Breve teoría de Internet
Roberto Hernández Montoya*
Cuentan que Nathan Rotschild contrató
un barco de vapor para acudir a presenciar la batalla de Waterloo. Terminada
la refriega, fue el primero en arribar a Londres con la información,
que no dio a conocer a nadie. Pero hizo un gesto aterrador: rematar rápida
y públicamente sus acciones. Esto hizo creer a los bolsistas -que
sabían de dónde venía Nathan- que Napoleón había
ganado. Mientras tanto, por trascorrales, sus corredores compraban y compraban
barato para él en medio del pánico financiero. Al día
siguiente, cuando llegó la verdadera noticia, subieron las acciones
muy por encima de la cotización anterior a la batalla. Para entonces
muchísimas eran ya de Nathan, incluyendo las que vendió y
fueron recompradas por sus agentes. Fue así como se fundó
la rama Rotschild de Inglaterra: usando astuta y aviesamente una tecnología
novedosísima -el barco de vapor- que le dio una ventaja estratégica
sobre los financistas rutinarios. No sé si este episodio es verificable,
pero es significativo que se ande contando, pues si entonces la innovación
tecnológica, aún escasa, era estratégica, cómo
será hoy, cuando se moderniza a cada minuto.
El equivalente actual del barco de vapor noticioso de Rotschild es Internet,
un medio informativo instantáneo, exhaustivo y de acceso universal.
Este trabajo se propone ventilar algunas de sus consecuencias.
Internet, mentiras y multimedia
Internet permite transmitir, almacenar, combinar y organizar tres tipos
de mensajes:
1.Texto. 2.Sonido. 3.Imágenes
fijas y animadas: películas y dibujos animados.
Gracias a esta integración, Nicholas Negroponte, el líder
del Laboratorio de Medios del Instituto Tecnológico de Massachusetts,
ha propuesto llamarlos más bien unimedia en lugar de multimedia.
Lo que tendrá como consecuencia un nuevo universo expresivo: hoy
mismo vemos imágenes meteorológicas en movimiento tomadas
hace horas por un satélite, por ejemplo. En tu casa, con un módem
y una computadora.
Cuando los hermanos Lumière inventaron el cine, no había
otra idea que registrar hechos reales. Era un paradigma, es decir, el horizonte
de lo entonces concebible: el cine, como la fotografía, era un trasunto
de la realidad, no parte de ella. Solo servía para copiarla, a lo
sumo duplicarla, redundarla, ampliar su alcance para que la presenciaran
personas distantes en tiempo y espacio, para reforzar la memoria. Era una
ventana sobre la realidad semoviente, desplazada en el tiempo y el espacio,
pues veo aquí y ahora lo que ocurrió allá y otrora.
Pero apareció un genio -es decir, una bisagra histórica- llamado
George Méliès, un prestidigitador circense y francés
que inventó filmar mentiras, con lo que creó el cine de ficción.
El nuevo invento, el cine, permitía un no menos nuevo modo de hacer
algo viejo: narrar mentiras -y verdades- en crónicas, épica,
sagas, romances, novelas, cuentos, cantas, periodismo. Mentiras y verdades
tomaban un nuevo cariz por medio del cine y permitían narrar la vida
del ciudadano Kane como ninguna novela u obra de teatro o poema épico
lo hubieran permitido. El cine integró todo eso y lo transformó
porque el todo, una vez más, fue mayor que la suma de las partes.
Méliès fue el primero en verlo. Cada nuevo medio de expresión
abre nuevas fronteras a las viejas necesidades expresivas y estéticas.
Hoy -espero- debe haber un genio equivalente a Méliès a punto
de inventar una nueva expresión de viejas y nuevas cosas con multimedia,
análoga al cine.
Douglas Adams, autor del Hitch Hiker's Guide to the Galaxy, ha declarado
que la tecnología es sólo tecnología. El arte es sólo
arte. Es cuando los juntamos cuando ocurren las explosiones. Primero fue
el cine, luego la radio y la televisión. Ahora tenemos tecnologías
que van más allá de los sueños de la ciencia-ficción
y cuando los verdaderos artistas las dominen habrá terremotos (boletín
de prensa de Apple Computer, 9 de febrero de 1996 pressrel@thing2.info.apple.com:
"Technology is just technology. Art is just Art. It's when you bring
the two together that explosions happen. First cinema, then radio and television.
Now we have technologies beyond the dreams of science fiction and when the
real creative artists finally get to grips with them, earthquakes will happen."
Julio García Espinoza decía que "los cuatro medios de
comunicación son tres: cine y TV" ("Los cuatro medios de
comunicación son tres: cine y TV", Casa de las Américas,
La Habana, enero-febrero de 1977). Pero cuando García Espinoza escribió
su genial artículo no había multimedia. Hoy diría tal
vez que "los mil medios de expresión son siete: la computadora",
como veremos seguidamente.
El medio del mensaje
Hasta ahora las limitaciones técnicas de los medios de comunicación
nos han conducido a hacer de necesidad virtud. La prensa puede imprimir
texto, pero las imágenes que reproduce son de baja calidad y no puede
transmitir películas. La televisión sí, pero es inadecuada
para la difusión de texto escrito más que como ceñido
aval del contenido audiovisual, suerte de "ancla" de la imagen,
que impide la deriva de sentidos, como diría Roland Barthes. El texto
impide que el sentido de la imagen se vaya al garete. Pero ¿quién
leería un libro cuyo texto fuera expuesto en una pantalla de televisión?
El periódico, por su parte, tiene un solo día de vigencia
-y eso en general sólo en las primeras horas-, salvo en las hemerotecas,
donde pasamos horas, días y meses rastreando informaciones que tal
vez ni siquiera están allí. Es trabajo de Sísifo, porque
mientras mayor es la calidad y el volumen del periódico, más
ardua es la tarea. La televisión no tiene archivos accesibles al
público. El cine tiene cinematecas, pero su acceso es restringido
o no podemos ver las películas como podemos ver los libros en una
biblioteca pública. Sólo el libro cuenta con índices,
bibliotecas y ficheros que los organizan, pero no siempre los hallamos donde
los buscamos y a veces están en bibliotecas inaccesibles, por lo
cual las referencias que ponemos al final de nuestros trabajos no es más
que buena intención, pues aun cuando los textos referidos estén
presentes es un trabajo forzado verificarlos todos. Son, pues, muchos libros
y sólo la Biblioteca de Babel podría albergarlos (Jorge Luis
Borges, "La Biblioteca de Babel", en Ficciones, Obras completas,
Buenos Aires: Emecé, p. 465-71. Ver también de Borges La Biblioteca
Total, suerte de borrador de "La Biblioteca de Babel", con algunas
ideas muy a propósito de nuestro tema que no aparecen en esta. La
Biblioteca Total, por cierto, que yo sepa, no se puede leer sino en Internet
en http://lenti.med.umn.edu/~ernesto/Borges/LaBibliotecaTotal.html.
Por esa razón no hemos podido integrar esos medios: audio, cine,
libro, prensa, radio, teléfono y televisión. Entendemos por
tales lo siguiente:
1.Audio. Todo registro de sonido, desde el gramófono de Thomas
Edison y Charles Cross, hasta las actuales grabaciones digitales. (El caso
de Edison y Cross es significativo. Uno en los Estados Unidos y otro en
Francia, sin conocerse, crearon el mismo invento, sobre la misma idea, con
días de diferencia. El gramófono estaba en el ambiente, "blowin'
in the wind.").
2.Cine. Toda producción de imágenes animadas destinadas
a ser proyectadas en salas de cine, aunque pueden ser transmitidas por televisión
y cintas de video y a veces producidas especialmente para ese medio. Es
un caso en el que dos medios afines han comenzado a fundirse en uno solo,
aunque imperfectamente. Algunos productores de televisión crean películas
expresamente para la televisión, con el fin de dar a algunos de sus
programas una textura cinematográfica que, aunque su calidad original
se pierda en la televisión corriente de baja definición, tiene
el prestigio de la sala de cine. Es lo que se ha llamado "cine para
la televisión". Es una integración incompleta y parasitaria.
Pero no es imposible concebir para el futuro una integración completa
de estos dos medios sobre su base común: la capacidad para registrar
el movimiento, y a medida que vayan desarrollando y confluyendo en sus respectivas
tecnologías y su efecto audiovisual se vaya haciendo indistinguible.
