| Discurso
de Orden con motivo del XL aniversario del 23 de
Enero Luis Castro Leiva
- "¿Y
qué hacen los hombres de bien, los
verdaderos amantes de la felicidad
pública, los Mentores, los pilotos, los
que poseen la brújula de las pasiones de
los otros para dirigir a favor de ella la
nave política al norte de su verdadera
dignidad? ¿Hasta quando han de ser su
universo las quatro paredes de su
casa?"
- Gaceta
de Caracas, 11 de mayo de 1810, Nº 97,
tomo II
No
sería inapropiado comenzar en tono confesional.
Después de todo no otra cosa hizo el primer
venezolano que escribiera para Hispanoamérica el
primer tratado de teoría política que se conoce
en nuestra historia. Hablo del prócer Juan
Germán Roscio y no, como sugieren el cinismo y
pragmatismo políticos del momento, del nombre de
algún audaz empresario. De alguien que busque
hacer de Servando y Florentino, ex estrellas de
Salserín, los futuros concejales de Las Mercedes
o que gestiona los derechos televisivos para que
la sede del Consejo Supremo Electoral, la de este
Congreso, cuando no la de una Asamblea
Constituyente, se luzcan en los espacios
televisivos de Gigantísimo, en directo, desde
Miami. ¿Puede esto extrañarnos? Ni el pasado
remoto de nuestra historia política ni el
reciente nos desmienten del todo. Salgan los
historiadores a rastrear y hallarán el gusto de
Guzmán por las estatuas de sí mismo y la Opera,
recordemos la estatua ecuestre del creador de la
Gran Venezuela. ¿Acaso no pasamos de este
hemiciclo al Teresa Carreño para ungir a un
Presidente negando así el valor de los símbolos
de nuestra cultura republicana? No, nada impide
imaginar que la aclamación del próximo
presidente cambie la sede de los espacios
públicos de nuestra memoria cívica por alguna
más ajustada a la exigencia publicitaria de la
hora. ¡Malhaya entonces esta hora! Hablo ya en
el tono confesional de Roscio; esta es mi
confesión: ¿qué hago aquí? ¿quién soy yo
para estar ante ustedes?
La primera pregunta no es sólo mía. Se
extiende hoy, en forma amenazadora por la mente
de muchos venezolanos. En efecto, tal parece
haber llegado a ser la percepción moral de la
política como oficio y de los políticos como
sus profesionales que muchos piensan que a pesar
de todo lo que aquí humanamente se pueda hacer
para expresar la soberanía legalmente que
es bastante e importante ya no vale la pena
que se siga haciendo. Y, peor aún, se piensa que
sería una buena cosa que ustedes no lo siguieran
haciendo por nosotros. Estos pensamientos
desdeñosos de la democracia representativa,
hechos por la alquimia levantisca y demagógica
de caudillejos, nos dicen que es necesario
reinventar una democracia directa de las masas. Y
nos dicen, además, que hay hacerlo fuera de este
lugar. Este sueño "anarquista"
consiste en que cada quien lleve su silla de
congresista su curul como quien lleva
una loncherita para manducarse la república y
formar, en un acto de participación política
instantánea, una especie de guarapita cívica,
la voluntad general de todos. Y así, desde un
patio de bolas o una mesa de dominó, en alguna
gallera, dice este robusto sueño anarquista,
cada miembro de la "sociedad civil",
sin intromisión del Estado ni de los partidos,
decidirá por su cuenta y gana lo que mejor
convenga para todos los venezolanos. El grito de
batalla de esta profecía es simple: la nación
es la de quien pueda tener las ganas de
encarnarla...
Por lo tanto, y a la sombra pueril de este
anarquismo de carne en vara o pasarela, aceptar
la invitación que se me hiciera y honrarla, es
algo que muchos considerarían la traición más
lograda que me habría hecho a mi mismo y
también a todos los que NO somos profesionales
de la política. ¡Malhaya esta hora de
confusiones!
Confieso entonces, como Roscio, que estoy
ansioso por criticar tantos prejuicios malos que
la sociedad ha entronizado como creencia para
caracterizar, denigrando, la idea de la política
y la seriedad de su práctica. Digo que es la
sociedad la que los ha creado porque es esta
sociedad la que tenemos la que
concibió estos prejuicios, la que los ha hecho
propios y ajenos, la que tira la piedra de su
moralismo y esconde la mano de su
responsabilidad. Somos nosotros quienes hacemos
la vida social posible y real, quienes nos
educamos en el escándalo, son nuestras las
prácticas que hacen y deshacen la política, su
tragedia y su comedia. Porque no se equivoque
sobre esto nadie, por lo menos no conmigo. La
política que tenemos es la que nuestras
"representaciones sociales" han hecho
posible y afianzado para bien y para mal; y la
hechura del mal que no queremos hacer y del bien
que hacemos como podemos es tan nuestra como de
nuestros mandatarios. Pues, ¿quién si no
nosotros somos los habitantes de esta tierra?
Somos los fanáticos del Caracas y el Magallanes
aunque sea yo tiburón convicto y
confeso quienes vamos al estadio de la
política a tomar cerveza, a chacotear y a nadar
en obscenidades mientras nos divertimos y a
elegir festivamente a nuestros representantes o
ver pasivamente desde nuestras casas lo que
hacemos y dejamos hacer que se haga con nuestra
desidia. Es bueno entonces ponerle freno al
deleite irresponsable que busca eludir el ser que
somos, como si los políticos fueran unos
esclavistas y nosotros todos los cautivos
miembros de una azotada caravana negrera.
