El espíritu de la educación
De pocos meses para acá vienen siendo noticia y
de alguna manera discutidos, aun cuando no suficientemente, los cambios
en el sistema educativo nacional propuestos por el ministro de Educación,
Antonio Luis Cárdenas, y en particular el nuevo diseño curricular
que las escuelas van a aplicar a partir del corriente mes. El domingo 21-09-97,
el párroco de la parroquia Santo Tomás Apóstol, en
La Trinidad, el padre Jaime Moor, cuyos feligreses apreciamos su dinamismo,
vocación de servicio y disposición para aceptar con alegría
ante los males del cuerpo la voluntad de Dios, con motivo del evangelio
del día y del inicio del año escolar dedicó la homilía
dominical al espíritu de la educación, destacando en dicha
oportunidad la importancia de tener presente 'la verdadera vocación
de la educación' que 'educar no es instruir, adoctrinar, obligar,
imponer o manipular. Educar es el arte de acercarse al niño, con
respeto y amor, para ayudarle a que se despliegue en él una vida
verdaderamente humana', lo que implica en beneficio de una relación
más humana entre los venezolanos y los resultados alcanzados en las
últimas décadas replantear la manera de aproximarse al hecho
educativo.
Para alcanzar tal propósito es necesario tomar conciencia
de la magnitud del daño que a la comunidad nacional han causado las
fallas de nuestro sistema educativo, y cuanto más pueden contribuir
al deterioro de la calidad de vida del ciudadano los comportamientos de
la gente derivados de ellas. La Real Academia, en su diccionario de la lengua
española, entre las acepciones de la palabra educar señala
en primer término las correspondientes a 'dirigir, encaminar, doctrinar;
desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño
o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etcétera',
lo cual aleja definitivamente a la educación del carácter
instrumental que se le ha querido dar con menoscabo del papel fundamentalmente
formativo que nunca debió dejar de tener en nuestra patria, y que
salvo contados casos desde hace tiempo perdió.
Por ello la educación entendida como base del desarrollo
humano y de la realización personal y colectiva ha sido permanentemente
tema de mi preocupación, por considerar que muchos de nuestros males
y los obstáculos con que tropieza el país están estrechamente
vinculados a la ausencia de valores que sirvan a la ciudadanía de
soportes permanentes durante su desenvolvimiento diario. Es dentro de esta
perspectiva que me ha parecido procedente relacionar la exposición
referida, dos de los acuerdos adoptados en la XXI Convención Nacional
de Copei, recientemente celebrada, y la reforma curricular actualmente promovida
con la trascendencia para cualquier sociedad de la clase de educación
impartida, siempre en la idea como otras veces lo he sostenido que es necesario
comprender y aceptar que la educación es mucho más que el
logro de destrezas y la transmisión de información, es en
esencia formación para el bien común, cuando ella cumple cabalmente
su cometido; así como, que de ello va a depender que Venezuela salga
adelante.
Comportamiento y educación
Tanto el aleccionador sermón del padre Moor como
el planteamiento hecho por mí en la víspera del citado domingo
en esta misma página acerca del proceso de involución en el
cual ha entrado el país y que debemos esforzarnos en reversar, ocurrieron,
sin conexión alguna, pocos días después que entre los
acuerdos aprobados por la XXI Convención Nacional del Partido Copei
figurara uno ratificando 'su compromiso de garantizar el derecho constitucional
a la educación de todo ciudadano venezolano y emprender la reforma
del sector en todos sus niveles; y, que en la reforma estatutaria sancionada
en dicho evento se incluyera una norma referente a que 'quienes hayan ejercido
por cuatro períodos o más la representación en el Senado
de la República, en la Cámara de Diputados, en asambleas legislativas
o en concejos municipales, no podrán ser postulados para el mismo
Cuerpo'. Norma esta última, dentro de la cual por el abucheo de parte
de los asambleístas no se estableció apelación, evaluación
del desempeño ni excepción de ninguna clase, negando de esta
manera toda consideración a la valorización del trabajo y
el conocimiento de cada uno, llamada a existir en toda sociedad organizada
que se precie de respetar la dignidad de la persona humana y de mirar al
futuro.