3.Libro. Todo material de papel encuadernado, que puede contener textos,
imágenes y partituras. Algunos libros especiales contienen texto
en alfabeto Braille. Otros, para niños, están hechos de tela,
cartón, plástico u otros materiales. En los primeros tiempos
el libro estuvo en la memoria en forma de literatura oral. Eran en general
producciones poéticas y cosmogónicas, donde se fijaban los
mitos básicos mediante palabras incantatorias y rituales, es decir,
fijas, los primeros
signos quietos (ver Los signos quietos). Luego, con el alfabeto, se depositó
en distintos materiales: piedra, bronce, papiro, pergamino y finalmente
papel. Hoy puede desplegarse en diversos medios electrónicos: diskettes,
discos duros, CD-ROM, etc. Cuando mientan libro evocamos un bulto de papel
a pesar de que los libros han sido de papel por un período relativamente
breve. En Europa no tiene sino unos seis siglos, mientras el papiro se tomó
bastante más de un milenio.
4.Prensa. Todo material impreso y periódico: diarios, semanarios,
anuarios, etc. Algunos pueden no tener aparición regular, lo que
no les quita su carácter recurrente.
5.Radio. Toda transmisión radioeléctrica de sonido exclusivamente.
6.Teléfono. De todos estos medios el único que permitía
el contacto de persona a persona era el teléfono, pero este era solo
una extensión de la voz, no tenía la profundidad de la permanencia,
salvo el registro magnetofónico, casi siempre avieso. El teléfono
es analfabeto: est en la misma condición del hombre que sólo
habla. Su única ventaja es la ubicuidad, la extensión intercontinental
de la voz iletrada. Ahora es vehículo insuficiente para Internet,
porque sus líneas no fueron
creadas para ella, sino para la voz desnuda. Como correr un automóvil
por un camino de recuas. Pero cuando el mundo esté circundado por
fibra óptica -algo que se hará en tiempo incomparablemente
más vertiginoso que el que tomó cubrirlo de cables de cobre-,
el teléfono tendrá un ancho de banda suficiente como para
cubrir las exigencias actuales de Internet. Entonces ser algo que ahora
no es, absorbido por el nuevo medio.
7.Televisión. Toda transmisión radioeléctrica de
sonidos e imágenes.Esos medios han surgido en primer lugar por su
posibilidad técnica, y porque solo así se podía satisfacer
una necesidad expresiva, que en realidad era más completa y compleja.
Por ejemplo, cuando en un libro se cita un trozo musical solo se puede reproducir
un fragmento de partitura, cuando lo ideal sería poder oírlo.
En su novela Memorias de Mamá Blanca, Teresa de la Parra comentaba
que los diálogos de las novelas debieran estar acompañados
de notación musical para reproducir exactamente la entonación
de cada personaje, que el texto escrito no registra. Es decir, el libro
actual, de papel, es resultado de la tecnología posible, menos costosa
y más práctica que aquellos voluminosos rollos de papiro o
pergamino, difíciles de transportar, recorrer, indizar, almacenar
y conservar. Muchos libros de papiro y pergamino se perdieron por todo eso.
Su integración con otros medios es difícil o imposible. Solo
lo ha logrado con la fotografía y, a través de ella, con la
plástica.
Internet es el concreto armado de las comunicaciones. En la arquitectura
el concreto ha permitido una plasticidad infinita que ha empellado la imaginación
hacia sus límites. Internet puede producir un fenómeno similar
en las comunicaciones y de alcance aún mayor porque abarca terrenos
mucho más amplios.
El libro en Internet, el hiperlibro, exigirá y vendrá acompañado
de un sistema de referencias para navegar en la información oceánica
que se le vincule. Este sistema obligará al lector, para no quedar
a la deriva en ese revuelto océano de saberes y trivialidades, a
contar con un algoritmo de navegación mucho más refinado que
el que actualmente exigen los índices y los ficheros de las bibliotecas.
El lector futuro tendrá que ser radicalmente más experto y
dueño de su condición, es decir, más soberano que el
promedio actual.
Internet lo permite y amplía el acceso sin límites concebibles.
Esta integración no solo desdibuja las fronteras de esos siete medios
estratégicos mediante los cuales nos hacemos animales políticos,
es decir, seres sociales, sino que enriquece toda información con
las ventajas de cada medio y sin las desventajas de ninguno.
Buenas noticias
Imaginemos dos escenarios que serán posibles dentro de un tiempo
históricamente breve: buscamos información sobre políticas
agrícolas. No nos interesan, supongamos, ni la teoría ni la
ciencia agronómicas sino el tratamiento que dio la opinión
pública a, digamos, las políticas agrícolas de un país
en un determinado período. La actual tecnología permite almacenar
todas las informaciones organizándolas en hipertexto, por palabras
claves, autor, fecha, etc., en una página WWW de Internet. El lector
busca, pongamos, las palabras Venezuela, agricultura y política entre
1993 y 1996. La página WWW del periódico está diseñada
y programada para que al instante nos dé no solo la información
del día, sino toda la vinculada con el país, tema y período
que buscamos. Es fácil, barato y enriquecedor tanto para el lector
como para el periódico, que se vuelve más atractivo y vendible.
Sabedores de que este medio permite referencias cruzadas infinitas, los
periodistas y articulistas pueden señalar las fuentes de su información
-bibliográficas o de cualquier naturaleza, incluso otras páginas
WWW. De ese modo el lector puede saltar a un libro,
foto, gráfico, película, o a una conferencia ilustrada que
un experto dictó hace tres horas en un simposio en Melbourne, digamos.
Actualmente la información de prensa, radio o televisión
se limita a una superficie perentoria que nos remite solo a la noticia escueta
del día. Internet, en cambio, permite que el lector vaya más
allá del lema del New York Times: "All the news that's fit to
print" ('todas las noticias que cabe imprimir'). Actualmente una larga
conferencia de prensa es resumida en unos cuantos párrafos. Es inevitable
y deseable función de la prensa: informar, orientar, sintetizar.
Pero muchos lectores necesitan ir más allá de las limitaciones
que impone el costo creciente del papel y porque no tiene sentido imprimir
periódicos de tonelada y media de papel para satisfacer las necesidades
informativas de cada lector. Pero hoy podemos, por ejemplo, vía Internet,
conocer el texto completo de las conferencias de prensa de un personaje,
ésas que los periódicos están obligados a reducir a
unas pocas líneas y que más de una vez simplemente dejan de
reseñar por falta de espacio o porque piensan que pocos lectores
tendrán interés en ellas. Y, por supuesto, no solo pueden
estar errados en cuanto al interés general, sino que, aún
siendo ciertamente escasos, esos pocos lectores pierden la oportunidad de
satisfacer su necesidad informativa. La nueva prensa vía Internet
permite superar esta limitación y ofrecer lo mejor de ambas alternativas:
el resumen y la totalidad. Es cuestión de pulsar un botón
virtual en forma de hipertexto y ahí está la rueda de prensa
entera, incluso en video. Cada periódico se convertirá en
una enciclopedia viviente, como aquella originalísima "Enciclopedia
del Aire" que hace décadas transmitía en Caracas la Radiodifusora
Venezuela. Allí, una vez a la semana, anfitriones y oyentes intercambiaban
en vivo toda la información disponible para ellos sobre los temas
planteados por cualquier otro oyente. En ese programa participaban todos,
incluyendo a los expertos. La Internet es lo mismo, pero potencialmente
permanente e infinita.
Los periódicos ya no serán los mismos entre otras razones
porque ya no serán estrictamente periódicos, pues solo una
mínima parte corresponderá a la actualización periódica,
no necesariamente diaria sino también minuto a minuto o según
una periodicidad convenida arbitrariamente. Y habrá un intercambio
mucho más nutrido entre los periodistas, columnistas y lectores,
muchos de los cuales pueden asimismo aportar información y enriquecerla.
Se evaporará entonces también la frontera entre el emisor
y el receptor. Los medios de comunicación ya no serán unilaterales
ni unidireccionales. Cada noticia puede -y debe- generar una secuela, un
thread, un hilo de discusión entre los lectores y los periodistas.
Así ocurre en los actuales grupos de información, los newsgroups
de Usenet, en donde un mensaje es respondido por otros participantes, que
a su vez reciben respuestas. Un periódico no será un grupo
de personas que informa a otras, sino un grupo de personas que organiza
el modo en que otras reciben e intercambian información. Estas ya
no dependerán del arbitrio de aquellas de publicar o no publicar
una información, de destacarla o no, o de sesgarla en una dirección
o en otra. Es más, cualquier grupo de personas puede constituirse
en un medio informativo, interno o externo, dirigido a sí mismo o
a terceros. Y algo no menos importante: este nuevo multimedio -o unimedio-
será accesible instantáneamente en el mundo entero, a un costo
mínimo y decreciente.
Similares limitaciones padecen hoy las emisoras de noticias de radio y televisión.