Así, mi primera pregunta ¿que hago
aquí? cambia de sentido: estoy aquí
porque tengo que estar aquí. Porque a partir de
la invitación que se me ha hecho es mi deber
estar aquí y porque quiero decir lo que pienso
como ciudadano, porque no quiero que me roben la
expresión de mi voz ni la dignidad que la
democracia venezolana recuperó para ella a
través del ejercicio responsable y racional de
MI libertad y de la de todos. Y si estoy aquí no
es para traicionarme sino para actuar
políticamente, como titular de un número de
identidad de una cédula diez años vencida, pero
que nunca ha dejado de votar para defender mi
idea de ser quien soy, posibilidad moral que me
da, entre otros, un articulito de nuestra Constitución,
la de mayor vida institucional de la historia de
Venezuela, aquel que dice: "El gobierno de
la República de Venezuela es y será siempre
democrático, representativo, responsable y
alternativo" (Constitución
Nacional, art. 3)
La segunda pregunta ¿quién soy yo para
estar aquí? es más grave para mi
confesión que la primera. Y es que no he sido
nunca algo distinto de lo que he pretendido ser
toda mi vida. Soy apenas o nada mas que un
profesor universitario. No debo entonces este
lugar al hecho de haber sido alguna vez jefe
civil, prefecto, diputado, senador, embajador,
ministro, miembro de partido, ni rector, ni
decano, ni director de escuela, ni siquiera
representante de FAPUV. Ah, olvidaba decirlo,
tampoco he ganado ningún concurso de
fisioculturismo o de halterofilia lo que quizás
me hubiese calificado para aspirar mucho más que
ser el orador de orden... Nada. No tengo entonces
las credenciales que requiere la elocuencia de
esta tribuna; como evidencia alego en mi contra
la lista de honor de predecesores: Senador Miguel
Otero Silva, Dr. J.L. Salcedo Bastardo; Dr. José
Antonio Pérez Díaz; Dr. José Guillermo
Andueza; Dr. Raúl Leoni; Dr. Rafael Caldera; Dr.
Gonzalo Barrios; Dr. Pedro Pablo Aguilar; Dr.
Hilarión Cardozo; Dr. Alejandro Rodríguez
Cirimele; Vicealmirante Wolfgang Larrazábal...
Siento entonces escozor al oír el ruido de mi
voz. Y en mi fantasía de orador solitario
allá, bajo la regadera de mi casa
crecía en mí cierta sensación de vergüenza al
reparar en la gravedad de la cita. Vergüenza que
se agudizaba con el avance de las horas en forma
de pregunta: ¿cómo hacer, me decía, para
rescatar la dignidad de la política no siendo
político de profesión y aceptando que yo mismo
la he visto caer en la indignidad de manos de
quienes la ejercen? Entonces vi que mi radical
anonimato parecía una señal que la Providencia
me enviaba. Al fin se me daba una oportunidad
para pelear con los tiempos del desprecio hacia
la profesión del político y con ello hacia la
democracia ante la Nación que somos todos
nosotros. El Cardinal Newman vino en su Apología
pro vita sua a reflejar mi caviloso estado
de ánimo:
- "Tal era el
estado de mi mente, tal y como se hallaba
desde hacía muchos años, cuando...me vi
inesperada y públicamente necesitado de
asumir mi defensa y me fue dada la
oportunidad de alegar mi causa ante el
mundo y, como parece que ocurrió, con
algún prospecto de ser escuchado
imparcialmente" (p. 4, Apología pro
vita sua).
Y es que el desprecio de la política es un
hecho social demasiado grueso y negligente como
para pasarlo por alto; demasiado ominoso para no
verlo a la cara. Tal es la dimensión del mal de
que hablo que los gestores de la publicidad de la
nueva idea de la política criolla se han
empeñado en disfrazarlo: cultivan la
"antipolítica" como un modo de
prolongar la indignidad en que tienen el oficio.
Y llegan a decirnos estos capitanes sin
estrellas, que el mejor modo de organizar el
concurso de credenciales para llenar el vacío de
poder moral y político que dejará la autoridad
del Presidente Rafael Caldera al término de su
período constitucional es, precisamente, la
"frescura" que daría la falta de
experiencia, la inexperiencia o la incapacidad
para tener ninguna experiencia para no
decir nada de la mala experiencia. Tres o cuatro
indelebles atributos que parecen constituir aquí
y ahora, para muchos de ustedes, las únicas
condiciones para hacerse del Ejecutivo e intentar
llevar a cabo ese arte tan fácil que es el arte
de gobernar esta república y sus problemas.
¡Malhaya la hora que suena este aniversario!
Es verdad que en esto algo ayuda el
"oxymorónico" argumento que nos dice
que no se requiere de preparación para ser
presidente de Venezuela, y que a la luz de
algunas gestiones presidenciales del pasado
remoto y reciente, la "evidencia empírica
falsable" habría revelado una
generalización que satisface a más de un
comando de campaña y a su enjambre de
encuestólogos analistas. Este oxímoron dice
así: "en todas aquellas circunstancias en
que las variables de la inteligencia y la
preparación se comparan en función con la
aptitud para gobernar, allí se descubre, si
otros factores no alteran las condiciones
iniciales de la comparación, que no es necesario
ser inteligente o estar preparado para gobernar,
y que ni siquiera se recomienda poder pensar para
dirigir los destinos de cualquier nación".
