Tercera: Bodas Reales en Barcelona
«Se casa una Infanta»: tal es el título
de un librito publicado en 1935, y en el que Julián Cortés
Cavanillas paladín de la causa monárquica y devotísimo
de Alfonso XIII, que le dispensó siempre cordial amistad trazó
la crónica de las nupcias de Doña Beatriz de Borbón
y Battenberg, hija del Rey, con Alejandro de Torlonia, Príncipe de
Civitella-Cessi: nupcias celebradas en Roma, y con ocasión de las
cuales, por cierto, se inició el idilio que debía culminar
también en boda, nueve meses más tarde entre el Infante Don
Juan y su prima, la Princesa Doña María de las Mercedes.
El espléndido marco de la Ciudad Eterna, la presencia de destacados
miembros de las Casas Reales europeas, la brillantez de la ceremonia, no
bastaron a paliar, en aquel luminoso, pero frío enero romano, la
nostalgia de la patria lejana, siempre presente en la Familia Real exiliada.
Sólo un nutrido grupo de aristócratas, desplazados desde ella,
había llevado un pálido reflejo del calor de España
a los principescos contrayentes y al Monarca desterrado.
¡Qué contraste con la jornada, festiva y gozosa, vivida ayer
en Barcelona por nuestra Infanta Cristina, como una repetición, corregida
y aumentada, de la sevillana de tres años atrás!.
La segunda hija de Don Juan Carlos y Doña Sofía
se ha casado, como su hermana Elena, rodeada de un sincerísimo y
espontáneo fervor popular, y en una de las ciudades más entrañables
de España. Al cabo de sesenta años, la divergencia de imágenes
las melancólicas de Roma, sin multitudes sirviendo de clamoroso fondo
a la joven pareja;las cálidas y radiantes de Sevilla y Barcelona,
multiplicadas por la televisión, que ha hecho partícipes de
la fiesta a millones de españoles, y no españoles, cordialmente
identificados con la alegría de los novios, invita a una meditación
sobre ese largo y azaroso período de nuestro próximo pasado,
que, iniciado con el lamentable divorcio del pueblo y la Corona, y tras
el terrible desgarramiento de una guerra civil y de su prolongada secuela
en una privación de libertad, alcanza ahora plenitud ilusionante
gracias al reencuentro del país con sus raíces históricas,
encarnadas por la Institución milenaria que encauzó siempre
sus caminos: reencuentro que renueva su gozo en cada una de estas manifestaciones
de efusión compartida.
La Princesa que ayer contraía matrimonio en la Catedral de Barcelona
ha sabido asumir el modelo exacto de lo que ha de ser una Alteza Real en
el siglo XXI puesto que estamos escapando ya, como quien dice, del XX, tan
lleno de calamidades pero también de contrastes venturosos. Es una
joven de belleza lozana y cálida, exenta de afectación alguna;cuyas
amistades más íntimas son sus compañeras de trabajo,
y su atuendo habitual el de cualquier muchacha de la Ciudad Condal (por
las calles de Barcelona no era difícil cruzarse con ella, cuando
desde La Caixa, a me-diodía, acudía a algún restaurante
próximo para compartir un almuerzo rápido con sus amigas);pero
que con idéntica naturalidad se reviste de galas suntuosas si una
ceremonia oficial, en el Palacio de Oriente, la reclama junto al resto de
la Real Familia. En la calle, en La Caixa, en Palacio, hay siempre en Doña
Cristina un sello de dignidad que no admite confusión alguna en cuanto
a su estirpe. Diríase que su persona funde la llaneza abierta, la
legendaria campechanía de su padre el Rey y el inimitable saber estar
de su madre la Reina.
En la sociedad española, en general, y en la catalana en particular,
esa manera de ser y de estar y el hecho de que haya decidido con el corazón
a la hora de elegir marido han multiplicado la simpatía y la ternura
con que se la miró siempre, desde el día, ya lejano, del bautizo
de su hermano Felipe:cuando, sin proponérselo no había cumplido
aún los tres años, «robó imagen» al resto
de la ilustre concurrencia y desconcertó a un Franco siempre estirado,
pero en el fondo tímido, jugueteando con los borlones dorados de
su fajín de general. Genio y figura...
En cuanto al que ya es su marido, don Iñaki Urdangarín, refleja
en su apostura la nobleza innata de un cabal hombre de bien:encarna a maravilla
la imagen con que los españoles han identificado siempre al vasco
tradicional. Un vasco «reciclado» en Cataluña, para mayor
ventura.
Hay en estas nupcias dichosas un feliz juego de símbolos. El Rey
Juan Carlos inició su reinado saldando la deuda que su abuelo, Alfonso
XIII, había dejado pendiente en Barcelona cuando por primera vez
visitó la ciudad. Prometió entonces Don Alfonso que cuando
volviera se expresaría en catalán. Aquella promesa nunca fue
cumplida, en las posteriores estancias del Monarca en el Principado. Me
encontraba yo en la Ciudad Condal cuando los jóvenes Monarcas, Don
Juan Carlos y Doña Sofía, hicieron su primera visita oficial
a Cataluña. El solemne discurso de Don Juan Carlos en el Tinell de
Barcelona, en que utilizó con igual soltura los dos idiomas entrañables,
el castellano y el catalán, supuso ya para él un triunfo sin
precedentes:durante muchos días escuché el comentario:...
¡Y con el mejor acento!
Don Juan Carlos no se limitó a asumir y dar cumplimiento a una promesa
pendiente. Siempre ha demostrado una predilección cordial por Cataluña
huella patente de uno de sus maestros, el inolvidable Jesús Pabón,
que fue siempre un sevillano catalanista. La presencia de la Familia Real
en Barcelona, con ocasión de la Olimpiada de 1992 se convirtió
en la imagen más genuina de aquellas jornadas;los atletas españoles
llegaron a estimar como una garantía de éxito y buena fortuna
tener a su Rey por espectador, y la entrada del Príncipe de Asturias,
como abanderado de la selección española, en el estadio olímpico
de Montjuich, resumió a un mismo tiempo la brillantez de aquellas
felices jornadas y la identificación de la Familia Real con la ciudad
que les servía de marco. Y no deja de ser significativo que haya
sido el deporte lo que ha aproximado a estos dos espléndidos jóvenes
que son ya marido y mujer.
La Infanta Cristina es la prenda entrañable con que el Rey Juan Carlos
ha querido perpetuar su afecto profundo a Barcelona y al pueblo catalán.
Sabe muy bien que ese pueblo tiene mucho más de sentimental que de
calculador, contra lo que algunos creen. Y el título de duques de
Palma de Mallorca con el que el Monarca ha querido obsequiar a la joven
pareja es una muestra más de sensibilidad, dado el amor que la Real
Familia profesa a la «terreta». Ese título, ya de por
sí, es una evocación de la luz mediterránea, del mar
y el viento: las sanas pasiones de esta Infanta ideal del siglo XXI.
ABC Prensa Española,
5 de Octubre de 1997.
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