Cíclicamente repiten las mismas y es un fastidio ver cinco y veinte
veces el mismo gol. Ello se debe a que las emisoras no saben cuándo
el televidente va a sintonizarlas y quieren asegurarse de que todos vean
todo. Almacenando las informaciones en Internet no es necesario ese tedio
y tampoco tengo que ver noticias que no me interesan, porque ya no hay que
desplegar el espacio en el tiempo: Internet permite desplegar el espacio-tiempo
en un espacio-tiempo virtual. En cambio puedo profundizar en las noticias
que sí me interesan y ampliarlas con otras de campos afines. Es la
diferencia entre información que se "empuja" hacia el lector,
como la que siempre ha existido, y la que el lector "hala", como
la de Internet (entrevista con Steve Jobs en Wired, febrero de 1996 http://www.wired.com).
Hasta ahora estos siete medios han logrado fusiones solo parciales: radio
y audio, cine y televisión, libro y prensa, radio y televisión
-para la transmisión de óperas, por ejemplo: se presenta la
imagen en la televisión y el sonido se difunde por FM estéreo.
Hoy, sin embargo, es posible lograr la fusión integral y ecuménica
de todos estos medios, y con ellos la literatura, la fotografía,
el teatro y las artes plásticas, que ya se les habían fundido
previamente. Ya no habrá, pues, audio, cine, libro, prensa, radio,
teléfono y televisión porque serán un solo medio y
será mejor así.
De la Biblioteca de Papel a la Biblioteca de Babel
Quebró la Encyclopædia Britannica. La cibernética e
Internet la hicieron obsoleta. Pasó igual con las sumadoras Facit
de manillita, ¿se acuerdan? ¿Y las reglas de cálculo?
No estaban pendientes de las nuevas tecnologías. Ya no están
ni en los museos, pero ahora se calcula más y mejor que nunca. Mientras
la Britannica se vende menos, hacia 1996 en Internet los servicios que pueden
distribuir libros (las páginas del World Wide Web) se duplicaban
cada 53 días.
No me gusta la palabra revolución para hablar de tecnología.
Aparece un dentífrico con un color rarón y claman que es una
revolución dental. Igualmente se ha abusado del término multimedia.
Son expresiones que se vuelven comodín, como la calidad total en
boca de industriales como los venezolanos, que producen tubos de dentífrico
llenos de aire. Ahora todo es "multimedia", desde las computadoras
hasta los ligueros. Pero el invento está allí: el primero
que lo agarre es de él.
Esta vez la cosa va en serio. Me la juego en esta afirmación:
el libro de papel va a desaparecer. No se alarmen: así pasó
con el de pergamino y nadie lo echa de menos ya. Lo que no implicó
ocaso del libro sino su fortalecimiento. Con papel e imprenta el libro se
multiplicó y recorrió el planeta. Ya no había que hacer
voto de castidad para hacerse monje y copiar un libro durante años
para que entonces vinieran unos temerarios con que ese libro estaba errado
-con razón la Inquisición los quemaba vivos... Con imprenta
ya no fue comprometedor corregir a Aristóteles por decir que las
mujeres tenían más dientes que los varones. Vino libre examen,
alfabetización universal -ese era, al menos, el proyecto- y salimos
de la Edad Media. En Internet esta desacralización del libro va a
ser aún más radical: el libro de papel aún goza de
una defensa formidable: intenta destruir un libro, tíralo por un
bajante de basura, quémalo. Esta anécdota: una persona se
topa con otra que porta un libro, se lo comenta y se muestra interesada
por cierta página. El portador del libro le dice que es muy sencillo:
arranca la página y se la entrega a la interesada. Da escalofrío.
Digo, a los que leen libros, esa ceremonia laica de origen religioso. Confróntese
la novela de Victor Hugo en que tres críos despedazan inocentemente
un valioso libro (Le quatrevingt-treize, libro 3, V-VI).
No es lo mismo tirar un libro de papel a la basura que coger uno en el
escritorio virtual de la computadora y lanzarlo dentro del icono en forma
de basura a donde uno tira las cosas que ya no quiere allí, que quiere
borrar. La ceremonia se abrevia y debilita, como pasó con el libro
de papel en comparación con el libro anterior a la imprenta, que
había que leer en una biblioteca monástica, solemne y engorrosa,
como la que aparece en El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Para tirar
un libro de papel hay que destruirlo mecánicamente, destruir sus
átomos, mientras en una computadora solo es borrado electrónicamente,
virtualmente, se borran los bits. La diferencia no es trivial (ver El libro
volátil). Cuando la destrucción es electrónica no hay
dramatismo ni trauma ni nada. Solo una operación electrónica,
muchas veces en la forma de un juego en que uno mete un dibujito dentro
de otro. El texto en forma electrónica pierde la solemnidad del libro
de papel, que obliga a respetar hasta los chismes de Buckingham si toman
forma de libro. En formato electrónico será respetable solo
aquella palabra que lo merezca por sí, no cualquier monserga que
se refugie detrás de una portada.
Así y todo, el gobierno de los Estados Unidos ha promovido una
ley de derechos de autor que pretende ilegalizar cualquier copia o transmisión
de un material -libro, programa, pintura, película- copiado a través
de Internet (Bruce Lehman, Intellectual Property and the National Information
Infrastructure. The Report of the Working Group on Intellectual Property
Rights, Washington: Secretary of Commerce, 1995 http://iitf.doc.gov/).
Según este proyecto de ley promovido por Hollywood y la industria
editorial, ni un párrafo se podrá copiar y enviar a nadie
directamente o vía Internet o medio similar, sin permiso de su vendedor
legal. Es como aquella demanda de los Estudios Disney contra Sony por fabricar
videograbadores que permitían copiar películas. La Corte Suprema
norteamericana finalmente decidió que las copias que se hacían
para uso personal, sin fines comerciales, eran legales. ¿Pasará
así de nuevo? Quién sabe. Pero supongamos que este proyecto
sea aprobado como ley. Las leyes inaplicables no tienen sentido. ¿Cómo
impedir que millones de personas copien películas o archivos de computación?
¿Van a poner un policía al lado de cada potencial infractor?
¿Van a meter presa a la humanidad?
Las leyes que pretenden detener un desarrollo tecnológico estratégico
desaparecen sin dejar rastro. Tal vez hubo una ley contra la invención
de la rueda, tal como la Iglesia trató de promulgar una ley contra
el movimiento de la Tierra y contra los descubrimientos de Darwin (verEl
libro volátil).
Una maquinita de significar
El libro de papel es una máquina formidable: pequeña, transportable,
barata, manipulable, duradera y almacenable. Es, además, universal,
pues admite cualquier alfabeto y signo representable con tinta, y hasta
con relieve, como el alfabeto Braille. Es sorprendente cómo un cambio
bien simple le dio una utilidad formidable: el paso del rollo al fajo de
papel encuadernado. Es igual a la diferencia entre registros secuenciales,como
en las cintas magnéticas digitales o analógicas, y los globales,
como los discos duros, la memoria volátil de las computadoras, los
discos compactos y de pasta. Esta diferencia no es baladí, la información
es mucho más fácil y rápidamente accesible y manejable
en un medio de acceso global que en uno secuencial. Por eso el libro encuadernado
ha tenido tanto éxito, porque tiene consecuencias incluso epistemológicas;
no se trata solo de comodidad.
Pero más formidable aún es el libro electrónico,
porque libro no es fetiche de pergamino o papel, sino conjunto de signos
quietos (ver Los signos quietos) que originariamente se fijó en memoria
cerebral, luego en piedra, bronce, papiro, pergamino, papel, diskette, disco
duro o CD-ROM y ahora distribuido por Internet. Quién sabe mañana.
El soporte es lo de menos. Libro sigue siendo libro sobre cualquier pasta
porque lo que lo define es el contenido y no el continente. Esto no quita,
sin embargo, carácter estratégico al sostén del libro,
pues de él depende algo que está en su esencia: la naturaleza
y alcance de su difusión. No es lo mismo difundir un libro fijado
en piedra o bronce en un muro y que en consecuencia hay que ir a ver, que
uno hecho en pergamino y que, aunque penosamente, puede transportarse, o
en papel, que, menos penosamente, puede propagarse y venir a verlo a uno,
a veces hasta sin que uno lo desee.
Hoy escribo un libro y tengo que seducir a un editor. Viene entonces
levantamiento del texto, diagramación, fotolito, impresión,
encuadernación, distribución, librerías y bibliotecas.
Dos mil, cinco mil ejemplares en una primera edición estándar.
