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El mono de la Democracia

Salvador Garmendia

En el mundo avasallante de las comunicaciones, contamos con un buen número de recursos cada vez que queremos enviar un recado: el radio, el telégrafo, el teléfono, el cable, el fax, el correo electrónico, el internet y todavía no estamos satisfechos. Aún nos entra piquiña en las manos porque nos parece que el fax tarda demasiado en pasar, sin acordarnos que no hace más de cincuenta años, los tocuyanos (venezolanos nativos de El Tocuyo, Distrito Morán, estado Lara, Venezuela; para los que llegaron tarde), se gritaba de una acera a la otra, ``­llámame por la cuerda!'', queriendo decir, a su manera, llámame por teléfono. Hoy, ya los muchachos no juegan con teléfonos de vasitos ni los enamorados, si todavía quedan algunos en el mundo, se mandan papelitos con el hermano menor y sin embargo, son estas pequeñeces las que nos siguen haciendo parecer un poco humanos, a pesar de todo. Es más, todavía se siguen enviando mensajes por señas de una persona a otra, como ocurrió conmigo el otro día, durante una de mis caminatas lustrales en el Parque del Este. Un compañero, que pasaba al trote por la vía contraria, se dirigió a mí y sin separar los labios, sacudió vigorosamente el índice de su mano derecha contra el anular como si estuviera echando una pela y remató con una interrogación que se abrió contundente en sus dos manos: ``Qué hubo, chico? Qué pasó contigo, pues?'' Te estamos esperando!''.

Era un lector asiduo, al parecer, de mis artículos en este periódico y era evidente que se sintió con derechos a reclamar lo suyo. Me hice el cargo de que se trataba de su golosina de los sábados; la compensación del caraqueño a una semana de fatigas mal remuneradas, desengaños y contrariedades sin término; así que el resto de la caminata lo anduve pensativo y un poco ufano, no lo niego, mientras intentaba traducir en palabras el reclamo de mi compañero; pero eran ganas de perder el tiempo, porque ya lo sabía. ``­Qué te está pasando, Salvador!'' -eso era lo que me habían querido decir esas manos-. ``Cómo que te pusieron un bozal de arepas, chamo? Porque hace tiempo que no le das duro al gobierno en tus artículos. Estamos esperando''. Y era verdad. Y lo siento en el alma; pero es que no se puede hablar mal de lo que no existe, así esté en todas partes como un dios. Y no me digan que es exagerada la comparación, porque estamos hablando del gobierno; un dios maltrecho y balbuciente; un polichinela lleno de aire, que se volverá nada si lo puyáramos con una aguja en el trasero; pero que nos obliga a acordarnos de él a cada momento, sobre todo cuando nos metemos la mano en el bolsillo sin encontrar nada en el fondo o cuando leemos en el autobús, ``ahí mismito: Bs. 70,00'' y comprobamos que la gente permanece muda en el asiento, indiferente o resignada, al parecer y yo también siento un cosquilleo por debajo, porque en realidad todos compartimos la sensación de estar sentados sobre un barril de pólvora. Es la misma divinidad perversa que cierra hospitales y declara que la educación en Venezuela es una estafa, a pesar de que nada cambia y el ministro se eterniza en su puesto, corriendo el riesgo de que lo señalan como estafador. Es un monigote de mandíbulas de hierro que devora impuestos y defeca miseria. Y en fin; es el espíritu desforme de la corrupción, la mentira, el cinismo y la incapacidad, que nos ha venido arrastrando por las narices desde la mitad de este siglo.

