. Nuestra Dinastía Reinante
está sólida, sí, y esta su apertura a los tiempos que
vivimos redundará en su fortaleza y buen aprecio entre los españoles
sin necesidad de traumáticos avisos ni de actitudes punto menos que
teatrales. Hoy se nos casa Doña Cristina, la Infanta soltera. Pase
lo que pasare -y haga Dios que no pase más que lo que deba pasar
y todos deseamos que pase- la Monarquía está más cerca
del pueblo, que es uno de los más nobles propósitos del Rey
Don Juan Carlos, que aspira a serlo de todos los españoles. Pues
bien, como español, me congratulo de la boda de Doña Cristina,
le deseo mil felicidades y le agradezco -repito- que se haya atrevido a
seguir los dictados de su corazón y a escuchar el melodioso tañido
del amor, eso que para el Dante era capaz de mover el sol y las estrellas.
ABC Prensa Española,
4 de Octubre de 1997.
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