Con suerte mi libro se agota, lo reeditan y recorre el mundo en cientos
de miles de ejemplares. Sin suerte es rematado y desaparece. Tal vez lo
merezca porque no es gran libro. O sufrió de mala divulgación
y de distribución parroquial -la más frecuente. Hay que pensar
en la energía humana y mecánica requerida para transportar
toneladas de papel por el mundo y aun en el perímetro parroquial
y en el espacio que devoran para ser almacenados. Pero hay que contar otra
consecuencia: si con papel hay piratas, cómo los habrá con
electrones, que hacen mas ubicuo y resbaloso al forjador.
O es gran libro para muchos lectores, pero dispersos. Tres en Guatemala,
cinco en Ucrania y medio millón regaditos entre Cochabamba y Vladivostok.
Se conectan con mi servicio WWW de Internet y lo leen en su pantalla, lo
copian en su disco duro o lo imprimen en papel. Tal vez me abonan algo con
su tarjeta de crédito. Y tal vez algún patrocinante financie
mi servicio a cambio de publicidad o porque está de acuerdo con mis
ideas y le conviene difundirlas a sus costas. Soy mi editorial. Ya no hay
libros agotados o inaccesibles. Y tienen como ventajas comparativas:
menor costo -no hay que gastar en papel, cada vez más caro, y su
consecuencia: talar bosques, ni en imprenta y librerías, sino que
se paga directo al autor, quien tal vez ni cobre; o tal vez por fin cobre,
considerando la conducta poco plausible de muchas editoriales en esa materia-
y manejo electrónico, que me permite búsquedas rápidas,
cómodas, completas y complejas: en hipertexto, por ejemplo.
Por Internet uno encontrará publicaciones insospechadas. No hará
falta suerte para el éxito editorial; bastará el talento.
Igual será con cine, plástica y música. Y aparecerán
nuevos modos de expresión para decir cosas que nunca se pudieron
decir.
El libro ya no deberá estar terminado para poder ser publicado. La
imprenta obliga a un texto definitivo, inamovible, porque es oneroso y desmañado
imprimirlo cada vez que el autor decide revisarlo o reescribirlo, que puede
ser cada mes o cada día. Salvo las obras literarias -las poéticas
especialmente, que suelen tener un efecto incantatorio que emerge en palabras
quietas-, un ensayo o un tratado o un manual o una enciclopedia no tienen
por qué fijarse definitivamente como lo impone la imprenta. Así,
en una página WWW el libro se puede publicar y actualizar y modificar
cada tanto -cada minuto si nos da la gana. Serán libros interminables
e inestables, los escritores tendremos derecho a la inconstacia y a la indecisió,
la duda dejará de ser un vicio, ya no será obligatorio tener
ideas fijas.
Lo más parecido que permitió la imprenta fue el Finnegans
Wake de James Joyce: su primera frase es la segunda parte de la última
del libro, de modo que este es circular y puede ser leído comenzando
por cualquier punto. Pero Finnegans Wake está terminado de todos
modos, es una tinta cerrada, sus signos son quietos, para siempre. En Internet
todo libro podrá ser una historia sin fin porque la tinta y el papel
no instan a terminarlo, a fijarlo. Concluirlo para siempre es una opción
libre. Otro hito que anticipó la Internet fue la Rayuela de Julio
Cortázar, el primer hipertexto (ver Steven Levy, "Meditations
on HyperCard", en Macworld, San Francisco: febrero de 1988, p. 86;
Internet: provincia latinoamericana).
Uno podrá, además, si quiere, escribir su libro "en
público". La imprenta, al conducir obligatoriamente al texto
definitivo y dificultar el acceso a terceros antes de imprimirlo, aísla
al autor, que se debe quedar solo con su texto hasta que lo publique y entonces
solo excepcionalmente lo podrá tocar y retocar, en sucesivas ediciones
"corregidas y aumentadas". Con Internet puedo presentar un esbozo
y recibir las reacciones de los lectores: comentarios, contribuciones, análisis,
refutaciones, que "fogueen" mi texto. No habrá necesariamente
texto definitivo. El lector sabe que siempre puede volver al libro para
saber en qué estado se halla. Serán más viables las
obras colectivas entre personas incluso geográficamente muy distantes,
que tal vez nunca se han hallado frente a frente. Ese complejo de Penélope
que sufren los escritores con el procesador de palabras, que tejen y destejen
el texto interminablemente, ya no será un vicio sino una virtud.
No será necesario publicar un volumen como ahora. Antes un folleto
era una disminución, porque no tenía el prestigio del tomo,
del volumen, del mamotreto. Con Internet puedo publicar un opúsculo
sin deshonor o treinta tomos sin engreimiento. Se acaba el problema de aquellos
textos cuya breve extensión no les da para convertirse en libros
y de aquestos otros muy largos para caber en revistas y que entonces deben
diluirse en compilaciones de difícil detección y localización
posteriores en las bibliotecas y las librerías. Esta restricción,
nacida de la limitación tipográfica, desaparece, pues una
página WWW se encuentra apenas uno evoca las palabras claves que
le corresponden. Escribimos la palabra política y aparecen desde
El Príncipe de Maquiavelo hasta el último pasquín del
último politiquillo de esquina -de allí la necesidad que tendrá
el lector futuro de refinar sus criterios de selección.
Leer un libro en pantalla, dicen, es tedioso -tal vez hasta dañe
la salud, dicen, según el tipo de radiación del monitor. Es
posible. Aunque también lo es que se deba a la falta de costumbre
y de refinamiento en los monitores de rayos catódicos. Ciertamente,
además, uno halla cosas en el texto impreso que no se ven en la pantalla.
Pero se podrán desarrollar monitores más adecuados para ese
fin y hasta aparatos específicos que permitan una lectura cómoda,
algunos de los cuales ya existen en prototipo. La gente del Laboratorio
de Medios del MIT anda en eso (Nicholas Negroponte, "The Future of
the Book", Wired, febrero de 1996 http:www.wired.com/wired).
¿Qué sabe uno?, hasta mejores serán tal vez que el
papel. Además, no siempre hacemos lecturas exhaustivas. Con frecuencia
consultamos los libros brevemente, buscando un dato puntual y eso en pantalla
es mucho más viable y expedito que en el libro impreso. Y se puede
imprimir el texto y leerlo en formato de libro de papel, incluso encuadernato
como un libro. En todo caso será cuestión que decidirá
el tiempo.
Este dirá también cuánto durará el libro de
papel. No creo que desaparezca del todo, al menos en plazo previsible. Seguirá
teniendo sus ventajas, entre las cuales las estéticas, como objet
d'art. Pero su importancia central actual disminuirá radicalmente.
El libro de papel será tal vez un recurso secundario a medida que
comparemos sus desventajas con las ventajas que le da la electrónica
y no podremos dar marcha atrás. Mientras tanto seguimos publicando
en papel porque no toda la audiencia tiene aún el modo de allegarse
a él electrónicamente.
El libro volátil
Internet es incompatible con la concepción y práctica actuales
de derechos de autor y propiedad intelectual. Cuando compro un libro de
papel, pago al librero, al editor, al autor y, más indirectamente,
al impresor, al fabricante de papel, etc. Si leo el libro en una biblioteca
pública, esta paga a toda esa gente por mí. Cuando leo en
biblioteca pública no obtengo el libro, es decir, su soporte material,
pero accedo a su esencia, a sus signos, a sus bits. Como en Internet. He
allí el origen del conflicto.
John Perry Barlow, fundador de la Electronic Frontier Foundation http://www.eff.org/ y compositor del grupo de
rock The Grateful Dead, ha formulado una Declaración de independencia
del ciberespacio, en la cual señala, dirigiéndose desde el
ciberespacio al gobierno norteamericano, que los conceptos legales de ustedes
sobre propiedad, expresión, identidad, movimiento y contexto no se
aplican a nosotros. Ellos están basados en la materia y aquí
no hay materia (A Declaration of the Independence of Cyberspace. "Your
legal concepts of property, expression, identity, movement, and context
do not apply to us. They are based on matter. There is no matter here.").
¿No hay materia en el ciberespacio? ¿Los electrones no
son materia? En el seno de la cibernética se ha criado un espiritualismo
vulgar y difuso, en su variante animista, según el cual 'materia'
es solo su parte mecánica. La electrónica está dispensada
del "desprestigio" de la pesantez y del embotamiento táctil.
