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Siglo XXI

Analítica mensual

Breve teoría de Internet
                                                                        

Roberto Hernández Montoya*  


Cuentan que Nathan Rotschild contrató un barco de vapor para acudir a presenciar la batalla de Waterloo. Terminada la refriega, fue el primero en arribar a Londres con la información, que no dio a conocer a nadie. Pero hizo un gesto aterrador: rematar rápida y públicamente sus acciones. Esto hizo creer a los bolsistas -que sabían de dónde venía Nathan- que Napoleón había ganado. Mientras tanto, por trascorrales, sus corredores compraban y compraban barato para él en medio del pánico financiero. Al día siguiente, cuando llegó la verdadera noticia, subieron las acciones muy por encima de la cotización anterior a la batalla. Para entonces muchísimas eran ya de Nathan, incluyendo las que vendió y fueron recompradas por sus agentes. Fue así como se fundó la rama Rotschild de Inglaterra: usando astuta y aviesamente una tecnología novedosísima -el barco de vapor- que le dio una ventaja estratégica sobre los financistas rutinarios. No sé si este episodio es verificable, pero es significativo que se ande contando, pues si entonces la innovación tecnológica, aún escasa, era estratégica, cómo será hoy, cuando se moderniza a cada minuto.

El equivalente actual del barco de vapor noticioso de Rotschild es Internet, un medio informativo instantáneo, exhaustivo y de acceso universal. Este trabajo se propone ventilar algunas de sus consecuencias.

Internet, mentiras y multimedia
Internet permite transmitir, almacenar, combinar y organizar tres tipos de mensajes:
   1.Texto.    2.Sonido.    3.Imágenes fijas y animadas: películas y dibujos animados.
Gracias a esta integración, Nicholas Negroponte, el líder del Laboratorio de Medios del Instituto Tecnológico de Massachusetts, ha propuesto llamarlos más bien unimedia en lugar de multimedia. Lo que tendrá como consecuencia un nuevo universo expresivo: hoy mismo vemos imágenes meteorológicas en movimiento tomadas hace horas por un satélite, por ejemplo. En tu casa, con un módem y una computadora.

Cuando los hermanos Lumière inventaron el cine, no había otra idea que registrar hechos reales. Era un paradigma, es decir, el horizonte de lo entonces concebible: el cine, como la fotografía, era un trasunto de la realidad, no parte de ella. Solo servía para copiarla, a lo sumo duplicarla, redundarla, ampliar su alcance para que la presenciaran personas distantes en tiempo y espacio, para reforzar la memoria. Era una ventana sobre la realidad semoviente, desplazada en el tiempo y el espacio, pues veo aquí y ahora lo que ocurrió allá y otrora. Pero apareció un genio -es decir, una bisagra histórica- llamado George Méliès, un prestidigitador circense y francés que inventó filmar mentiras, con lo que creó el cine de ficción. El nuevo invento, el cine, permitía un no menos nuevo modo de hacer algo viejo: narrar mentiras -y verdades- en crónicas, épica, sagas, romances, novelas, cuentos, cantas, periodismo. Mentiras y verdades tomaban un nuevo cariz por medio del cine y permitían narrar la vida del ciudadano Kane como ninguna novela u obra de teatro o poema épico lo hubieran permitido. El cine integró todo eso y lo transformó porque el todo, una vez más, fue mayor que la suma de las partes. Méliès fue el primero en verlo. Cada nuevo medio de expresión abre nuevas fronteras a las viejas necesidades expresivas y estéticas. Hoy -espero- debe haber un genio equivalente a Méliès a punto de inventar una nueva expresión de viejas y nuevas cosas con multimedia, análoga al cine.
Douglas Adams, autor del Hitch Hiker's Guide to the Galaxy, ha declarado que la tecnología es sólo tecnología. El arte es sólo arte. Es cuando los juntamos cuando ocurren las explosiones. Primero fue el cine, luego la radio y la televisión. Ahora tenemos tecnologías que van más allá de los sueños de la ciencia-ficción y cuando los verdaderos artistas las dominen habrá terremotos (boletín de prensa de Apple Computer, 9 de febrero de 1996 pressrel@thing2.info.apple.com: "Technology is just technology. Art is just Art. It's when you bring the two together that explosions happen. First cinema, then radio and television. Now we have technologies beyond the dreams of science fiction and when the real creative artists finally get to grips with them, earthquakes will happen."
     
Julio García Espinoza decía que "los cuatro medios de comunicación son tres: cine y TV" ("Los cuatro medios de comunicación son tres: cine y TV", Casa de las Américas, La Habana, enero-febrero de 1977). Pero cuando García Espinoza escribió su genial artículo no había multimedia. Hoy diría tal vez que "los mil medios de expresión son siete: la computadora", como veremos seguidamente.

El medio del mensaje
Hasta ahora las limitaciones técnicas de los medios de comunicación nos han conducido a hacer de necesidad virtud. La prensa puede imprimir texto, pero las imágenes que reproduce son de baja calidad y no puede transmitir películas. La televisión sí, pero es inadecuada para la difusión de texto escrito más que como ceñido aval del contenido audiovisual, suerte de "ancla" de la imagen, que impide la deriva de sentidos, como diría Roland Barthes. El texto impide que el sentido de la imagen se vaya al garete. Pero ¿quién leería un libro cuyo texto fuera expuesto en una pantalla de televisión? El periódico, por su parte, tiene un solo día de vigencia -y eso en general sólo en las primeras horas-, salvo en las hemerotecas, donde pasamos horas, días y meses rastreando informaciones que tal vez ni siquiera están allí. Es trabajo de Sísifo, porque mientras mayor es la calidad y el volumen del periódico, más ardua es la tarea. La televisión no tiene archivos accesibles al público. El cine tiene cinematecas, pero su acceso es restringido o no podemos ver las películas como podemos ver los libros en una biblioteca pública. Sólo el libro cuenta con índices, bibliotecas y ficheros que los organizan, pero no siempre los hallamos donde los buscamos y a veces están en bibliotecas inaccesibles, por lo cual las referencias que ponemos al final de nuestros trabajos no es más que buena intención, pues aun cuando los textos referidos estén presentes es un trabajo forzado verificarlos todos. Son, pues, muchos libros y sólo la Biblioteca de Babel podría albergarlos (Jorge Luis Borges, "La Biblioteca de Babel", en Ficciones, Obras completas, Buenos Aires: Emecé, p. 465-71. Ver también de Borges La Biblioteca Total, suerte de borrador de "La Biblioteca de Babel", con algunas ideas muy a propósito de nuestro tema que no aparecen en esta. La Biblioteca Total, por cierto, que yo sepa, no se puede leer sino en Internet en http://lenti.med.umn.edu/~ernesto/Borges/LaBibliotecaTotal.html.
Por esa razón no hemos podido integrar esos medios: audio, cine, libro, prensa, radio, teléfono y televisión. Entendemos por tales lo siguiente:

1.Audio. Todo registro de sonido, desde el gramófono de Thomas Edison y Charles Cross, hasta las actuales grabaciones digitales. (El caso de Edison y Cross es significativo. Uno en los Estados Unidos y otro en Francia, sin conocerse, crearon el mismo invento, sobre la misma idea, con días de diferencia. El gramófono estaba en el ambiente, "blowin' in the           wind.").        

2.Cine. Toda producción de imágenes animadas destinadas a ser proyectadas en salas de cine, aunque pueden ser transmitidas por televisión y cintas de video y a veces producidas especialmente para ese medio. Es un caso en el que dos medios afines han comenzado a fundirse en uno solo, aunque imperfectamente. Algunos productores de televisión crean películas expresamente para la televisión, con el fin de dar a algunos de sus programas una textura cinematográfica que, aunque su calidad original se pierda en la televisión corriente de baja definición, tiene el prestigio de la sala de cine. Es lo que se ha llamado "cine para la televisión". Es una integración incompleta y parasitaria. Pero no es imposible concebir para el futuro una integración completa de estos dos medios sobre su base común: la capacidad para registrar el movimiento, y a medida que vayan desarrollando y confluyendo en sus respectivas tecnologías y su efecto audiovisual se vaya haciendo indistinguible.        

3.Libro. Todo material de papel encuadernado, que puede contener textos, imágenes y partituras. Algunos libros especiales contienen texto en alfabeto Braille. Otros, para niños, están hechos de tela, cartón, plástico u otros materiales. En los primeros tiempos el libro estuvo en la memoria en forma de literatura oral. Eran en general producciones poéticas y cosmogónicas, donde se fijaban los mitos básicos mediante palabras incantatorias y rituales, es decir, fijas, los primeros           signos quietos (ver Los signos quietos). Luego, con el alfabeto, se depositó en distintos materiales: piedra, bronce, papiro, pergamino y finalmente papel. Hoy puede desplegarse en diversos medios electrónicos: diskettes, discos duros, CD-ROM, etc. Cuando mientan libro evocamos un bulto de papel a pesar de que los libros han sido de papel por un período relativamente breve. En Europa no tiene sino unos seis siglos, mientras el papiro se tomó bastante más de un milenio.        

4.Prensa. Todo material impreso y periódico: diarios, semanarios, anuarios, etc. Algunos pueden no tener aparición regular, lo que no les quita su carácter recurrente.        

5.Radio. Toda transmisión radioeléctrica de sonido exclusivamente.

6.Teléfono. De todos estos medios el único que permitía el contacto de persona a persona era el teléfono, pero este era solo una extensión de la voz, no tenía la profundidad de la permanencia, salvo el registro magnetofónico, casi siempre avieso. El teléfono es analfabeto: est en la misma condición del hombre que sólo habla. Su única ventaja es la ubicuidad, la extensión intercontinental de la voz iletrada. Ahora es vehículo insuficiente para Internet, porque sus líneas no fueron           creadas para ella, sino para la voz desnuda. Como correr un automóvil por un camino de recuas. Pero cuando el mundo esté circundado por fibra óptica -algo que se hará en tiempo incomparablemente más vertiginoso que el que tomó cubrirlo de cables de cobre-, el teléfono tendrá un ancho de banda suficiente como para cubrir las exigencias actuales de Internet. Entonces ser algo que ahora no es, absorbido por el nuevo medio.        

7.Televisión. Toda transmisión radioeléctrica de sonidos e imágenes.Esos medios han surgido en primer lugar por su posibilidad técnica, y porque solo así se podía satisfacer una necesidad expresiva, que en realidad era más completa y compleja. Por ejemplo, cuando en un libro se cita un trozo musical solo se puede reproducir un fragmento de partitura, cuando lo ideal sería poder oírlo. En su novela Memorias de Mamá Blanca, Teresa de la Parra comentaba que los diálogos de las novelas debieran estar acompañados de notación musical para reproducir exactamente la entonación de cada personaje, que el texto escrito no registra. Es decir, el libro actual, de papel, es resultado de la tecnología posible, menos costosa y más práctica que aquellos voluminosos rollos de papiro o pergamino, difíciles de transportar, recorrer, indizar, almacenar y conservar. Muchos libros de papiro y pergamino se perdieron por todo eso. Su integración con otros medios es difícil o imposible. Solo lo ha logrado con la fotografía y, a través de ella, con la plástica.

Internet es el concreto armado de las comunicaciones. En la arquitectura el concreto ha permitido una plasticidad infinita que ha empellado la imaginación hacia sus límites. Internet puede producir un fenómeno similar en las comunicaciones y de alcance aún mayor porque abarca terrenos mucho más amplios.

El libro en Internet, el hiperlibro, exigirá y vendrá acompañado de un sistema de referencias para navegar en la información oceánica que se le vincule. Este sistema obligará al lector, para no quedar a la deriva en ese revuelto océano de saberes y trivialidades, a contar con un algoritmo de navegación mucho más refinado que el que actualmente exigen los índices y los ficheros de las bibliotecas. El lector futuro tendrá que ser radicalmente más experto y dueño de su condición, es decir, más soberano que el promedio actual.

Internet lo permite y amplía el acceso sin límites concebibles. Esta integración no solo desdibuja las fronteras de esos siete medios estratégicos mediante los cuales nos hacemos animales políticos, es decir, seres sociales, sino que enriquece toda información con las ventajas de cada medio y sin las desventajas de ninguno.

Buenas noticias
Imaginemos dos escenarios que serán posibles dentro de un tiempo históricamente breve: buscamos información sobre políticas agrícolas. No nos interesan, supongamos, ni la teoría ni la ciencia agronómicas sino el tratamiento que dio la opinión pública a, digamos, las políticas agrícolas de un país en un determinado período. La actual tecnología permite almacenar todas las informaciones organizándolas en hipertexto, por palabras claves, autor, fecha, etc., en una página WWW de Internet. El lector busca, pongamos, las palabras Venezuela, agricultura y política entre 1993 y 1996. La página WWW del periódico está diseñada y programada para que al instante nos dé no solo la información del día, sino toda la vinculada con el país, tema y período que buscamos. Es fácil, barato y enriquecedor tanto para el lector como para el periódico, que se vuelve más atractivo y vendible. Sabedores de que este medio permite referencias cruzadas infinitas, los periodistas y articulistas pueden señalar las fuentes de su información -bibliográficas o de cualquier naturaleza, incluso otras páginas WWW. De ese modo el lector puede saltar a un libro, foto, gráfico, película, o a una conferencia ilustrada que un experto dictó hace tres horas en un simposio en Melbourne, digamos.

Actualmente la información de prensa, radio o televisión se limita a una superficie perentoria que nos remite solo a la noticia escueta del día. Internet, en cambio, permite que el lector vaya más allá del lema del New York Times: "All the news that's fit to print" ('todas las noticias que cabe imprimir'). Actualmente una larga conferencia de prensa es resumida en unos cuantos párrafos. Es inevitable y deseable función de la prensa: informar, orientar, sintetizar. Pero muchos lectores necesitan ir más allá de las limitaciones que impone el costo creciente del papel y porque no tiene sentido imprimir periódicos de tonelada y media de papel para satisfacer las necesidades informativas de cada lector. Pero hoy podemos, por ejemplo, vía Internet, conocer el texto completo de las conferencias de prensa de un personaje, ésas que los periódicos están obligados a reducir a unas pocas líneas y que más de una vez simplemente dejan de reseñar por falta de espacio o porque piensan que pocos lectores tendrán interés en ellas. Y, por supuesto, no solo pueden estar errados en cuanto al interés general, sino que, aún siendo ciertamente escasos, esos pocos lectores pierden la oportunidad de satisfacer su necesidad informativa. La nueva prensa vía Internet permite superar esta limitación y ofrecer lo mejor de ambas alternativas: el resumen y la totalidad. Es cuestión de pulsar un botón virtual en forma de hipertexto y ahí está la rueda de prensa entera, incluso en video. Cada periódico se convertirá en una enciclopedia viviente, como aquella originalísima "Enciclopedia del Aire" que hace décadas transmitía en Caracas la Radiodifusora Venezuela. Allí, una vez a la semana, anfitriones y oyentes intercambiaban en vivo toda la información disponible para ellos sobre los temas planteados por cualquier otro oyente. En ese programa participaban todos, incluyendo a los expertos. La Internet es lo mismo, pero potencialmente permanente e infinita.

