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Ruedo Político

Analítica mensual

40 años: entre el miedo y la esperanza

Aníbal Romero

La democracia venezolana vive bajo el signo del miedo: miedo de las élites a las masas, por el nunca ausente fantasma de la 'explosión social'. Miedo de las masas a las élites, por el riesgo de la represión violenta. Miedo de todos por la inseguridad que genera una existencia colectiva que percibimos frágil y sujeta a vaivenes sorpresivos. Nuestra democracia alcanza cuatro décadas sumida en el cansancio e incierta acerca de su verdadera solidez y perdurabilidad. Semejante realidad, no obstante, no basta para ocultar su más significativo logro: haber sostenido la posibilidad de que los cambios políticos se produzcan sin el uso de la violencia. Esta conquista fundamental, que contrasta con lo acontecido durante la mayor parte de nuestra historia independiente, es lo que debemos resaltar en esta fecha aniversaria de nuestro magullado sistema político.

El mayor peligro de esta hora consiste en confundir la pasividad popular con estabilidad política; asumir que el delirio propagandístico oficial corresponde en alguna medida al país real de la mayoría; creer que el silencio de la gran masa marginal significa la 'paz social'. La cruda verdad es que la nuestra es una nación profundamente escindida, intolerablemente desigual, y convencida de que hemos perdido numerosas oportunidades de superarnos como entidad colectiva. Nuestros gobiernos democráticos, casi sin excepción, se han ido dejándonos un amargo sabor en la boca, y la sensación de que no se hizo lo suficiente y demasiadas cosas se hicieron mal. A la larga, el cúmulo de decepciones acabó por desatar un huracán de rechazo al pasado, que se traduce ahora en la emergencia de nuevos e inéditos liderazgos. El puntofijismo ha fallecido de inanición, y se abre un nuevo período en nuestra evolución política.

Persiste no debemos olvidarlo jamás la esperanza de un cambio no violento. Esa es la gran victoria de nuestra cansada democracia. Su mayor paradoja, por otra parte, se encuentra en lo siguiente: nunca como antes puede hoy hablarse de un extendido consenso sobre las prioridades del cambio; al mismo tiempo, sin embargo, crece la fragmentación institucional y en particular la de las organizaciones políticas tradicionales. Las élites conocen cuáles son las áreas que exigen reformas profundas e inmediatas; al mismo tiempo, se dividen y acrecientan sus pugnas en medio de la dispersión de esfuerzos y la creciente dificultad de negociar acuerdos. También la democracia teme a sus espejismos: la 'siembra del petróleo' (nunca en realidad acometida); la 'revolución educativa' (que no se atreve a enfrentar el presupuesto universitario); la 'reforma judicial' (que apenas hemos rozado).

Lo que se ha perdido en estos pasados años es la masa crítica de un 'centro' político lo suficientemente sólido como para garantizar tres cosas (que alguna vez existieron bajo el puntofijismo y fueron dilapidadas): 1. Un mandato electoral y un respaldo institucional, que den confianza a los gobernantes para actuar constructivamente con decisión. 2. La capacidad de convocatoria para unir los esfuerzos de un núcleo dirigente lo suficientemente numeroso y cualitativamente creíble, capaz de acometer una obra de gobierno que suscite confianza y asegure continuidad administrativa. 3. La capacidad negociadora y la voluntad consensual que hagan posible una comunicación fluida y creadora entre los diversos sectores sociales y políticos, para de ese modo avanzar gradual pero sólidamente por un rumbo de cambios pacíficos y sustantivos.

Así como el mayor peligro de este tiempo se encuentra en la confusión ilusoria entre pasividad popular y 'paz social', el mayor desafío consiste en reconstruir el centro político venezolano, lo cual implica aislar los radicalismos y dar vida a una nueva coalición democrática, amplia y solidaria, que empiece a sacar de su marasmo al sistema político y coloque en posición marginal (como en su momento hizo el puntofijismo con la insurrección marxista y la amenaza militarista), a los radicales del presente. Estos últimos se manifiestan en dos vertientes. Por un lado, los que cuestionan el cada día más generalizado consenso acerca de las prioridades del cambio, reclaman una vuelta al pasado preglobalizador. Por otro lado, los defensores de la 'asamblea constituyente', del eterno recomienzo, de la invención del agua tibia en el plano político, de la fantasía de la 'caída y mesa limpia'. Ni unos ni otros tienen capacidad creadora, pero sí un gran potencial destructivo. La 'asamblea constituyente', de la que de nuevo se oye hablar, es el arma de los que no cuentan con los votos para triunfar en una elección democrática, es un atajo, una coartada, para llegar al poder sin pagar el peaje del respaldo popular.

La reconstrucción del centro político en Venezuela es una tarea crucial y urgente. Se trata de un proceso que exige mucha amplitud, voluntad de diálogo, habilidad negociadora y disposición al consenso. Es un proceso en el que las organizaciones políticas tradicionales pueden y deben participar, pero asumiendo las nuevas realidades. Ya está claro que los liderazgos políticos en Venezuela no pueden crearse por mandato y encargo, y sólo surgen al calor popular. La realidad de esos nuevos liderazgos es uno de los instrumentos con los cuales y a través de los cuales se hace posible dar forma a ese nuevo 'centro' político, apto para cumplir las misiones delineadas: actuar con decisión, con sentido democrático, y sobre la base de una amplia capacidad de convocatoria y de consenso.

Por lo que valga, mi sincera impresión es que, en medio de todas las dificultades que a diario se constatan, las condiciones políticas se están dando para llevar adelante el propósito de reconstruir ese centro político, que fue el factor clave en los aciertos estabilizadores y reformistas de la mejor etapa puntofijista, hoy agotada y requerida con urgencia de revitalización. El cumplimiento efectivo de esa tarea hará posible que se armonice la realidad del acuerdo programático básico que dehecho existe al menos en teoría entre los principales aspirantes al gobierno a partir de 1999, con un marco institucional que haga de esa aspiración de cambio una realidad concreta.


 Comentarios por el fax: 906.3841

El Universal Digital, martes 20 de enero, 1998

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