La electrónica, siendo trasunto de la lógica estructurado
sobre el soporte invisible de los electrones, adquiere el talante airoso
de lo espiritual. Airoso, es decir, 'de aire' en más de un sentido:
para los griegos espíritu era pneóma, es decir, 'aire', que
se exhalaba precisamente en el "último suspiro", pues para
aquellos remotos griegos el aire-espíritu no era material, como tampoco
lo son los electrones para algunos cibernautas. El libro gana cierta labilidad
que lo ofrece como un objeto hecho de pura significación:
En la comunicación escrita tradicional, se emplean todos los recursos
del montaje en el momento de la redacción. Una vez impreso, el
texto material gana una cierta estabilidad... a la espera de los desmontajes
y remontajes del sentido a los cuales se entregará el lector. El
hipertexto digital automatiza, materializa estas operaciones de lectura
y amplifica considerablemente su alcance. Siempre en instancia de reorganización,
propone una reserva, una matriz dinámica a partir de la cual un navegador,
lector o usuario, puede engendrar un texto particular según la necesidad
del momento. Las bases de datos, sistemas expertos, hojas de cálculo,
hiperdocumentos, simulaciones interactivas y otros mundos virtuales son
potenciales de textos, de imágenes, de sonidos e incluso de cualidades
táctiles que ciertas situaciones particulares actualizan de mil maneras.
Lo digital recupera así la sensibilidad en el contexto de las tecnologías
somáticas [voz, gestos, danza...], conservando el poder de registro
y de difusión de los medios de comunicación
Dans la communication écrite traditionnelle, toutes les ressources
du montage sont employées au moment de la rédaction. Une fois
imprimé, le texte matériel garde un certaine stabilité...
en attendant les démontages et remontages du sens auxquels se livrera
le lecteur.L'hypertexte numérique automatise, matérialise
ces opérations de lecture et en amplifie considérablement
la portée. Toujours en instance peut engendrer un texte particulier
selon le besoin du moment. Les bases de données, systèmes
experts, tableurs, hyperdocuments, simulations interactives et autres mondes
virtuels sont des potentiels de textes, d'images, de sons ou même
de qualités tactiles que des situations particulières actualisent
de mille manières. Le numérique retrouve ainsi la sensibilité
au contexte des technologies somatiques [la voix, des gestes, la danse...],
tout en conservant la puissance d'enregistrement et de diffusion des médias
(Pierre Lévy, l'Intelligence collective. Pour une anthropologie du
cyperespace, París: La Découverte, 1997, p. 58).
Nuestra denuncia de este nuevo y pobrísimo dualismo filosófico
espíritu vs. materia no quiere ser principista. No vale la pena detenerse
a aclarar que, sea lo que sea la materia, los electrones son tan materiales
como el papel. Interesante es, más bien, la oposición que
Negroponte ha establecido entre bits y átomos (Cf. entrevista con
Nicholas Negroponte en la revista electrónica Meme N 1.07, octubre
de 1995 http://memex.org/meme1-07.html).
Aquellos son la porción inteligible de lo material el átomo,
engastado en el sistema de representaciones que se ha ido construyendo en
Internet y en la cibernética en general. El bit, como unidad mínima
de información, es una metáfora de la representación
mental del átomo.
Nadie en este salón objetaría la biblioteca pública.
Son buenas para nuestros hijos, el país, las comunidades. ¿Pero
por qué funciona una biblioteca pública? Funciona porque está
basada en átomos en un 100%. Cuando pides prestado un libro el estante
se queda vacío. Convirtamos esta biblioteca de átomos en una
de bits. ¿Qué ocurre? Dos cosas. Primero ya no llevamos nuestros
átomos a la biblioteca. Pero, más importante aún, cuando
tomamos prestado un bit siempre queda un bit. ¡Bingo! Ahora veinte
millones de personas pueden tomar prestado ese mismo bit, y nada más
cambiando los átomos en bits violamos la ley de derechos de autor
y en países sin leyes de derechos de autor violas un sentido de la
propiedad intelectual (Nicholas Negroponte. Citado por la revista electrónica
Meme, 1.06 transmitida el 23 de noviembre de 1995, owner-meme@sjuvm.stjohns.edu.
"There is not a person in this room who would argue against
the public library. They are good for our children, they are good for the
country, they are good for our neighborhoods. But why does a public library
work? It works because it is based 100% on atoms. When you borrow that book
the shelf is then empty. Now, we take the library made of atoms and we convert
it to bits. What happens? Two things. First we don't have to take our atoms
down to the library anymore. But more importantly, when you borrow a bit,
there is always a bit left. So bingo! You now have 20 million people who
can borrow that same bit, and just by changing the atoms into bits you violate
copyright law, and in countries without copyright law, you
violate a sense of intellectual property.").
La tortura del copyright
El libro en Internet está hecho de bits, mientras que el de papel
está hecho, además, de átomos. Hay una pesantez aditiva
del libro de papel, que no tiene nada que ver con su naturaleza, que son
los signos, que ha permitido precisamente su explotación comercial.
Cuando pago un libro de papel pago eso principalmente: papel, un objeto
de átomos que sirve de soporte a la especulación que se hace
con los bits creados por otros, lo que Ludovico Silva llamaba 'plusvalía
ideológica', en este caso más bien plusvalía intelectual
(Silva, Ludovico, La plusvalía ideológica, Caracas: Universidad
Central de Venezuela-EBUC, 1970). De otro modo sería, en el marco
del ejercicio actual de los derechos de autor y de propiedad intelectual,
imposible especular con esa creación del autor. Escribo una novela
y me la publica un editor de papel. Lo que él vende por mí
es papel manchado de tinta y encuadernado. A mí me paga un porcentaje
por cada ejemplar. El papel, que no es el libro sino su soporte, deja constancia
de ese movimiento comercial.
En cambio si vendo el libro por Internet, desaparece este componente
mecánico de átomos en tanto pesantez. Los electrones viajan
convertidos en bits, de una computadora a otra, de un rincón a otro
del universo mundo, hogaño llamado aldea global. El lector paga ideas,
no papel. Pero esos bits están preñados de materia: sea papel
o electrones, que se pueden volver valor de cambio, es decir, mercancía.
Comprar electrones es ventajoso: más barato, accesible y mundial.
Pero no todo es ventaja: ¿qué pasa cuando una editorial
quiebra o desaparece por cualquier razón? Si la editorial es de papel
sus libros quedan en las bibliotecas. El papel les da continuidad y fundamento
en el espacio-tiempo histórico. La pesantez mecánica de la
materia no siempre es mala ni vergonzosa. Pero si la que quiebra es una
editorial que funciona en Internet, en el ciberespacio, se volatiliza junto
con sus libros, pues, si hay derechos de autor, nadie puede hacerse cargo
de la distribución legal de ellos sin permiso. Y aun si no hay problemas
legales, o estos se obvian, habría que contar con la mano amable
que los preserve. O tal vez la adquiera otra empresa, pero es un azar del
que está dispensado el libro de papel.
Otro problema: ¿cómo colocar los libros en las bibliotecas
del ciberespacio, en esa nueva Biblioteca de Babel? Las bibliotecas de papel
adquieren uno o más ejemplares de un libro y aunque es maniobra poco
estimada por muchos editores, la presión social los ha obligado a
convenir en que sus libros estén disponibles en bibliotecas públicas
-finalmente cobran algo, pues hay muchas bibliotecas y deben adquirir numerosos
ejemplares si el libro es muy solicitado. Y se consuelan además porque
el lector no adquiere el libro en la biblioteca, es decir, en la biblioteca
el lector no adquiere los átomos, sino los bits, que son lo esencial
del libro, por cierto. Pero el editor no cobró bits sino papel, que
gracias al comercio, al valor de cambio, se vuelve metáfora perversa
del bit. El libro se vuelve algo que no es: pulpa, celulosa. En una palabra:
se pervierte, se desnaturaliza, se corrompe, se prostituye, en dos palabras:
se aliena.
Tratemos de entender esto a través de un auto con aire de apólogo
medieval: un viandante se detiene a olisquear la carne asada que un parrillero
callejero vende. Este se queja y exige que le sea pagado el olor. Llega
el Justicia -así se llamaba algo así como el juez de paz,
que era siempre sabio, al menos en la Edad Media- y pregunta al parrillero
cuánto vale el olor de la carne que el viandante husmea. El comerciante
declara que cuesta, digamos, un maravedí, moneda de aquellos y otros
tiempos. El Justicia pide entonces un maravedí al viandante, quien
lo entrega luego de muchas protestas. El Justicia lanza la moneda al pavimento
y pregunta al guisandero si escuchó el sonido. El cocinero, desconcertado,
admite que sí. Ver información sobre El Justicia en http://www.aragob.es/acerca.htm, información
que agradezco a José María Gutiérrez Lera.
Pues bien sentencia el Justicia, devolviendo el maravedí
al viandante, ya está usted pagado, pues el tintinear de la
moneda equivale al olor de su carne. Si hubiera comido la carne hubiera
tenido que pagar con la sustancia, la masa, de la moneda, esto es, la moneda
misma.