Los periódicos ya no serán los mismos entre otras razones porque ya no serán estrictamente periódicos, pues solo una mínima parte corresponderá a la actualización periódica, no necesariamente diaria sino también minuto a minuto o según una periodicidad convenida arbitrariamente. Y habrá un intercambio mucho más nutrido entre los periodistas, columnistas y lectores, muchos de los cuales pueden asimismo aportar información y enriquecerla. Se evaporará entonces también la frontera entre el emisor y el receptor. Los medios de comunicación ya no serán unilaterales ni unidireccionales. Cada noticia puede -y debe- generar una secuela, un thread, un hilo de discusión entre los lectores y los periodistas. Así ocurre en los actuales grupos de información, los newsgroups de Usenet, en donde un mensaje es respondido por otros participantes, que a su vez reciben respuestas. Un periódico no será un grupo de personas que informa a otras, sino un grupo de personas que organiza el modo en que otras reciben e intercambian información. Estas ya no dependerán del arbitrio de aquellas de publicar o no publicar una información, de destacarla o no, o de sesgarla en una dirección o en otra. Es más, cualquier grupo de personas puede constituirse en un medio informativo, interno o externo, dirigido a sí mismo o a terceros. Y algo no menos importante: este nuevo multimedio -o unimedio- será accesible instantáneamente en el mundo entero, a un costo mínimo y decreciente.
Similares limitaciones padecen hoy las emisoras de noticias de radio y televisión. Cíclicamente repiten las mismas y es un fastidio ver cinco y veinte veces el mismo gol. Ello se debe a que las emisoras no saben cuándo el televidente va a sintonizarlas y quieren asegurarse de que todos vean todo. Almacenando las informaciones en Internet no es necesario ese tedio y tampoco tengo que ver noticias que no me interesan, porque ya no hay que desplegar el espacio en el tiempo: Internet permite desplegar el espacio-tiempo en un espacio-tiempo virtual. En cambio puedo profundizar en las noticias que sí me interesan y ampliarlas con otras de campos afines. Es la diferencia entre información que se "empuja" hacia el lector, como la que siempre ha existido, y la que el lector "hala", como la de Internet (entrevista con Steve Jobs en Wired, febrero de 1996 http://www.wired.com).
Hasta ahora estos siete medios han logrado fusiones solo parciales: radio y audio, cine y televisión, libro y prensa, radio y televisión -para la transmisión de óperas, por ejemplo: se presenta la imagen en la televisión y el sonido se difunde por FM estéreo. Hoy, sin embargo, es posible lograr la fusión integral y ecuménica de todos estos medios, y con ellos la literatura, la fotografía, el teatro y las artes plásticas, que ya se les habían fundido previamente. Ya no habrá, pues, audio, cine, libro, prensa, radio, teléfono y televisión porque serán un solo medio y será mejor así.

De la Biblioteca de Papel a la Biblioteca de Babel
Quebró la Encyclopædia Britannica. La cibernética e Internet la hicieron obsoleta. Pasó igual con las sumadoras Facit de manillita, ¿se acuerdan? ¿Y las reglas de cálculo? No estaban pendientes de las nuevas tecnologías. Ya no están ni en los museos, pero ahora se calcula más y mejor que nunca. Mientras la Britannica se vende menos, hacia 1996 en Internet los servicios que pueden distribuir libros (las páginas del World Wide Web) se duplicaban cada 53 días.
No me gusta la palabra revolución para hablar de tecnología. Aparece un dentífrico con un color rarón y claman que es una revolución dental. Igualmente se ha abusado del término multimedia. Son expresiones que se vuelven comodín, como la calidad total en boca de industriales como los venezolanos, que producen tubos de dentífrico llenos de aire. Ahora todo es "multimedia", desde las computadoras hasta los ligueros. Pero el invento está allí: el primero que lo agarre es de él.

Esta vez la cosa va en serio. Me la juego en esta afirmación: el libro de papel va a desaparecer. No se alarmen: así pasó con el de pergamino y nadie lo echa de menos ya. Lo que no implicó ocaso del libro sino su fortalecimiento. Con papel e imprenta el libro se multiplicó y recorrió el planeta. Ya no había que hacer voto de castidad para hacerse monje y copiar un libro durante años para que entonces vinieran unos temerarios con que ese libro estaba errado -con razón la Inquisición los quemaba vivos... Con imprenta ya no fue comprometedor corregir a Aristóteles por decir que las mujeres tenían más dientes que los varones. Vino libre examen, alfabetización universal -ese era, al menos, el proyecto- y salimos de la Edad Media. En Internet esta desacralización del libro va a ser aún más radical: el libro de papel aún goza de una defensa formidable: intenta destruir un libro, tíralo por un bajante de basura, quémalo. Esta anécdota: una persona se topa con otra que porta un libro, se lo comenta y se muestra interesada por cierta página. El portador del libro le dice que es muy sencillo: arranca la página y se la entrega a la interesada. Da escalofrío. Digo, a los que leen libros, esa ceremonia laica de origen religioso. Confróntese la novela de Victor Hugo en que tres críos despedazan inocentemente un valioso libro (Le quatrevingt-treize, libro 3, V-VI).

No es lo mismo tirar un libro de papel a la basura que coger uno en el escritorio virtual de la computadora y lanzarlo dentro del icono en forma de basura a donde uno tira las cosas que ya no quiere allí, que quiere borrar. La ceremonia se abrevia y debilita, como pasó con el libro de papel en comparación con el libro anterior a la imprenta, que había que leer en una biblioteca monástica, solemne y engorrosa, como la que aparece en El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Para tirar un libro de papel hay que destruirlo mecánicamente, destruir sus átomos, mientras en una computadora solo es borrado electrónicamente, virtualmente, se borran los bits. La diferencia no es trivial (ver El libro volátil). Cuando la destrucción es electrónica no hay dramatismo ni trauma ni nada. Solo una operación electrónica, muchas veces en la forma de un juego en que uno mete un dibujito dentro de otro. El texto en forma electrónica pierde la solemnidad del libro de papel, que obliga a respetar hasta los chismes de Buckingham si toman forma de libro. En formato electrónico será respetable solo aquella palabra que lo merezca por sí, no cualquier monserga que se refugie detrás de una portada.

Así y todo, el gobierno de los Estados Unidos ha promovido una ley de derechos de autor que pretende ilegalizar cualquier copia o transmisión de un material -libro, programa, pintura, película- copiado a través de Internet (Bruce Lehman, Intellectual Property and the National Information Infrastructure. The Report of the Working Group on Intellectual Property Rights, Washington: Secretary of Commerce, 1995 http://iitf.doc.gov/). Según este proyecto de ley promovido por Hollywood y la industria editorial, ni un párrafo se podrá copiar y enviar a nadie directamente o vía Internet o medio similar, sin permiso de su vendedor legal. Es como aquella demanda de los Estudios Disney contra Sony por fabricar videograbadores que permitían copiar películas. La Corte Suprema norteamericana finalmente decidió que las copias que se hacían para uso personal, sin fines comerciales, eran legales. ¿Pasará así de nuevo? Quién sabe. Pero supongamos que este proyecto sea aprobado como ley. Las leyes inaplicables no tienen sentido. ¿Cómo impedir que millones de personas copien películas o archivos de computación? ¿Van a poner un policía al lado de cada potencial infractor? ¿Van a meter presa a la humanidad?

Las leyes que pretenden detener un desarrollo tecnológico estratégico desaparecen sin dejar rastro. Tal vez hubo una ley contra la invención de la rueda, tal como la Iglesia trató de promulgar una ley contra el movimiento de la Tierra y contra los descubrimientos de Darwin (verEl libro volátil).

Una maquinita de significar
El libro de papel es una máquina formidable: pequeña, transportable, barata, manipulable, duradera y almacenable. Es, además, universal, pues admite cualquier alfabeto y signo representable con tinta, y hasta con relieve, como el alfabeto Braille. Es sorprendente cómo un cambio bien simple le dio una utilidad formidable: el paso del rollo al fajo de papel encuadernado. Es igual a la diferencia entre registros secuenciales,como en las cintas magnéticas digitales o analógicas, y los globales, como los discos duros, la memoria volátil de las computadoras, los discos compactos y de pasta. Esta diferencia no es baladí, la información es mucho más fácil y rápidamente accesible y manejable en un medio de acceso global que en uno secuencial. Por eso el libro encuadernado ha tenido tanto éxito, porque tiene consecuencias incluso epistemológicas; no se trata solo de comodidad.

Pero más formidable aún es el libro electrónico, porque libro no es fetiche de pergamino o papel, sino conjunto de signos quietos (ver Los signos quietos) que originariamente se fijó en memoria cerebral, luego en piedra, bronce, papiro, pergamino, papel, diskette, disco duro o CD-ROM y ahora distribuido por Internet. Quién sabe mañana. El soporte es lo de menos. Libro sigue siendo libro sobre cualquier pasta porque lo que lo define es el contenido y no el continente. Esto no quita, sin embargo, carácter estratégico al sostén del libro, pues de él depende algo que está en su esencia: la naturaleza y alcance de su difusión. No es lo mismo difundir un libro fijado en piedra o bronce en un muro y que en consecuencia hay que ir a ver, que uno hecho en pergamino y que, aunque penosamente, puede transportarse, o en papel, que, menos penosamente, puede propagarse y venir a verlo a uno, a veces hasta sin que uno lo desee.

Hoy escribo un libro y tengo que seducir a un editor. Viene entonces levantamiento del texto, diagramación, fotolito, impresión, encuadernación, distribución, librerías y bibliotecas. Dos mil, cinco mil ejemplares en una primera edición estándar. Con suerte mi libro se agota, lo reeditan y recorre el mundo en cientos de miles de ejemplares. Sin suerte es rematado y desaparece. Tal vez lo merezca porque no es gran libro. O sufrió de mala divulgación y de distribución parroquial -la más frecuente. Hay que pensar en la energía humana y mecánica requerida para transportar toneladas de papel por el mundo y aun en el perímetro parroquial y en el espacio que devoran para ser almacenados. Pero hay que contar otra consecuencia: si con papel hay piratas, cómo los habrá con electrones, que hacen mas ubicuo y resbaloso al forjador.
O es gran libro para muchos lectores, pero dispersos. Tres en Guatemala, cinco en Ucrania y medio millón regaditos entre Cochabamba y Vladivostok. Se conectan con mi servicio WWW de Internet y lo leen en su pantalla, lo copian en su disco duro o lo imprimen en papel. Tal vez me abonan algo con su tarjeta de crédito. Y tal vez algún patrocinante financie mi servicio a cambio de publicidad o porque está de acuerdo con mis ideas y le conviene difundirlas a sus costas. Soy mi editorial. Ya no hay libros agotados o inaccesibles. Y tienen como ventajas comparativas:
menor costo -no hay que gastar en papel, cada vez más caro, y su consecuencia: talar bosques, ni en imprenta y librerías, sino que se paga directo al autor, quien tal vez ni cobre; o tal vez por fin cobre, considerando la conducta poco plausible de muchas editoriales en esa materia- y manejo electrónico, que me permite búsquedas rápidas, cómodas, completas y complejas: en hipertexto, por ejemplo.

Por Internet uno encontrará publicaciones insospechadas. No hará falta suerte para el éxito editorial; bastará el talento. Igual será con cine, plástica y música. Y aparecerán nuevos modos de expresión para decir cosas que nunca se pudieron decir.
El libro ya no deberá estar terminado para poder ser publicado. La imprenta obliga a un texto definitivo, inamovible, porque es oneroso y desmañado imprimirlo cada vez que el autor decide revisarlo o reescribirlo, que puede ser cada mes o cada día. Salvo las obras literarias -las poéticas especialmente, que suelen tener un efecto incantatorio que emerge en palabras quietas-, un ensayo o un tratado o un manual o una enciclopedia no tienen por qué fijarse definitivamente como lo impone la imprenta. Así, en una página WWW el libro se puede publicar y actualizar y modificar cada tanto -cada minuto si nos da la gana. Serán libros interminables e inestables, los escritores tendremos derecho a la inconstacia y a la indecisió, la duda dejará de ser un vicio, ya no será obligatorio tener ideas fijas.

Lo más parecido que permitió la imprenta fue el Finnegans Wake de James Joyce: su primera frase es la segunda parte de la última del libro, de modo que este es circular y puede ser leído comenzando por cualquier punto. Pero Finnegans Wake está terminado de todos modos, es una tinta cerrada, sus signos son quietos, para siempre. En Internet todo libro podrá ser una historia sin fin porque la tinta y el papel no instan a terminarlo, a fijarlo. Concluirlo para siempre es una opción libre. Otro hito que anticipó la Internet fue la Rayuela de Julio Cortázar, el primer hipertexto (ver Steven Levy, "Meditations on HyperCard", en Macworld, San Francisco: febrero de 1988, p. 86; Internet: provincia latinoamericana).

Uno podrá, además, si quiere, escribir su libro "en público". La imprenta, al conducir obligatoriamente al texto definitivo y dificultar el acceso a terceros antes de imprimirlo, aísla al autor, que se debe quedar solo con su texto hasta que lo publique y entonces solo excepcionalmente lo podrá tocar y retocar, en sucesivas ediciones "corregidas y aumentadas". Con Internet puedo presentar un esbozo y recibir las reacciones de los lectores: comentarios, contribuciones, análisis, refutaciones, que "fogueen" mi texto. No habrá necesariamente texto definitivo. El lector sabe que siempre puede volver al libro para saber en qué estado se halla. Serán más viables las obras colectivas entre personas incluso geográficamente muy distantes, que tal vez nunca se han hallado frente a frente. Ese complejo de Penélope que sufren los escritores con el procesador de palabras, que tejen y destejen el texto interminablemente, ya no será un vicio sino una virtud.