Resultan de esa forma contradictorias las referidas decisiones,
adoptadas en la citada Convención, al plantearse por una parte, como
cuestión prioritaira la educación; y, por otra parte, la separación
automática de la función utilizando como único parámetro
de referencia el tiempo de ejercicio, sin consideración alguna respecto
al desempeño ni a las posibilidades de agregar nuevos logros a los
registrados por la institución a través de la cual se sirve
a la colectividad representada, a lo que ocurre en otras actividades donde
el número de eventos cumplidos constituye un galardón y marca
para el reconocimiento popular. De esta manera lo que por una parte se afirma
por otra se niega, tal como ha venido ocurriendo en diversos escenarios
del país en los que a diario se observa el poco estímulo que
se ofrece para que la ciudadanía, comenzando por los niños
y los jóvenes, encuentren suficientes razones para dedicar parte
de su vida y escasos recursos para formarse y acumular conocimientos y ampliarlos
de forma permanente durante el curso de la existencia, tal como se postula
que un buen sistema educativo debe promover ocurra.
El rol del maestro
El problema de la educación venezolana no es en
su esencia de recursos económicos ni de falta de locales o mal mantenimiento
de éstos, aun cuando tales factores negativos están presentes
en su seno y deben ser superados. El problema central es el maestro, cuya
formación, orientación y evaluación permanente se ha
descuidado. Por ello, para realizar la inmensa tarea que implica el rescate
de nuestro sistema educativo y, de esa manera, asentar nuestro desarrollo
como sociedad civilizada, no existe fórmula mágica ni masificación
posible, que ya sabemos a donde nos trajo ésta, por la improvisación
e imprevisión que la caracterizaron. Si no se entiende ni se acepta
esta interpretación de los hechos, en una visión que por supuesto
no pretende destacar la totalidad de los elementos del problema, seguiremos
trabajando sobre el niño, el adolescente y el joven como el problema
y no como las personas llamadas a ser servidas por el sistema educativo,
o planteándonos el empleo, la producción y el consumo, como
condiciones de base para un apropiado desarrollo de dicho sistema en vez
de su resultado, como en ambos casos debería ser enfocada la cuestión.
El problema está en otra parte, los maestros, hacia donde deben concentrarse
esfuerzos y recursos de manera ordenada y con propósitos claramente
definidos, tanto desde el punto de vista de los alcances de la acción
a emprender como de los objetivos y metas a concretar. Se debe reconocer
que en la falta de sentido que muchas veces se aprecia en el desenvolvimiento
nacional y la irracionalidad que se percibe en diferentes situaciones con
las cuales nos tropezamos, está presente de conjunto la falta de
formación y poco aprecio por el conocimiento sustituidos ambos por
'el pájaro bravismo' o 'la irresponsabilidad' de la sociedad venezolana,
que desde varias décadas para acá progresivamente ha venido
siendo marcada por esos rasgos negativos, que hoy constituyen claro obstáculo
para su desarrollo e inserción en el proceso de globalización
al que debemos de incorporarnos. Lamentablemente los efectos perniciosos
de los errores u omisiones cometidos en el campo educativo sólo pueden
apreciarse muchos años después, especialmente en países
como el nuestro con una supervisión de funcionamiento y evaluación
de los resultados del sistema muy deficientes. Por ello, debemos mirar con
mucha atención los cambios que en el campo educativo se introduzcan,
en particular los referentes a la educación impartida propiamente
dicha.
Algunos ejemplos ilustrativos
Valgan algunos ejemplos para poner en evidencia la procedencia
de estos planteamientos: La eterna controversia entre las representaciones
gremiales del magisterio y las autoridades del Ministerio de Educación,
por mejoras contractuales; las dificultades de la dirigencia laboral para
hacer entender a las direcciones empresarial y gubernamental las consecuencias
socioeconómicas de la pérdida del poder adquisitivo de los
salarios, así como su satanización como parte de los costos
de producción; y, el colapso del sistema hospitalario nacional y
de la seguridad pública. En el primer caso, es claro que muchos de
los reclamos y discusiones que se suscitan, después de casi cuarenta
años de democracia, entre el gremio magisterial y el despacho de
Educación no ocurrirían si los maestros, y con ello el sistema
educativo nacional, hubieran cumplido cabalmente su rol formador del venezolano.
Nadie tendría duda alguna acerca de la prioridad que a la educación
correspondería darle a la hora de la distribución de los recursos
de cualquier naturaleza de que dispusiéramos, por escasos que éstos
fueran. En el segundo caso, se plantea que mucho de lo que hoy está
ocurriendo en el campo laboral, especialmente en cuanto a la desvalorización
del trabajo, del conocimiento y la experiencia, no habría llegado
a los niveles que alcanzó en Venezuela si desde temprana hora se
hubiera entendido qué significaba la pérdida del poder adquisitivo
de los salarios en que nos adentrábamos, más allá de
la imposiblidad de poder acceder a los bienes y servicios indispensables
para vivir dignamente y sí como factor que podría afectar
de manera permanente a la organización social, como en efecto ocurrió;
y, por consiguiente, se hubiera combatido desde entonces para que tal cosa
no ocurriera en los términos registrados.
