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Selvas Tecnológicas,
Urbanas
Roberto
Guevara
En la región donde se funden las tierras
más antiguas del Continente y las culturas fundamentales
que fueron nuestra identidad aún antes del
descubrimiento, se ubica hoy la ciencia y la tecnología
que abre paso a un futuro atropellado y presuroso, aunque
posiblemente necesario. Natalya Critchley (Bournemouth,
Inglaterra, 1963) viene a Venezuela a mediados de los
ochenta y se residencia en Guayana, donde desde hace
mucho tiempo comparte la labor creadora y la vida con
Luis Lares (Caracas, 1951), arquitecto y fotógrafo. Lo
que es distinto en esta pareja es la excepcional
vocación testimonial, una pasión por narrar lo común y
propio, lo que los filósofos llamarían realidad
circunvalente, y los poetas un dominio a mitad salvaje, a
mitad domado. Cabe a Natalya Critchley el mérito de ser
de los primeros artistas contemporáneos a reflejar
directamente y al desnudo el nuevo medio industrial, las
fábricas, los patios de trabajo y de depósitos, esa
otra vida mecánica y dura que tiene no obstante su
estética y su arquitectura propias. A su vez, Lares ha
sido también pionero en reflejar de manera monumental e
impresionante los grandes hornos, los rostros del carbon
y del fuego.
Pero el proceso en Critchley es
eso, un desarrollo que implica contínua evolución,
consecuencia. De los primeros dibujos, leves como
apuntes, pero sobrios y dignos, al trabajo posterior, que
involucra nuevos medios y procedimientos, como las
instalaciones y la ambientación, hay unos cuantos años
de evolución, pero todavía mucho más de esfuerzo y
talento explorador. En individuales y en salones o
bienales, la artista ha mostrado siempre nuevas fases de
su trabajo, que no obstante insiste en ese mundo
complejo, obsesivo, del territorio urbano. El dibujo, la
pintura y el relieve fueron tres de los medios
explorados, en trabajos que se apartan de la descriptiva
usual y buscan nuevas soluciones expresivas incluso
materiales novedosos. A veces la visión alcanza la
metáfora no procurada, también efectiva. Y entonces
todo parece un teatro fantástico, con bastidores y
tramoyas de estilo desconocido, tal vez con pasarelas
plataformas escénicas y figuras que apenas se asoman,
ante la extrañeza de aquella insólita complejidad. En
otras ocasiones, la invasión del espacio es necesaria, y
las obras se cuelgan de supuestos tendederos
de ropa, que van de un extremo a otro, dejando a la luz (
o al imaginario sol) la tarea de alumbrar las imágenes
(los Tenderos, Visiones y Perspectivas de lo
urbano, GAN,1991).
En otros momentos, el proceso la
lleva a incorporar aspectos de lo urbano, la vialidad, a
caballo entre la reversión simbólica y la huella
física convincente. A mezclar lenguajes que
aparentemente tienen bases y fuentes distintas, como la
visión sincrética de la geografía y el paisaje
industrial, y al mismo tiempo, el recurso de la
expresión abstracta, sus signos propios, su sintaxis
absolutamente otra y contemporánea. Este trabajo se
vuelve por momentos tan comprometido con las proporciones
gigantescas de la fuente , lo urbano y fabril , que pasa
del muro , al suelo y al resto del espacio de la sala.
Aparece entonces ese otro aspecto concernido en su
trabajo: la invitación a participar, la incitación al
juego y al desbordamiento, como otra forma de reconocer
la obra de arte, siendo hasta cierto punto parte de ella.
Al lado de esa dimensión tan
colosal de la guayana venezolana, con sus grandes ríos y
selvas portentosas, el universo que se opone, como un
nuevo ser agigantado también, establece el paralelo.
Otra selva tecnológica se enfrenta a la selva natural.
Natalya Critchley lo propone con especial sentido de la
lucidez, como un acto espontáneo e imprescindible.
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