No será necesario publicar un volumen como ahora. Antes un folleto era una disminución, porque no tenía el prestigio del tomo, del volumen, del mamotreto. Con Internet puedo publicar un opúsculo sin deshonor o treinta tomos sin engreimiento. Se acaba el problema de aquellos textos cuya breve extensión no les da para convertirse en libros y de aquestos otros muy largos para caber en revistas y que entonces deben diluirse en compilaciones de difícil detección y localización posteriores en las bibliotecas y las librerías. Esta restricción, nacida de la limitación tipográfica, desaparece, pues una página WWW se encuentra apenas uno evoca las palabras claves que le corresponden. Escribimos la palabra política y aparecen desde El Príncipe de Maquiavelo hasta el último pasquín del último politiquillo de esquina -de allí la necesidad que tendrá el lector futuro de refinar sus criterios de selección.

Leer un libro en pantalla, dicen, es tedioso -tal vez hasta dañe la salud, dicen, según el tipo de radiación del monitor. Es posible. Aunque también lo es que se deba a la falta de costumbre y de refinamiento en los monitores de rayos catódicos. Ciertamente, además, uno halla cosas en el texto impreso que no se ven en la pantalla. Pero se podrán desarrollar monitores más adecuados para ese fin y hasta aparatos específicos que permitan una lectura cómoda, algunos de los cuales ya existen en prototipo. La gente del Laboratorio de Medios del MIT anda en eso (Nicholas Negroponte, "The Future of the Book", Wired, febrero de 1996 http:www.wired.com/wired). ¿Qué sabe uno?, hasta mejores serán tal vez que el papel. Además, no siempre hacemos lecturas exhaustivas. Con frecuencia consultamos los libros brevemente, buscando un dato puntual y eso en pantalla es mucho más viable y expedito que en el libro impreso. Y se puede imprimir el texto y leerlo en formato de libro de papel, incluso encuadernato como un libro. En todo caso será cuestión que decidirá el tiempo.
Este dirá también cuánto durará el libro de papel. No creo que desaparezca del todo, al menos en plazo previsible. Seguirá teniendo sus ventajas, entre las cuales las estéticas, como objet d'art. Pero su importancia central actual disminuirá radicalmente. El libro de papel será tal vez un recurso secundario a medida que comparemos sus desventajas con las ventajas que le da la electrónica y no podremos dar marcha atrás. Mientras tanto seguimos publicando en papel porque no toda la audiencia tiene aún el modo de allegarse a él electrónicamente.

El libro volátil
Internet es incompatible con la concepción y práctica actuales de derechos de autor y propiedad intelectual. Cuando compro un libro de papel, pago al librero, al editor, al autor y, más indirectamente, al impresor, al fabricante de papel, etc. Si leo el libro en una biblioteca pública, esta paga a toda esa gente por mí. Cuando leo en biblioteca pública no obtengo el libro, es decir, su soporte material, pero accedo a su esencia, a sus signos, a sus bits. Como en Internet. He allí el origen del conflicto.
John Perry Barlow, fundador de la Electronic Frontier Foundation http://www.eff.org/ y compositor del grupo de rock The Grateful Dead, ha formulado una Declaración de independencia del ciberespacio, en la cual señala, dirigiéndose desde el ciberespacio al gobierno norteamericano, que los conceptos legales de ustedes sobre propiedad, expresión, identidad, movimiento y contexto no se aplican a nosotros. Ellos están basados en la materia y aquí no hay materia (A Declaration of the Independence of Cyberspace. "Your legal concepts of property, expression, identity, movement, and context do not apply to us. They are based on matter. There is no matter here.").            

¿No hay materia en el ciberespacio? ¿Los electrones no son materia? En el seno de la cibernética se ha criado un espiritualismo vulgar y difuso, en su variante animista, según el cual 'materia' es solo su parte mecánica. La electrónica está dispensada del "desprestigio" de la pesantez y del embotamiento táctil. La electrónica, siendo trasunto de la lógica estructurado sobre el soporte invisible de los electrones, adquiere el talante airoso de lo espiritual. Airoso, es decir, 'de aire' en más de un sentido: para los griegos espíritu era pneóma, es decir, 'aire', que se exhalaba precisamente en el "último suspiro", pues para aquellos remotos griegos el aire-espíritu no era material, como tampoco lo son los electrones para algunos cibernautas. El libro gana cierta labilidad que lo ofrece como un objeto hecho de pura significación:
En la comunicación escrita tradicional, se emplean todos los recursos del montaje en el momento de la redacción. Una vez impreso, el      texto material gana una cierta estabilidad... a la espera de los desmontajes y remontajes del sentido a los cuales se entregará el lector. El hipertexto digital automatiza, materializa estas operaciones de lectura y amplifica considerablemente su alcance. Siempre en instancia de reorganización, propone una reserva, una matriz dinámica a partir de la cual un navegador, lector o usuario, puede engendrar un texto particular según la necesidad del momento. Las bases de datos, sistemas expertos, hojas de cálculo, hiperdocumentos, simulaciones interactivas y otros mundos virtuales son potenciales de textos, de imágenes, de sonidos e incluso de cualidades táctiles que ciertas situaciones particulares actualizan de mil maneras. Lo digital recupera así la sensibilidad en el contexto de las tecnologías somáticas [voz, gestos, danza...], conservando el poder de registro y de difusión de los medios de comunicación

Dans la communication écrite traditionnelle, toutes les ressources du montage sont employées au moment de la rédaction. Une fois imprimé, le texte matériel garde un certaine stabilité... en attendant les démontages et remontages du sens auxquels se livrera le lecteur.L'hypertexte numérique automatise, matérialise ces opérations de lecture et en amplifie considérablement la portée. Toujours en instance peut engendrer un texte particulier selon le besoin du moment. Les bases de données, systèmes experts, tableurs, hyperdocuments, simulations interactives et autres mondes virtuels sont des potentiels de textes, d'images, de sons ou même de qualités tactiles que des situations particulières actualisent de mille manières. Le numérique retrouve ainsi la sensibilité au contexte des technologies somatiques [la voix, des gestes, la danse...], tout en conservant la puissance d'enregistrement et de diffusion des médias (Pierre Lévy, l'Intelligence collective. Pour une anthropologie du cyperespace, París: La Découverte, 1997, p. 58).

Nuestra denuncia de este nuevo y pobrísimo dualismo filosófico espíritu vs. materia no quiere ser principista. No vale la pena detenerse a aclarar que, sea lo que sea la materia, los electrones son tan materiales como el papel. Interesante es, más bien, la oposición que Negroponte ha establecido entre bits y átomos (Cf. entrevista con Nicholas Negroponte en la revista electrónica Meme N 1.07, octubre de 1995 http://memex.org/meme1-07.html). Aquellos son la porción inteligible de lo material —el átomo—, engastado en el sistema de representaciones que se ha ido construyendo en Internet y en la cibernética en general. El bit, como unidad mínima de información, es una metáfora de la representación mental del átomo.

Nadie en este salón objetaría la biblioteca pública. Son buenas para nuestros hijos, el país, las comunidades. ¿Pero por qué funciona una biblioteca pública? Funciona porque está basada en átomos en un 100%. Cuando pides prestado un libro el estante se queda vacío. Convirtamos esta biblioteca de átomos en una de bits. ¿Qué ocurre? Dos cosas. Primero ya no llevamos nuestros átomos a la biblioteca. Pero, más importante aún, cuando tomamos prestado un bit siempre queda un bit. ¡Bingo! Ahora veinte millones de personas pueden tomar prestado ese mismo bit, y nada más cambiando los átomos en bits violamos la ley de derechos de autor y en países sin leyes de derechos de autor violas un sentido de la propiedad intelectual (Nicholas Negroponte. Citado por la revista electrónica Meme, 1.06 transmitida el 23 de noviembre de 1995, owner-meme@sjuvm.stjohns.edu. "There is not a person in this room who would argue against      the public library. They are good for our children, they are good for the country, they are good for our neighborhoods. But why does a public library work? It works because it is based 100% on atoms. When you borrow that book the shelf is then empty. Now, we take the library made of atoms and we convert it to bits. What happens? Two things. First we don't have to take our atoms down to the library anymore. But more importantly, when you borrow a bit, there is always a bit left. So bingo! You now have 20 million people who can borrow that same bit, and just by changing the atoms into bits you violate copyright law, and in countries without copyright law, you      violate a sense of intellectual property.").

La tortura del copyright
El libro en Internet está hecho de bits, mientras que el de papel está hecho, además, de átomos. Hay una pesantez aditiva del libro de papel, que no tiene nada que ver con su naturaleza, que son los signos, que ha permitido precisamente su explotación comercial. Cuando pago un libro de papel pago eso principalmente: papel, un objeto de átomos que sirve de soporte a la especulación que se hace con los bits creados por otros, lo que Ludovico Silva llamaba 'plusvalía ideológica', en este caso más bien plusvalía intelectual (Silva, Ludovico, La plusvalía ideológica, Caracas: Universidad Central de Venezuela-EBUC, 1970). De otro modo sería, en el marco del ejercicio actual de los derechos de autor y de propiedad intelectual, imposible especular con esa creación del autor. Escribo una novela y me la publica un editor de papel. Lo que él vende por mí es papel manchado de tinta y encuadernado. A mí me paga un porcentaje por cada ejemplar. El papel, que no es el libro sino su soporte, deja constancia de ese movimiento comercial.

En cambio si vendo el libro por Internet, desaparece este componente mecánico de átomos en tanto pesantez. Los electrones viajan convertidos en bits, de una computadora a otra, de un rincón a otro del universo mundo, hogaño llamado aldea global. El lector paga ideas, no papel. Pero esos bits están preñados de materia: sea papel o electrones, que se pueden volver valor de cambio, es decir, mercancía. Comprar electrones es ventajoso: más barato, accesible y mundial.

Pero no todo es ventaja: ¿qué pasa cuando una editorial quiebra o desaparece por cualquier razón? Si la editorial es de papel sus libros quedan en las bibliotecas. El papel les da continuidad y fundamento en el espacio-tiempo histórico. La pesantez mecánica de la materia no siempre es mala ni vergonzosa. Pero si la que quiebra es una editorial que funciona en Internet, en el ciberespacio, se volatiliza junto con sus libros, pues, si hay derechos de autor, nadie puede hacerse cargo de la distribución legal de ellos sin permiso. Y aun si no hay problemas legales, o estos se obvian, habría que contar con la mano amable que los preserve. O tal vez la adquiera otra empresa, pero es un azar del que está dispensado el libro de papel.

Otro problema: ¿cómo colocar los libros en las bibliotecas del ciberespacio, en esa nueva Biblioteca de Babel? Las bibliotecas de papel adquieren uno o más ejemplares de un libro y aunque es maniobra poco estimada por muchos editores, la presión social los ha obligado a convenir en que sus libros estén disponibles en bibliotecas públicas -finalmente cobran algo, pues hay muchas bibliotecas y deben adquirir numerosos ejemplares si el libro es muy solicitado. Y se consuelan además porque el lector no adquiere el libro en la biblioteca, es decir, en la biblioteca el lector no adquiere los átomos, sino los bits, que son lo esencial del libro, por cierto. Pero el editor no cobró bits sino papel, que gracias al comercio, al valor de cambio, se vuelve metáfora perversa del bit. El libro se vuelve algo que no es: pulpa, celulosa. En una palabra: se pervierte, se desnaturaliza, se corrompe, se prostituye, en dos palabras: se aliena.

Tratemos de entender esto a través de un auto con aire de apólogo medieval: un viandante se detiene a olisquear la carne asada que un parrillero callejero vende. Este se queja y exige que le sea pagado el olor. Llega el Justicia -así se llamaba algo así como el juez de paz, que era siempre sabio, al menos en la Edad Media- y pregunta al parrillero cuánto vale el olor de la carne que el viandante husmea. El comerciante declara que cuesta, digamos, un maravedí, moneda de aquellos y otros tiempos. El Justicia pide entonces un maravedí al viandante, quien lo entrega luego de muchas protestas. El Justicia lanza la moneda al pavimento y pregunta al guisandero si escuchó el sonido. El cocinero, desconcertado, admite que sí. Ver información sobre El Justicia en http://www.aragob.es/acerca.htm, información que agradezco a José María Gutiérrez Lera.
—Pues bien —sentencia el Justicia, devolviendo el maravedí al viandante—, ya está usted pagado, pues el tintinear de la moneda equivale al olor de su carne. Si hubiera comido la carne hubiera tenido que pagar con la sustancia, la masa, de la moneda, esto es, la moneda misma.

Sabio hombre: olor equivale a sonido. Información equivale a información. Moneda, en cambio, equivale a carne.
La mercancía tiene sus imaginarios, como decía Marx en el segundo capítulo de El Capital, por eso puedo cambiar una camisa por una silla y dinero por cualquier cosa:
Igualitaria y cínica por naturaleza, la mercancía está siempre dispuesta a cambiar, no ya el alma, sino también el cuerpo por cualquier otra, aunque tenga tan pocos atractivos como Maritornes. Esta indiferencia de la mercancía respecto a lo que hay de concreto en la materialidad corpórea de otra, la suple su poseedor con sus cinco y más sentidos (subrayado sic. Karl Marx, El capital, México: Fondo de Cultura Económica, 1946, p. 48-9).

En una biblioteca el lector "huele" los signos que están impresos en el papel. Pero en Internet el lector obtendría de la biblioteca electrónica lo mismo que obtendría del editor electrónico del libro: bits, pero sin pagar los electrones. En Internet carne y olor, es decir, papel y bit no tienen diferencias. No se podría, pues, en el marco actual del derecho de autor y la propiedad intelectual, almacenar los libros en forma electrónica en bibliotecas públicas accesibles por Internet. En ellas el libro propiamente dicho, es decir, sus signos, sus bits, su contenido, no estaría apresado en una materia pesada y tangible como el papel, sino en la forma lábil y ubicua de un chorro de electrones, que circularían, aunque no fuera legal, de modo materialmente libre por toda partes, por el llamado ciberespacio. El electrón es conceptualmente más congruente con el bit que el papel. No convierte al libro en un rehén, como hace el papel (y hacían el papiro, el pergamino, el bronce, la piedra).

¿Cómo se resuelven estos problemas? Como dijimos, la concepción y práctica actuales de los derechos de autor y de propiedad intelectual chocan con la naturaleza de Internet. Es lo que ocurre con la copia ilegal de software y cuando un amigo me pide que le grabe un disco en un casete, o que le fotocopie un libro. En las más de las legislaciones eso suele ser ilegal. Por más que el programa pirateado descanse en diskettes y en otros medios, por más que la música descanse en casetes, por más que Los signos quietos descansen en una fotocopia, lo que se transó allí fue un conjunto ordenado de bits. El diskette, el papel fotocopiado y el casete no son más que recipientes. Cuando no solo signos quietos circulen por Internet, sino también música, cine, etc., se va a crear un problema al capitalismo tal como está instaurado, con su propiedad privada sobre los bits, porque ya el capitalista no será totalmente dueño del medio de producción o, en todo caso, de todos los medios de producción, como antes lo era de la casa editorial, del canal de televisión, del estudio de grabación y de los aparatos de distribución. Ahora el medio podrá estar en manos del propio autor en la forma de un servicio de Internet (cf. entrevista con Steve Jobs en la revista Wired de febrero de 1996): correo electrónico, página WWW, FTP -un medio de transferencia de datos: documentos, programas de computadoras, imágenes, sonidos, Gopher -un sistema de distribución de información-, Usenet, etc.

