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El debate

Juan Liscano

El señor Osmundo de León Pérez, en la sección La palabra del lector, el 4 y el 19 de septiembre, aludió a Arturo Uslar Pietri y a mí, comentando desde su punto de vista los temas de la conciencia del fracaso y el de una política poblacional. Por mi parte, agradezco tener tan buen lector.

Uslar Pietri planteó en su artículo al cual yo mismo aludí, la necesidad de que los venezolanos tomaran conciencia del fracaso de su historia para empezar a construir una Venezuela mejor. Las dos cartas de León Pérez insisten en que dicho fracaso se debe, en gran parte, a la falta de una política poblacional, con lo cual acierta. Cuando afluyeron por causa de la guerra o de la situación de su país, los grupos de italianos, portugueses y españoles, Venezuela salió ganando porque se trataba de una inmigración deseable de gente preparada, educada y trabajadora. Los frutos fueron variados y nutridos. No se componía de marginales ni de malandros, sino de la crema de una clase media que hizo la riqueza y la cultura europeas en el profesorado, las carreras liberales, los artesanados, la agricultura, la industria.

En la actualidad, las inmigraciones habidas son indeseables y deterioran, cuando no contaminan, a la población sin recursos venezolana. En ambos casos, los gobiernos de turno no tuvieron participación activa sino se limitaron a permitir con beneplácito los grupos deseables y a cerrar los ojos ante la ``runfla'' indeseable. Por lo demás, uno de los más dañinos desajustes del mundo actual es la sobrepoblación de las urbes industriales. Sobre este fatal fenómeno demográfico gravitan las más temibles profecías y aparecen los fenómenos más inquietantes. Los gobiernos resultan impotentes ya para controlar el exceso poblacional y los desechos tóxicos. Lo uno se revierte sobre lo otro. Y la genética vela y se desarrolla en silencio criminal, para resolver mediante la clonación, el problema de la mano de obra. El materialismo actual es el puente tendido entre las tinieblas y la vida humana. Con educar sólo el 5% de nuestra población bastaría, escribió un representante inglés de ese pensamiento y los demás?, le preguntaron. Dependen del 5%, contestó.

No es culpa propiamente de Rafael Caldera y de los otros dos signatarios del Pacto de Punto Fijo, sino, en primerísimo lugar, de los políticos y grupos dirigentes venezolanos, lo cual nos remite a releer el artículo de Uslar Pietri, y en segundo lugar, a la carencia educativa cívica, a la falta de preparación para la administración pública, lo cual inclina a la corrupción de la misma.

En el caso del Gobierno de Caldera, hombre probo en el orden de su vida personal y familiar, figura respetable de fundador de un partido que se perdió a sí mismo, al perderlo a él, además del lastre, de la incuria general venezolana, consecuencia de una Historia devorada por rencillas, guerras y la falta de una tradición nacional que uniera entre sí a las provincias que compusieron la Capitanía General, le ha tocado gobernar un país quebrado por el déficit fiscal y un gasto público que, en el fondo, no es sino costo político, prebendas, viáticos, comisiones, sueldos para la clientela y los dirigentes. Mientras la salud se hunde en el peor de los abandonos y la educación se desmorona, faltos de presupuestos adecuados al crecimiento poblacional, la descentralización se lleva una enorme tajada del ingreso petrolero, además de suscitar cierta forma de desintegración política y social.

Esa desintegración del Estado conviene a la búsqueda de globalización de las grandes potencias, lo cual entorpece aún más la función de gobernar. Como occidentales que somos, y a la vez países subdesarrollados, no podemos evitar ser presas de los grandes, en nuestro caso: los angloamericanos. De modo que ningún Presidente de Venezuela se ha visto, como hoy Caldera, ante un dilema tan dramático: el de que Venezuela se convierta en factoría minera -para lo cual ayuda la gestión del actual Ministro- y termine siendo un Estado asociado del bloque angloamericano, presionado por la deuda, los acuerdos con el FMI, la desidia venezolana, la descomposición existente, o reaccionar hasta donde lo permita, pacíficamente, el juego internacional, apoyado en un movimiento nacional consciente, y negocie las inversiones extranjeras con sentido patriótico y de quien a quien, para lo cual tendría que disponer de un equipo de gobierno distinto al actual.

Rafael Caldera llegó al poder con toda legitimidad, cuando la ofensiva dominadora económica angloamericana, triunfaba en donde se lo propusiera, en relación con la informe América Latina. Por eso la cumbre de noviembre en Margarita, cobra una importancia mayor, porque podría ser el primer paso para negociar con la inversión extranjera en mejores condiciones. Más de una vez, el presidente Caldera ha dejado entrever la fuerza de la presión globalizadora y la indefensión latinoamericana, incluyendo al rico Brasil y a la otrora Argentina, emporio de riqueza agrícola y ganadera. Y resulta evidente que no simpatiza con la descentralización.

Lo peor es que América Latina depende ya tanto del bloque angloamericano, que una crisis de fondo financiera, anunciada por lo demás, la arrojaría a la mayor miseria. Se vive sobre el filo de un cuchillo en este inicio de la era acuariana donde todos los valores creados en dos mil años de existencia cristiana, se desmoronan ante las tecnologías, la expansión imperialista y los medios audiovisuales uniformadores.


El Nacional on-line, 3 de octubre de 1997


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