Sabio hombre: olor equivale a sonido. Información equivale a información.
Moneda, en cambio, equivale a carne.
La mercancía tiene sus imaginarios, como decía Marx en el
segundo capítulo de El Capital, por eso puedo cambiar una camisa
por una silla y dinero por cualquier cosa:
Igualitaria y cínica por naturaleza, la mercancía está
siempre dispuesta a cambiar, no ya el alma, sino también el cuerpo
por cualquier otra, aunque tenga tan pocos atractivos como Maritornes. Esta
indiferencia de la mercancía respecto a lo que hay de concreto en
la materialidad corpórea de otra, la suple su poseedor con sus cinco
y más sentidos (subrayado sic. Karl Marx, El capital, México:
Fondo de Cultura Económica, 1946, p. 48-9).
En una biblioteca el lector "huele" los signos que están
impresos en el papel. Pero en Internet el lector obtendría de la
biblioteca electrónica lo mismo que obtendría del editor electrónico
del libro: bits, pero sin pagar los electrones. En Internet carne y olor,
es decir, papel y bit no tienen diferencias. No se podría, pues,
en el marco actual del derecho de autor y la propiedad intelectual, almacenar
los libros en forma electrónica en bibliotecas públicas accesibles
por Internet. En ellas el libro propiamente dicho, es decir, sus signos,
sus bits, su contenido, no estaría apresado en una materia pesada
y tangible como el papel, sino en la forma lábil y ubicua de un chorro
de electrones, que circularían, aunque no fuera legal, de modo materialmente
libre por toda partes, por el llamado ciberespacio. El electrón es
conceptualmente más congruente con el bit que el papel. No convierte
al libro en un rehén, como hace el papel (y hacían el papiro,
el pergamino, el bronce, la piedra).
¿Cómo se resuelven estos problemas? Como dijimos, la concepción
y práctica actuales de los derechos de autor y de propiedad intelectual
chocan con la naturaleza de Internet. Es lo que ocurre con la copia ilegal
de software y cuando un amigo me pide que le grabe un disco en un casete,
o que le fotocopie un libro. En las más de las legislaciones eso
suele ser ilegal. Por más que el programa pirateado descanse en diskettes
y en otros medios, por más que la música descanse en casetes,
por más que Los signos quietos descansen en una fotocopia, lo que
se transó allí fue un conjunto ordenado de bits. El diskette,
el papel fotocopiado y el casete no son más que recipientes. Cuando
no solo signos quietos circulen por Internet, sino también música,
cine, etc., se va a crear un problema al capitalismo tal como está
instaurado, con su propiedad privada sobre los bits, porque ya el capitalista
no será totalmente dueño del medio de producción o,
en todo caso, de todos los medios de producción, como antes lo era
de la casa editorial, del canal de televisión, del estudio de grabación
y de los aparatos de distribución. Ahora el medio podrá estar
en manos del propio autor en la forma de un servicio de Internet (cf. entrevista
con Steve Jobs en la revista Wired de febrero de 1996): correo electrónico,
página WWW, FTP -un medio de transferencia de datos: documentos,
programas de computadoras, imágenes, sonidos, Gopher -un sistema
de distribución de información-, Usenet, etc.
Va a haber un conflicto entre los actuales dueños de los bits
(editoriales, disqueras, productores cinematográficos, empresas de
software) y los creadores y usuarios de esos bits. El capitalista será
dueño de las fábricas de computadoras y de software, de las
empresas organizadoras de información, que proliferarán en
Internet. Pero no de todos los medios de producción. En la práctica
una casa editorial electrónica no puede impedir que alguien transmita
a otro los bits que ella vende. Lo declarará delito porque para eso
los burgueses controlan el estado, pero será un delito incastigable,
es decir, en los hechos no será delito.
Tal vez la solución esté allí: la casa editorial como
la concebimos hoy deberá volverse un organizador de información.
Como lo que me vende es la organización de los datos, no le importará
si copio o no copio esos datos. Solicito a un organizador de información
datos sobre un tema, el organizador me señala dónde hallarlos
y qué características y qué valor intelectual tienen,
me cobra por ese servicio, y me puede entregar los datos sin cobrármelos
y no me pondrá preso si los trafico después. No necesariamente
me vende los datos (bits: libros, revistas, imágenes, películas,
etc.), sino que me señala organizadamente dónde obtenerlos,
comprados o regalados. No puedo revender el servicio personalizado que me
vendió -las señas de dónde hallar los datos- porque
solo es útil para mí. Igual que no puedo revender una consulta
médica, que es cosa personalísima. Puedo revender los medicamentos,
pero no el récipe. Por esa razón la empresa NeXT ha decidido
hacer de dominio público sus objetos de software (Object Oriented
Software) para los particulares. Solo cobrará a las empresas.
El materialismo vulgar de los vendedores de bits, de signos, pretende
que si compro un programa de computadora no puedo usarlo sino en una sola
computadora. Es como comprar un disco por cada tocadiscos. Como aquel chiste
de Quino, en que Manolito se encuentra con Mafalda armado con su materialismo
vulgar de tendero:
Manolito: ¿Qué le regalaste hoy a tu mamá en su día,
Mafalda?
Mafalda: Un libro.
Manolito: Andá... En serio, ¿qué le regalaste?
Mafalda: Pero, ¡en serio que un libro!
Manolito: ¡Un libro, sí!.. ¡Ahora resulta que yo soy
tonto! ¿Te crees que no sé que tu mamá ya tenía?
(Quino, Mafalda 6, México: Promexa, 1984, sin página).
Manolito cree que los libros son intercambiables, como si fuéramos
a una librería buscando un libro de Kafka y el tendero nos dijera:
-Bueno, de Kafka no tengo, pero sí hay de Bécquer.
Es como si cada vez que releo un libro tuviera que comprarlo de nuevo, como
una barreta de chocolate. El bit como mercancía tiene una dimensión
distinta. Su materialidad es un soporte, no la cosa misma. En este caso,
vuelta a Marx, "su materialidad como valor es puramente social"
(capítulo I, de El capital; 1946:14-5).
No sé cómo se resolverá este entrevero. No soy jurista
y no me corresponde vislumbrar nada. Tampoco soy historiador y mucho menos
historiador del porvenir como para columbrar cómo se va a decidir
este conflicto de intereses entre la humanidad y un pequeño pero
poderoso sector de la humanidad. Pero me parece que puede pasar lo que pasó
con los Estudios Disney (ver La Enciclopedia de Babel). Espero que para
la superación de este entrevero capitalista no se tengan que revivir
los horrores del stalinismo...
Internet es la peor pesadilla de quienes venden software, libros y discos.
Esa pesadilla desabrocha costosas campañas publicitarias destinadas
a &laqno;educaré a la gente para que no copie ni distribuya programas
ilegalmente, para que no copie ilegalmente discos en casetes o en CDs &laqno;quemablesé.
Promulga leyes draconianas para vigilar y castigar. Se organizan escuadrones
que te allanan para inspeccionar computadoras, incautarte discos duros e
imponerte cauciones aterradoras. El gobierno de los Estados Unidos, por
su parte, promueve una ley paranoica que hará ilegal que me envíes
por correo electrónico unas líneas tomadas de cualquier libro
cuyos derechos de autor no sean de dominio público. No solo serás
culpable de enviarlas sino yo de recibirlas y nuestros respectivos servidores
de trasmitirlas, incluyendo aquellos desprevenidos por donde pase al azar
la criminosa epístola. Es una ley no solo ignorante sino tonta, como
procuraré mostrarte luego. Han promovido también la extensión
del período luego del cual un libro pasa al dominio público,
de 50 a 75 años después de fallecido el autor.
Pero los Estados Unidos no son los más encarnizados. Los editores
europeos han prohibido que los libros reproducidos en CD-ROM puedan copiarse
sobre medio electrónico y hasta en papel, mediante tu impresora.
Y han declarado la guerra a los libros vía Internet. No solo van
a perder, claro, sino que van a quedar como unos tontos.
Hace unos años, cuando se introdujo el betamax (¿recuerdas
el betamax? haz memoria... el primer videograbador doméstico), Hollywood
propició la prohibición de su uso. No podías grabar
nada de la TV para verlo más tarde y mucho menos prestárselo
ni a tu mamá. Y olvídate de copiar una película. Solo
podías grabar y compartir cosas enteramente producidas por ti.