Basta que cualquiera sea sido escogido por las
encuestas para que se especule con sus acciones
de poder en el mercado de una legitimación
mercadeable. A la luz de este razonamiento
especioso ¿Qué duda cabe que cuando Hitler,
hecho ya Canciller, glorioso constructor de
autopistas en contra del desempleo e invasor de
Checoslovaquia, estando por las nubes en las
encuestas, ya había pensado lo mejor para la
suerte de los judíos? ¿Qué duda cabe que
Perón era amado del Soberano metáfora que
resume el pueblo en las corridas de toros y en la
política, y a veces en ambas cosas y que
aquí había una canción que se coreaba en el
estadio de pelota donde se aclamaba al General
Marcos Pérez Jiménez como Presidente
Constitucional? ("General Marcos Pérez
Jiménez, Presidente Constitucional elegido por
el pueblo con orgullo nacional, el pueblo entero
te aclama").
Pero, verán Uds. conciudadanos y
quisiera pronunciar esta última palabra con
aquel énfasis con que se le oyera a Rómulo
Betancourt después del atentado de Los
Próceres, yo apenas soy un elector quien
no quiere dejarse subyugar por el poder de la
opinión que ustedes mis
representantes obedecen demasiado
ciegamente , y que por ello, sugiero, nos hacen
mal a nosotros, a ustedes, a la política, a la
república, a la democracia y a la Nación...
Cesen entonces de escuchar lo que sólo a ustedes
les interesa y oigan lo que les dice la razón.
Y es que ustedes tienen la obligación de
pensar no la de hincarse ante la opinión; tienen
que convencernos con argumentos y ejemplos probos
que son dignos de la confianza que les
entregamos. Tienen que deliberar bien y
derechamente para que podamos sentir todos que la
delegación de nuestro poder, nuestra
representación, no será usurpada por la
sinrazón. Y así entonces, encaramado en esta
oportunidad que ustedes gentilmente me habrían
dado, quisiera soñar que se ha alzado ante
ustedes la voz de los miembros de la idea de la
Nación y, ¿por qué no decirlo? la voz de
quienes construimos la feliz y a veces infeliz
ficción moral de la Soberanía popular que
ustedes y nosotros pretendemos encarnar sin
trancazos ni realazos. Y por ello solicito
anuencia para asumir mi derechonótese el
decoro ciudadano de que hago gala para
decirles cosas de cierta gravedad: ustedes no han
hecho ni hacen lo que de ustedes se necesita y
espera; no hacen las cosas mínimas que con
urgencia se requiere hacer en política y todos
así lo hemos permitido. Pero no soy yo quien
imagina esto. Vean cuanto han cambiado las cosas
desde aquel primer 23 de enero a esta parte.
Permítanme que a través de la palabra de la
Nación le recuerde a sus representantes cómo
era el estado de la política criolla un año
después de aquel enero de 1958. Oigan la
seriedad de las acusaciones que el tiempo les
espeta. Mediten la profundidad de nuestras
responsabilidades conjuntas, las de la política
y las de la sociedad que la edifica. Escuchemos
otra voz. Es una voz singular. Está ya
desaparecida. Perteneció a la de un miembro de
la llamada "generación de 1928", esa
generación que ahora se denigra y que yo
defiendo por comparación de educador ante el
incontenible avance del papiamento mental, el
narcisismo tecnocrático y analfabetismo
utilitarista de buena parte de las élites
criollas posteriores a 1958. La voz de que hablo
es la de un verdadero "editor" de
periódico, Miguel Otero Silva. El senador Otero
Silva, entonces orador de orden del 23 de enero
de 1959, hacía este recuento acerca de las
disposiciones morales y políticas de la Nación
que se libró de su último tirano:
- "Venezuela está
orgullosa de sus partidos políticos
porque a ellos debe, fundamentalmente, la
reconquista de sus derechos y sus leyes.
Está orgullosa de Acción Democrática,
esa gran organización política que
soportó durante diez años el peso de la
represión más despiadada, de la
persecución y el ensañamiento, de las
torturas y el asesinato, del furor
desenfrenado de un déspota que había
jurado pulverizarla y que apenas logró
que se curtiera...Venezuela está
orgullosa de Unión Republicana
Democrática y de Copei, partidos que
supieron usar con inteligencia y dignidad
el margen de legalidad que les concedió
la dictadura...orgullosa del Partido
Comunista de Venezuela, de su infatigable
labor organizativa..."
- ("Discurso de
Orden", Gaceta del Congreso, mes 1,
23 de enero, No. 3, 1959, p. 19).
Y aquel orgullo se amplificaba para incluir
más fuerzas nacionales (la Iglesia, las Fuerzas
Armadas, los estudiantes, el pueblo llano, etc.),
pero destacando antes la clave del triunfo
logrado por aquella pasión victoriosa: la
necesidad de la unidad, la eficacia práctica de
la idea de Nación. Oigamos de nuevo a Otero
Silva discurrir:
- "La unidad de los
partidos hecha presencia real y no
consigna verbal en el seno de la Junta
Patriótica, trajo consigo como
consecuencia lógica la unidad de los
sindicatos obreros, la unidad de los
intelectuales, la unidad de la nación
entera a la luz de la decisión
enfurecida de echar de esta tierra al
tirano y a su cortejo de rufianes y
verdugos"
- ("Discurso de
Orden", op. cit., p.20).
