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Política Interna

Analítica mensual

Fragmentación electoral y sistema político.

Sadio Garavini di Turno

 

A partir de 1973, Venezuela vivió 20 años de bipartidismo, a pesar de un sistema de representación proporcional que, generalmente, favorece un sistema pluripartidista. En las elecciones presidenciales de 1993, en cambio, el electorado se dividió, básicamente, entre cuatro candidatos. Exceptuando el ganador, que logró el 30%, los otros tres obtuvieron, aproximadamente, entre el 22% y el 20% del voto. La victoria del Presidente Caldera se debió, como siempre, a un conjunto de variables, sin embargo, es obvio que mucho tuvo que ver el "peso específico" de la figura del Dr. Caldera, con su indiscutible "auctoritas" moral y su "gravitas" política. Para las elecciones de este año, ya están en la calle, por lo menos cuatro candidatos, con relativa fuerza en las encuestas. Al definir AD y COPEI sus estrategias electorales, es muy probable que tendremos cinco o seis candidaturas presidenciales relevantes. El sistema electoral venezolano concede la presidencia de la república al candidato que obtiene la primera mayoría relativa. Por ende, en un cuadro de fragmentación electoral, es perfectamente pensable un presidente electo con un porcentaje considerablemente reducido del electorado (16%-19%?), que, sumado a una relativamente alta abstención y una muy limitada presencia en el Congreso del partido de Gobierno, podría crear las condiciones para un escenario de débil legitimidad y escasa gobernabilidad. Obviamente, es perfectamente factible que uno de los candidatos termine distanciándose de los demás y gane con una mayoría relativamente holgada. Ojalá así sea, en aras de la necesaria gobernabilidad en tiempos de "crisis epocal". Sin embargo, mi intención, en esta sede, no es hacer precarias predicciones electorales, sino contribuir, con algunas ideas, al requerido y urgente debate nacional (y latinoamericano) sobre la reforma de nuestro sistema político presidencialista y del sistema electoral vigente.

El sistema de gobierno presidencialista, caracterizado, entre otras cosas, por el principio de la separación de poderes y períodos presidenciales y legislativos fijos, ha sido criticado por un numeroso grupo de académicos de la ciencia política, encabezados por el Dr. Juan Linz, profesor de la Universidad de Yale. El argumento de Linz se centra en la excesiva rigidez del sistema presidencialista, que impide resolver, dentro del sistema, crisis políticas, que, en cambio, son perfectamente solubles, constitucionalmente, en el marco de un sistema parlamentario. Este sistema, simplificando y sintetizando un poco, se caracteriza, "inter alia", por la presencia de la figura de un Jefe del Estado (Presidente o Monarca), símbolo de la unidad nacional y por tanto, "por encima de las partes", con poderes muy limitados, pero con una enorme "auctoritas" institucional, que le da una relevante influencia, particularmente, en momentos de grave crisis. El Jefe del Estado "reina", pero no gobierna. El Jefe del Gobierno, generalmente llamado Primer Ministro, gobierna con el apoyo de la mayoría parlamentaria. El Primer Ministro debe renunciar al perder la confianza del Parlamento y será sustituido por otra persona, que tenga el apoyo de la mayoría de los legisladores. El sistema parlamentario prevé la posibilidad de elecciones generales anticipadas, generalmente, cuando el Parlamento no logra elegir a un nuevo Primer Ministro. Linz y sus seguidores subrayan la flexibilidad del sistema parlamentario, que, a través de sus "válvulas de escape": posibilidad constitucional de reemplazar al Jefe del Gobierno y de llamar a elecciones anticipadas, permitiría evitar las rupturas del orden constitucional, característica aberrante de la política latinoamericana. Quizás, el golpe de estado de 1970 en Chile, hubiese podido evitarse, con elecciones anticipadas, tomando en cuenta que la oposición al gobierno de Allende tenía la mayoría en el Parlamento. Lo mismo podría decirse, "mutatis mutandis", del golpe de 1976 contra Isabel Perón, en Argentina. El "Fujimorazo" de 1992, en Perú, se debió, en buena parte, a la imposibilidad de resolver, dentro del orden constitucional, la crisis de gobernabilidad creada por el enfrentamiento paralizante, entre el Presidente y la mayoría parlamentaria de oposición. En Guatemala, Jorge Serrano quiso justificar, sin mucha seriedad, su aventura golpista, con los mismos argumentos del caso peruano. Sin embargo, en ambos casos, la flexibilidad de un sistema parlamentario hubiera facilitado la salida de la crisis. Podríamos afirmar algo similar respecto a las "dificultades" político-institucionales, que atravesó Venezuela en 1992 y a la reciente crisis colombiana. Es indudable que la flexibilidad del sistema parlamentario, con sus mecanismos auto-correctivos es preferible a la rigidez del sistema presidencialista. Como nos sintetiza, felizmente, el politólogo Arturo Valenzuela: "Las crisis de los sistemas parlamentarios son crisis de gobierno, no de régimen".

