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La inabarcable esencia de Corina Briceño

Juan Antonio González

Sacados de la profundidad selvática, del mítico sur venezolano, los 12 lienzos que componen la muestra son producto del estrecho vínculo que la pintora ha establecido con la naturaleza y las comunidades indígenas del país. En esta ocasión, su delirio creativo se centra en la casa de los yekuana, llamada por ellos ``Atta'' y que ha pasado a ser la morada primigenia de Briceño.

Corina Briceño se siente intimidada ante el grabador. Lo mira con recelo como si el pequeño aparato negro amenazara con robarle el alma o, por lo menos, apropiarse de sus espíritus. Quizás, los mismos que habitan la casa -o ``Atta''- de los yekuana asentados en el alto Kunukunuma, al sur del Orinoco, y que ella y sus pinturas han tratado de interpretar sin más ánimo que el del reconocimiento, el autodescubrimiento.

Hasta el 27 de este mes, la Galería Icono de Las Mercedes exhibirá 12 trabajos recientes de Corina Briceño. La muestra se titula El misterio de Atta y, según la propia artista, ``trata de todo lo que está dentro de la casa yekuana, más lo que tengo en mis apuntes de viaje, lo que imagino y lo que recreo en el taller...''.

Qué surge de todo ese universo de sensaciones, percepciones e imágenes? Las obras que presenta Briceño en Icono hablan por sí mismas: moradas infinitas en las que gravitan escaleras, curiaras y símbolos que sustituyen a la figura del hombre, pero que no dejan de remitirnos a él. Una explosión de amarillos y ocres en la que los únicos elementos que pisan firmemente la tierra son unos pilones de yuca semejantes a tótems sobre los cuales la artista escribe ``palabras indígenas o en latín como los viajeros antiguos. También coloco nombres de etnias, de ríos, de lagos que ya no existen pero que aparecen en mapas antiquísimos''.

La trayectoria plástica de Corina Briceño ha estado ligada desde sus inicios al paisaje y a la selva. Conocidos son sus trabajos en los que hombres anónimos se fundían con el Avila, o sus particulares petroglifos con los cuales obtuvo el Primer Premio en la XI Bienal de San Juan del Grabado Latinoamericano y del Caribe, en Puerto Rico.

ROMPIMIENTO Y ENCUENTRO

-Cuál es el origen de su pasión por la selva?

-Comencé a viajar al sur desde que era una niña, cuando acompañaba a mi padre en sus estudios científicos. El nos inculcó a mis hermanos y a mí un gran amor hacia la naturaleza. Luego, en el 84, fui a esa zona de manera formal; es decir, en expediciones Orinoco abajo.

-Y cómo ha evitado convertirla en una postal turística?

-Eso ha sido un reto. De hecho, no fue sino hasta el año pasado cuando me decidí a pintar una churuata. Siempre he tratado de que mi paisaje no sea una postal, por eso le pongo símbolos, lo intervengo, incluso los cuadros que me traigo de la selva muchas veces los ``reviento'' en el taller: les agrego trazos, les superpongo símbolos, mezclo el acrílico con arena del lugar... Es como si al trasladarla al lienzo rompiera su lectura. A menudo pinto y repinto hasta que al final queda otra cosa diferente a la que pensé.

-Qué significa ``romper la lectura''?

-Bueno, que vas leyendo la obra y de repente te encuentras con un símbolo que no entiendes. Es como el rompimiento del hombre y la naturaleza. El mismo hombre ha roto la naturaleza, ya sea depredándola, invadiéndola, haciendo el éxodo de la naturaleza hacia fuera, explotándola. Por eso la violencia de algunos de mis cuadros.

-Violencia en la selva?, parece un contrasentido.

-La selva es bellísima, pero también tiene su violencia. En ella puedes sentirte indefenso... Claro, me siento más tranquila en la selva que en la ciudad.

-Cómo traduce lo visto a lo pintado?

-Hay dos formas: una es en plena selva -yo también tomo fotografías-. A veces los indígenas intervienen en la obra como es el caso de la churuata que se está exponiendo en la galería, que tiene símbolos pintados por ellos mismos. La otra es en el taller, donde traslado a los lienzos los dibujos que hago en mi cuaderno de anotaciones. A esos símbolos les quito la connotación que los indios les dan a diario y les doy otra connotación, la mía.

-Distingue etapas en su carrera?

-Yo no he desarrollado una sola línea de trabajo. Creo que el artista de hoy tiene que ser polifacético, capaz de hacer desde una instalación hasta pintar y dibujar, ya que tiene a la mano una gran cantidad de información, tan vasta, tan violenta... Tú sabes aquí lo que está pasando en Japón y en todas partes. Lo importante del artista polifacético es que pueda emplear diversos medios de manera conceptual.

-Además de inspiración, qué busca Corina Briceño, la persona, cuando se interna en la zona selvática venezolana?

-Ante tanta invasión informativa, busco reservarme un poco de tiempo y espacio para mí. Yo creo que la solución al caos es integrarse a la naturaleza, por lo menos ésa es la solución que estoy buscando. Por eso hay que preservar todo aquello, pero yo no estoy tratando de ser una artista conservacionista; internamente soy ecologista, pero eso no tiene que ver con mi obra.

-Trata de encontrar su esencia.

-Yo creo que me voy a pasar toda la vida buscando la esencia, y puede ser que no la consiga. No te puedo decir si la esencia que yo creo que estoy haciendo es la verdadera, quizás lo es para mí. En estos momentos, la esencia, a mi manera de ver, es la comunicación que los indígenas establecen con los espíritus, con el cosmos; es la búsqueda de los dioses ancestrales, de sus antepasados... Por eso es que ellos se mantienen vivos todavía.

Mientras El misterio de Atta es revelado en la Galería Icono de Las Mercedes, Corina Briceño se prepara para regresar a la selva este mismo mes. En su nueva exploración plástica se ha propuesto transformar los pilones de yuca de sus cuadros en objetos tridimensionales, en esculturas de arena y cemento.


El Nacional On-line, 5 de Octubre de 1997. 


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