Gobierno y Dominación
Los antiguos romanos diferenciaban entre el ``dominio''
(de ``dominus'', señor, dueño, poseedor, y a su vez, éste
de ``domus'', casa) y el ``imperio'' (de ``imperium'', mando, orden). El
primero es aquel ejercicio en el restringido ámbito de la casa, en
el espacio privado, mientras que el segundo mienta el acto de gobernar inscrito
en los espacios públicos. El dominio es ilimitado, pues el señor
es amo y árbitro absoluto de la vida y muerte de su esposa, de sus
hijos y de sus esclavos. El imperio, en cambio, encuentra límites,
pues se ejerce sobre hombres libres. Por esta razón, antes del llamado
``despotismo oriental'', ningún emperador, a pesar de reunir todos
los poderes que otrora, en la república, fueran repartidos, se hacía
llamar ``señor''. Ni siquiera bajo Calígula o Nerón,
que ciertamente negaron todos los antiguos valores de las ``civitas'' romana.
La diferencia es todavía muy significativa, pues
permite comprender cuando un gobierno es legítimo y cuando, en cambio,
se sobrepasa, sofocando las prerrogativas de los ciudadanos. La dominación
es ilegítima porque implica el gobierno sobre siervos y esclavos;
el imperio es el mando que se atribuye a un individuo en función
de un cargo y en cuanto tal, legítimo dentro de un Orden Constitucional
dado. Estos cargos, en un régimen democrático, son desempeñados
sobre la base de una designación temporaria y no de la denominación.
Por ello, todo abuso del cargo confiado, en el sentido de un establecimiento
permanente, conduce a una pérdida de legitimidad.
También un gobierno de consenso y de confianza civil,
como es el caso de Venezuela, imparte órdenes y ejerce coacción,
pero lo hace en función de un acuerdo fundamental que denominacos
Constitución. No domina sobre personas. El gobierno legítimo
no ejerce, entonces dominación. Cuando se transforma en dominio -algo
que, vale la pena destacarlo en las actuales circunstancias, no tiene que
realizarse necesariamente a través de un estallido de un golpe de
Estado, sino que puede llevarse a cabo imperceptiblemente y paulatinamente,
no ncesariamente al amparo de la oscuridad de la noche sino también
en pleno día, en la cotidianeidad irrelevante - experimenta fatalmente
una merma en su legitimidad civil. Pues ésta depende justamente no
de la dominación sino del acuerdo, del consenso, del diálogo.
La falta de disponibilidad al diálogo, por parte
de un gobierno, significa, a la luz de estas consideraciones, un atropello
del régimen consensual, una omisión de que el acuerdo en la
base política firme de una democracia real. Donde no hay diálogo
que actualice el consenso, el acuerdo inicial se transforma en dominación,
por lo demás, subrepticia, pues se disfraza y oculta detrás
de la apariencia consensual. En lugar de buscar una ``dominación
disfrazada de legítima'', lo que hay que perseguir es una ``legitimidad
dominante'', aquella en la cual los ciudadanos libres saben tanto gobernar
como dejarse gobernar; ordenar y obedecer.
Lamentablemente, en Venezuela parece que no lograrmos hacer
ninguna de las dos cosas: cuando se ordena, se sobrepasa el imperio y se
lo transforma en dominio, se abusa de los cargos. Tampoco sabemos obedecer
sobre todo porque lo encontramos poco racional en un ambiente donde esta
actitud no es recompensada.
La reconstrucción del Estado comienza con una actuación
transparente de los distintos gobiernos de turno. El que ejerce la autoridad
debe dar el ejemplo, cumpliendo con sus deberes para poder reclamar con
rigor sus derechos. Como ciudadanos de un Estado que se dice democrático,
nos vemos obligados a cumplir con nuestros deberes, pero eso implica reclamar
el derecho de que los gobiernos cumplan con los suyos. En esta actuación
Venezuela se juega su futuro democrático, pues poco puede hacerse
desde el Estado si el gobierno de turno que lo maneja se encuentra sin legitimidad.
La dominación es opresión y ésta casi siempre conduce
a un fuerte malestar público, caldo de cultivo de cuanta salida violenta
se pueda imaginar.
El Nacional On-line, 29 de Septiembre
de 1997.
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