También constituye una manifestación de la
incapacidad de nuestro sistema educativo, como promotor de la formación
ciudadana, la situación de deterioro a la cual han llegado el sistema
hospitalario nacional y la seguridad social, a punto de colapsar. Situación
que cada vez que se ha presentado no ha sido abordada integralmente ni desde
la perspectiva señalada, sino resuelta a los realazos, conforme se
ha dispuesto de recursos económicos para conjurar temporal o transitoriamente
la crisis del caso y evitar los conflictos socio-laborales respectivos,
identificando equivocadamente de esa manera el problema con una cuestión
de dinero y difiriendo su consideración a fondo y puesta en camino
de real solución. Las crisis periódicas de dichos sistemas,
para cuyo maquillaje se demanda en cada oportunidad sumas mayores de recursos
constituyen una prueba fehaciente de que no se ha hecho lo debido. Nada
permanente se logrará al respecto hasta que no se reconozca que la
raíz del problema está en la formación de la gente,
que envuelve por parte de cada uno sentido de responsabilidad en el ejercicio
de sus funciones y como servidor público el manejo de los recursos
con mayor cuidado que si fueran propios.
El cambio
curricular planteado
Por el impacto que en nuestro futuro tienen las cosas que
hoy hacemos, tienen mucho sentido tanto la discusión actualmente
planteada como las dudas surgidas en torno a aspectos de la reforma curricular
cuya puesta en práctica según han anunciado se ha dicho coinciden
con el inicio del año escolar 1997-1998, el momento que inspiró
al padre Moor para referirse en su homilía al espíritu de
la educación, algo por lo cual ha trabajado mucho en su parroquia
y he tenido oportunidad de cooperar de cierta manera, una obra de Dios.
Ahora bien, ¿qué debe procuparnos de la reforma
impulsada o merecer nuestra especial atención? Que en ella pudieran
no haber sido tenidos debidamente en cuenta determinados objetivos y principios.
Entre los primeros, fundamentalmente, el carácter formativo que de
manera determinante sería necesario constituyera la esencia de su
ser, sin que implique el descuido de la función capacitadora llamada
a cumplir: transmisión de conocimientos y dotación de destrezas;
y, entre los segundos, cuando de los niños y primeros grados se trata,
tener presente como principio, que como lo señaló en su obra
Psicología de la inteligencia, el ilustre psicólogo Jean Piaget
cuya influencia en la educación en países avanzados es ampliamente
conocida que 'El pensamiento formal se desenvuelve durante la adolescencia.
El adolescente, por oposición al niño, es un individuo que
reflexiona fuera del presente y elabora teorías sobre todas las cosas,
complaciéndose particularmente en las consideraciones inactuales.
El niño, en cambio sólo reflexiona con respecto a la acción
en curso, y no elabora teorías, aun cuando el observador, al notar
el retorno periódico de reacciones análogas, pueda discernir
una sistematización espontánea en sus ideas. Este pensamiento
reflexivo, característico del adolescente, tiene nacimiento hacia
los 11-12 años, a partir del momento en que el sujeto es capaz de
razonar de un modo hipotético-deductivo, es decir, sobre simples
suposiciones sin relación necesaria con la realidad o con las creencias
del sujeto, confiado en la necesidad del razonamiento ( vi formoe ), por
oposición a la concordancia de las conclusiones con la experiencia',
todo lo cual tiene mucho que ver con la clase de razonamiento lógico
que debe esperarse del niño hasta los 10 años y, por consiguiente
la gran diferencia acerca de cómo debe introducirse en ese período
la enseñanza por ejemplo entre la historia y la religión,
que exigen relacionar el pasado con el presente y el futuro y grados importantes
de abstracciones, y las matemáticas que suponen como lo destaca Piaget
en la obra citada 'otro tipo de operaciones que razonar sobre la acción
o sobre la realidad'.
Por ello, cuando el ministro de Educación, el principal
responsable de la conducción de todo proceso de transformación
de nuestro sistema educativo, plantea que 'es imprescindible pasar del discurso
a la acción', con lo cual nadie puede estar en desacuerdo, y figura
entre los cambios a ser puestos en práctica una nueva visión
curricular, también es imprescindible alertar acerca del énfasis
que dentro de dicha visión es necesario poner en la formación.
El Universal digital, 4 de octubre
de 1997
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