Barra de Navegacion

Política Externa

Analítica mensual

Derrumbe ideológico y necesidad de una nueva ideología

Vilma E. Petrásh*

Si hay una tendencia característica del mundo post-guerra fría es la de la fragmentación si no retribalización que se observa hoy en gran parte de las sociedades del mundo. Grosso modo, se trata de uno de los mayores desafíos que enfrentan las entidades que aún llamamos "Estados-Naciones" por cuanto está propiciando la desintegración del primero de sus tres elementos constitutivos, el territorio, como consecuencia de la fragmentación del segundo de éstos, la noción de población permanente, en identidades subnacionales o transnacionales competitivas que exaltan y, en muchos casos, profundizan a niveles irreconciliables las diferencias y los separatismos. No es de extrañar que la creciente fragmentación societal y/o desintegración territorial que sacude a buena parte de las entidades estatales del presente haya propiciado la erosión del tercer elemento que define al Estado-Nación: la existencia de un "gobierno efectivo".

Ausencia de antídotos ideológicos

Puede que la causa primordial de esa retribalización y de la resultante crisis de gobernabilidad del mundo estado-céntrico tan evidenciable en las postrimerías de este siglo-milenio, resida en la falta de antídotos ideológicos a la desmembración territorial y societal similares a los que hasta hace apenas unos años lograron, mediante una mezcla de coerción, civilismo e interés económico, inhibir en forma efectiva los ímpetus centrífugos de múltiples tribus y facciones, y mantener diversas formas y versiones de unidad nacional. En efecto, durante los últimos cien años, y muy particularmente entre 1945 y 1989, dos ideologías rivales --aunque entroncadas ambas en la matriz racionalista del iluminismo--, el capitalismo y el socialismo, constituyeron alternativas coloniales y neocoloniales al faccionalismo, en particular a aquel de índole etno-religiosa. Se trató de ideologías cuyos respectivos fundamentos filosóficos, el liberalismo y el marxismo, devinieron en las grandes pasiones universalizantes del siglo XX: pasiones dado que millones de personas creyeron tan fervientemente en ellas que fueron capaces de sacrificar sus vidas y vástagos en su nombre, y universalizantes, por cuanto sostuvieron que la humanidad tenía una naturaleza y un destino comunes. En consecuencia, tanto el liberalismo en su manifestación económica (el capitalismo) como el marxismo en su versión "real" o empírica (el socialismo) pudieron unificar a los pueblos que cayeron bajo su dominio a través de la imposición imperial de secularismos político-económicos orientados, el uno a la creación de mercados transnacionales y el otro al presunto establecimiento de un gobierno proletario también transnacional.

Carencias del Liberalismo

Pero no sólo la perforación de las artificiales fronteras territoriales de los Balcanes, Eurasia y Africa por los embates secesionistas de sus etnias subnacionales y transterritoriales están señalizando la imperiosa necesidad de una nueva ideología que permita la convivencia pacífica de sociedades cada vez más multiétnicas y multireligiosas, sino también lo están haciendo las crisis de identidad nacional que a causa de la inmigración no-occidental se vienen observando en las más importantes democracias capitalistas del mundo (Francia, Alemania, Inglaterra y EE.UU.).

Después de todo, el liberalismo, hoy por hoy privado de un meta-adversario ideológico y encumbrado, por consiguiente como la ideología triunfante (¿ o más bien sobreviviente?) de la guerra fría, ha demostrado carecer del poder cohesionador requerido para pacificar a las numerosas comunidades humanas que se hallan en proceso de desintegración o acosadas por profundas fisuras étnicas, etno-religiosas y/o socio-económicas. Por el contrario, pareciera que el ala económica del liberalismo, al interconectar intra y transnacionalmente a los más variados gentilicios mediante sus globalizadas redes comerciales, financieras, comunicacionales y tecnológicas, ha contribuido más bien a exacerbar las diferencias al interior de las sociedades occidentales y no occidentales. Diferencias que se manifiestan en un crecimiento económico asimétrico, en enormes desigualdades sociales, y en el consecuente segregacionismo, marginación y/o exclusión de los "menos aptos". Ello explica que en el grueso de las sociedades del mundo se verifique hoy la presencia de dos grupos: por un lado, una minoría cosgnoscitiva y materialmente identificada con los gustos, estilos, imágenes y productos del "McMundo" y más vinculada a los grupos socialmente privilegiados de otras jurisdicciones territoriales --en particular a los que viven el el núcleo del "capitalismo democrático"-- que a sus propios connacionales, y por el otro, una mayoría también expuesta a los influjos y bienes tangibles e intangibles de ese McMundo occi-centrista, pero privada muchas veces de los medios para consumirlos. Resulta entonces lógico que esta última se sienta parcial o totalmente desposeída y sea, por tanto, sensible a mensajes promotores de fracturas etno-religiosas o socio-políticas.

Pero la ineficacia ideológica del liberalismo en mantener unidas a sociedades multiétnicas y multireligiosas se hace más evidente cuando se alude a uno de los principios sustentadores de su vertiente política. En efecto, basta con recordar el clásico principio liberal decimonónico sobre la auto-determinación de los pueblos para percatarse de la enorme incongruencia filosófica que el nacionalismo introdujo en el liberalismo, al crear nuevas fuentes de intenso conflicto entre Estados con distintas concepciones de la nación y contentivos de nacionalidades transterritoriales. De allí que tras el fin del conflicto Este-Oeste hayan resurgido las pasiones autodeterministas como corolario natural de las demandas a favor de una mayor democratización. Tal vez Stanley Hoffman (Foreign Policy, Primavera de 1995) esté en lo cierto cuando sugiere que lo que necesita el mundo contemporáneo es "un liberalismo íntegramente reconstruido" que controle el campante darwinismo de una economía mundial cosmopolitana e incontrolable; que redefina la "soberanía" de modo que los poderes derivables de ésta puedan ser internamente compartidos y externamente coordinados; y que limite los efectos destructivos de la autodeterminación con una ideología cívica y una fe constitucional, mediante las cuales se reconozcan y honren las diferencias y se otorgue a las mismas formas de expresión territorial o geográfica.


*Coordinadora de Investigacioness

Area de Relaciones Internacionales y Globales

CEAP-FACES, UCV

KYSFM

Happykids

Visite Monte Avila Editores

Inicio-------Volver al tope

Inicio | Analítica Semanal | Artes y Placeres
Editorial Mensual | Política Interna | Política Externa | Sociedad
Economía y Petróleo | Siglo XXI | Ciencia y Tecnología | Documentos
øQuiÈnes Somos? | Nuestros Sponsors | E-mail