Quien escucha esas palabras hoy no cree lo que
dicen. Se oyen como si esa Venezuela nunca
hubiese existido. Compárense los tiempos; véase
como la muerte de la memoria y de la inteligencia
la hemos dejado los venezolanos llegar hasta el
presente para que en la mentalidad ingenua y
sumisa, hecha de fragmentos de los medios, la
juventud piense que Pérez Jiménez es apenas un
gordito bonachón que nos alecciona por la TV
desde su buhardilla de escritor en Madrid.
¡Malhaya la hora que hace que las sombras de
estos oficiantes de la desmemoria cultiven con
tanto esmero el arte de despreciar a nuestros
muertos: el Senador Miguel Otero Silva, el que
echó esta ceremonias a rodar por los anales de
nuestra memoria democrática, no merecía tanto
olvido de la prensa!
II.Recurro entonces al tono confesional
del prócer Roscio para que quizás aprendamos a
recordar lo que mejormente hemos olvidado.
Abramos el seso a la historia seria. Pensemos lo
que es llegar a ser una república y en el
proceso construir en ella una democracia.
Pensemos lo que habla el Senador Otero Silva, en
la inteligencia y desprendimiento de los partidos
políticos, en su sacrificio; pareciera una
prehistoria. Pero no lo es. Es la historia de
nuestras vidas; y si ésta ha llegado a ser un
sueño es porque nos empecinamos en cavar
nuestras tumbas en el olvido. De tal suerte que
si logramos disipar este estado de cosas y vemos
el papel de los partidos políticos a la luz de
lo que los historiadores llaman una
"coyuntura" o un proceso de "larga
duración", digamos dos siglos, la historia
de esta Venezuela y sus cuarenta anos de
democracia lucen muy diferentes a como nos lo
presentan, irónicamente, la cultura de los
medios. En efecto, Roscio, el fundador de la idea
de república en Venezuela, ese católico
singular y testarudo, intentó lo imposible desde
otra idea de "opinión pública". Quiso
hacer posible en paz el goce de la libertad en
una república que fuera, en principio, igual por
lo menos a dos de los cuatro atributos que hoy la
definen en nuestra Constitución.
Primero, que fuera una forma de gobierno
representativa, esto es, que aquí hubiesen
representantes de nuestra voluntad(de la de
todos) en el oficio de gobernar, es decir,
políticos de profesión que se llamaron nuestros
"apoderados" o
"representantes" en el deber de la
política; segundo, que esa república fuese
popular, lo que significaba excluir cualquier
tipo de monarquía. Ahora bien, aquel comienzo no
fue "democrático", en el sentido usual
que tiene esta palabra. Sólo votaban unos
cuantos y no estaban incluidas las mujeres, ni
los analfabetos. Pero fue de esa manera que
comenzamos a rodar la piedra de la igualdad y la
libertad en nuestro mito de Sísifo. Desde aquel
entonces, dando tumbos, con caídas y muertes,
quisimos y todavía queremos lograr dos cosas que
nos obseden: ¿cómo llegar a ser una verdadera
república y cómo realizar en ella la
democracia? Contemplando de este modo los
doscientos años de este teatro mítico
universal, podemos aprender a recordar para hacer
mejores comedias y tragedias de la vida cívica
que nos hemos tratado de dar, aquella que se nos
depara, que nos espera y que sin querer y hasta
queriendo le deparamos como fatalidad a nuestros
hijos.
La saga moral y política de la república en
Venezuela es esa. Esa "vida en común"
que por naturaleza somos y que a través de la
historia de mis muertos ha escogido mi destino
antes de que pudiera intentar escoger yo el mío;
esa "vida en común" que ahora quisiera
yo hacer vivir bien, derecha y rectamente para
todos, con cierta dignidad y respeto por el serio
oficio de la política y de los políticos. Para
que los que vienen después puedan apreciar el
esfuerzo mío y el de mis antecesores, como yo
aprecio el de Roscio, el de Miguel Otero y no el
de Pérez Jiménez, pero que la realidad que veo
hecha por ustedes y que padezco pareciera
empeñarse en negarme de nuevo y tal vez negarle
a los que vienen.
Ciento ochenta y ocho años han transcurrido
desde la Primera República que tuviera esta
república y, confesional yo, descubro que en la
vida de mi familia, como en la de muchos de
ustedes y de quienes tal vez escuchen, se puede
llegar a oír la algarabía de la fuseleria
lejana; la balacera y el correr de la sangre.
Escucho el rítmico arrastrar de los grillos de
nuestro muchos presos del pasado, la abundancia
del odio, la bulla de la lujuria de los desmanes
del poder, la injusticia, el robo de los dineros
públicos, el hambre y la brutal sencillez de un
movimiento pendular en la teoría clásica de las
formas de gobierno: del gobierno de uno se pasaba
al de unos cuantos, del de unos cuantos al asalto
del de todos; de la tiranía a la oligarquía, de
la oligarquía a la democracia como oclocracia, y
así sucesivamente. Así había sido la vida de
esta república.