Va a haber un conflicto entre los actuales dueños de los bits (editoriales, disqueras, productores cinematográficos, empresas de software) y los creadores y usuarios de esos bits. El capitalista será dueño de las fábricas de computadoras y de software, de las empresas organizadoras de información, que proliferarán en Internet. Pero no de todos los medios de producción. En la práctica una casa editorial electrónica no puede impedir que alguien transmita a otro los bits que ella vende. Lo declarará delito porque para eso los burgueses controlan el estado, pero será un delito incastigable, es decir, en los hechos no será delito.
Tal vez la solución esté allí: la casa editorial como la concebimos hoy deberá volverse un organizador de información. Como lo que me vende es la organización de los datos, no le importará si copio o no copio esos datos. Solicito a un organizador de información datos sobre un tema, el organizador me señala dónde hallarlos y qué características y qué valor intelectual tienen, me cobra por ese servicio, y me puede entregar los datos sin cobrármelos y no me pondrá preso si los trafico después. No necesariamente me vende los datos (bits: libros, revistas, imágenes, películas, etc.), sino que me señala organizadamente dónde obtenerlos, comprados o regalados. No puedo revender el servicio personalizado que me vendió -las señas de dónde hallar los datos- porque solo es útil para mí. Igual que no puedo revender una consulta médica, que es cosa personalísima. Puedo revender los medicamentos, pero no el récipe. Por esa razón la empresa NeXT ha decidido hacer de dominio público sus objetos de software (Object Oriented Software) para los particulares. Solo cobrará a las empresas.

El materialismo vulgar de los vendedores de bits, de signos, pretende que si compro un programa de computadora no puedo usarlo sino en una sola computadora. Es como comprar un disco por cada tocadiscos. Como aquel chiste de Quino, en que Manolito se encuentra con Mafalda armado con su materialismo vulgar de tendero:
Manolito: ¿Qué le regalaste hoy a tu mamá en su día, Mafalda?
Mafalda: Un libro.
Manolito: Andá... En serio, ¿qué le regalaste?
Mafalda: Pero, ¡en serio que un libro!
Manolito: ¡Un libro, sí!.. ¡Ahora resulta que yo soy tonto! ¿Te crees que no sé que tu mamá ya tenía? (Quino, Mafalda 6, México: Promexa, 1984, sin página).
Manolito cree que los libros son intercambiables, como si fuéramos a una librería buscando un libro de Kafka y el tendero nos dijera:
-Bueno, de Kafka no tengo, pero sí hay de Bécquer.
Es como si cada vez que releo un libro tuviera que comprarlo de nuevo, como una barreta de chocolate. El bit como mercancía tiene una dimensión distinta. Su materialidad es un soporte, no la cosa misma. En este caso, vuelta a Marx, "su materialidad como valor es puramente social" (capítulo I, de El capital; 1946:14-5).
No sé cómo se resolverá este entrevero. No soy jurista y no me corresponde vislumbrar nada. Tampoco soy historiador y mucho menos historiador del porvenir como para columbrar cómo se va a decidir este conflicto de intereses entre la humanidad y un pequeño pero poderoso sector de la humanidad. Pero me parece que puede pasar lo que pasó con los Estudios Disney (ver La Enciclopedia de Babel). Espero que para la superación de este entrevero capitalista no se tengan que revivir los horrores del stalinismo...

Internet es la peor pesadilla de quienes venden software, libros y discos. Esa pesadilla desabrocha costosas campañas publicitarias destinadas a &laqno;educaré a la gente para que no copie ni distribuya programas ilegalmente, para que no copie ilegalmente discos en casetes o en CDs &laqno;quemablesé. Promulga leyes draconianas para vigilar y castigar. Se organizan escuadrones que te allanan para inspeccionar computadoras, incautarte discos duros e imponerte cauciones aterradoras. El gobierno de los Estados Unidos, por su parte, promueve una ley paranoica que hará ilegal que me envíes por correo electrónico unas líneas tomadas de cualquier libro cuyos derechos de autor no sean de dominio público. No solo serás culpable de enviarlas sino yo de recibirlas y nuestros respectivos servidores de trasmitirlas, incluyendo aquellos desprevenidos por donde pase al azar la criminosa epístola. Es una ley no solo ignorante sino tonta, como procuraré mostrarte luego. Han promovido también la extensión del período luego del cual un libro pasa al dominio público, de 50 a 75 años después de fallecido el autor.
Pero los Estados Unidos no son los más encarnizados. Los editores europeos han prohibido que los libros reproducidos en CD-ROM puedan copiarse sobre medio electrónico y hasta en papel, mediante tu impresora. Y han declarado la guerra a los libros vía Internet. No solo van a perder, claro, sino que van a quedar como unos tontos.

Hace unos años, cuando se introdujo el betamax (¿recuerdas el betamax? haz memoria... el primer videograbador doméstico), Hollywood propició la prohibición de su uso. No podías grabar nada de la TV para verlo más tarde y mucho menos prestárselo ni a tu mamá. Y olvídate de copiar una película. Solo podías grabar y compartir cosas enteramente producidas por ti.
Lo más curioso es la mezcla de ingenuidad con perversidad, que los años me han enseñado que son compatibles, como verás enseguida. ¿Cómo iban a impedir que programaras la grabación del noticiero para verlo a tu regreso a casa? ¿Poniendo un policía en cada casa donde hubiera un betamax? Era, pues, una ley inaplicable y para todo efecto práctico las leyes incumplibles no existen. Acabar con la grabación magnetoscópica era tirar el agua del baño con el niño dentro. Es lo que hacen los países de régimen totalitario: prohibir la Internet. Peor el remedio que la enfermedad.

¿Y cómo impedir la piratería de software? No se puede, pero es posible ensayar los controles más ineficaces y divertidos. Como por ejemplo colocar una ocurrente cajita que se comunica con el programa. Si este es legal no hay problemas, pero si no, se borra. Intenta introducir el código manualmente y la cajita obligatoria se autodestruye. Hasta que un hacker descubrió lo obvio: interceptar la comunicación entre la cajita policial y el programa. Ahí está el código...
Publican un programa demo que carece de alguna función primordial: no puedes grabar, por ejemplo, y llegada cierta fecha, el programa deja de funcionar o comienza a hartarte con un mensajito de vendedor por cuotas. Tienes que pagar para ganar el dominio completo del programa. Otros añaden marcas de agua electrónicas para identificar la procedencia de una foto o una música y meter un susto al pirata (hhtp://www.digimark.com y http://highwatersignum.com).

Lo más perverso es que a quien verdaderamente se castiga es al comprador legal. En estos días se me perdió la tarjeta de un programa perfectamente legal. En ella estaba el serial, que olvidé poner cuando lo instalé. A partir de cierta fecha no hubo modo de hacer funcionar aquel programa sin el numerito. La única solución era usar una copia ilegal cuyo serial el pirata había tenido la astucia de garabatear sobre los diskettes. Finalmente salió una nueva versión que hubo que comprar porque, perdida la tarjeta, no había modo de probar la compra anterior para obtener la rebaja de actualización. El pirata se toma cuidados que el honrado comprador ni sospecha. Todo pirata con la moral alta sabe destrabar protecciones. Es una guerra en que solo caen los que no pelean. Hay además sitios WWW donde aparecen seriales y códigos ilegales. Una por otra: los productores de software pretenden que compres tantos ejemplares o licencias como máquinas uses con ellos. Por ahí a las disqueras se les ocurrirá que debes comprar un disco por cada tocadiscos en que vayas a escucharlos o a las editoriales un libro por cada biblioteca que tengas, incluyendo la del baño. Su solución es volver a la vieja tecnología. Ingenuos y perversos, te lo dije.
Otrora, en los tiempos felices del copyright, fotocopiar un libro indefinidamente era inoperante porque las copias sucesivas van deteriorándose y para hacer mil copias necesitas una imprenta. Igual con los casetes. Hay un umbral en que ya la copia tiene que cesar porque la señal se vuelve ininteligible. Hay una limitación atómica.

Ya no hay la limitación material, atómica, de la fotocopia o de la reproducción magnética. Una cortapisa sustancial protegía la propiedad, pero ahora, gracias a la digitalización, esa inteligencia de la materia, gracias a los bits, es posible un número infinito de copias idénticas y trasmitirlas de computadora a computadora. ¿Qué va a ocurrir dentro de poco cuando el ancho de banda sea suficiente para trasmitir una película o un CD completos, en pocos segundos? Ya es posible la transmisión de libros y fotografías completos.

Todo el mundo saldrá ganando, sobre todo, paradójicamente, los perdedores, como ocurrió a Hollywood cuando perdió su querella contra el betamax. Me explico. La Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos dictaminó que era legal copiar cualquier programa de TV para ti mismo. Que ilegal era comerciarlo sin permiso del propietario del copyright. Hollywood ganó al perder, pues hoy se lucra más por venta y alquiler de videocasetes que por las salas de cine.

Algo similar pasará con las disqueras, las editoriales y las productoras de software. Lo que más venden es papel, tinta y plástico empaquetados en libros, carátulas de discos, CDs, diskettes, CD-ROMs, etc. Es decir, átomos. Lo que menos comercian es inteligencia, que es la esencia de los libros (me refiero a los buenos). El caso del libro es emblemático. El autor apenas cobra el 10% del precio, si es que cobra y eso cuando cobra, pues es el último en hacerlo. La librería se queda con un 40%, si no más. El distribuidor recibe no menos del 20%. El restante 30% lo comparten el editor, el diseñador y el impresor. Pagas papel, cuero, cartulina, tinta, cola, trasporte y administración. Lo que menos remuneras es el intelecto del autor y del editor que selecciona y contacta autores, contrata y dirige lectores de manuscritos, traductores, diseñadores, etc. Así ocurre con el disco y con el software.

Se dirá que se va a acabar el libro de papel a medida que cada vez más se vendan por medios electrónicos (por diskettes, CD-ROMs, Internet). Eso no tendría nada de malo, salvo para los editores que se empecinan en vender papel para quienes prefieren leer en la playa, lo que tampoco está mal, pues leer todo El Quijote en un monitor no luce recomendable. Pero la nueva tecnología presenta alternativas mejores que las del pasado. Así como los libros de papel acabaron con los de papiro y pergamino. Cual las calculadoras electrónicas acabaron con las reglas de cálculo. Nadie las echa de menos.
Si leo a Virgilio tengo pocas oportunidades de hallar con quien compartir esa proclividad. Los demás se dirán: &laqno;Ahí viene otra vez Roberto con su macán de Virgilioé. Pero un editor que utilice inteligentemente las redes puede crear, para los libros de Virgilio que vende, un grupo de lectores, que dirán: &laqno;Qué bueno, Roberto volvió a hablar de Virgilioé. El editor moderno e inteligente contratará expertos en Virgilio, a quien por cierto puedes leer, en latín,en http://www.analitica.com/bitblio/vergili/eclogae.htm y en http://www.analitica.com/bitblio/vergili/georgic.htm. Y si el autor está vivo puede participar en esos intercambios, como va a pasar en la revista electrónica Venezuela Analítica con la próxima novela de Eduardo Casanova. Está pendiente en http://www.analitica.com.

Si es un ensayo el autor puede añadirle ideas e información, así como corregir errores, sin esperar nueva edición, cosa que solo ocurre con afortunados cuyos libros de papel se agotan en poco tiempo. Este mismo artículo, modificado, pasará a ser un capítulo de mi libro Breve teoría de Internet publicado en http://www.analitica.com/doc5.htm, y que, así como Penélope nunca terminaba de tejer sus labores, ya he anunciado que no voy a terminarlo nunca, voy por la versión 1,1 (&laqno;Mi hiperlibro en Interneté en El Nacional: http://www.el-nacional.com/archivo/1997/04/06/opinion/opinion6.htm). Los lectores pueden participar. Alrededor de un texto se pueden organizar grupos de intercambio, debate, estudio, etc. Siempre fue así, pero ahora será más nutrido y, sobre todo, activo.

El mejor editor ya no será solo el que vende el libro mejor, sino el que ofrece la red de relaciones más fecunda, que enriquece mi lectura con otros textos. Mi editor favorito no solo me propondrá un texto sino un programa de lectura inteligente, bien pensado y hasta un modo de participar activamente en la elaboración de una experiencia cultural. Lo de menos será que alguien copie el texto de base y lo mande por correo electrónico. Es como mi BitBlioteca (http://www.analitica.com/bitblio/bitblio.htm), cualquiera puede coger los textos de dominio público que he publicado allí y ponerlos en otro servidor. Me robará el tiempo que he pasado seleccionando, digitalizando, corrigiendo el texto, transcribiéndolo a HTML. Lo que no me puede robar es el entusiasmo. Ese lo tiene o no lo tiene. Y si lo tiene es por sí mismo, no porque me lo robó, porque aunque el entusiasmo puede ser contagioso es imposible de robar. Entonces no necesitará robarme nada porque desarrollará su propio proyecto y nos nutriremos mutuamente, pues el mejor prospecto de un libro es otro libro, una biblioteca conduce a otra y a todas. Lo mejor que puede pasar a una editorial es tener un best-seller, y lo segundo mejor es que otra lo tenga, porque un best-seller orienta sobre las tendencias del mercado. Y finalmente se puede obtener patrocinio publicitario o institucional. Las posibilidades de negocio las pone la imaginación. Ve lo que BarnesandNoble http://www.barnesandnoble.com/help/help.asp y Amazon Books http://www.amazon.com andan haciendo sobre esto.

Igualmente el software. ¿Por qué la gente piratea programas? En primer lugar porque se puede, es muy fácil y encima gratis. Quienes copian programas no tienen el menor escrúpulo de conciencia. Son muchos. ¿Cuántas personas conoces que jamás han pirateado un solo programa? ¿Tú? Solo algunas pocas empresas se cuidan de un allanamiento judicial. No es cierto que se pierden millones por el software copiado ilegalmente, porque quien copia programas no los compraría ni teniendo el dinero ni por miedo a la policía. Hay ricos que piratean programas. La policía no puede controlar la piratería salvo en cifras decimales, es decir, antieconómicas, pues no compensan el costo de una gendarmería especializada en piraterías. El problema no está allí, sino que, como dijo el cínico aquel, &laqno;la gente roba porque no encuentra razones para no robaré.

