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Blair y el mundo

Llu´sd Foix

Cuentan que Harold Macmillan, al perder el poder tras el escándalo

Profumo en 1963, pronunció la enigmática frase de si habría vida después de la muerte ("is life after death?"), una forma como otra cualquiera de disimular su disgusto y de despistar al personal que veía en aquel canoso caballero eduardiano, alto y distinguido, la encarnación de una cierta Inglaterra que se extinguía como los dinosaurios en los ocultos recodos de la historia. Lo que había después de su derrota era simplemente un partido laborista que venía a redimir a los británicos de las maldades de casi tres lustros de conservadurismo.

Se había agotado una fórmula y llegaba, triunfante y arrolladora, una nueva etapa simbolizada por el nuevo laborismo de Harold Wilson, el de la tecnología punta, el de Carnaby Street, los "swinging sixties" y todos los eslóganes al uso. La prensa británica empieza a hacer paralelismos entre aquella euforia socialdemócrata de los sesenta y la coronación apoteósica de Tony Blair en la conferencia del partido de esta semana en la que el flamante primer ministro ha dicho ni más ni menos que Inglaterra tiene que ser la nueva "antorcha mundial". La trayectoria de Wilson y Callaghan fue tan efímera como incierta.

He seguido con gran interés la figura de Tony Blair desde que fue proclamado candidato por el partido laborista. Pienso que es toda una revelación y que puede marcar muchas pautas de comportamiento político a partidos de derecha y de izquierda en Europa. No es sectario, conecta con las gentes, tiene fuertes arrebatos de sentido común --cosa de agradecer en los políticos--, no desprecia al adversario y ha conducido con sabiduría y tino la primera crisis institucional derivada de la muerte de la princesa Diana. Su discurso es atractivo, innovador, una mezcla de los principios fabianos con el cristianismo social que puede representar un Delors en Francia o un Prodi en Italia.

Pero me inquieta un tanto el populismo que despliega. He seguido dos sesiones en directo de la conferencia laborista que se ha celebrado en Brighton esta semana. Su discurso inaugural fue algo así como una tabla de salvación para todos los humanos. Somos, dijo, uno de los grandes gobiernos reformistas de todos los tiempos. Ahí es nada. Creo en el pueblo británico, remató, que con sólo poner una cruz en una papeleta el país ha nacido de nuevo. Lo encuentro un poco exagerado y, en cierto modo, carente de aquel sutil espíritu británico de los estudiantes del colegio Balliol de Oxford a los que se les supone exhibir sin que se note una superioridad de sólo una pulgada.

Me quedaría más con aquella definición de Malcolm Rifkind, ex ministro de Exteriores que se ha quedado sin esca±o en Escocia, al considerar a Gran Breta±a como un país medio, con influencia global pero carente de poder mundial. Blair promete mucho y es fácil identificarse con sus teorías. Pero sólo el tiempo y el buen gobierno podrán demostrar su valía. Ha empezado con buen pie. Pero el triunfalismo sólo es aceptable al final de trayecto. Incluso entonces no hay que exhibirlo.

El "blairismo" parece que cabalga sobre el laborismo. Y esto no es positivo. Lo definía muy matizadamente un columnista del "Guardian" titulando su crónica de Brighton con un "plan de los laboristas para salvar al mundo". Un congresista, hay que perdonarselo todo a los congresistas, llegó a decir que iban a acabar con la miseria y la pobreza ya que "este no es un gobierno normal, es el gobierno que el mundo se merece". Vaya pasada. Salvadores de la humanidad no los hay ni siquiera en Gran Breta±a. Delante del laborismo está Blair. Pero el partido está detrás. Y el laborismo es el producto fabiano de las clases medias, intelectual, centrado en Londres y orientado desde Londres, una curiosa mezcla de tradición liberal --John Stuart Mill especialmente-- y un positivismo continental con difuminados toques marxistas que han sido eliminados.

Hay que esperar que la borrachera del éxito de los primeros meses no empa±e una trayectoria y un estilo que prometen mucho.

lfoix@vanguardia.es


La Vanguardia de Barcelona, 4 de Octubre de 1997.


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