Pero un día, ciento cuarenta y ocho años
después del comienzo de que les hablo, luego de
más de cincuenta revoluciones y
pronunciamientos, luego de más de veinte
constituciones "postizas", como las
llama el Presidente Caldera, de afeites
institucionales y algunas Asambleas
Constituyentes si es que he de seguir la
cuenta desde donde la dejara quieta Antonio
Arráiz, ciento cuarenta y ocho años después,
digo, a mí , a este cristiano que les habla a
ustedes, a sus amigos y a su propia familia, a
muchas familias se nos devolvió, el 23 de enero
de 1958, el sentido de nuestra vergüenza hasta
entonces perdida en la indignidad de una
dictadura más. Nos vino devuelta a través del
poder del sufragio y de los partidos, de aquellos
partidos que conscientes de su prudencia, atentos
a la inteligencia de la circunstancia, forjaron
el Pacto de Punto Fijo la decisión política y
moralmente más constructiva de toda nuestra
historia: no un "festín de Baltazar",
ni un pacto entre mafiosos. Fue la construcción
racional del camino para pasar de un voluntarismo
político sectario a la realidad de la división
del poder político como condición necesaria,
nunca suficiente, para el funcionamiento de la
democracia representativa consagrada en la
Constitución de 1961. Con claridad Juan Carlos
Rey Martínez, tal vez nuestro politólogo más
prudente y perspicaz, vio en ese pacto el inicio
de las posibilidades reales para el
funcionamiento del "sistema populista de
conciliación" que hasta hoy nos rige. La
república se hacía. Al fin su constitución
política se relacionaba con una razonable idea
de constitución real. Pero ese logro
considerable, tan difícil de alcanzar, ahora, en
un empeño tan suicida como pueril, pareciera que
queremos desconocer como si Venezuela hubiese
gozado de doscientos años de estabilidad
política bien ganada.
Óigase bien, 148 años nos ha costado empezar
a descubrirnos capaces de confiar en nuestras
facultades para ser libres. Más de medio siglo
para aprender que se puede "vivir en
común"(en república) sin tener que
obedecer ya más al poder del silencio y la
mandonería; sin el temor a que el miedo nos
prohibiese entrar y salir de nuestra voluntad
para razonar con ella y así enseñar nuestro
pensamiento. Ese "espíritu del 23 de
enero" nos dio entonces causa para la
libertad y causa de orgullo para pensar que
había maneras de discernir moral y
políticamente la calidad de la paz en historia.
Porque permítanme decirlo con rabia comedida,
como si estuviera en combate, como si hoy fuera
la celebración de mañana en el pasado, de aquel
funesto 24 de enero de 1848 cuando asaltaron el
congreso. Imaginemos un día de amenaza, que
algún tanque está por entrar a este recinto
para acabarlo. Mi rabia asciende porque también
creo que combato en mí el desgano, que combato
la beatería de las encuestas, la tiranía de la
opinión, la ligereza de juicio del moralista de
oficio o la del notable estatuario, el
denunciador reaccionario de vocación,
permítanme entonces la licencia de una
grosería: ¿Es que acaso, carajo, no vamos a
respetar algún día el significado de nuestros
muertos civiles? ¿Es que no hay manera de gritar
que sí hay y tiene que hacerse patente a la
conciencia cívica la diferencia moral y
política, de naturaleza sustantiva, que hay
entre la paz de Páez, de Monagas, de Guzmán
Blanco, de Crespo, de Castro y Gómez, de Pérez
Jiménez y esta otra paz que comenzamos a
labrarnos hace cuarenta años aquel 23 de enero
de 1958?
Esta es una paz del todo distinta, tal vez no
menos costosa en vidas y esfuerzos, cierta y
locamente dispendiosa, pero sobre todo es una paz
marcada por una razón en todas las demás
inexistente: en ella hemos instalado la razón de
la libertad y el deseo de construir sobre ella y
sus otras libertades el auténtico significado de
una sociedad civil. Esta paz democrática,
aquella que fuera conquistada por las Fuerzas
Armadas y la tenacidad de Rómulo Betancourt, la
que venció a las guerrillas mentales y
montaraces, y que ha sido dos veces garantizada
por Rafael Caldera, esa paz es una muy distinta a
todas cuantas habíamos logrado hasta ese 23 de
enero. Y es, me atrevo a decir, hasta diferente
de aquellas que actualmente nos rodean en el
hemisferio. ¿No nos hemos ahorrado acaso la
tragedia y comedia a la que ha llegado la Cuba
revolucionaria, esa Esparta tropical cultora de
su Comandante? ¿De cuál redención hablará
ahora el Hombre Nuevo de la revolución cubana
cuando lo que queda de él, cercado, escucha el
evangelio de la idea de hombre más vieja de la
tierra, vestida de santidad y prendida al trueno
de una voz que parece un suspiro y que le enseña
a todos los cubanos y también a los
norteamericanos que los valores de la paz y
del espíritu son los de la esperanza?
¿Es que hemos olvidado que aquí no tuvimos
necesidad de la heroicidad cívica de Allende ni
tampoco tuvo la democracia cristiana que ser
insultada, como lo denunciara con tanta saña la
derecha ultramontana de Chile, por tener un
supuesto Kerenski, minutos antes de que los
soldados descendieran de sus cuarteles? Esto
bastaría para no dejarnos confundir por nuestros
acráticos excesos y sus titulares de prensa.