Nadie que no esté loco se roba un rompecabezas armado porque lo que interesa es el placer de ensamblarlo. Es decir, si los programas fueran más baratos (y pueden serlo si, por ejemplo, se prescinde de presentaciones de lujo nuevorrico, como una inyectadora de oro), si además uno contara con servicios adicionales, como grupos de intercambio de datos (tips), actualizaciones (updates o upgrades) prontas y asequibles, macros y subrutinas, respaldo técnico, pues bien, así no tendría gracia piratear. Más bien resultaría carísimo, porque se perdería lo más valioso. Lo de menos es el programa mismo, que, como el libro electrónico, no importará que se copien, sino que hasta conviene más bien que lo hagan, como aliciente para vender luego los servicios que se tejen a su alrededor. Las posibilidades de negocio, de nuevo, las pone la imaginación.
Como se ve, Internet obligará a revisar el alfa y el omega de lo que entendemos y practicamos como derechos de autor, que ya no serán los mismos porque, paradójicamente, serán más lucrativos mientras más se regalen. Cuestión de ponerse a inventar.

Censura de la censura

La Inquisición no consiguió nada de radical importancia con su Index. Los libros perseguidos siguieron circulando, ora clandestinamente, ora descaradamente -y socavando lenta o rápidamente los antiguos regímenes. La España imperial prohibía leer a Rousseau en sus colonias americanas. Para nada, porque el Contrato social entraba recelado bajo portadas de devocionarios. Misales, libros de horas y catecismos fueron útiles para que circularan las denuncias de Voltaire contra la Iglesia Católica. Hubo Revolución Francesa e Independencia de América, Revolución Industrial y desarrollo científico. El Index no pudo impedirlos.

Una vez que se imprimía un libro, no era posible controlar absolutamente su distribución y sus efectos, porque no era tanto el texto mismo como los sistemas de pensamiento que inspiraba y multiplicaba en pocos primero y en muchos después. A lo sumo se los incomodaba, a lo sumo se retardaban sus efectos, pero aquí estamos en este siglo XX gracias a bibliotecas enteras de libros prohibidos y a pesar de toda la prédica medievalista de la Iglesia.
En la Unión Soviética se hacía el samizdat, publicación clandestina reproducida precariamente con papel carbón o con algún multígrafo descarriado. De nada sirvió que las autoridades hicieran empadronar las máquinas de escribir para rastrear a los autores de los samizdats. El solo alfabeto era un arma subversiva.

Los libros impresos, en fin, ya no se pueden quemar, a lo sumo se chamuscan por un rato, pero una vez publicados siempre se cuela un ejemplar pertinaz que lee Simón Rodríguez y lo enseña al niño Simón Bolívar, quien luego, adulto, inspirado en ese libro, libera a América de España. Igual que cayó la Unión Soviética a pesar de tanto prohibir y prohibir y prohibir. Pudieron más los samizdats que el Muro de Berlín.

Asimismo ha de pasar con Internet. A comienzos de 1996 un juez de Baviera impuso a CompuServe que impidiera a sus clientes acceso a los grupos de información -newsgroups de Usenet- que discurrieran sobre sexo. CompuServe tuvo que desactivar todos los grupos en todo el mundo a todos sus usuarios. Triunfó la mojigatería y perdió la libertad. Y los servicios comerciales como CompuServe, America Online, Prodigy y otros servicios particulares similares, que pueden ser controlados y de hecho exigen que no se publique en ellos material "obsceno". America Online cometió la perversa ingenuidad -características que la vida me ha enseñado que no son incompatibles- de prohibir todo mensaje que contuviese la palabra breast, 'mama', 'pecho'. Tuvo que restablecer su uso cuando algunos grupos de usuarios de ese servicio no pudieron seguir intercambiando información sobre el cáncer de mama.

Pero eso no se puede en Internet. Algunos republicanos en los Estados Unidos pretendieron hacerlo con su Communications Decency Act (Ley de Decencia en las Comunicaciones). Esa ley ingenua y perversa pretendía prohibir transmitir
cualquier comentario, solicitud, sugerencia, proposición, imagen u otra comunicación que, en contexto, exponga o describa, en términos patentemente ofensivos según las normas contemporáneas de la comunicad, actividades y órganos sexuales o de excreción, sea que el usuario de tal servicio haya hecho la llamada o iniciado la comunicación (any comment, request, suggestion, proposal, image, or other communication that, in context, depicts or describes, in terms patently offensive as measured by contemporary community standards, sexual or excretory activities or organs, regardless of whether the user of such service placed the call or initiated the communication. La página WWW del grupo Voters Telecommunications Watch refiere la historia de esta ley http://www.vtw.org/. Ver también el editorial de David Bennahum davidsol@panix.com, publicado en el New York Times, en      http://www.reach.com/matrix/nyt-gettingcybersmart.html. Ver también otras páginas WWW sobre este asunto: http://www.ciec.org/,      http://www.cpsr.org/cpsr/nii/cyber-rights/ y http://memex.org/david.html. O la siguiente lista de correos: listserv@cpsr.org.

La ley prohibía mencionar lo que ella mencionaba: los órganos y actividades de excreción. La paradoja final del censor. Una ley que se infringe a sí misma. Para información sobre las audiencias de la Corte Suprema en el examen de esta ley, el ridículo del Congreso de los Estados Unidos y su ulterior abolición por inconstitucional, ver http://www.aclu.org/issues/cyber/trial/sctran.html.

Les será difícil y a la larga socialmente imposible. Pero supongamos, en beneficio del argumento, que logren hacerlo dentro de las fronteras de los Estados Unidos, supongamos que la Corte Suprema de ese país admita la constitucionalidad de esa ley incumplible: ¿cómo impedir que los interesados en esas cosas lean desde los Estados Unidos páginas WWW o accedan a grupos de información (Usenet) o a listas de correo electrónico o a archivos FTP ubicados en máquinas en Francia o en la permisiva Holanda o en alguna sandunguera isla del Caribe? ¿Cómo impedir que un grupo de norteamericanos se organice a distancia en un servidor ubicado en un país permisivo si precisamente una de las virtudes de Internet es ser independiente de las limitaciones geográficas? ¿Cómo pueden impedir que los cubanos copien desde Cuba programas, documentos, fotos y lo que sea, ubicados en los Estados Unidos, a pesar de la prohibición de comerciar con la isla? .Pero los republicanos estadounidenses son persistentes y versátiles en su ignorancia. Son como aquel jefe militar brasileño: un ingeniero le dijo que cierto dique no se podía construir porque violaba la ley de la gravedad. Respondió el gamonal con el aplomo que siempre he envidiado a los bárbaros:
-No hay problema: abolimos esa ley.
No sé si se pudo construir esa represa.
Por ejemplo:
BELGRADO, Servia, 7 de diciembre - Cuando el Presidente Slobodan Milosevic, enfrentado a masivas manifestaciones antigubernamentales, trató de cerrar los últimos vestigios de medios periodísticos independientes la semana pasada, inconscientemente gestó una revuelta tecnológica que podría lamentar pronto.
Decenas de miles de estudiantes, profesores, profesionales y periodistas conectaron sus computadoras a páginas WWW en todo el      globo.

La emisora de radio independiente -B92-, obligada a salir del aire durante dos días por el gobierno, usó ese tiempo para comenzar a transmitirse por vía digital, en serbocroata y en inglés a través de enlaces de audio de Internet. Y su página WWW comenzó a reseñar las protestas, que se desataron luego que el gobierno anuló las elecciones municipales ganadas por la oposición      http://www.dds.nl/~pressnow/ (The New York Times, 8 de diciembre de 1996, p. 1: "The independent radio station that was forced off      the air for two days by the Government, B92, used that time to begin digital broadcasts in Serbo-Croatian and English over audio      Internet links. And its web site took over the reporting on the protests, which were set off by the Government's annulment of municipal elections won by the opposition) (Ver otras páginas sobre este mismo asunto en http://www.ciec.org/, http://www.cpsr.org/cpsr/nii/cyber-rights/, http://wired.com/5.04/belgrade o bien en la lista de correo electrónico listserv@cpsr.org).
     
Algo intentarán. Por ahora esta es la situación: se ha privatizado la concesión del registro oficial en Internet, llamado InterNic. Este está controlado por una empresa llamada Network Solutions, que a su vez fue adquirida por otra: Science Applications International Corp. (SAIC), apenas unas semanas antes de que se anunciara la privatización. Casualidades. SAIC deriva el 90% de los dos mil millones de dólares de sus negocios de contratos de defensa, seguridad e inteligencia. La junta directiva de SAIC es como para una novela de espionaje: Bobby Inman, antiguo jefe de la Agencia Nacional de Seguridad y subdirector de la CIA; Melvin Laird, ministro de defensa de Richard Nixon; el general Max Thurman, comandante de las tropas que invadieron a Panamá; Don Hicks, antiguo jefe de investigación y desarrollo del Pentágono; Don Kerr, ex jefe del Laboratorio Nacional de Los Álamos. Hasta hace poco pertenecieron a esa junta Robert Gates, ex director de la CIA; John Deutch, así como William Perry, el ministro de la defensa de Clinton (Wired, febrero de 1996, p. 72 http://wwww.wired.com/wired/. No sé cómo van a hacer para controlar a Internet. Algo inventarán. Pero dudo mucho que logren más que la Inquisición cuando estableció el Index.
¿Cómo se puede ser del Partido Republicano? No solo son ignorantes sino miopes: Hollywood introdujo una demanda para impedir que la gente usara videograbadores, pero cuando perdió esa acción salió ganando: hoy Hollywood gana más con la venta y alquiler de videos que mediante las salas de cine.

La Enciclopedia de Babel
La Britannica no está condenada. Ha comenzado a adaptarse, como harán las editoriales que no quieran perecer como reglas de cálculo. Comienza a convertirse en un grande orientador en esta inmanejable Biblioteca de Babel que es Internet -encontrar el nuevo oficio de librero, de Gran Bibliotecario del Mundo, el Archivero de la Atenas Global. Aquel amable y sabio consejero, que en los estantes polvorientos nos orientaba y auxiliaba en la localización del legajo que buscábamos y nos convenía, será ahora más sabio, más paciente, más potente y deberá y podrá estar más pendiente de su oficio desde y hacia cualquier parte del mundo. La edición de 1996 de la Grolier Multimedia Encyclopedia en formato CD-ROM entabla vínculos en línea con fuentes informativas constantemente actualizadas de un servicio privado y limitado: CompuServe. No está mal, pero mejor será en Internet, que es infinita. Es un deber. Ya vendrá.

Hugo, Paco y Luis, los sobrinos del Pato Donald, pertenecen a un club de niños exploradores que posee una enciclopedia infinita: el Manual de los Cortapalos. Ilimitadamente pequeña porque cabe en un bolsillo e ilimitadamente grande porque es omnisciente; es como Dios, está en todas partes y todo lo sabe. Un día, explorando una montaña arcana a donde ningún forastero había accedido, Tío Rico, Donald, Hugo, Paco y Luis encuentran a unos indígenas de lo más ocurrentes, los Gubis, que comían oro y jamás habían visto a otros humanos que ellos mismos -mucho menos unos patos parlantes, dato impertinente en el mundo surreal de Disney. Los patos parlantes y pensantes necesitan comunicarse con aquellos indios, y hallan en el Manual una gramática y un diccionario completos de la lengua de aquellas apartadas personas. Hubiera tenido Colón tal manual... Es la irrisión del proyecto totalizante de la enciclopedia: una ventana sobre la realidad sin intervención del hombre: ¿quién pudo escribir esa gramática y ese diccionario de unos hombres a quienes nadie conoce?

La enciclopedia ideal es la que contiene toda la información existente sobre todo y se escribe a sí misma. La Teoría de la Relatividad y el incidente del borrachito en el bar de la esquina. Es, insistimos, Dios, porque conoce todo lo conocible aun antes de ser conocido por mortal alguno. El Manual de los Cortapalos es su caricatura. Las enciclopedias verdaderas tienen que seleccionar la información y dar datos fijos sobre realidades cambiantes. La enciclopedia ideal cambia con la realidad. Es como aquel mapa del Imperio, que cuenta Jorge Luis Borges, el más genial caricaturista de todos los tiempos:
     ...En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisfacieron [sic] y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.

Suárez Miranda: Viajes de varones prudentes, libro cuarto, cap. XLV, Lérida, 1658 (Jorge Luis Borges, "Del rigor en la ciencia", in El Hacedor, in Obras completas, Buenos Aires: Emecé, 1974, p. 847).
Para ser exacto tenía que ser del tamaño del Imperio, porque la reducción a escala es ya, aunque congruente, una primera distorsión de la realidad. Pero era un mapa estático: no reflejaba los cambios continuos del tiempo. Su exhaustividad era solo espacial, no temporal. Era un mapa sincrónico, no diacrónico. Si fuera diacrónico sería la realidad misma, pero ese mapa perfecto no es útil; para eso se han desarrollado precisamente los instrumentos del saber, esa síntesis inteligible de la realidad, a la que debe fidelidad incondicional. Nuestro conocimiento no debe ser la realidad misma sino una síntesis de ella, es decir, una distorsión pertinente y útil.

Internet ya comienza a acercarse al mito del Manual de los Cortapalos, pero sin la caricatura: el reflejo abrumador y revuelto de la realidad, con sus contradicciones, trivialidades, glorias, complejidades, controversias, enigmas, miserias y engaños, como una gran Biblioteca de Babel. Pronto estará todo allí, y el mapa del Imperio terminará siendo no solo más grande que el Imperio, sino más real, porque Internet, como todo conjunto de signos, no será un reflejo de la realidad del hombre, sino parte estratégica de ella, es decir, contendrá no solo las verdades del Imperio, que son de su tamaño, sino que tendrá que agrandarse para contener también sus falsedades y fantasías. No tendrá la forma de un mapa cartográfico, pero longitudinalmente será su fantasma, su delirio, su estructura profunda, su manual de instrucciones y su negación, todo junto, incluyéndose a sí misma. Será una duplicación de la realidad misma en sí, por sí, dentro de sí y sobre sí.

Los editores de la Britannica son sabios, ya encontrarán la vuelta. Por ahora está en Internet http://www.eb.com. Será más fuerte que nunca. Como el libro.