Lo más curioso es la mezcla de ingenuidad con perversidad, que los
años me han enseñado que son compatibles, como verás
enseguida. ¿Cómo iban a impedir que programaras la grabación
del noticiero para verlo a tu regreso a casa? ¿Poniendo un policía
en cada casa donde hubiera un betamax? Era, pues, una ley inaplicable y
para todo efecto práctico las leyes incumplibles no existen. Acabar
con la grabación magnetoscópica era tirar el agua del baño
con el niño dentro. Es lo que hacen los países de régimen
totalitario: prohibir la Internet. Peor el remedio que la enfermedad.
¿Y cómo impedir la piratería de software? No se
puede, pero es posible ensayar los controles más ineficaces y divertidos.
Como por ejemplo colocar una ocurrente cajita que se comunica con el programa.
Si este es legal no hay problemas, pero si no, se borra. Intenta introducir
el código manualmente y la cajita obligatoria se autodestruye. Hasta
que un hacker descubrió lo obvio: interceptar la comunicación
entre la cajita policial y el programa. Ahí está el código...
Publican un programa demo que carece de alguna función primordial:
no puedes grabar, por ejemplo, y llegada cierta fecha, el programa deja
de funcionar o comienza a hartarte con un mensajito de vendedor por cuotas.
Tienes que pagar para ganar el dominio completo del programa. Otros añaden
marcas de agua electrónicas para identificar la procedencia de una
foto o una música y meter un susto al pirata (hhtp://www.digimark.com
y http://highwatersignum.com).
Lo más perverso es que a quien verdaderamente se castiga es al
comprador legal. En estos días se me perdió la tarjeta de
un programa perfectamente legal. En ella estaba el serial, que olvidé
poner cuando lo instalé. A partir de cierta fecha no hubo modo de
hacer funcionar aquel programa sin el numerito. La única solución
era usar una copia ilegal cuyo serial el pirata había tenido la astucia
de garabatear sobre los diskettes. Finalmente salió una nueva versión
que hubo que comprar porque, perdida la tarjeta, no había modo de
probar la compra anterior para obtener la rebaja de actualización.
El pirata se toma cuidados que el honrado comprador ni sospecha. Todo pirata
con la moral alta sabe destrabar protecciones. Es una guerra en que solo
caen los que no pelean. Hay además sitios WWW donde aparecen seriales
y códigos ilegales. Una por otra: los productores de software pretenden
que compres tantos ejemplares o licencias como máquinas uses con
ellos. Por ahí a las disqueras se les ocurrirá que debes comprar
un disco por cada tocadiscos en que vayas a escucharlos o a las editoriales
un libro por cada biblioteca que tengas, incluyendo la del baño.
Su solución es volver a la vieja tecnología. Ingenuos y perversos,
te lo dije.
Otrora, en los tiempos felices del copyright, fotocopiar un libro indefinidamente
era inoperante porque las copias sucesivas van deteriorándose y para
hacer mil copias necesitas una imprenta. Igual con los casetes. Hay un umbral
en que ya la copia tiene que cesar porque la señal se vuelve ininteligible.
Hay una limitación atómica.
Ya no hay la limitación material, atómica, de la fotocopia
o de la reproducción magnética. Una cortapisa sustancial protegía
la propiedad, pero ahora, gracias a la digitalización, esa inteligencia
de la materia, gracias a los bits, es posible un número infinito
de copias idénticas y trasmitirlas de computadora a computadora.
¿Qué va a ocurrir dentro de poco cuando el ancho de banda
sea suficiente para trasmitir una película o un CD completos, en
pocos segundos? Ya es posible la transmisión de libros y fotografías
completos.
Todo el mundo saldrá ganando, sobre todo, paradójicamente,
los perdedores, como ocurrió a Hollywood cuando perdió su
querella contra el betamax. Me explico. La Corte Suprema de Justicia de
los Estados Unidos dictaminó que era legal copiar cualquier programa
de TV para ti mismo. Que ilegal era comerciarlo sin permiso del propietario
del copyright. Hollywood ganó al perder, pues hoy se lucra más
por venta y alquiler de videocasetes que por las salas de cine.
Algo similar pasará con las disqueras, las editoriales y las productoras
de software. Lo que más venden es papel, tinta y plástico
empaquetados en libros, carátulas de discos, CDs, diskettes, CD-ROMs,
etc. Es decir, átomos. Lo que menos comercian es inteligencia, que
es la esencia de los libros (me refiero a los buenos). El caso del libro
es emblemático. El autor apenas cobra el 10% del precio, si es que
cobra y eso cuando cobra, pues es el último en hacerlo. La librería
se queda con un 40%, si no más. El distribuidor recibe no menos del
20%. El restante 30% lo comparten el editor, el diseñador y el impresor.
Pagas papel, cuero, cartulina, tinta, cola, trasporte y administración.
Lo que menos remuneras es el intelecto del autor y del editor que selecciona
y contacta autores, contrata y dirige lectores de manuscritos, traductores,
diseñadores, etc. Así ocurre con el disco y con el software.
Se dirá que se va a acabar el libro de papel a medida que cada
vez más se vendan por medios electrónicos (por diskettes,
CD-ROMs, Internet). Eso no tendría nada de malo, salvo para los editores
que se empecinan en vender papel para quienes prefieren leer en la playa,
lo que tampoco está mal, pues leer todo El Quijote en un monitor
no luce recomendable. Pero la nueva tecnología presenta alternativas
mejores que las del pasado. Así como los libros de papel acabaron
con los de papiro y pergamino. Cual las calculadoras electrónicas
acabaron con las reglas de cálculo. Nadie las echa de menos.
Si leo a Virgilio tengo pocas oportunidades de hallar con quien compartir
esa proclividad. Los demás se dirán: &laqno;Ahí
viene otra vez Roberto con su macán de Virgilioé. Pero un editor
que utilice inteligentemente las redes puede crear, para los libros de Virgilio
que vende, un grupo de lectores, que dirán: &laqno;Qué
bueno, Roberto volvió a hablar de Virgilioé. El editor moderno
e inteligente contratará expertos en Virgilio, a quien por cierto
puedes leer, en latín,en http://www.analitica.com/bitblio/vergili/eclogae.htm
y en http://www.analitica.com/bitblio/vergili/georgic.htm.
Y si el autor está vivo puede participar en esos intercambios, como
va a pasar en la revista electrónica Venezuela Analítica con
la próxima novela de Eduardo Casanova. Está pendiente en http://www.analitica.com.
Si es un ensayo el autor puede añadirle ideas e información,
así como corregir errores, sin esperar nueva edición, cosa
que solo ocurre con afortunados cuyos libros de papel se agotan en poco
tiempo. Este mismo artículo, modificado, pasará a ser un capítulo
de mi libro Breve teoría de Internet publicado en http://www.analitica.com/doc5.htm,
y que, así como Penélope nunca terminaba de tejer sus labores,
ya he anunciado que no voy a terminarlo nunca, voy por la versión
1,1 (&laqno;Mi hiperlibro en Interneté en El Nacional: http://www.el-nacional.com/archivo/1997/04/06/opinion/opinion6.htm).
Los lectores pueden participar. Alrededor de un texto se pueden organizar
grupos de intercambio, debate, estudio, etc. Siempre fue así, pero
ahora será más nutrido y, sobre todo, activo.
El mejor editor ya no será solo el que vende el libro mejor, sino
el que ofrece la red de relaciones más fecunda, que enriquece mi
lectura con otros textos. Mi editor favorito no solo me propondrá
un texto sino un programa de lectura inteligente, bien pensado y hasta un
modo de participar activamente en la elaboración de una experiencia
cultural. Lo de menos será que alguien copie el texto de base y lo
mande por correo electrónico. Es como mi BitBlioteca (http://www.analitica.com/bitblio/bitblio.htm),
cualquiera puede coger los textos de dominio público que he publicado
allí y ponerlos en otro servidor. Me robará el tiempo que
he pasado seleccionando, digitalizando, corrigiendo el texto, transcribiéndolo
a HTML. Lo que no me puede robar es el entusiasmo. Ese lo tiene o no lo
tiene. Y si lo tiene es por sí mismo, no porque me lo robó,
porque aunque el entusiasmo puede ser contagioso es imposible de robar.
Entonces no necesitará robarme nada porque desarrollará su
propio proyecto y nos nutriremos mutuamente, pues el mejor prospecto de
un libro es otro libro, una biblioteca conduce a otra y a todas. Lo mejor
que puede pasar a una editorial es tener un best-seller, y lo segundo mejor
es que otra lo tenga, porque un best-seller orienta sobre las tendencias
del mercado. Y finalmente se puede obtener patrocinio publicitario o institucional.
Las posibilidades de negocio las pone la imaginación. Ve lo que BarnesandNoble
http://www.barnesandnoble.com/help/help.asp
y Amazon Books http://www.amazon.com
andan haciendo sobre esto.
Igualmente el software. ¿Por qué la gente piratea programas?
