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Las Barcelonas de una Infanta

Carlos Sentus

Los enviados especiales o periodistas preguntan, pero también opinan. Hablando con algunos de ellos procedentes del extranjero he comprobado que se enamoraban de un análisis político que enunciaban así: "La boda se hace de manera compensatoria en Barcelona, ciudad alejada de Madrid. El novio, además, es vasco, no es un noble, lo que da al enlace un lado democrático muy de nuestros días y, finalmente, como deportista profesional, viste los colores del Barþa". Admiraban este planteamiento como producto de alguna mente maquiavélica. "Pues no --les dije-- esta
ecuación ha salido así sin intervención de ningún matemático." En efecto, el azar --_no lo es el amor?-- sólo el azar, lo ha querido así.

La boda de hoy obedece, como la mayoría, a las circunstancias de los contrayentes. Pero no fortuitas. De no haberse celebrado en Madrid--residencia de la Real Familia y lugar de nacimiento de la Infanta--debía ser Barcelona su marco: en ella vive y trabaja la Infanta desde hace múltiples años. Fue una opción personal su radicación indeterminada en una ciudad donde se podía dedicar a los deportes --momentos olímpicos y preolímpicos--, donde podía llevar lo que llamamos "su vida" sin el engorro de curiosos ni "paparazzi". Quien vive y trabaja en esta ciudad--se sentenció en tiempos-- es ciudadano de Barcelona. Este título, por consiguiente, ya lo ostentaba cuando Pasqual Maragall, en una de sus últimas actuaciones como alcalde, le entregó la medalla de la Ciudad.

Agradeciéndolo la Infanta pronunció un bello discurso, mitad en castellano y mitad en catalán, idioma que habla corrientemente Iñaki Urdangarin. Es una auténtica barcelonesa de hecho y también de derecho. Jurídica e históricamente puesto que es la hija del conde de Barcelona, título de soberanía inherente al rey de España. Durante los largos años de su sacrificado exilio, don Juan de Borbón, abuelo de la infanta Cristina, se movió por el mundo únicamente bajo este título. En buena doctrina monárquica se le podía llamar rey puesto que, coronado o no, era el
heredero confirmado de Alfonso XIII, sin embargo muchos de sus amigos, a él y a doña María, les llamaban "los Barcelona".

Hace más de mil años los condes de Barcelona, tras dominar los otros vecinos condados, también carolingios, configuraron una estructura o un territorio político antes de que existiera el concepto o el nombre de Cataluña. Un conde --Borrell-- rompió las amarras con el rey de Francia. Berenguer IV lo une, al casarse con doña Petronila, a la corona de Aragón. El condado mantiene su personalidad, que no perdió en tiempos de Fernando el Católico. Don Juan de Borbón lo mantuvo como único título durante su vida, que sólo tuvo el consuelo final de poder ser el
indispensable eslabón de la legitimidad dinástica. Los catalanes, por lo menos los conscientes de serlo, agradecieron a don Juan una valoración histórica que desgraciadamente no consideró su padre, Alfonso XIII, quien por unas u otras razones vio caer su corona. El actual rey, don Juan Carlos, ha actuado como conde de Barcelona demostrándolo con su frecuente presencia en Cataluña. Fue recibido entusiásticamente en ella nada más ser coronado, tras el inolvidable discurso radiofónico en catalánpronunciado desde el histórico salón del Tinell. Así, pues, no es Barcelona una ciudad propia para la Infanta por el solo hecho de estar inmersa en el Estado español. Hay destacadas razones de carácter histórico y, finalmente, otras de carácter vital y personal.

Puede que en la calle no haya el entusiasmo que vi despertar en el primer viaje de don Juan Carlos como rey cuando, con la reina, visitaron las ciudades del corazón de Cataluña. No había entonces las medidas de seguridad que hoy, por razones obligadas, alejan un poco a las personas reales del contacto popular. Con más o menos entusiasmo, manifiesto o no, la inmensa mayoría de catalanes "verán" con agrado la boda a través de su televisor. Como esos mil millones de telespectadores que la contemplarán a través de un enjambre de cadenas. No verán solamente la boda de una princesa y un campeón, sino que también unos descubrirán y otros verán de nuevo la ciudad que tuvo en las efemérides olímpicas un gran lucimiento.

Barcelona, con la boda, recordará --reina por un día-- la proyección televisiva mundial que conoció con los Juegos del 92 de la cual tantos beneficios, especialmente turísticos, se derivaron. Se verá la ciudad, sus monumentos, sus perspectivas. Nada invita tanto al futuro turista como una presentación a todo color de una atractiva ciudad. Se observó el fenómeno incluso antes de la televisión, cuando el cine anunciaba lo que ésta iba a ser: después de la proyección de la película "Vacaciones en Roma", de Audrey Hepburn. Los visitantes a esta ciudad, como si no
fuera la "eterna", aumentaron espectacularmente. Hoy, con una proyección de mil millones de espectadores, los dividendos para Barcelona serán también millonarios.¿Cómo no han pensado en este aporte los re
presentantes políticos que han criticado al Ayuntamiento sus "desembolsos" a propósito de la boda? Se ha gastado, el Ayuntamiento, cuatro pesetas que darán más del ciento por uno. Ahora sólo falta que esos aludidos políticos --algunos de ellos munícipes-- no acaudillen una protesta, que dijeron sería respetuosa.Unicamente no llevándola a la calle lo sería. Para los no partidarios debe, por lo menos, rezar la cortesía que todos los novios merecen. Para Cervantes, Barcelona era "archivo de cortesía". "Noblesse oblige."


La Vanguardia de Barcelona, 4 de Octubre de 1997.


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