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Diario en Gerundio

Javier Vidal

Alma ácrata

Cuenta papá que las tropas de Franco se levantaron en Africa el 18 de julio. Al día siguiente una bomba los sacó de la cama. Su papá, el yayo José, fue a investigar a la luz de un día sin sol. ``Quedaros tranquilos en casa, voy a ver qué ha pasado''. Al volver, cuenta papá, el yayo José explicaba que jamás había visto tanta ``carne en la calle''. La Plaza España de Barcelona había sido bombardeada. Transeúntes, gente de a pie, los primeros obreros que esperaban el metro, inocentes todos: muertos. Bastó y sobró para que la familia se preparara para salir a la calle.

Cuenta, ahora la historia, que el pueblo de Barcelona se enfrentó al ejército y lo venció. Un pueblo que se agrupaba alrededor del anarcosindicalismo. Las bravías teorías de Bakunin, Proudhon y Malatesta, eran anatema de las de Marx y Lenin. Los anarquistas no estaban ni con unos ni con otros. El primer frente, después de espantar al ejército, fueron las iglesias, conventos y colegios de curas y monjas. El clero temblaba y huía por los pasillos subterráneos.

Cuenta papá que lo que vio aquellos días, cuando apenas era una adolescente, lo acompañó en sus recuerdos hasta el día de hoy. Papá vio como quemaban los cuadros y las esculturas de las iglesias. Como los gitanos de la calle Los Ladrilleros, en nombre del anarquismo lanzaban un piano de cola de alto balcón del convento de la calle Guadiana de Sans. La fuerte impresión de ver las monjas momificadas emparedadas en los subterráneos pasillos que comunicaban del convento al de los curas. ``Monjas con sus fetos en brazos...''.

El escarnio esperpento de Valle-Inclan finalizaba en la Diagonal donde en desfile carnestolendo al grito de ``a las barrricadas'' proclamaba el triunfo de la Revolución. Camiones llenos de obreros, gitanos, chulos y todas ``las putas del barrio chino'' que se iban para el frente de Aragón. Así lo vio papá y así me lo ha contado una y otra vez. Después la historia comenzó a complicarse. Lo que pretendió ser un golpe de Estado militar se transformó en una guerra civil. Una apretada guerra mundial que sirvió de ensayo general para la gran guerra. La última guerra idealista del siglo de las guerras.

El yayo José sabía Esperanto, catalán y un poco de castellano. La yaya Francisca era una analfabeta convertida en líder obrera textil. La familia de mi padre ya era pobre antes de la guerra. Sus cuentos son interminables. He escuchado de su propia boca los más inverosímiles cuentos de hambre y de guerra... de muerte. Repetidos y versionados, pero de vez en vez se asoma uno nuevo del pasado. Con el paso del tiempo papá va teniendo mayor claridad del amoratado pretérito que vivió en la guerra y la insoportable postguerra. Pertenecer al bando de los perdedores no fue nada fácil en los tiempos de Franco.

Con todo ese material se puede hacer una interesante película. Una narración crítica entre la época y el relato intimista. Algo así como lo que nos presenta, muy personalmente, como deben ser todos los relatos artísticos, Vicente Aranda, el mismo de Amantes.

Libertarias inicia su diegesis entre el convento y una casa de putas. No son precisamente las putas del barrio chino de Barcelona. Las que presenta Aranda son de las más finas. Las hetairas del arzobispo. Putas y monjas se confunden con la misma pasión que arrastra en fanatismo. Esa confusión, esa simbiosis religiosa es la que explota Aranda en su filme, quizá lo más interesante y atractivo del mismo.

Aranda tiene la inteligencia de convertir su guerra en un enfrentamiento ideológico. Una ideología basada no en el discurso dialéctico de las ideas, sino en el axioma principista y caletrero. El personaje de la monja anarquista es el emblema de este discurso. Al inicio recita de memoria el Evangelio según San Mateo. Una vez que topa con la librera anarquista, comienza a recitar de memoria el catecismo según Kropotkin.

Los extremos catalanes son unos extremos ibéricos. Toda la península sufre de este mal de extremos que siempre se toca y se confunde. Durante la segunda República y la incivil guerra llegaron a sus aberraciones más excelsas. Franco se ocupó de subrayarlas y envenenarlas. Hoy afortunadamente las dos Españas de Machado han sabido entenderse a través del diálogo y los estragos que la democratización europea les ha insuflado. Queda la materia pendiente de la ETA: apéndice de aquellos extremos. Hija de Franco y sobrinonieta del anarquismo que ayudó a encender la guerra y mantenerla.

Lo más convincente del filme de Aranda son sus actuaciones. Ana Belén, la anarquista que busca la equivalencia con el hombre, ``no la igualdad''. Loles León, la puta cansada que se entrega a la aventura irresponsable de la revolución. Victoria Abril en un papel muy a su medida: la librera anarquista que regenta una librería con el estupendo nombre de Alma Acrata, síntesis del filme de Aranda. El verdadero título de la película. Ariadna Gil, la monja de claustro empujada a la lucha anarquista que cambia el evangelio por el ``sagrado instinto de rebelión''; y Laura Mana, la menos convincente de todas, en el papel de la evangelizadora del anarquismo. Una especie de Santa Teresa de Bakunin.

Particularmente el filme me tocó algunas de las fibras del recuerdo de esos relatos que papá aún me cuenta. Finitos cuentos que se repiten, dramatizan, forman y deforman, construyen y deconstruyen. La historia aún está reciente. No del todo olvidada. No todos han muerto a pesar de los muchos muertos. Quizá la ETA aún tenga más historias que escribir para engordar la aburrida democracia española que sigue ``contando cuentos de cuando la guerra...''.


El Nacional on-line, 4 de octubre de 1997


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