La pita
Diego Bautista Urbaneja(*)
Uno de nuestros mejores historiadores y uno de nuestros
más finos escritores y conferencistas, Elías Pino Iturrieta,
escribía el otro día un artículo en el que se quejaba
de la pita que recibieron en el concurso de Miss Venezuela tres miembros
del jurado. 'Tres hombres cabales', dice Pino, y cuya única falta
era la de ser políticos y, para colmo de males, pertenecer a eso
que llaman partidos políticos tradicionales.
Resaltaba Pino en su artículo lo mucho que han hecho
esos denostados partidos y esos denostados políticos por este país,
y traía a la mesa una comparación entre lo que era Venezuela
hace no más unas cuantas décadas y lo que es ahora.
Las injusticias
No es necesario disentir de las afirmaciones empíricas
de Pino, para tomar de su artículo ocasión para profundizar
sobre el motivo y la significación de esa pita, que creo que va más
allá de una simple miopía de una colectividad que no entiende
su historia. En cuanto a la cabalidad de los tres personajes, no tengo elementos
para opinar lo contrario. Del único que conozco bien Aveledo sé
que 'es un hombre cabal'. (De todos modos, se pregunta uno qué hacían
esos señores en un jurado de un concurso de belleza)
En cuanto a lo mucho que han hecho los partidos por este
país, se trataría de una endiablada discusión. No es
tanto lo que se ha hecho como lo que se pudo haber hecho. No es tanto lo
que se logró, sino lo que se ha ido perdiendo de lo logrado. No es
tanto la comparación absoluta de la Venezuela de 1944 y la Venezuela
de 1997, sino entre lo que el venezolano va aspirando y considerando progreso
posible, a medida que, precisamente, su país va cambiando. Seguramente
a un venezolano de 1997 le parece imperdonable que en el país no
se hagan cosas o no funcionen servicios que un venezolano de 1944 consideraría
un sueño inalcanzable. No vale decirle al de 1997: 'Lo que tienes
que hacer es dar las gracias porque puedes indignarte por cosas que a un
venezolano de hace varias décadas le parecerían imposibles'.
Demasiado pedir. Pero, como digo, esto es una discusión de gran complejidad,
que no es mi propósito abordar aquí. Una perspectiva más
prometedora y que nos saca de esos complicados debates pudiera ser la de
ver a esta democracia como habiendo atravesado varias etapas: una de auge,
otra de estancamiento, otra de declive. Y concebir que estamos al final
del declive, por lo que es perentoria una renovación. Es admisible
que mucho se hizo a lo largo de las tres etapas, sobre todo en la primera.
Se puede discutir cuánto y a qué costo. Pero todo eso es secundario
ante el hecho de que, simplemente, ya no da más.
El fin de una política
De lo que se trata, lo que expresa esa pita, es del fin
de una manera de ser y hacer política, que por su parte en la práctica
se resiste a admitirlo y a transformarse en consecuencia. No pitaba el público
injustamente a tres hombres cabales. Pitaba a tres representantes de un
clase política que no termina de reformar el Poder Judicial, que
nos escamotea una y otra vez una verdadera reforma electoral, que no dice
nada nuevo, que ha abandonado el estudio y la formación intelectual,
que no deja las prácticas clientelares ni de tratar de poner a su
servicio las organizaciones sociales. Esto era lo que en el fondo se pitaba,
en tanto la pita es expresión de un sentimiento colectivo, amén
de las otras cosas que cada 'pitador' estuviera pensando por su cuenta.
La cabalidad personal de los pitados era en ese momento lo de menos. Por
lo demás, todos sabemos que las multitudes son un poco bruscas y
simplistas en la manera de expresar sus sentimientos y creencias.
También se expresa en esa pita el deseo de otro
tipo de políticos, deseo del que la mayoría de los políticos
y de los partidos no parecen capaces de tomar nota adecuadamente.
Se sabe que los políticos y la política válidos
para una etapa histórica al cabo se agotan para ser sustituidos por
otros, que serán los válidos para la etapa siguiente. Partidos
y políticos siempre habrá, pero sus tipos serán distintos.
Al partido de cuadros tipo el Partido Liberal y sus políticos característivos
sucedió el partido de leninista de masas, tipo Acción Democrática,
y sus correspondientes políticos. Cada uno tuvo su momento y a cada
cual le llegó su hora. Eso no tiene nada de particular. Ya les llegará
su hora a los renovadores de hoy, si se descuidan.
La tardanza
No es nada fácil ni rápida la producción
de esa otra nueva forma de entender y practicar la política. Llegan
primero la sensación y el hecho de que la anterior ya no da más,
que el reemplazo de la vencida. Hay un urticante desfase allí.
Pero mientras tanto la colectividad busca, husmea, donde
pudiera estar ese reemplazo, esa renovación, y reacciona contra lo
que reprsenta la política que hay que dejar atrás, que por
su parte hace cuanto puede para que el reemplazo no aparezca o no madure,
o para apropiárselo.
No se trata de caer en lo que se ha llamado la antipolítica.
Es timbre de satisfacción para este país el que las figuras
que concitan su atención como posibles catalizadores de la renovación
política no pertenecen a esa cosa bufa llamada la antipolítica.
Ni la principal de ellas, Irene Sáez, ni Hugo Chavez, ni Salas Romer,
ni los gobernadores y alcaldes con mayor prestigio, han caído en
eso. Son otro tipo de políticos, con diferencias entre sí,
pero que actúan sin extravagancias ni befas. Eso es importante conservarlo
así.
Por lo demás, los meses que vienen serán
la ocasión de mostrar que tanta renovación real traen los
que pretenden encarnarla. Ya está bueno de la cantinela contra los
partidos políticos tradicionales. Los que nos la pasamos hablando
de eso tendremos que mostrar si es verdad que tenemos algo mejor que ofrecer.
Lo que sí me inquieta es que a los pitadores se
les pase por alto que los nuevos políticos que añoran, seguramente
van a exigir más de ellos, más responsabilidad, más
disciplina, que los políticos de la vieja escuela.
El Universal digital, 2 de octubre
de 1997
(*)Email: Factor@cantv.net |