Allí, en el sur de este continente, en lo que
era el ejemplo de la obsesión suiza de los
sabios políticos victorianos de comienzos de
este siglo, en el Chile de hoy, todavía está de
custodio del orden un militar, un general que
aún administra el miedo en unas instituciones
supuestamente mucho más democráticas que las
nuestras y que ahora se debaten por rescatar su
dignidad. Y esa misma sociedad, nadando en la
plenitud de su opulencia, para felicidad de los
recalcitrantes y simplistas monetaristas que
tenemos aquí que no han estudiado nunca en
Chicago, aún ese Chile de hoy
prudentemente se debate entre la disyuntiva de
saber si debe o no reconocer el poder de la
justicia para aprender a olvidar con dignidad su
desvergüenza o si debe tan sólo reconocer la
verdad para aprender a perdonar sus matanzas. Ese
dilema no lo tenemos nosotros. Se lo dejo
íntegro como regalo a la adoración de los
sacerdotes del milagro económico de la
república de Chile.
Por su parte, considérese la suerte de la
Argentina. Veamos en ella como la sombra de
varias decenas de miles de muertos y
desaparecidos emblemáticamente se congregan como
una iglesia en la mirada de los ojos inocentes de
esa carita infantil, de ese rostro de eterno
adolescente que tiene el Capitán Astiz. Pero
todavía hay más. Otros sueños de energía,
macha y reaccionaria, más bolivarianamente
cercanos a nosotros, nos atraen ¿Acaso no se
dijo y habló por las calles y los corrillos de
esta ciudad, en la llamada "opinión
pública" de nuestro país, que nuestro
Congreso muy bien podría suprimirse para así
poder repetir el ejemplo de ese príncipe
"renacentista" japonés que con su
audacia y ejército vela por la paz de la
república macroeconómica del Perú? ¿Y qué
decir de la vecina Colombia y de los afanes que
devoran su esfuerzo heroico por ejercer su
soberanía interna y externa?
Buena parte de la "vida en común"
de Colombia, me atrevo a decir, está
fragmentada. La guerra la desgarra en
considerables extensiones de su territorio; la
droga se cultiva allí para que en el norte se
consuma como el trigo. A sus políticos se les
acusa y denigra, con o sin fundamento; a sus
candidatos presidenciales se les asesina y, para
colmo de males, a sus militares y magistrados,
hasta su propio Ejecutivo se le niega visa y a
todos se les tiene como perros en cuarentena ante
la vista silenciosa y expectante de todas las
demás repúblicas de este continente. Washington
le valdrá a cualquier gobernante de Colombia
siempre algo más que una misa. ¿Son esas
entonces las paces que queremos?
Pues no. Aquí, afortunadamente, a pesar de
que la inflación esté exigiendo su inclemente
tributo, en medio de los rigores de éste y otros
ajustes, haciendo concesiones al probado talento
que tiene nuestra sociedad par la imprevisión e
irresponsabilidad, pese a la ignominia de
nuestras cárceles y prisiones, aquí, sí aquí,
en esta tierra digo, para defendernos de nosotros
mismos, aquí digo, que es preciso defender el
logro más importante de nuestra sociedad en
ciento ochenta y ocho años de historia
republicana: la idea y la práctica de
"vivir en común", en paz, intentando
hacer en una república una democracia.
Aprendiendo a vivir mejor en un sistema político
de partidos sistema que está por
redefinirse en sus bases, ideas y
prácticas en una democracia
representativa, popular, como la que tenemos y
que hasta ahora hemos preservado tan bien o mal
como hemos podido.
Pues bien creo haber insistido en la
importancia de la paz, pero me sentiría más
tranquilo si hubiese hecho alguna mella en la
conciencia al obligarnos todos a discernir la
diferencias entre las paces en la historia.
Porque la tentación más grande que nos acecha
es que por no hacerla tan próspera y productiva
como debiéramos venga la creencia autoritaria
montada en el caballo de un "gendarme
necesario" a ponernos de rodillas para
darnos de comer. Quiero la paz, pero no a
cualquier precio; mucho menos si el que hay que
pagar es el valor de la libertad. ¿Cómo hacer
para evitar entonces la tentación conservadora
que nos inclina a desear volverlo todo a empezar?
III.Una vez, hace mucho tiempo, cuando
todavía había reinos políticos en el mundo
como Dios mandara, y la idea de nación no se
había hecho idéntica en su asociación con la
idea del Estado, hacia finales del siglo XVIII,
un cura francés inventó la idea de la nación
moderna. Gracias a las labores de uno de mis
estudiantes he aprendido a comprender mejor el
significado de la obra del Abate Sieyès. No
necesito mencionar aquí la importancia de
Sieyès. Hablo ante un Congreso que pese a los
juicios adversos acerca de la calidad intelectual
de su composición sabe que hablar de la idea de
nación implica considerar el legado de Sieyès.
Pues bien ese curita se formuló retóricamente
tres preguntas en un panfleto célebre titulado
Que es el tercer estado? Y dio tres respuestas
tajantes: ì¿Qué es la Nación?: todo; ¿Qué
ha sido ella hasta el presente en el orden
político?: nada; ¿qué exige ella?: llegar a
ser algo". Yo quisiera remedar a Sieyès
imaginando que la democracia es hoy para nosotros
lo que para él fuera la nación. Pregunto y
respondo entonces:
¿Qué es para nosotros la democracia?: todo
¿Qué ha sido ella hasta el presente en el orden
político de la nación llamada Venezuela?: casi
nada, pero lo suficiente como para que haya
dignidad en la tarea de hacerla mucho más que
algo ¿Qué exige ella de nosotros?: una mejor
manera de ser ese "todo" que ya habría
llegado a ser para nosotros...