Los signos quietos
La lectura no es actividad obvia. Durante millones de años la humanidad vivió sin lo que hoy conocemos como escritura. Conocía sí el ritmo poético, la métrica, que de algún modo ayuda a inscribir en mente lo que hablamos, porque facilita el recuerdo. El registro permanente, fuera del cuerpo, fuera de la mente, tampoco fue tarea obvia y no nació de una sola iniciativa. Fue una deriva que duró milenios, hasta que se llegó a los alfabetos mediterráneos, asiáticos y a los medios de registro precolombinos.

La escritura, esa voz sin boca, se instala en lo comercial, pero también en lo sagrado y en lo legal, que muchas veces son la misma cosa. Lo primero que se escribe es lo que se ha de recordar: negocio, liturgia, ley. Como business are business, como los negocios son impersonales, se recurría a la instancia externa de los signos inertes para dar fe del carácter objetivo del negocio. Allí se llevaban las cuentas y tal vez los primeros contratos. La escritura servía para tomar la palabra al otro: "Aquí dice que tú te comprometiste". Escribir servía, además, para invocar las entidades superiores; entonces Dios se dirigía a nosotros por escrito. Moisés hacía constar en tablas la palabra escrita de Dios, que era eterna, permanente, precisa, inamovible, como la escritura -lo escrito era prueba de que la palabra divina era eterna y esta era prueba de que lo que se escribía era hasta el fin de los tiempos, con la perpetuidad de la piedra o el bronce. Tan fuertes eran las palabras sagradas que podían horadar la piedra y el bronce para grabarse allí para siempre. Sin alfabeto no había Tablas de la Ley. Y, en fin, consecuencia del primer contrato, la escritura servía para hacer constar las normas comunes que regían la vida social, eso lo dice lo escrito, de modo que no hay modo de recusarlo, quia verba volant, scripta manent ('pues las palabras vuelan, los escritos quedan').

La escritura era constancia, veridicción, de allí el prestigio de lo escrito, que era lo permanente, lo eterno, lo que trascendía a la muerte: al individuo y atravesaba y enhebraba los tiempos, Herodoto no era posible sin escritura, la historia pasó de ser conseja, chisme, leyenda, mito, terror de los arcanos, para devenir crónica laica, referenciación independiente. Porque la palabra tiene esa doble potencia: una sacraliza, fija la palabra de Dios; la otra laiciza, entonces la historia dejó de ser épica y comenzó a ser la reseña sin solemnidad de la crónica hasta volverse periodismo, cotidiano y cordial.

Y fue posible también la ciencia, el saber que se asentaba para que perdurase, como joya ensartada en la línea de la escritura, que era sabiduría trascendente en el espacio y en el tiempo. La ciencia se escribe; la superstición se dice. Cualquiera compra un tratado de biología molecular; nadie compra un manual de supersticiones en tanto tales, pues la superstición no osa decir su nombre. Las supersticiones se oyen, de boca a oreja, sin prótesis sígnicas. No tienen el privilegio ni el prestigio del signo milenario que nos informa de la redondez de la tierra o de la estructura química de las gonadotrofinas.

Las primeras palabras escritas, inscritas, en piedra, bronce, pergamino, papiro, papel, debieron ser mágicas. Leer era volver a aprender a hablar, cuando el niño descubre un día la magia de decir "agua" y que le entiendan que tiene sed y le den, efectivamente, agua. Cuando alguien escribía algo, aquello tomaba el cariz de una proclamación, de una instancia superior, imparcial, externa, trascendente -inhumana en suma-, era otro el que hablaba. Escribir era inscribir. Faltó mucho para que aprendiéramos que "papel aguanta lo que le pongan", así como descubrimos que cualquiera puede decir misa, que fue averiguación anterior.

Mahoma respetaba a los judíos y a los cristianos porque tenían sendos libros. Los llamaba "los hombres del Libro", que en gran parte era el mismo. Los respetaba porque él mismo tenía uno, el Corán, que le había revelado el propio Alá en persona, a él, su profeta. Si no hubiera tenido escritura, hubiera tenido que inventarla o, formulado de otro modo: Mahoma fue posible porque había escritura. De otro modo la palabra de Alá se hubiera atascado en los oídos de unos pocos prosélitos que hubiesen andado al alcance de la voz de Mahoma. Con libro, en cambio, la palabra de Alá circulaba por el mundo conocido: los dioses hablaban con la última tecnología. Ahora hablan a través de Internet, donde hormiguean todas las sectas. Cristo, dicen, solo escribió unas palabras enigmáticas en la arena, pero tuvo apóstoles que fueron pródigos en el manejo de Los signos quietos. Tuvo la misma suerte de Sócrates, que tuvo discípulos que escribieron sus decires -reales o convenidos- para que trascendieran el espacio y el tiempo hasta Internet, donde hablan Platón y hablarán todos los que escribieron y escriben.

La escritura, pues, nos dio comercio de alta mar, religión, ley y ciencia. Era cosa tan seria que Platón se escandalizaba de ella, en primer lugar porque sus signos eran demasiado quietos, en segundo lugar, paradójicamente, porque eran móviles y podían deslizar las ideas que invocaban hacia personas que no gozaran de los privilegios bien ganados del saber, como se lo hizo saber a Fedro (Platón, Fedro, § 275d, Obras completas (traducción de Juan David García Bacca), Caracas: Universidad Central de Venezuela-Presidencia de la República, 1981):
Terrible cosa, Fedro, es esa semejanza tan verdadera que se da entre escritura y pintura que las creaturas de esta preséntanse cual cosas vivas, mas si se les pregunta algo se callan con grande y venerando silencio. Lo mismo hacen las palabras escritas: creyeras que entiendes lo que dicen mas si, con intención de aprender, les preguntas algo de lo que dicen, indican por signos una y la misma cosa  siempre. Y una vez escrita, toda palabra rueda en todas direcciones, hacia los entendidos exactamente lo mismo que hacia los que en nada se interesan por ella, y no sabe a quiénes debe decirse y a quiénes no. Si se la trae a despropósito, si contra justicia se la calumnia,  necesita siempre de paterno socorro, porque ella de sí no puede ni defenderse ni ayudarse.

La palabra necesita, pues, de marcos institucionales que la defiendan y la interpreten: academia platónica, liceo aristotélico, iglesias, sanedrines, partidos políticos, sectas, universidades, tribunales, registros mercantiles, notarías, bibliotecas, que se hacen cargo de los signos detenidos. La escritura está, pues, en el asiento de poder. Quien tiene los escritos en su poder sujeta las palabras claves que rigen y enhebran su hacienda, su fe, su saber, su legitimidad. Había, ¡hay!, quienes almacenan los escritos en su mente escolástica, y entonces se aprenden de memoria los textos trascendentales, los signos exánimes. Eso les da poder, pues por su boca circulan las palabras más pudientes. Son las "divinas palabras", preferiblemente dichas en latín, que es lengua exánime que no se puede conocer sino por escrito, que nadie platica ya en latín en esquinas, peñas y corros de comadres. Pero si no son latín, han de ser "palabras murciélagas", como las nombraba Quevedo, es decir, palabras sacadas de libros, y entonces se habla de implementar los planes contingentes, se dice que la contracción del mercado se debe a una inelasticidad de la oferta, se afirma que los programas residentes tienen conflictos en la memoria RAM alta, o que a menos que sea abintestatum nadie puede ser desheredado del todo, pues aún tiene derecho a la legítima. Son palabras generalmente incomprensibles para quien no ha leído los libros adecuados, son palabras del poder y cada quien tiene su poder según su acceso a los libros o a las personas que han tenido acceso a ellos. Cuentan que el dictador venezolano general Juan Vicente Gómez era hombre de pocas lecturas y escrituras, pero que sabía muy bien a quiénes recurrir para que le hicieran las que él llamaba "escribantinas", es decir, José Gil Fortoul, Manuel Díaz Rodríguez, Pedro Manuel Arcaya, César Zumeta, José Antonio Ramos Sucre, Teresa de la Parra... Eran los que sabían de las escrituras que había que oponer a las de José Rafael Pocaterra y Pío Gil, que también eran hombres de libros. Por eso había que ponerlos bajo el resguardo del poder: a unos en Palacio, a otros en la tenebrosa prisión de la Rotunda, a otros en el exilio, a todos bajo control. Que tenerlos por ahí callejeros era jugarse el poder y con eso no se juega.

Más tarde la escritura, que se hacía con letras -con literæ-, se volvió, precisamente, literatura, y todavía estudiamos "letras" en algunas universidades, es decir, el dominio de la palabra escrita con fines estéticos. Primero fue mera transcripción de las viejas locuciones primordiales, y Per Abat transcribe el Poema de Mío Cid y así se transcriben romances y consejas. Así algún copista hizo también con La Ilíada y La Odisea. Luego fue oficio del mismo escritor, que ya no escriba o scriptor, sino auctor, auctoritas que se asentaba ante su escritorio y componía sus propias palabras para contarnos cuentos o dictarse a sí mismo los poemas de su inspiración.

Finalmente, ahora, la lectura es también intrascendencia: Gaceta Hípica, prensa farandulera o deportiva, crucigrama, chiste desabrido, muñequitos de Superman (que en paz descanse), novelitas de relajo (como llaman los cubanos a las pornográficas), todo lo cual, como dicen los Rolling Stones y Willie Colón, es periódico de ayer. Son escrituras que desafían e indignan a los intelectuales, porque son la negación de la trascendencia de la palabra, que es la esencia de la escritura, de la cual los intelectuales son depositarios, custodios y curadores, a pesar de que esa palabra baladí está ahí almacenada y fijada en las hemerotecas para siempre. Ese es en todo caso nuestro propósito, to the last syllable of recordèd time, 'hasta la última sílaba del tiempo registrado', decía Macbeth. O tant que la langue vivra, 'mientras viva la lengua', como decía Flaubert.

Qué es leer
Leer es, pues, cuando nos recuperamos de la palabra fatua, constatar entidades altas, trascendentes, monumentales. Figúrense: de Dios para abajo. Lo que cuenta (comercio), lo que se profesa (religión), lo que se sabe (ciencia), lo que consta (ley), lo que es bello decir (poesía, literatura). Leer es comunicarse con grandes mentes, lanzarse cuesta arriba hacia destinos que recorren tiempos perennes y espacios vastos.

Es entablar una comunión con la humanidad más grande posible, la que vivió hace miles de años, la que vive al otro lado del planeta, la que vivirá en el futuro, ese tiempo que nos azora y nos agobia con su estruendoso silencio. A esa humanidad futura queremos dejar el testimonio de nuestro expectación, nuestra versión de la vida para orientarla y para que nos releve en la búsqueda sobresaltada del sentido supremo. Leer es descifrar y apropiarse de lo más distante, de lo más compuesto, de lo más ambicioso.

Es religión, en su raíz religio, 'religamiento', 'atadura', como de naves amarradas a un puerto común. Por eso la religión es frecuencia autoritaria y mortífera, de pura ansiedad de ver a los herejes alejarse hacia otros modos de la fe o a los paganos empecinarse en no aceptar mi convenio con mi Dios, sea el que sea, ese aferramiento a un sentido grandioso y por tanto irrecusable. Así sean unos pocos herejes y paganos que persistan en no vivir sin vivir en mí a mi Dios. He allí la raíz histórica y perpetua de toda lectura: voluntad de religio total con la humanidad total, entera, integrada en un religamiento uno y único. Cuando leo me enfrasco en la cópula completa y definitiva, por eso me alarman y execro los libros que encuentro falsos, equivocados, porque siento que descaminan a la gran humanidad que quiero conmigo, para apechugar juntos, sin esa soledad desoladora ante el vasto silencio del universo, esa máxima crueldad de la existencia. De allí mi ubérrima alegría ante el libro que hallo acertado, porque me emparienta en una cópula feliz, definitiva, completa, con otro espíritu que halló la verdad para mí y para todos. Me entra esa "gana ubérrima, política" de Vallejo de amar al que dice verdad, al que luchó y venció por todos. El libro que hallo verdadero me hace sentirme menos solo.

No importa equivocarse así. Aunque nos equivoquemos en grande al leer el libro malo y disparatado, lo cierto es que optamos por lo grande y lo sonoro, lo resonante, lo amplio, lo espléndido, lo magnánimo. No nos conformamos con ser lo que éramos, como Faetón, como Ícaro, que quisieron volar con el Sol y hasta el Sol, respectivamente. Quizás profesemos una doctrina errónea, una teoría equivocada, un principio descaminado... pero si lo hallamos en un libro ha de tener alguna grandeza, que compartimos. No perecimos en la esquina de la cuadra familiar; perecimos en los Mares del Sur, en el Mar de los Zargazos, en el Yukón, perecimos, sí, pero anduvimos lejos, como Ícaro, como Faetón. No fue con una idea de sobremesa que nos equivocamos, con un habla de esquina y bar soñoliento, sino con índices analíticos, ilustraciones, citas en latín y en francés y con ideas altisonantes, largamente meditadas. Ahí está aún intacto el prestigio del libro de papel para respaldar lo que sea que lo rellene.

Pero... ¿y qué tal si acertamos? ¿Y si el libro que leemos dice la verdad? Es el enigma de la Biblioteca de Babel de Borges: en algún libro puede estar nuestra personal piedra filosofal, en algún pasaje recóndito de los millones de libros ha de haber un concepto que nos dé vueltas en redondo, que cambie el curso de nuestra vida o de muchas vidas o de todas las vidas de la humanidad: "Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo", "Dejad que los niños vengan a mí", "El buen sentido es la cosa mejor compartida del mundo", "Dios ha muerto", "Españoles y canarios, contad con la muerte", "Salve, fecunda zona", "Porque esta gran humanidad ha dicho basta y ha echado a andar"... Son los grandes decires y los grandes temas, los grandes instantes de lectura que un día pueden repetirse, quién sabe en qué dirección, en qué destino definitivo. Y, ¿por qué no?, tal vez los esotéricos tengan razón, a lo mejor hay una palabra definitiva, la que encierra la clave de bóveda del universo, tal vez el nombre de Dios, o del Demonio, o tu nombre secreto y verdadero.

Tipos de lecturas, tipos de lectores
Podemos, pues, leer para informarnos, para distraernos, para conocer la palabra divina, para comprender la naturaleza íntima del universo, para saber las noticias de mi tía Serafina, para enterarme de la vida privada de María Conchita Alonso, para saber desarmar un carburador, para programar mi computadora, para enterarme de qué me acusan, para saber si mi amada aceptó, si firmo este contrato, si llorar por María o reírme de Tartarín, para saber qué hablan los Dioses.
Leer leemos todos, hasta los analfabetas. Pero para ellos leer es cosa "natural", es decir, no pasa por ningún esfuerzo: no leen letras, pero leen como leemos todos, como leyó la humanidad iletrada durante millones de años: leen rostros, apariencias, gestos, vestidos, vestigios.