Esta falsa deidad, no sólo existe, sino que para desdicha nuestra, lo tenemos enfrente y de ella dependemos, al fin y al cabo; porque en nuestros pobres países, acostumbrados a vivir de limosnas, el primer limosnero, es el gobierno. Lo que sucede, es que esa lamentable ficción que se ha mantenido todo este tiempo en la escena, está dejando de ser en el presente; está desapareciendo velozmente; tanto que, hoy por hoy, Miraflores, nuestro orgulloso palacete, edificado con los dineros de la corrupción crespista, no llega a ser más que una agencia de tercera categoría del Fondo Monetario Internacional. Ya sabemos, que en la primera fila de esta legión de fracasados, destellan los grandes quebrados de ambos mundos; los arruinados de la primera generación del neoliberalismo; México, Argentina o la vieja pobre madre Rusia, a quien el Señor salve del caos definitivo como ya la salvó del comunismo. Y es por eso que en estos momentos el Presidente y sus ministros de la Economía, son las únicas fichas del tablero ministerial que se nueven, aunque en una sola dirección y sólo lo necesario para llenar su horario semanal, mediante un listado de tareas provenientes de los cubículos del Fondo. Tareas, (eso sí tienen ellas), que deben ser atendidas con fidelidad y obediencia por nuestros lacayunos amanuenses, tanto como les sea posible y aún un poco más. De todas maneras, cuando no queda otro recurso, los altos funcionarios de la institución, nos visitan siempre en el momento oportuno, para mover palancas atascadas y apretar tuercas flojas. Por cierto; el último de estos apretones, parece que nos machucará los dedos. 600.000 empleados públicos tendrán que abandonar sus respectivas nóminas, en un futuro próximo; un número tal vez mayor que el de un pueblo arrojado al desierto, sólo que ahora sin Moisés ni maná que caiga de las nubes. ``La reforma de la administración pública nacional'', será, pues, la melodía del porvenir, ``apoyada por el FMI con su tesis de control del déficit fiscal'', según nos ilustra una nota de ``El Nacional'' del domingo 21. Ese mismo día, en el cuerpo E de este mismo periódico, el premio Nobel de Economía Gury Becker, nos acercó su estampa de Stan Laurel descafeinado, para recordarnos que también había que dar de comer a los pobres; aunque quizás no tanto (así se podía leer en sus declaraciones, dando vuelta al espejo), para que nunca deje de haber pobres, que sigan arrullando su blando corazón.

Son, en verdad, recetas simples y esquemáticas, que los agiotistas de todas las épocas se han encargado de inscribir en la historia, con toda su eficacia y crueldad naturales, sin hipocresías y remilgos; porque sea lo que sea, así son las cosas y no es el caso empezar el mundo de otra manera. ``Te presto, hermano, lo que quieras, no importa para qué. Eso sí, siempre que te comprometas a pagarme puntualmente los intereses, descontándolos del diario de la casa''. De aquí en adelante, todo en tu casa se vuelve más pequeño. La mesa más chiquita y más vacía. El sueldo se te escapa entre los dedos antes de que llegues al supermercado, mientras las deducciones de la quincena son cada vez más grandes que el sobre. Con la misma velocidad, todo se deteriora a tu alrededor. El país se arrastra, tartajeando como una araña con las patas quebradas. Somos los pasajeros de un viejo ascensor, que intentamos seguir fingiendo indiferencia para darnos valor; a sabiendas de que tal vez no lleguemos al próximo piso.

Pero, en medio del descoyuntamiento general, lo primero que se resquebraja es la moral. Eso lo sabemos todos y estamos secretamente convencidos de que nos cayeron a palos y todavía no hemos podido levantar la cabeza. Casi sin darnos cuenta, pasamos de cuatro treinta a quinientos; como quien dice de potentados a mendigos: falsos potentados fuimos, es verdad, pero la pasábamos bien. Ahora llegamos a auténticos mendigos y conociendo perfectamente a los culpables, igualmente los dejamos estar. Permitimos que los partidos tradicionales, los amos de la piñata, sigan golpeando a un muñeco vacío y continúen haciendo el ridículo en sus patéticas convenvenciones nacionales. Es como si el mono de la democracia se resquebrajara y se viniera abajo. Ese muñeco fatuo y contrahecho, que fue puesto en circulación a partir del único proyecto convincente de país que empezó a caminar, aun llevado de la mano, allá en los inicios de los años cuarenta. Pero, dejemos para la próxima semana, la presentación oficial en sociedad de ese fetiche torpe y pintorreteado; el mono de la democracia.


El Nacional on-line, 4 de octubre de 1997


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