¿Qué celebramos hoy entonces? Mi respuesta
es simple y mi dolor grande: celebramos el
olvido.
No cabe duda que hemos aprendido bien a educar
el olvido. Fue necesario obligarnos a rememorar.
Hace apenas unos días que despertamos a su
significación. El "espíritu del 23 de
enero" lo guardábamos demasiado bien en la
desmemoria. Quizás tanta amnesia se deba a lo
que ha dicho Manuel Caballero:
- "Acaso lo más
importante, y lo más característico del
régimen político inaugurado en enero de
1958 sea su permanencia. El 23 de enero
de 1958 se cumplen cuarenta años de su
instauración, lo que lo convierte en la
dominación más larga en la historia de
la República de Venezuela: el
liberalismo paecista duró 18
años(1830-1848): el liberalismo
guzmancista otros tantos(1870-188); el
gomecismo, incluyendo al castrismo, 35
años (1899-1935)".
- (Manuel Caballero, Las
Crisis de la Venezuela Contemporánea
(1903-1992), Caracas, en imprenta, 1998,
p.198).
Y entonces, plantados en la seguridad de tal
falta de memoria colectiva, vemos trepar en la
atención una ironía y el conflicto que suscita
su interpretación. ¿No será, pregunto, que la
mejor celebración que se le puede hacer a la
democracia es que hayamos olvidado que una vez
tuvo entre nosotros comienzo? ¿Será demasiada
perversidad imaginar que nuestra desmemoria sea
la causa que nos explique por qué hemos llegado
a despreciarla tanto? Lo hacemos a diario. Odiar
la fuente de nuestra identidad política
colectiva, odiar nuestra república como forma de
"vida en común" y escupir la
democracia, que es metafóricamente su espíritu,
es infringirle afrenta a nuestra propia identidad
personal.
Extraña paradoja entonces: durante casi dos
siglos nos hemos devotamente entrematado para
lograr la libertad de que gozamos y ahora que la
tenemos, tan bien o mal como nos luce, pareciera
que queremos empeñamos en caerle a patadas a la
fuente que nos depara la posibilidad de ser
nosotros mismos quienes somos. ¿Cómo explicar
la paradoja? Pensemos, consideremos la militancia
del odio a la democracia en la sensibilidad moral
criolla.
Las entrevistas a Pérez Jiménez, las
lamentaciones de lo que pudo haber sido y no fue
el camino perdido del medinismo, la denuncia del
atajo insurreccional del '45, la traición a
Gallegos, todo ese pasado es pasado muerto;
existe sólo para complacer las preventas de las
telenovelas. El olvido en la memoria no nos
estaría entonces traicionando. Nos estaría
afirmando que puesto que la democracia es ya
"todo", es preciso solamente que sea
algo más y diferente de lo que ha llegado a ser.
Y mientras tanto, nos dice esta conseja
desmemoriosa, uno se puede divertir viendo
películas mentirosas y estridencias
sensacionales. Ese desprecio ritual a la
democracia sería inocuo, apenas la catarsis en
el olvido de laureles soñolientos.
Con esta respuesta se tranquilizarán algunos
modernizadores a ultranza de nuestra economía.
Pero es esa una respuesta ingenua y su
ingenuidad, sugiero, es fuente que denuncia la
naturaleza de la sociedad que somos,
independientemente del gobierno que tengamos. Y
aquí es preciso, una vez más, que la sociedad
vuelva a mirarse a sí misma antes que proceder a
renegar de su retrato en lo que dice que piensa
de los políticos y la política; en el fondo
sería lo que piensa de sí misma. No, sin modos
acertados de recordar para juzgar las acciones y
pasiones de los seres humanos en la historia,
profanando tumbas recientes, nuestra cultura
delata su precariedad moral y el sentido de su
indolencia.
Sin embargo, por más ánimo pedagógico
escarmentador y celoso que se ponga en enseñarle
a los miles de votantes jóvenes que nosotros,
sus padres, también tuvimos padres y madres, y
que éstos, a su vez, tuvieron los suyos, y que
la historia no empieza ni termina con su vanidad
existencial ni con el entusiasmo de su candor,
por mas severidad que haya en la tarea de
recordar el pasado, debemos rendirnos ante la
evidencia escueta de que no lo entienden bien o
que no lo entienden del todo. Creen que no hay ni
ha habido historia: ese "todo" que se
supondría que es la democracia no lo aman.
Pareciera que lo odian. Y, más doloroso aún,
ese odiotan de clase media alta y
baja es un odio para con nosotros y con
todos los que nos han precedido hasta aquí. Usan
y abusan del esfuerzo de nuestro esfuerzo y el de
quienes hicieron lo suyo. Pero no sucumbiré
aquí a la fuerza particular de un viejo mito que
tuvo su alborada en las boinas azules de Andrés
Eloy Blanco y en la generación del 28, a la
idea, hoy reñida con la realidad, que la
juventud tiene un derecho natural a denunciarlo
todo porque está impoluta en su comienzo. Si
así fuera reclamo entonces un equivalente
derecho, no menos natural, para decirles que
aprendan a pensar antes que a sucumbir a los
lugares comunes y prejuicios de su cultura para
esconder mejor la audacia ignara de su insolencia
reaccionaria.