Nosotros, lectores de signos quietos, sabemos que cuesta trabajo, que hay que aprender a quedarse inmóvil durante horas, ¡goce insólito este que requiere de la inercia! Por eso piensan los santos que la lectura es cosa espiritual, que exige la desmovilización corporal para hacer reinar sus signos en nosotros. Hay que aquietarse como los signos. El analfabeta cree que eso es magia, como el indio aquel que se puso una Biblia en la oreja para oír la palabra divina y la tiró porque no ocurrió lo que el cura le anunció (John Wilkins, Mercury. The Secret and Swift Messenger, London: Nicholson, 1707, p. 3-4). Hubo una señora analfabeta, el oculista le dijo que le iba a poner lentes "para leer", es decir, para la presbicia de su edad. Al día siguiente se presentó a devolverlos.
-Estos lentes no sirven, doctor. Traté de leer el periódico y no entendí nada.
Es anécdota significativa, como la de aquel analfabeto que me dijo: "No aprendí a leer de muchacho porque no entendí que una letra le habla a la otra". Tal vez hubiera sido poeta este analfabeto que discurría con tanta belleza sobre su propia incompetencia -poeta por escrito, quiero decir, que de puro fetichismo de la letra he terminado por creer que la poesía es solo letra y tinta.
Pero los lectores pueden ser muy diversos. Es decir, entre el que lee cómo desarmar un carburador y el que lee cómo despierta el alma dormida, hay abismos incalculables. Por eso los lectores se clasifican según sus lecturas: dime qué lees y te diré quién eres. Y dime qué no lees y también te diré quién eres.

Cierto que podemos leer muchas cosas, pero cierto también es que nos especializamos en leer principalmente ciertas cosas. Principalmente, no importa que no sea exclusivamente. Por eso somos abogados, médicos, curas, poetas, mecánicos. O ignorantes sin afiliación profesional. Porque siempre habrá no solo un libro, no millones de libros, sino muchos tipos de libros que jamás leeremos. Sean de termodinámica, sean de los cultos de Osiris, sean de la historia de algún falansterio insondable, sean la historia sin fin o el libro que vendrá. Libros cuya existencia jamás conoceremos y cuya trabazón nos permanecerá oculta para siempre. Porque leer no solo es recorrer las líneas de signos quietos de un libro cualquiera, sino entablar su trabazón con tantos otros y por eso los libros se remiten unos a otros, se hablan unos a otros, como las letras. Por eso son religio.
Los libros siempre fueron hipertexto porque nunca se conoció un libro aislado, un libro solitario es impensable. Por eso vivirán sus anchas plenas en Internet. Es lo que podríamos llamar la triple articulación, análoga a la doble del lenguaje, primero la de las letras entre sí, luego la de las palabras entre sí y finalmente la articulación entre los libros, esas colecciones de palabras, ideas e imágenes. Porque no se llega a un libro así por casualidad, siempre hay un itinerario entre libro y libro, por tortuoso y precario que sea, como el del "poeta malo imprescindible", que decía José Lezama Lima (José Lezama Lima, La expresión americana, en El reino de la imagen, Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1981, p. 418. También en Madrid: Alianza, 1969):

Este poeta malo imprescindible, que asciende hasta una frase, o aportada palabra, es también hombre aposentado en un solo libro, que      lo vio por todos los días, que sin ser lector, cuando se ve obligado a lecturas, tiene que marchar hacia ese libro uno, que lo espera, que se constituye en silencioso monstruo que espera las migajas de un ocio que le pertenece. Surge de esas casas sin libro, de esa cuartería muy nutrida de loros, pianos viejos y fundas con letras inexplicables, donde de pronto asoman ediciones de baratillo de Quevedo, con mitad de chiste desabrido y su otra mitad para los sueños; un Espronceda para el suicida y el anarquista, el amargo, el desaprensivo, que se retira de la insignificancia de todos los días con un pozo para la maldad que se acumula y se arrincona; un Bécquer que provoca la mariposa y el pintiparado, las ventanas con tiestos hormigados. Conocemos una persona casi analfabeta. Nos acercamos por la sorpresa de que portaba un librejo. Leía dificultoso y como a sílabas, pero ¿qué es lo que leía? El progreso del peregrino, de Bunyan, edición gaceta, sin consignar el traductor. El itinerario de este libro hasta llegar a la analfabeta no mostraba capítulos complicados. Lo había heredado de una cuñada espiritista también en él casi analfabeta. El progreso del peregrino, de Bunyan, recostado y apretado en una biblioteca de tres mil lomillos, puede bostezar y justificar caprichos. Bunyan había cultivado el difuso espíritu, no el espiritismo,   pero por haber fundado sectas religiosas, cultivado persecuciones, se le emparejaba en aquel brumoso sector. La cuñada espiritista      cuya muerte tan solo había hecho posible el donativo del libro único, había llegado a la tesonera sentencia de que "el espiritismo es la esencia de las religiones". Pero las conclusiones son obvias, la obra de Bunyan en una biblioteca, naufraga, se entrelaza en un  ordenamiento cultural, donde se diluye. Su único en manos de un silabeo sin rectificaciones, asciende hasta la sentencia entrañable. Un idiota puede tener un día genial, y decir buenos días. Pero en ese día él es confiadamente terrible.

Ese ordenamiento cultural en que se entrelazan los libros ha de ser nuestro propósito cuando enseñamos a leer al artista adolescente, al liceísta, al que llega desprevenido al plantel o a Internet sin saber que tenemos para él esta batería de saberes y de recursos, para organizarlo como lector, para que se afilie a un mundo de lecturas, y para que sepa apreciar los sentidos más puros de las palabras de la tribu. Los que leen sin tener claro ese itinerario, leen en corto circuito y por eso no entienden nada, pero los libros se hablan y se explican unos a otros, así como también se ignoran, se niegan y se refutan unos a otros. Esa gran multitud de voces, ese coro altisonante y a veces cacofónico nos arrastra de salto en sobresalto desde las cuevas de Altamira -ese primer intento de aquietar el flujo de la realidad mediante signos quietos- hasta los procesadores de palabras. Hay en la entrada de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela un gran petroglifo en que algún indígena ignoto grabó signos que nadie ha descifrado. José Vicente Abreu escribió un texto sabio y hermoso en que designa a esa enorme piedra como el primer libro de esa biblioteca, expuesta allí a su entrada para esperar la mirada lúcida que algún día, ojalá, descifrará para todos lo que quieren significar esos trazos y los religue al resto del torrente verbal de la humanidad. Ese libro es indescifrable porque no está enlazado con ningún otro libro. Ante es roca indescifrada todos somos románticos.

El futuro es de la escritura. La idea de lo audiovisual en expansión, que lo abarcará todo y lo ahogará todo en un infierno de televisión idiota y videojuegos desesperantes no es el horizonte único que se nos ofrece. La palabra, y la palabra escrita, sigue siendo el destino humano, que, si no está en el papel, estará ahora en las pantallas de las computadoras y los terminales. Nunca como en esta época fue tan necesario leer. Nunca se leyó tanto. Nada más en Inglaterra se publican cuatro mil novelas nuevas cada año. Se necesita una vida para leer solo las novelas nuevas que editan los ingleses en un solo año. En el período de las bibliotecas medievales bastaba que un grupo de especialistas fuera capaz de leer para que el mundo marchara. Hasta el rey podía ser analfabeta. Pero hoy, con la expansión del sector terciario, donde se ubica la producción, circulación y consumo de información, todo eso está en la escritura. No sabemos cuánto vivirá el libro de papel, pero sabemos que será por poco tiempo, y también que no es posible el mundo humano sin libros, aunque no sean de papel.

Pero ¿por qué tienen que ser libros? Cierto que un libro es una colección fija de signos quietos anterior al alfabeto, el papiro, la imprenta, Internet. Que antes de las letras la gente se los escribía en la memoria. Que todos son libros, desde el volante callejero hasta la Enciclopedia Espasa. Pero entre uno y otro y por el torrente electrónico puede haber una miríada de virutas, de limaduras de texto, de invenciones, de otros modos del verbo y del hacer signos del hombre, que no todos son libros -como piensan los intelectuales, fetichistas del papel que han hecho de la inteligencia una estupidez. El hombre es capaz de mucho más y refugió la poesía y todo decir y casi todo significar en papel manchado porque no pudo encontrar, hasta Internet, otro modo más digno y duradero. Pero también hay pintura, fotografía, cine, tapiz, afiche, mural, ánfora, valla, linterna mágica, sombra chinesca, mímica, indumento, ceremonia, teatro, ritual, gesto -hay un mundo de signos fuera del papel. Cada vez que encontramos una nueva tecnología para montar un sistema de signos, abrimos un nuevo horizonte expresivo, desde las cuevas de Altamira hasta los multimedia. Unos inventaron el tapiz, otros el esmalte, otros las pirámides, otros la fundición en bronce y el tallado de las piedras y hubo uno que imprecó a la piedra convertida en Moisés: Allora, parla! Fue así como las piedras aprendieron a hablar. No todo es, pues, libro en la vida. Hay otros modos y medios de decir y en el campo expresivo ningún lance de dados abolirá el azar. En la palabra misma hay otras posibilidades, que ahora vislumbramos, correo electrónico, página WWW, por ahora. Y habrá mucho más en los multimedia y los diccionarios y enciclopedias electrónicos. Es cuestión de que la imaginación no se encierre en libros, que se vuelven cárceles del pensamiento cuando los fetichizamos. Un libro es un recurso formidable para ampliar el pensamiento, no una fatalidad, no una condenación inapelable.

La superautopista
El vicepresidente de los Estados Unidos, Al Gore, ha dicho que la actual política de información es como la que hubo una vez para la producción agrícola, que se podría en grandes silos mientras en otros lugares la gente pasaba hambre. Actualmente hay grandes repositorios de información que no llegan a los interesados. En algunas áreas, dice Gore, la información se duplica cada seis meses. Por eso propone llamar exformación esa información sin destino. No está mal para un vicepresidente (Al Gore, "Infrastructure for the Global Village", Scientific American, setiembre de 1991).

Internet es la primera institución anárquica exitosa de la historia. Esta red mundial de redes de computadoras, no tiene gobierno. No se puede, además. Basta que dos computadoras se conecten para que armen una red incontrolable. Y en Internet hay cientos de miles más cada mes.

Paradójicamente Internet surgió como un proyecto del Ministerio de la Defensa de los Estados Unidos para el caso de un ataque nuclear: necesitaban una red comunicacional sin centro, modo de seguir operando desde varios puntos a la vez luego de destruido el comando central. Una institución anárquica originada en los cuarteles. La dialéctica existe.

Uno puede trabajar en su casa y con compañeros de trabajo que estén siete en Singapur, dos en Cochabamba y cuatro en Caucagüita. Las restricciones de inmigración no tendrán sentido en esta red internacionalizada. ¿Cómo exigirle permiso de trabajo a un traductor hindú que labora para una empresa en París, contratado por un intermediario en Haifa, vía Internet? Ello se debe, además, a que ya la mayor parte de la economía está vinculada a la información. La manufactura y la agricultura emplean, juntas, menos personas que las actividades que producen y manipulan información.

Rip van Winkle en 1997
¿Qué tecnologías actuales eran desconocidas para un Rip van Winkle de la década de 1950? Hagamos el ejercicio,enumerémoslas apartando aquellas que solo mejoraron superficialmente, como el automóvil y los enseres domésticos (pasaré por alto los cambios etológicos, desde los Beatles hasta la minifalda, pasando por la literatura latinoamericana, la caída -tal vez no por mucho tiempo- del comunismo soviético y sus empresas filiales y la insumisión de los oprimidos (mujeres, minorías étnicas, jóvenes). Tales aspectos no forman parte de este trabajo porque no han sido provocados ni por Internet ni por sus desarrollos afines):

Anticonceptivos mejorados.Artes gráficas: profusión y calidad del color. Asistentes personales digitales. Avión a chorro.      Calculadora electrónica. Casetes de audio. Celdas solares para generar electricidad. Cinta digital de audio (DAT -digital audio tape). Computadora personal y portátil -las mainframe ya existían. Disco compacto digital para música (CD) e información (CD-ROM). Fibra óptica. Fotocomposición y diseño gráfico electrónicos. Fotocopiadora electrostática tipo Xerox.      Fotografía y pintura digitales. Ingeniería genética. Láser. Naves espaciales. Pantallas de cristal líquido. Reloj digital.      Robótica.Satélites artificiales, incluyendo el geoestacionario de comunicaciones. Telefonía celular, contestadora telefónica y discado directo para larga distancia. Televisión en colores.Video-tape profesional y videograbador y cámara caseros.
Las demás tecnologías son las mismas que Rip conoció antes de dormirse -salvo refinamientos y miramientos, casi siempre debidos a la electrónica:

Alfarería. Agricultura. Ascensores.Automóviles.Cine.Comidas sintéticas.Conocimientos y técnicas médicos. Electrodomésticos. Luz eléctrica. Metalurgia. Máquinas de escribir electrónicas.Paños de vestir sintéticos.Papelería. Plásticos y otros materiales sintéticos.Producción en serie.Radiodifusión.

Salvo técnicas como los anticonceptivos, el color gráfico, el avión a chorro y algunas terapias, casi todo lo demás es función de la electrónica -y aun ellos mismos están influidos por esa tecnología. En cuanto a otros desarrollos: la ingeniería genética es aún proyecto esperanzador y aterrador. La energía nuclear es básicamente la que comenzó en Hiroshima y se fue haciendo más mortífera y a ratos pacífica durante la década cincuentona de nuestro Rip hipotético. Los progresos de las tecnologías no electrónicas son como los del telescopio de Galileo: sigue siendo el mismo, pero con refinamiento óptico.
De los cuatro desarrollos científicos de esta segunda mitad de siglo (cibernética, energía nuclear, anticonceptivos e ingeniería genética -sobre el déficit teórico-doctrinario-deontológico ante estos cuatro desarrollos tecnológicos preparo un libro, cf. La ciencia ha muerto, ¡vivan las humanidades!), la cibernética ha sido la de progreso más acelerado porque ha estado jalonada por los avances de la electrónica, esa inteligencia de la electricidad, que es energía, que es masa, que es materia -como el cerebro. El transistor, los estados sólidos, los microchips han disparado un crecimiento exponencial del ingenio electrónico hasta llegar a estas prótesis cerebrales, como las computadoras, que nos asombran primero y luego nos hacen reír al mirar su estado apenas diez años atrás, como nos harán reír en un lustro las que hoy nos extasían. Aunque debiéramos ser nosotros mismos los objetos de ese risoteo, debiéramos desternillarnos de nuestra ingenuidad, pero siempre y solo desde hoy, desde cualquier hoy, desde este hartazgo de asombro cotidiano en que hemos vivido a partir del momento en que Steve Jobs y Steve Wozniak armaron la primera computadora personal práctica, la Apple I, allá en su garaje legendario.

