Locura electoral
La Convención Nacional de Copei puso las cosas en
su sitio. En primer lugar, ratificó a la dirección nacional
del partido como única autoridad para conducir a la organización
en este tiempo, avalando la gestión cumplida desde diciembre de 1994
hasta ahora. En segundo lugar, luego de la evaluación correspondiente,
fue aprobado por unanimidad visible el informe político del secretario
general. Las líneas de oposición frontal a este gobierno,
de deslinde con Acción Democrática, de pactar con las fuerzas
integrantes de la alianza tripartita, de apertura hacia la sociedad civil
y la labor de reorganización integral que a todos los niveles se
adelanta, obtuvieron abrumadora mayoría y un respaldo tan sólido
como consciente por parte de los delegados al evento. El debate fue duro
pero clarificador. Todas las intenciones quedaron en evidencia y, de ahora
en adelante, nadie podrá llamarse a engaño en relación
a Copei. Estas cosas vale la pena destacarlas porque, en una insólita
e innecesaria campaña de desinformación, voceros de quien
había cuestionado hasta pedir su sustitución, a la dirección
nacional encabezada por Luis Herrera Campíns, con manifestaciones
de debilidad evidente frente al actual gobierno y oponiéndose en
tono subido a la reorganización del partido cuestionando la legitimidad
de las autoridades regionales y otras actuaciones políticas del Comité
Nacional, quieren aparentar que el gran ganador de la Convención
fue Eduardo Fernández y no el partido como un todo. Esto, es sencillamente,
infantil. Significa un menosprecio increíble a la capacidad de raciocinio
de quienes presenciaron el evento y pareciera considerar a los venezolanos
como unos idiotas sin criterio ni cabeza para pensar. La precaria situación
interna de esta posición quedó en evidencia desde la noche
de la instalación, cuando se opusieron rabiosamente a mi elección
como presidente de la Convención, en términos y actitudes
que el país presenció estupefacto.
Pero, además, el respaldo a la dirección
nacional quedó sólidamente establecido en la reforma estatutaria.
Todas las propuestas de la comisión especial para tal fin, precedida
por Pedro Pablo Aguilar, fueron aprobadas. Tuvieron como base los parámetros
señalados por Pepe Rodríguez Iturbe en la Colonia Tovar. A
las ya existentes y además de los mecanismos que permitieron mi elección
en 1993, se agregaron otros ampliando el piso jurídico de la dirección
nacional para enfrentar cualquier situación que pueda presentarse.
Ante la decisión mayoritaria de la Convención, Eduardo se
plegó a todo cuanto se estaba aprobando y consciente de que las cámaras
de televisión estaban dentro del recinto, aplaudía lo que
se aprobaba, tanto en la dirección de la apertura hacia los independientes
como a las eventualidades de elegir al candidato internamente. Es decir,
a los ojos del público no estaba ni a favor ni en contra, sino todo
lo contrario.
Me ocupo nuevamente del tema por respeto a la verdad y
porque me molestan demasiado los disimulos. Eduardo se equivocó nuevamente
conmigo, con Luis Herrera y en la apreciación de la actualidad de
un partido que es hoy bastante distinto al que él controló
férreamente por quince años. Ojalá y no se siga equivocando,
que asimile las lecciones que la vida le ha dado desde 1992 a esta parte
y se disponga a fortalecer junto con los demás el piso común
del partido, sin el cual nunca será más de lo que ya ha sido.
Lo digo fraternalmente. Con la autoridad que me da haber sido protagonista
de no pocas confrontaciones dentro y fuera de Copei y creyendo haber asimilado
para bien tanto las victorias, que han sido muchas, como las derrotas, que
habiendo sido pocas han sido terriblemente importantes tanto para el partido
como para mí.
Escribiendo esta nota me alejé del tema porque la
situación de Eduardo me preocupa mucho. Pensabe referirme exclusivamente
a la explosión candidatural que hemos presenciado las últimas
semanas. Alfaro, Lewis, Ledezma y Claudio arremeten dentro de Acción
Democrática. Irene, Humberto y Eduardo copan la escena copeyana por
ahora. En Patria para Todos, Medina y Chávez fintean sin rematar
ni lanzar golpes definitivos. En la Causa R, Andrés coquetea con
la que sería su cuarta candidatura presidencial y se acerca meloso
a Irene para dejar puertas abiertas. Henrique Salas Romer se desespera ante
el avance de Irene y bota increíblemente el juego antes de empezar,
limitando su espacio natural. Los grupos emergentes, pequeños pero
importantes y personalidades aisladas con algunos no tan importantes como
peligrosos, buscan acomodo de acuerdo a sus particulares conveniencias.
El juego está empezando. Adquiere ferocidad. Pero lo malo es que
los jugadores no parecen darse cuenta de que el estadio está vacío.
La temporada aún no ha empezado. Ni siquiera los árbitros
están en el terreno. Venezuela está bastante ausente porque
el pueblo está sobrecargado de problemas graves. La lucha por la
subsistencia en este país sin Gobierno y dominado por la más
espantosa mediocridad del continente americano no deja espacio para la politiquería
candidatural en la mente de un ciudadano común concentrado en ver
cómo mantiene su vida y protege a su familia.
Por supuesto que la gente tiene sus preferencias y concentra
sus esperanzas y simpatías en algunos de los aspirantes. También
tiene sus dudas sobre si valdrá la pena o no expresar activamente
esas simpatías. Teme nuevas y mayores decepciones de esas que han
seguido siempre a las grandes euforias. Y, en el fondo, se resiente porque
a nadie pareciera dolerle de verdad sus problemas y necesidades. Pocos se
ocupan como debieran ocuparse de la gente, del pueblo, del hombre, de la
humanidad común. De dignificar la política y adecentar la
relación con unas comunidades abandonadas. No es fácil ser
político en este tiempo. El desprestigio es muy grande. También
de los partidos y de las instancias en las cuales la política se
desenvuelve. Por eso estamos obligados a hacer las cosas bien hechas. Ese
afán por sacar provecho de todo y en todo, de conseguir ventajas
debidas e indebidas, ese desmedido afán publicitario y desinformativo
a que están sometiendo la población, puede darle centimetrajes
y minutos en los medios de comunicación, pero en el fondo son gandolas
de arena que se están echando encima quienes ven la vida y la política
sólo a través del prisma de sus 'destinos personales' y no
del servicio a la comunidad.
Venezuela está mal, muy mal. Ha sufrido mucho en
estos cuatro años interminables. Por estos días, el drama
de los niños sin escuela y de los padres que no pueden costear ni
matrícula ni útiles escolares es la requisitoria más
grave y trascendente que se le hace a la casta de los dirigentes políticos
actuales. También al liderazgo social y económico del país.
No hay respuestas. Cada año la situación es peor. La descomposición
avanza. También los peligros.
El Universal digital, 2 de octubre
de 1997
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