Impotencia: Conformismo y desesperación
En la vida de los hombres no todos sus actos conducen al
éxito, a veces se fracasa o al menos no se obtienen los resultados
esperados, pero aun ante el fracaso, el hombre resurge con fuerzas para
seguir luchando y en la primera oportunidad aferrarse a un nuevo reto con
renovadas esperanzas. Es el sino del hombre sano.
Cuando no hay reto posible surge la desilusión,
se siente que la lucha es estéril, que no hay nada que hacer, el
hombre se enferma, siente la impotencia que puede llevarlo al conformismo
o a la desesperación.
Quizá como consecuencia de la enorme crisis, de
toda índole, que desde hace varios años y de manera creciente
atraviesa el País y que, unos más, otros menos, viven todos
los venezolanos, parece que se comienza a sentir la impotencia generalizada,
se comienza a realizar que en un futuro previsible, aún lejano en
el tiempo, las cosas no van a cambiar, que van a ser cada vez peores, que
los problemas se eternizan y se agravan sin solución, que los gobernantes
no oyen, o si lo hacen, se hacen los sordos y no dan respuesta, que hay
dos países: los gobernantes con su corte burocrática y los
gobernados infecundos y desalentados. Es un camino abonado para llegar a
manifestaciones que son su consecuencia: la indolencia o la desesperación,
cada una peor que la otra, porque cuando no hay ilusiones, no tenemos un
reto, un desafío claro a cumplir o a vencer, el hombre languidece
o escoge el camino equivocado.
El venezolano lo viene manifestando claramente desde hace
tiempo. No cree en los líderes o no los tiene, no cree en los políticos,
no cree en sus gobernantes. Es posible que sea consecuencia de que éstos
hayan olvidado su compromiso para su propio provecho o que no hayan sabido
o que no sepan comunicar esperanzas o que hayan sido incapaces de encontrar
soluciones, pero inevitablemente se establece un doble discurso, una parte
dice: 'Estamos mal, pero vamos bien' y la otra siente: 'Estamos mal, pero
iremos peor'.
En los extremos hay dos sentimientos apocalípticos,
por una parte el de los mayores, que mirando atrás, ven un País
que fue diferente, en el cual campeaba la esperanza, que como individuo
tenía un futuro siempre mejor y que el País iba con paso firme
al encuentro de un futuro promisorio y ahora siente que en el tiempo que
le queda de vida no volverá a vivir esa ilusión. Por otra
parte, el de los jóvenes que al comenzar a enfrentarse a la realidad
del adulto no ven futuro posible, que les ronda en la cabeza la posibilidad
de emigrar y tener así un nuevo espacio donde luchar por un futuro
mejor, como alguno de sus conocidos quizá lo hizo, que no quieren
aceptar la corrupción y la inseguridad como normas de vida y sienten
que no pueden escaparse de ellas, que la única vía y la más
fácil es plegarse y aceptarlas.
Al final son dos sentimientos que conducen a un mismo fin:
la impotencia. Con todas sus consecuencias, una de ellas, si no físicamente
palpable, pero que se puede hacer sentir podría ser la desintegración
moral. Parece que a ese estado comenzamos a llegar.
Nuestros políticos están jugando a cara o
sello: conformismo o desesperación. Todavía hay tiempo de
cambiar el curso, pero para ello se requiere coraje, que cada uno dé
todo de sí para el bien del País, aun renunciando a privilegios,
para que haya de nuevo esperanzas y para eso se debe comprender y aceptar
que sólo los mejores podrán lograrlo.
El Universal digital, 01 de
octubre de 1997
|