La computadora personal ha cambiado el trabajo y promete cambiar la civilización: ciencia, información, medios de comunicación, narrativa, literatura, artes, socialización, relaciones personales, vida sexual, comercio, industria, entretenimiento, ciudades, educación, imaginación, inteligencia -los medios y modos de todo. El primer paso fue la primera computadora personal Apple I, el segundo Internet. Lo demás será ritmo cotidiano enfebrecido.
Internet: provincia latinoamericana.

No es accidental que el primer hipertexto sea latinoamericano: la novela Rayuela de Julio Cortzar. Ella presenta dos itinerarios de lectura, con sendos sistemas de conexiones internas. Algo similar ocurre en ltimo round, del mismo autor. Era el mejor hipertexto que podía hacerse en papel. ¿Qué hubiera hecho Cortázar con un programa electrónico de hipertexto como HyperCard o Netscape?

La América Latina es la región más universal. En vez de decir qué culturas se anidan aquí, sería más fácil decir cuáles no han hallado en este lugar su más vasto territorio de mutua fertilización. En su música mestiza se aman todas las raíces en la cópula más cosmopolita desde que el hombre apareció en las praderas de Kenia. Cuando un latinoamericano quiere adentrarse en casi cualquier cultura sólo tiene que mirar hacia dentro. "Homo sum; nihil humani a me alienum puto", decía Plauto: 'Hombre soy; nada humano considero extraño'. Podría ser nuestra divisa. Aunque no somos españoles ni africanos ni indios, sino "un pequeño género humano", decía Simón Bolívar. Somos más que la suma de nuestras partes. Europa y los Estados Unidos son provinciales, como ha observado García Márquez. Los norteamericanos viajan a los lugares más desatendidos del planeta buscando un McDonald. Habla uno con un francés culto y fuera de dos o tres nombres universales -Shakespeare, Cervantes, Dante- no habla sino de escritores y pensadores franceses. En cambio hablas con un latinoamericano culto y encuentras una encrucijada ecuménica. Piensa en el mismo Cortázar, en Jorge Luis Borges, en Alfonso Reyes, en Alejo Carpentier. Nada humano les es extraño. Son intelectuales universales. Como era un político universal Francisco de Miranda.

Así, podemos especular que tal vez la Internet es una provincia latinoamericana porque las conexiones que permite asaltan toda frontera y ubican en todas partes y en ninguna. Normalmente no sabemos si la persona con quien intercambiamos correo electrónico es rubia, joven, gorda, afganí. A veces no sabemos ni su sexo. Hay grupos segregacionistas en Internet, ciertamente, pero no sé cómo pueden impedir que un judío guasón se les cuele entre los mensajes.

Hay limitaciones, generalmente de carácter económico. Según las Naciones Unidas http://www.un.org la mitad de la humanidad jamás ha intercambiado una llamada telefónica. Según la misma fuente sólo en Italia hay más teléfonos que en toda la América Latina. Así y todo, el bajo costo relativo de la Internet permitirá seguramente, que la América Latina ingrese en ella con toda su fuerza para retomar su carácter de "raza cósmica", de espacio para todos, para dar a la humanidad lecciones de humanidad -eso sí: una vez que la América Latina descubra y asuma esa universalidad, superando sus actuales atascos, que derivan precisamente de no haber sabido percibir su especificidad que, paradójicamente, es la universalidad. Perdimos el tren de la Revolución Industrial. Pero esta vez podríamos conducir el de la próxima aventura humana. Europa enseñó a la humanidad a ser como Europa; América Latina puede enseñar a toda la humanidad a ser como toda la humanidad.

Un lugar sin espacio
Las redes digitales de comunicación han producido una implosión del espacio, ese ámbito físico en el cual se desplazan cosas y personas y que permite la localización y la contextualización. Desplazarse en el espacio significa instaurar una relación otra entre las gentes. Estoy en mi casa o en mi trabajo o en el estadio o comiendo un perro caliente de esquina. Son lugares que determinan contextos sociales diversos, lo que implica cambios de cultura a veces radicales, pues no me comporto en la sala de mi casa del mismo modo que en un bar o en un andén del Metro. Las reglas que me rigen no son iguales ni lo son las perspectivas y expectativas que desarrollo cuando estoy en cada uno de ellos. Un lugar, pues, es un conjunto de condiciones que implican un cambio de personalidad, esquizofrenia diacrónica y diatópica, porque voy cambiando de personalidad en el tiempo y en el espacio.

La especificidad de las funciones y papeles obligaron a segmentar el espacio en lugares impermeables, cada uno con sus propiedades y doctrinas. Era una de las bases de lo que llamamos cultura o civilización. "Cada espacio tiene su axiología, su sistema de valores o de medidas particular" (Pierre Lévy, l'Intelligence collective. Pour une anthropologie du cyberspace, París: La Découverte, 1997, p. 142). Las funciones y papeles de los lugares no suelen ser compatibles: prueba llevar un bebé a una oficina o poner allí una hamaca. Cuando estás en un lugar ganas sus ventajas pero se te imponen también sus restricciones. No puedes desnudarte sino en tu recámara privada. No puedes hacer el amor en la acera sino arrostrando graves consecuencias. La excreción es igualmente relegada a lugares sigilosos. Las ventajas te expanden unas facultades mientras las impedimentas te mutilan otras. Todo lugar implica una pequeña muerte. O grande. Todo lugar nos obliga a abultar parte de nosotros y a renunciar a casi todas. Aquí eres espontáneo y allá forzado a todo comedimiento. Las facultades mutiladas se vuelven potencialidad y a veces impotencia. Conocer a una persona en un solo lugar es conocerle solo una fracción. Por eso tus compañeros de trabajo te sorprenden cuando convives con ellos en la cotidianidad de un día de playa o de unas vacaciones.
Los lugares imponen vestimentas, modales, actitudes, conocimientos. En ellos cumplimos vidas distintas, al mismo tiempo expandidos y delimitados, hipertrofiados y mutilados. La cárcel castiga porque fuerza a una sola vida, a una mutilación radical de casi todo el espectro de tu humanidad. Es el necrosamiento de la mayor parte de lo que eres o hubieras llegado a ser y a hacer, sin contar los espantos específicos de esa vida unidimensional. En ella tu personalidad compleja se dispersa y simplifica en mil amputaciones que insisten en ignorarse mutuamente. Algunos, sin embargo, prefieren esa cortapisa y se hacen monjes de clausura, para desarrollar facultades que la mundanidad impide y suprimir otras que el siglo exige. Otros se retiran a una casa de playa, donde no hay teléfonos ni vecinos conocidos, para escribir un ensayo o terminar una novela o pintar un cuadro o escribir un programa de computadora. Dicen que son "los pocos sabios que en el mundo han sido". Las vedettes son contrarias: prefieren el panóptico del mundo y ser observadas en permanencia por la abigarrada multitud, llena de fisgones espontáneos o profesionales como los paparazzi. Están en el mundo para ser vistas, reinas de belleza, actores, políticos, peloteros, que viven de exhibirse y para exhibirse. Su existencia depende de la multiplicación máxima de las miradas. Otros tienen tal poder que modifican los lugares que pisan, en vez de lo contrario, que es lo habitual. Entra Madonna en tu oficina y ese lugar trillado se vuelve escenario del mundo y te vuelves audiencia, olvidando los papeles y tu papel. Entra tu persona amada y es lo mismo. El centro de la mesa es cualquier puesto que el señor ocupe.

Por eso luchamos por el espacio, en guerras, migraciones, invasiones. Damos la vida por el suelo patrio porque en ello nos va la identidad, que para los humanos es la vida. Y por eso también las mujeres suelen disputarse el espacio porque se discuten la convergencia de las miradas. Una mujer bella produce una polarización de las contemplaciones y se vuelve centro, sección áurea, celada de voluntades ajenas. Por eso no hay peor rival de una mujer que otra mujer, porque se disputan el mismo espacio vital. Hay también hombres que hablan alto para marcar territorio, igual que ciertos animales dejan el olor de su orina en su hacienda. Unos son acústicos, otros son bioquímicos. Se sienten machos así. Mientras más libertades tienes en un lugar, más tuyo es. Porque en el espacio hay tuyo y hay mío. Por eso peleamos, a muerte a veces. O con frecuencia. Búscalo en el periódico de hoy.

El ciberespacio nos inaugura otro diseño, con lugares más integrados, menos incomunicados. El monitor de la computadora empuña el mundo, con o sin itinerarios, pero sin espacio, sin desplazamiento del cuerpo. No habiendo espacio, o mejor dicho, siendo impertinente el espacio, los lugares se superponen, en implosión. El espíritu corre solo por todos los lugares sin estar en ninguno. El espíritu se desplaza resumiendo el espacio a topología pura. El espacio virtual no tiene dimensiones. En ese espacio anadimensional —si tal cosa es pensable— vivimos sumergidos en la totalidad, sin salvedades de pasaportes ni miradas extrañas que compitan con nuestro dominio del ámbito que recorremos. Las mentes, como dice Lévy, colaboran en una sola inteligencia colectiva en donde el individuo guarda la plenitud de sus fueros y comparte sus facultades con todos. No habiendo dimensiones, la materialidad se vuelve pura virtualidad y el espíritu ya no vive embarazado por las restricciones de la materia. La mente no está sujeta a las distracciones propias de su seso y a las limitaciones del cuerpo. Cuando una mente cesa en su oficio, porque duerme, se divierte o descansa, otras toman el relevo y siguen alimentando la inteligencia colectiva.
Ya no importa dónde te encuentras, al otro lado del tabique o del mundo; lo que importa es la pertinencia de tus cualidades específicas para colaborar o discrepar, aplaudirse o refutarse, congeniar o injuriarse, en una tarea común, cualquiera que ella sea.

Pero además no importa lo que estoy haciendo. Ya no tengo que renunciar a divertirme mientras trabajo, a enamorarme mientras navego, a escribir poemas mientras programo una computadora, a perder el tiempo mientras hago amigos a siete leguas o a mil. Y algo mejor aún: puedo emulsionar esas actividades en una sola integrada de ellas y muchas más. Internet es una enciclopedia de funciones.

Los lugares ya no me mutilan ni hipertrofian. Ya no hay callejón, zaguán, comedor, playa, mercado o sala de fiestas. Todo está en todas partes porque no hay dimensiones que alejen los lugares. Todo es regional y universal, la comarca es metrópoli y la capital provincia. La patria es una elección, no un albur involuntario. Si soy eslovaco puedo leer diariamente la prensa de mi paraje sin aferrar allí mi cuerpo, o no hacerlo nunca aun viviendo en él porque prefiero los diarios de Madagascar. O consultar las noticias de mi parroquia sin deambular por sus plazas y extraviadas capillas. Y desde mi arrabal conocer las del universo mundo como si fueran murmullos de esquina. Los saberes y sabores se vuelven plenarios, pues no se fraccionan en regiones desvinculadas. El proyecto cosmopolita de Marco Polo y de Colón ya está realizado. Polo comunicó las antípodas y Colón contaminó las humanidades que no se conocían desde la primigenia diáspora de Kenya.

Internet realiza plenamente esa implosión de los linajes porque nadie puede verificar si soy rubio o esquimal o gordo o varón o narizón o adolescente. Cuando fuera de Internet me juzgan así, o por ingeniero o por árabe, me juzgan en bloque, masivamente, me muelen en un molde y filtran mi individualidad. Mi idiosincrasia inconfundible se confunde en una estadística enteriza que me desmorona. Un ingeniero vale como otro cualquiera, no importa si lee poesía medieval o come parchitas sin azúcar o ama ciertos abetos. Es un ingeniero y no se espera nada más de él en su vida cotidiana. Pero cuando me conocen por Internet me juzgan exactamente por lo que muestro. En Internet las apariencias no engañan porque todo es apariencia. Puedo adoptar un alter ego o muchos al buen tuntún de mis virtualidades. Puedo ser niña virginal y al otro flanco del monitor Rambo implacable o ancianillo sabio. Necio. En Internet los llaman avatares, que es lo que son. Todo depende de mi facultad para trasmutarme y volverme demiurgo de mí mismo. La esquizofrenia es sincrónica y sintópica porque puedo tener todas las personalidades al mismo tiempo y en el mismo lugar sin espacio. Internet es una sana esquizofrenia.

Puedo hacer todo en el mismo lugar, porque todos los lugares se conjuntan. No tengo que coger autopista, porque todo está allí al alcance de mi ratón y mi teclado. Puedo, más que laborar, colaborar con todos, no importa si duermen mientras velo o si no cumplen horario o tienen carta de trabajo: ya no habrá inmigrantes ilegales porque todos seremos nómadas inmóviles. Las migraciones no ocuparán el tiempo histórico sino que ocurrirán en tiempo real, bajo nuestras narices, en segundos, para asistir a un concierto de los Rolling Stones en Nepal o nadie tiene por qué saber dónde. Tal vez ni ellos mismos porque es una retransmisión desde quién sabe qué lugar o porque es un montaje. O una síntesis de sus imágenes y sus voces.

Esta implosión del espacio implica un nuevo horizonte de lo concebible, un cambio de paradigma. El hombre ya no será el mismo. Usar una computadora portátil, o una computadora de redes, ubicua, es poner la oficina en cualquier lugar, en la terraza, en el Metro, en la playa. Allí investiga, se comunica, ama, odia, se divierte, juega, cambia de opinión, se empecina, reflexiona, aprende, calcula, dice estupideces, favorece a un candidato, vitupera a un escritor, escribe poemas, compone, pinta, hace dibujos animados, programa, planifica una obra de teatro, compra y vende en la Bolsa de Tokio, asume personalidades divergentes, monta una película, se ríe, fomenta rebeliones, adopta doctrinas, lee El Quijote, se enamora. Ninguna de esas actividades desplaza u obstruye otras. No solo conviven sino que pueden integrarse en una sola, enriqueciéndose todas. El juego y el trabajo dejan de ser incompatibles, puedo llenar un balance en pantuflas, hablar en piyamas con mi profesor, comprar acciones mientras compongo un bolero; escribir poemas mientras sopeso un informe.

¿Qué consecuencias culturales, históricas, políticas, laborales, civilizatorias, sex