40 años: entre el miedo y la
esperanza
La democracia venezolana vive bajo
el signo del miedo: miedo de las élites a las masas, por el nunca
ausente fantasma de la 'explosión social'. Miedo de las masas a las
élites, por el riesgo de la represión violenta. Miedo de todos
por la inseguridad que genera una existencia colectiva que percibimos frágil
y sujeta a vaivenes sorpresivos. Nuestra democracia alcanza cuatro décadas
sumida en el cansancio e incierta acerca de su verdadera solidez y perdurabilidad.
Semejante realidad, no obstante, no basta para ocultar su más significativo
logro: haber sostenido la posibilidad de que los cambios políticos
se produzcan sin el uso de la violencia. Esta conquista fundamental, que
contrasta con lo acontecido durante la mayor parte de nuestra historia independiente,
es lo que debemos resaltar en esta fecha aniversaria de nuestro magullado
sistema político.
El mayor peligro de esta hora consiste en confundir la pasividad popular
con estabilidad política; asumir que el delirio propagandístico
oficial corresponde en alguna medida al país real de la mayoría;
creer que el silencio de la gran masa marginal significa la 'paz social'.
La cruda verdad es que la nuestra es una nación profundamente escindida,
intolerablemente desigual, y convencida de que hemos perdido numerosas oportunidades
de superarnos como entidad colectiva. Nuestros gobiernos democráticos,
casi sin excepción, se han ido dejándonos un amargo sabor
en la boca, y la sensación de que no se hizo lo suficiente y demasiadas
cosas se hicieron mal. A la larga, el cúmulo de decepciones acabó
por desatar un huracán de rechazo al pasado, que se traduce ahora
en la emergencia de nuevos e inéditos liderazgos. El puntofijismo
ha fallecido de inanición, y se abre un nuevo período en nuestra
evolución política.
Persiste no debemos olvidarlo jamás la esperanza de un cambio
no violento. Esa es la gran victoria de nuestra cansada democracia. Su mayor
paradoja, por otra parte, se encuentra en lo siguiente: nunca como antes
puede hoy hablarse de un extendido consenso sobre las prioridades del cambio;
al mismo tiempo, sin embargo, crece la fragmentación institucional
y en particular la de las organizaciones políticas tradicionales.
Las élites conocen cuáles son las áreas que exigen
reformas profundas e inmediatas; al mismo tiempo, se dividen y acrecientan
sus pugnas en medio de la dispersión de esfuerzos y la creciente
dificultad de negociar acuerdos. También la democracia teme a sus
espejismos: la 'siembra del petróleo' (nunca en realidad acometida);
la 'revolución educativa' (que no se atreve a enfrentar el presupuesto
universitario); la 'reforma judicial' (que apenas hemos rozado).
Lo que se ha perdido en estos pasados años es la masa crítica
de un 'centro' político lo suficientemente sólido como para
garantizar tres cosas (que alguna vez existieron bajo el puntofijismo y
fueron dilapidadas): 1. Un mandato electoral y un respaldo institucional,
que den confianza a los gobernantes para actuar constructivamente con decisión.
2. La capacidad de convocatoria para unir los esfuerzos de un núcleo
dirigente lo suficientemente numeroso y cualitativamente creíble,
capaz de acometer una obra de gobierno que suscite confianza y asegure continuidad
administrativa. 3. La capacidad negociadora y la voluntad consensual que
hagan posible una comunicación fluida y creadora entre los diversos
sectores sociales y políticos, para de ese modo avanzar gradual pero
sólidamente por un rumbo de cambios pacíficos y sustantivos.
Así como el mayor peligro de este tiempo se encuentra en la confusión
ilusoria entre pasividad popular y 'paz social', el mayor desafío
consiste en reconstruir el centro político venezolano, lo cual implica
aislar los radicalismos y dar vida a una nueva coalición democrática,
amplia y solidaria, que empiece a sacar de su marasmo al sistema político
y coloque en posición marginal (como en su momento hizo el puntofijismo
con la insurrección marxista y la amenaza militarista), a los radicales
del presente. Estos últimos se manifiestan en dos vertientes. Por
un lado, los que cuestionan el cada día más generalizado consenso
acerca de las prioridades del cambio, reclaman una vuelta al pasado preglobalizador.
Por otro lado, los defensores de la 'asamblea constituyente', del eterno
recomienzo, de la invención del agua tibia en el plano político,
de la fantasía de la 'caída y mesa limpia'. Ni unos ni otros
tienen capacidad creadora, pero sí un gran potencial destructivo.
La 'asamblea constituyente', de la que de nuevo se oye hablar, es el arma
de los que no cuentan con los votos para triunfar en una elección
democrática, es un atajo, una coartada, para llegar al poder sin
pagar el peaje del respaldo popular.
La reconstrucción del centro político en Venezuela es una
tarea crucial y urgente. Se trata de un proceso que exige mucha amplitud,
voluntad de diálogo, habilidad negociadora y disposición al
consenso. Es un proceso en el que las organizaciones políticas tradicionales
pueden y deben participar, pero asumiendo las nuevas realidades. Ya está
claro que los liderazgos políticos en Venezuela no pueden crearse
por mandato y encargo, y sólo surgen al calor popular. La realidad
de esos nuevos liderazgos es uno de los instrumentos con los cuales y a
través de los cuales se hace posible dar forma a ese nuevo 'centro'
político, apto para cumplir las misiones delineadas: actuar con decisión,
con sentido democrático, y sobre la base de una amplia capacidad
de convocatoria y de consenso.
Por lo que valga, mi sincera impresión es que, en medio de todas
las dificultades que a diario se constatan, las condiciones políticas
se están dando para llevar adelante el propósito de reconstruir
ese centro político, que fue el factor clave en los aciertos estabilizadores
y reformistas de la mejor etapa puntofijista, hoy agotada y requerida con
urgencia de revitalización. El cumplimiento efectivo de esa tarea
hará posible que se armonice la realidad del acuerdo programático
básico que dehecho existe al menos en teoría entre los principales
aspirantes al gobierno a partir de 1999, con un marco institucional que
haga de esa aspiración de cambio una realidad concreta.
Comentarios por el fax: 906.3841
El Universal Digital, martes 20 de enero, 1998 |