No, el olvido de que hablo es apenas, en esa
su más cruel ironía socrática, una verdad a
medias: que la democracia se puede dar por
sentada es algo positivo, concedido, pero que por
ello se permita uno denigrarla es más que una
afrenta, es sencillamente una imbecilidad. Y es
que esa misma cultura política que produce el
desprecio de la democracia cultiva una pareja
adoración por la "personalidad
autoritaria" y por el romanticismo de
asonada, real o imaginario, que luego arrima
mansamente a la sombra de un paternalismo de
Estado. No, en el olvido no se halla la clave de
lo que celebramos, sólo se halla caminos para su
perdición.
Pero entonces, ¿para qué celebrar lo
ocurrido aquel enero del '58? ¿Qué hacer para
protegernos de la fuerza de tanta desmemoria?
La respuesta es elocuente: que dejemos ya de
celebrar el olvido. Que ustedes, ciudadanos
representantes, políticos de profesión y
oficio, controlen sus pasiones, midan sus
acciones y descubran para nosotros que todavía
la política es una práctica humana, que
todavía depende para ustedes de la virtud tanto
como del vicio y que su responsabilidad se juega
moralmente en sus decisiones. Sólo así, pienso,
podremos soñar con cuarenta años más de
democracia.
Pero para que esto sea posibilidad real y no
una ilusión es preciso acordarse. Crear un pacto
político nacional, análogo en cuanto a sus
bondades de aquello que, en su momento,
representara para la Nación el Pacto de Punto
Fijo. Defínanse allí consensualmente el
conjunto de las políticas públicas más
importantes que puedan garantizar, sin demagogia,
el futuro de la democracia en la república de
Venezuela. Legisladores no hagan leyes,
legislen...
IV.Estamos viviendo en paz después de
los sucesos del 27 de febrero de 1989, cuando nos
deleitamos ante la debilidad de nuestra
prácticas, costumbres, usos y convenciones
sociales, cuando vimos al desnudo la miseria a la
que han llegado nuestro derecho y sentido de la
justicia. Vivimos en paz después de dos intentos
de golpe y más de una conspiración de palacio,
después que la aviación intentara bombardear a
Miraflores. Estamos en paz.
Pero la paz que tenemos y la democracia que he
querido celebrar a contracorriente de los
prejuicios de la hora, pareciera que necesita que
le recuerden a uno, simple ciudadano, que le
recuerden a los representantes de la Nación, que
ellos son representantes de la nación y no
empresarios de aventuras. Que son legisladores y
no inventores de fantasías institucionales como
la que podría resultar al querer construir otra
república más boba que "aérea":
pasar de un régimen presidencialista a uno
parlamentario en medio de una descentralización
como la que hoy tenemos y unas disposiciones
morales como las de nuestra historia. Proponerlo
conscientemente es una temeridad, hacerlo un
suicidio. Todo en nuestra cultura y antropología
políticas indica que las presidencias se
inventaron en Venezuela en esta república para
que las pudiera y supiera asumir alguien con
"carácter", en el sentido clásico de
este concepto y no como si se tratara de un guapo
o de una quimera.
Quizá convenga cerrar esta celebración
recordando aquello que no se lee con frecuencia
hoy. Algo me dice que a pesar de las incontables
veces que lo he escuchado decir es sólo ahora,
tarde en mi vida, confieso, que lo puedo
enseñar. Me refiero a la importancia de la
unidad y al encuentro con el orgullo en la
democracia de mi nación, de mi patria. Sé que
unos tiempos se han ido y que los que tengo son
distintos. Pero ¿no ven ustedes como veo yo el
asomo de la amenaza, el acecho del vacío que nos
embosca? Para que no suceda lo que temo sería
acaso demasiado pedirles si no yerro en el
juicio que pensáramos en la posibilidad de
hacer ahora lo que antes hicimos para vencer el
miedo y nuestra discordias en nombre de la
libertad. Escuchemos nuevamente al Senador Otero
Silva:
- "En tanto que los
paridos separados por grietas y abismos
cavados al fragor de divergencias
anteriores, se mantuvieron combatientes
desde trincheras individuales, cada uno
con su táctica, cada uno con sus
propósitos, mirando de reojo al aliado
como si fuese un adversario, tan sólo
lograron llenar las cárceles con sus
dirigentes más capaces, de ofrendar la
vida de sus capitanes más
decididos"
- ("Discurso de
Orden", op. cit., p. 20).
¿Y si no lo hacemos? Crecerá la
incertidumbre. ¿No vemos acaso cómo se han
debilitado los partidos?
Vine aquí hablando en tono confesional. Con
la misma voz me voy y me digo para que lo
escuchen todos, yo quisiera pensar que a todos
nos une por lo menos esta elemental idea de Otero
Silva:
- "Se equivocan los
derrotistas y los malintencionados que
pronostican el advenimiento de golpes de
estado y de nuevas dictaduras en nuestro
país. Al presente gobierno
constitucional no lo tumbará nadie, ni
tampoco tumbará nadie a los
subsiguientes".
Esas palabras casi las vi desmentidas. Para
que no siga teniendo razón Otero Silva es
necesario que la política vuelva a ser cosa
seria y digna y que, por consiguiente, la
sociedad de esta nación asuma con más
responsabilidad sus deberes y aprenda a encarar
los beneficios de esta paz que tenemos.
La paz de la democracia es un bien
inestimablemente mejor que el de cualquier forma
de opresión organizada...
Evitemos que otra vez tengamos que celebrar el
olvido.
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