La inabarcable esencia de Corina Briceño
Sacados de la profundidad selvática, del mítico
sur venezolano, los 12 lienzos que componen la muestra son producto del
estrecho vínculo que la pintora ha establecido con la naturaleza
y las comunidades indígenas del país. En esta ocasión,
su delirio creativo se centra en la casa de los yekuana, llamada por ellos
``Atta'' y que ha pasado a ser la morada primigenia de Briceño.
Corina Briceño se siente intimidada ante el grabador.
Lo mira con recelo como si el pequeño aparato negro amenazara con
robarle el alma o, por lo menos, apropiarse de sus espíritus. Quizás,
los mismos que habitan la casa -o ``Atta''- de los yekuana asentados en
el alto Kunukunuma, al sur del Orinoco, y que ella y sus pinturas han tratado
de interpretar sin más ánimo que el del reconocimiento, el
autodescubrimiento.
Hasta el 27 de este mes, la Galería Icono de Las
Mercedes exhibirá 12 trabajos recientes de Corina Briceño.
La muestra se titula El misterio de Atta y, según la propia artista,
``trata de todo lo que está dentro de la casa yekuana, más
lo que tengo en mis apuntes de viaje, lo que imagino y lo que recreo en
el taller...''.
Qué surge de todo ese universo de sensaciones, percepciones
e imágenes? Las obras que presenta Briceño en Icono hablan
por sí mismas: moradas infinitas en las que gravitan escaleras, curiaras
y símbolos que sustituyen a la figura del hombre, pero que no dejan
de remitirnos a él. Una explosión de amarillos y ocres en
la que los únicos elementos que pisan firmemente la tierra son unos
pilones de yuca semejantes a tótems sobre los cuales la artista escribe
``palabras indígenas o en latín como los viajeros antiguos.
También coloco nombres de etnias, de ríos, de lagos que ya
no existen pero que aparecen en mapas antiquísimos''.
La trayectoria plástica de Corina Briceño
ha estado ligada desde sus inicios al paisaje y a la selva. Conocidos son
sus trabajos en los que hombres anónimos se fundían con el
Avila, o sus particulares petroglifos con los cuales obtuvo el Primer Premio
en la XI Bienal de San Juan del Grabado Latinoamericano y del Caribe, en
Puerto Rico.
ROMPIMIENTO Y ENCUENTRO
-Cuál es el origen de su pasión por la selva?
-Comencé a viajar al sur desde que era una niña,
cuando acompañaba a mi padre en sus estudios científicos.
El nos inculcó a mis hermanos y a mí un gran amor hacia la
naturaleza. Luego, en el 84, fui a esa zona de manera formal; es decir,
en expediciones Orinoco abajo.
-Y cómo ha evitado convertirla en una postal turística?
-Eso ha sido un reto. De hecho, no fue sino hasta el año
pasado cuando me decidí a pintar una churuata. Siempre he tratado
de que mi paisaje no sea una postal, por eso le pongo símbolos, lo
intervengo, incluso los cuadros que me traigo de la selva muchas veces los
``reviento'' en el taller: les agrego trazos, les superpongo símbolos,
mezclo el acrílico con arena del lugar... Es como si al trasladarla
al lienzo rompiera su lectura. A menudo pinto y repinto hasta que al final
queda otra cosa diferente a la que pensé.
-Qué significa ``romper la lectura''?
-Bueno, que vas leyendo la obra y de repente te encuentras
con un símbolo que no entiendes. Es como el rompimiento del hombre
y la naturaleza. El mismo hombre ha roto la naturaleza, ya sea depredándola,
invadiéndola, haciendo el éxodo de la naturaleza hacia fuera,
explotándola. Por eso la violencia de algunos de mis cuadros.
-Violencia en la selva?, parece un contrasentido.
-La selva es bellísima, pero también tiene
su violencia. En ella puedes sentirte indefenso... Claro, me siento más
tranquila en la selva que en la ciudad.
-Cómo traduce lo visto a lo pintado?
-Hay dos formas: una es en plena selva -yo también
tomo fotografías-. A veces los indígenas intervienen en la
obra como es el caso de la churuata que se está exponiendo en la
galería, que tiene símbolos pintados por ellos mismos. La
otra es en el taller, donde traslado a los lienzos los dibujos que hago
en mi cuaderno de anotaciones. A esos símbolos les quito la connotación
que los indios les dan a diario y les doy otra connotación, la mía.
-Distingue etapas en su carrera?
-Yo no he desarrollado una sola línea de trabajo.
Creo que el artista de hoy tiene que ser polifacético, capaz de hacer
desde una instalación hasta pintar y dibujar, ya que tiene a la mano
una gran cantidad de información, tan vasta, tan violenta... Tú
sabes aquí lo que está pasando en Japón y en todas
partes. Lo importante del artista polifacético es que pueda emplear
diversos medios de manera conceptual.
-Además de inspiración, qué busca
Corina Briceño, la persona, cuando se interna en la zona selvática
venezolana?
-Ante tanta invasión informativa, busco reservarme
un poco de tiempo y espacio para mí. Yo creo que la solución
al caos es integrarse a la naturaleza, por lo menos ésa es la solución
que estoy buscando. Por eso hay que preservar todo aquello, pero yo no estoy
tratando de ser una artista conservacionista; internamente soy ecologista,
pero eso no tiene que ver con mi obra.
-Trata de encontrar su esencia.
-Yo creo que me voy a pasar toda la vida buscando la esencia,
y puede ser que no la consiga. No te puedo decir si la esencia que yo creo
que estoy haciendo es la verdadera, quizás lo es para mí.
En estos momentos, la esencia, a mi manera de ver, es la comunicación
que los indígenas establecen con los espíritus, con el cosmos;
es la búsqueda de los dioses ancestrales, de sus antepasados... Por
eso es que ellos se mantienen vivos todavía.
Mientras El misterio de Atta es revelado en la Galería
Icono de Las Mercedes, Corina Briceño se prepara para regresar a
la selva este mismo mes. En su nueva exploración plástica
se ha propuesto transformar los pilones de yuca de sus cuadros en objetos
tridimensionales, en esculturas de arena y cemento.
El Nacional On-line, 5 de Octubre
de 1997.
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