El otro País
El domingo 28 de septiembre, tuve la intensa satisfacción
de concurrir a la Sala ``José Félix Rivas'' del Teatro TeresaCarreño,
para asistir al concierto de Gala que, con inmensa generosidad, me ofreció
la Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela, bajo la atinada dirección
del profesor Gustavo Medina.
Muchas fueron las emociones y las reflexiones que aquel
acto provocó en mí. Estaba allí un centenar de niños
de toda la extensión del país, entre los 8 y 14 años
de edad, que forman parte del vasto conjunto del Sistema Nacional de las
Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela fundado y dirigido por José
Antonio Abreu con extraordinario acierto y eficacia. A sala plena, ejecutaron,
con admirable virtuosismo, un difícil programa que iba de Berlioz
hasta Tchaikovski.
Más allá de mi profunda gratitud personal,
sentí una emoción venezolana en mi espíritu al presenciar
aquel acto tan sencillo y tan significativo.
Lo que allí estaba era la representación
de un país, en muchos sentidos, diferente al que estaba en la calle.
Un país capaz de formar orquestas infantiles de esa calidad, que
puedan interpretar, con excepcional eficacia, grandes obras de la mejor
música.
No dejaba de presentárseme constantemente al espíritu
el contraste entre lo que representaban como promesa y realidad aquellos
niños y la situación de crisis, de desconcierto y de desesperanza
que hoy cubre al país. Lo que aquellos niños demostraban no
era sólo la invocación hacia un futuro deseable, sino la afirmación
presente de la existencia de un país distinto, capaz de expresarse
de aquella manera tan significativa y poderosa. Entre el discurso vacío
de los politiqueros, la indigencia mental de los partidos y la ausencia
de verdaderas motivaciones nacionales para encauzar las energías
del país, se da aquella manifestación conmovedora de disciplina
colectiva, de aspiración superior y de disposición al servicio
de altos ideales que representaba aquel puñado de niños.
Pensé que, en muchos sentidos, en Venezuela está
planteado el enfrentamiento, manifiesto o tácito, entre dos concepciones
fundamentales de la nación y de la vida; entre los que creen y trabajan
para que Venezuela pueda ser un país distinto, capaz de enmendar
sus grandes desvíos, con gente resuelta a dejar atrás los
errores del pasado y los que viven al día del gran festín
de la riqueza fácil, de la aventura política o financiera
y del egoísmo exacerbado.
Desgraciadamente, lo que parece haber prevalecido es la
fascinación del gasto fácil y del beneficio material, que
ha pervertido y desviado el espíritu nacional. Al azar de la riqueza
petrolera, mal concebida, mal dirigida, se ha creado un país parasitario,
pensionado, improductivo, que vive naturalmente del injusto reparto de la
riqueza petrolera. Se ha debido hacer de Venezuela una nación normal,
contrariando las tendencias al parasitismo y al estatismo y desarrollando
todas las formas posibles de capacidad de trabajo y de voluntad de servicio.
Los gobiernos del último medio siglo, en términos generales,
no supieron entender el verdadero problema del país y se entregaron
alegremente al gasto caprichoso de los inmensos recursos petroleros, que
desembocaron, fatalmente, en la creación de un país parasitario,
clientelar y con escasa capacidad creadora propia.
Fueron enormes los recursos monetarios de que dispuso aquel
país pobre y atrasado. No hay que olvidar que en el último
cuarto siglo Venezuela ha recibido, por motivo del petróleo, una
suma no inferior a los 270 mil millones de dólares, que si hubieran
sido concebidos y manejados con el más elemental criterio de sensatez
económica hubieran debido convertir a Venezuela en el país
más próspero y mejor desarrollado de toda la América
Latina.
El tema central para la reflexión nacional no debería
ser otro que lo que hay que llamar, en toda su dolorosa crudeza, el fracaso
de los venezolanos. Nada sería más importante que un planteamiento
efectivo de la necesidad de cambiar sistemas y enmendar rumbos para hacer
posible poner al servicio de la nación y no del Estado el potencial
de la riqueza petrolera.
No es ese, lamentablemente, el tema de ningún gran
debate nacional. Todos. en mayor o menor grado, participan de un estado
de conformismo y de pasividad, sin preocuparse por otra cosa que no sea
el obtener el mayor beneficio personal en el reparto de riquezas que realiza
el Estado .
Hay muchos venezolanos, de todas las clases y niveles de
educación, que advierten la magnitud de los errores cometidos y que
sienten la necesidad de una profunda y eficaz rectificación. Sin
embargo, hasta ahora, no la plantea ningún partido político
y es sólo cuestión de preocupación de escasos sectores.
Hay, también, otro país distinto al que aparece
en el banal debate político de los partidos, que espera y desea el
planteamiento de las grandes cuestiones nacionales.
En muchas formas, el concierto sinfónico de los
niños venezolanos me pareció anunciar esa nueva Era.
El Nacional On-line, 5 de Octubre
de 1997.
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