Comparto con Linz las críticas a la rigidez del sistema presidencialista, pero no considero que la solución, para Venezuela y América Latina, sea sustituirlo con un sistema parlamentario. El parlamentarismo italiano ha producido, en cincuenta y dos años de democracia, cincuenta y seis gobiernos. La "cuarta república" francesa (1945-1958) sufrió una inestabilidad similar. Además, el funcionamiento razonable de un sistema parlamentario, como nos lo recuerda Giovanni Sartori, en su libro "Comparative Constitutional Engineering", requiere de un sistema estable de partidos disciplinados, algo poco común en América Latina, que generalmente, tampoco cuenta con burócratas de carrera estables, que ingresan al servicio público por concurso y ascienden por mérito. Esta burocracia "weberiana" permite que la inestabilidad de los gobiernos parlamentarios europeos no se refleje, demasiado negativamente, en la conducción del Estado. Tomando en cuenta también factores de carácter cultural, considero que, en América Latina, deberíamos orientarnos hacia alguna forma de lo que Sartori llama "semipresidencialismo", cuyo "tipo ideal" original es el sistema de gobierno de la actual "quinta república" francesa. Al respecto, quisiera esbozar algunas propuestas para el debate. Sobre la base del sistema francés actual, creo que el Presidente debe tener mayores atribuciones que el Presidente "simbólico" del sistema parlamentario clásico, sin embargo debería compartir el poder ejecutivo con un Primer Ministro, que refleje la mayoría en el Parlamento. El Presidente y el Congreso deberían ser electos, en el mismo acto electoral, por un mismo número de años, a través de un sistema electoral mayoritario de doble vuelta, que debería crear las condiciones para que el Presidente y el Primer Ministro, por lo menos al inicio del período constitucional, sean producto de la misma mayoría electoral, reduciendo así las posibilidades de la "cohabitación" francesa y sus potenciales disfunciones. El sistema electoral de doble vuelta permite que se forme, para la primera vuelta, un espectro político pluralista, con múltiples partidos y candidaturas presidenciales, pero, debido a que pasan a la segunda vuelta sólo los dos candidatos más votados, penaliza los partidos y candidatos extremistas y favorece las opciones más moderadas, fomentando el diálogo, la negociación y la tolerancia, entre los actores políticos. Además, impide que llegue a la presidencia un candidato con una mínima mayoría relativa y sus consiguientes deletéreas consecuencias, en relación a la legitimidad y la gobernabilidad. Para limitar los costos de la segunda vuelta, una de las principales objeciones a este sistema electoral, se podría introducir, siguiendo el ejemplo argentino, algunas variantes, como evitar la segunda vuelta cuando, en el primer turno, el candidato ganador logre una mayoría igual o superior al 45% o alcance por lo menos el 40% y supere a su más inmediato adversario, por un porcentaje igual o superior al 10% del voto.

En varios países de América Latina, se ha introducido la segunda vuelta sólo para las elecciones presidenciales. De esta forma, el Presidente, en la mayoría de los casos, está "condenado" a gobernar, con una mayoría opositora en el Congreso, que, en América Latina, se transforma, fácilmente, en oposición obstruccionista e irresponsable, dada la precariedad de la cultura democrática. Perú, antes de 1992, y Ecuador, han sufrido las consecuencias de esta carencia de gobernabilidad. Dado que, de todas formas, siempre es posible un enfrentamiento entre la mayoría parlamentaria y el Presidente, este último debería, para evitar la parálisis del sistema de gobierno, tener el poder de disolver el Parlamento y llamar a elecciones parlamentarias anticipadas, los nuevos congresistas terminarían el mandato de sus predecesores. Para compensar este poder del Presidente, la mayoría absoluta de los parlamentarios tendría, transcurrida la mitad del período constitucional, el poder de llamar a elecciones generales (Presidente y Parlamento) anticipadas, en este caso, se iniciaría un nuevo período constitucional. También podría preverse, transcurrida siempre la mitad del período constitucional, la posibilidad de un referendum popular, para convocar a elecciones generales anticipadas. Sin embargo, la solicitud de referendum debería ser firmada por un importante número de electores certificados (¿15%?), en todos los estados (provincias o departamentos), del país y ser aprobado por más del 50% de los votantes. El resultado del referendum sólo sería válido con la participación de por lo menos el 50% de los electores empadronados. Obviamente, los problemas sociopolíticos de nuestros países no se resuelven sólo a través de coherentes y flexibles construcciones constitucionales, sin embargo la ingeniería constitucional puede contribuir a una mayor gobernabilidad de la democracia, a través de un sistema de gobierno más eficiente y efectivo, que resuelva sus crisis de gobierno, sin crisis de régimen.

Por casi cuarenta años, la envidiable estabilidad política venezolana se debió, además de la relativamente favorable situación económica, a un sistema de partidos políticos fuertes, organizados y disciplinados, que, con todos sus pecados, nos dieron, a pesar de unas instituciones estatales "blandas, fofas y obesas", casi cuatro décadas de paz, libertad, tolerancia política y diálogo civilizado. Los partidos políticos están en crisis, entre otras cosas, por los efectos de la globalización transnacional, que debilita las instituciones que tienen base en el Estado-nación, por el retorno del localismo, por la reducción de la lucha ideológica, a partir del derrumbe del comunismo y por el auge de la videopolítica, que maneja más imágenes que conceptos y, por tanto, favorece la "personalización" de la política. En efecto, como nos dice el mismo Sartori, en su último libro "Homo videns": "en el video vemos personas y no programas de partido; y personas obligadas a hablar con cuentagotas". Los partidos políticos que sobrevivirán, serán aquellos que logren "coevolucionar" con su nuevo "ambiente". Mientras tanto, la estabilidad del sistema político venezolano requerirá de un fortalecimiento de las instituciones estatales, a través de una urgente, "justa y necesaria" renovación de nuestro sistema político.

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