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Ruedo Político

Analítica mensual

Desde el Puente

Democracia, 40 años después

Oswaldo Alvarez Paz

El 23 de enero de 1958 es una de esas fechas coyunturales de nuestra historia. Para las nuevas generaciones, las nacidas después de la caída de la dictadura del general Marcos Evangelista Pérez Jiménez, es casi imposible entender el enorme significado tanto de la fecha como de las circunstancias que rodearon los acontecimientos inmediatamente anteriores, y no pocos de los posteriores a la misma.

En cambio, para quienes llegamos a la política en ese tiempo, el 23 de enero de 1958 está lleno de contenido. Tiene para nosotros una enorme carga emocional. Es el punto de partida de toda una generación que por distintos caminos y en condiciones que aún es demasiado temprano para juzgar, ha sido protagonista de primera línea del desarrollo democrático de la sociedad venezolana. La marcha ha sido contradictoria. Llena de aciertos y enormes contribuciones al país, pero, no exenta de graves errores y desviaciones que, en definitiva, también han ayudado a consolidar el esquema democrático existente.

Escribo con la mente 40 años atrás. Recuerdo como si fueran cosas de hoy mismo, toda la tensión de los días anteriores. El año 57 fue, dentro de una aparente prosperidad material y fiscal, difícil y desestabilizador en grado superlativo. El rol de la Iglesia Católica fue importantísimo. La famosa pastoral de monseñor Arias Blanco, insigne arzobispo de Caracas, del 1o de mayo, con motivo del Día del Trabajador, fue la campana certera para la gran convocatoria. Se convirtió en la requisitoria más seria formulada contra la dictadura con el acento puesto en la cuestión social y en la restricción de la libertad, de los derechos políticos de los ciudadanos.

Después sería la febril actividad semiclandestina en universidades, liceos y colegios en contra de la dictadura. Aquella pastoral servía de guía para la prédica y luz cierta para la acción. La tristeza le daba paso a la esperanza del pueblo y la alegría más espontánea retumbaba en los corazones de los presos y de los exiliados políticos. El oportuno campanazo de monseñor Arias marcaba el principio del fin de toda una década de gobiernos militares, sobre los que es imposible, todavía, hacer juicios definitivos, aunque de entrada rechacemos cualquier manifestación totalitaria, autoritaria y despótica de ejercicio del gobierno. El 21 de noviembre se consagró como Día del Estudiante, por la gesta cumplida en nuestras universidades, particularmente en la Universidad Católica Andrés Bello, escenario admirable de la jornada de esa fecha.

Luego sería la emoción sin límites del 1o de enero de 1958. La juventud militar, encabezada por los valerosos oficiales de la Fuerza Aérea Venezolana y no pocos oficiales tanto del Ejército como de las otras armas, se rebelaron abiertamente mostrando de cuerpo entero las tremendas fracturas internas del Gobierno y el malestar existente.

Represión fuerte contra conspiradores, estudiantes, sacerdotes y en contra de las manifestaciones populares de Caracas, marchas y contramarchas desde el Gobierno, cambios disparatados y precipitados, señalaban el final. Pérez Jiménez, con las Fuerzas Armadas divididas y el pueblo en su contra en la calle, entendió que tenía que irse y así lo hizo, evitándose que la sangre tiñera de rojo la alborada de un nuevo tiempo.

Han pasado 40 años. Se dice fácil. Pero, los venezolanos menores de 40 o de 50 años, no pueden tener memoria directa de aquel tiempo. Tienen a la vista, aún de pie, buena parte de la extraordinaria obra material de la dictadura, la infraestructura de apoyo a la producción y a los servicios y la versión, de los mayores, del clima de seguridad personal, de los bienes y jurídica en general que se vivía entonces. Sólo estaban exceptuados los políticos opositores al Gobierno objeto de persecución, hostigamiento y sometimiento a la justicia militar, instrumento básico de la represión y el miedo. Quizás por esto, buena parte de los nuevos establecen comparaciones favorables al gobierno militar con esta democracia nuestra, hoy degenerada en una simple caricatura del sueño libertario que abrazamos aquel 23 de enero.

No podemos caer en la simpleza de decir que todo tiempo pasado fue mejor. No sería verdad. Esta democracia nuestra ha tenido sus etapas, sus altas y sus bajas, y siempre, en todas partes del mundo, ha sido más duro gobernar y más difícil hacer las cosas, en libertad y garantizándole a todo el mundo sus derechos que en dictadura, donde no hay espacio para la crítica ni para las investigaciones.

Esta fecha vale la pena celebrarla. Desde esta tribuna, el saludo raterno para quien fuera símbolo y esperanza de aquellos días, para el vicealmirante Wolfgang Larrazábal Ugueto, presidente de la Junta de Gobierno, y para aquellos recios abridores de nuevos caminos para la juventud de entonces. Ellos cumplieron. Pero, lamentablemente, este despelote de hoy, no es la democracia por la cual hemos luchado, ni la que queremos, ni la que Venezuela necesita.


E-mail: copei@infoline.wtfe.com o al fax (02) 74.49.97

El Universal Digital, 22 de enero de 1998

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