En primer lugar porque se puede, es muy fácil y encima gratis. Quienes
copian programas no tienen el menor escrúpulo de conciencia. Son
muchos. ¿Cuántas personas conoces que jamás han pirateado
un solo programa? ¿Tú? Solo algunas pocas empresas se cuidan
de un allanamiento judicial. No es cierto que se pierden millones por el
software copiado ilegalmente, porque quien copia programas no los compraría
ni teniendo el dinero ni por miedo a la policía. Hay ricos que piratean
programas. La policía no puede controlar la piratería salvo
en cifras decimales, es decir, antieconómicas, pues no compensan
el costo de una gendarmería especializada en piraterías. El
problema no está allí, sino que, como dijo el cínico
aquel, &laqno;la gente roba porque no encuentra razones para no robaré.
Nadie que no esté loco se roba un rompecabezas armado porque lo
que interesa es el placer de ensamblarlo. Es decir, si los programas fueran
más baratos (y pueden serlo si, por ejemplo, se prescinde de presentaciones
de lujo nuevorrico, como una inyectadora de oro), si además uno contara
con servicios adicionales, como grupos de intercambio de datos (tips), actualizaciones
(updates o upgrades) prontas y asequibles, macros y subrutinas, respaldo
técnico, pues bien, así no tendría gracia piratear.
Más bien resultaría carísimo, porque se perdería
lo más valioso. Lo de menos es el programa mismo, que, como el libro
electrónico, no importará que se copien, sino que hasta conviene
más bien que lo hagan, como aliciente para vender luego los servicios
que se tejen a su alrededor. Las posibilidades de negocio, de nuevo, las
pone la imaginación.
Como se ve, Internet obligará a revisar el alfa y el omega de lo
que entendemos y practicamos como derechos de autor, que ya no serán
los mismos porque, paradójicamente, serán más lucrativos
mientras más se regalen. Cuestión de ponerse a inventar.
Censura de la censura
La Inquisición no consiguió nada de radical importancia
con su Index. Los libros perseguidos siguieron circulando, ora clandestinamente,
ora descaradamente -y socavando lenta o rápidamente los antiguos
regímenes. La España imperial prohibía leer a Rousseau
en sus colonias americanas. Para nada, porque el Contrato social entraba
recelado bajo portadas de devocionarios. Misales, libros de horas y catecismos
fueron útiles para que circularan las denuncias de Voltaire contra
la Iglesia Católica. Hubo Revolución Francesa e Independencia
de América, Revolución Industrial y desarrollo científico.
El Index no pudo impedirlos.
Una vez que se imprimía un libro, no era posible controlar absolutamente
su distribución y sus efectos, porque no era tanto el texto mismo
como los sistemas de pensamiento que inspiraba y multiplicaba en pocos primero
y en muchos después. A lo sumo se los incomodaba, a lo sumo se retardaban
sus efectos, pero aquí estamos en este siglo XX gracias a bibliotecas
enteras de libros prohibidos y a pesar de toda la prédica medievalista
de la Iglesia.
En la Unión Soviética se hacía el samizdat, publicación
clandestina reproducida precariamente con papel carbón o con algún
multígrafo descarriado. De nada sirvió que las autoridades
hicieran empadronar las máquinas de escribir para rastrear a los
autores de los samizdats. El solo alfabeto era un arma subversiva.
Los libros impresos, en fin, ya no se pueden quemar, a lo sumo se chamuscan
por un rato, pero una vez publicados siempre se cuela un ejemplar pertinaz
que lee Simón Rodríguez y lo enseña al niño
Simón Bolívar, quien luego, adulto, inspirado en ese libro,
libera a América de España. Igual que cayó la Unión
Soviética a pesar de tanto prohibir y prohibir y prohibir. Pudieron
más los samizdats que el Muro de Berlín.
Asimismo ha de pasar con Internet. A comienzos de 1996 un juez de Baviera
impuso a CompuServe que impidiera a sus clientes acceso a los grupos de
información -newsgroups de Usenet- que discurrieran sobre sexo. CompuServe
tuvo que desactivar todos los grupos en todo el mundo a todos sus usuarios.
Triunfó la mojigatería y perdió la libertad. Y los
servicios comerciales como CompuServe, America Online, Prodigy y otros servicios
particulares similares, que pueden ser controlados y de hecho exigen que
no se publique en ellos material "obsceno". America Online cometió
la perversa ingenuidad -características que la vida me ha enseñado
que no son incompatibles- de prohibir todo mensaje que contuviese la palabra
breast, 'mama', 'pecho'. Tuvo que restablecer su uso cuando algunos grupos
de usuarios de ese servicio no pudieron seguir intercambiando información
sobre el cáncer de mama.
Pero eso no se puede en Internet. Algunos republicanos en los Estados
Unidos pretendieron hacerlo con su Communications Decency Act (Ley de Decencia
en las Comunicaciones). Esa ley ingenua y perversa pretendía prohibir
transmitir
cualquier comentario, solicitud, sugerencia, proposición, imagen
u otra comunicación que, en contexto, exponga o describa, en términos
patentemente ofensivos según las normas contemporáneas de
la comunicad, actividades y órganos sexuales o de excreción,
sea que el usuario de tal servicio haya hecho la llamada o iniciado la comunicación
(any comment, request, suggestion, proposal, image, or other communication
that, in context, depicts or describes, in terms patently offensive as measured
by contemporary community standards, sexual or excretory activities or organs,
regardless of whether the user of such service placed the call or initiated
the communication. La página WWW del grupo Voters Telecommunications
Watch refiere la historia de esta ley http://www.vtw.org/.
Ver también el editorial de David Bennahum davidsol@panix.com, publicado
en el New York Times, en http://www.reach.com/matrix/nyt-gettingcybersmart.html.
Ver también otras páginas WWW sobre este asunto: http://www.ciec.org/,
http://www.cpsr.org/cpsr/nii/cyber-rights/
y http://memex.org/david.html.
O la siguiente lista de correos: listserv@cpsr.org.
La ley prohibía mencionar lo que ella mencionaba: los órganos
y actividades de excreción. La paradoja final del censor. Una ley
que se infringe a sí misma. Para información sobre las audiencias
de la Corte Suprema en el examen de esta ley, el ridículo del Congreso
de los Estados Unidos y su ulterior abolición por inconstitucional,
ver http://www.aclu.org/issues/cyber/trial/sctran.html.
Les será difícil y a la larga socialmente imposible. Pero
supongamos, en beneficio del argumento, que logren hacerlo dentro de las
fronteras de los Estados Unidos, supongamos que la Corte Suprema de ese
país admita la constitucionalidad de esa ley incumplible: ¿cómo
impedir que los interesados en esas cosas lean desde los Estados Unidos
páginas WWW o accedan a grupos de información (Usenet) o a
listas de correo electrónico o a archivos FTP ubicados en máquinas
en Francia o en la permisiva Holanda o en alguna sandunguera isla del Caribe?
¿Cómo impedir que un grupo de norteamericanos se organice
a distancia en un servidor ubicado en un país permisivo si precisamente
una de las virtudes de Internet es ser independiente de las limitaciones
geográficas? ¿Cómo pueden impedir que los cubanos copien
desde Cuba programas, documentos, fotos y lo que sea, ubicados en los Estados
Unidos, a pesar de la prohibición de comerciar con la isla? .Pero
los republicanos estadounidenses son persistentes y versátiles en
su ignorancia. Son como aquel jefe militar brasileño: un ingeniero
le dijo que cierto dique no se podía construir porque violaba la
ley de la gravedad. Respondió el gamonal con el aplomo que siempre
he envidiado a los bárbaros:
-No hay problema: abolimos esa ley.
No sé si se pudo construir esa represa.
Por ejemplo:
BELGRADO, Servia, 7 de diciembre - Cuando el Presidente Slobodan Milosevic,
enfrentado a masivas manifestaciones antigubernamentales, trató de
cerrar los últimos vestigios de medios periodísticos independientes
la semana pasada, inconscientemente gestó una revuelta tecnológica
que podría lamentar pronto.
Decenas de miles de estudiantes, profesores, profesionales y periodistas
conectaron sus computadoras a páginas WWW en todo el
globo.
La emisora de radio independiente -B92-, obligada a salir del aire durante
dos días por el gobierno, usó ese tiempo para comenzar a transmitirse
por vía digital, en serbocroata y en inglés a través
de enlaces de audio de Internet. Y su página WWW comenzó a
reseñar las protestas, que se desataron luego que el gobierno anuló
las elecciones municipales ganadas por la oposición
http://www.dds.nl/~pressnow/
(The New York Times, 8 de diciembre de 1996, p. 1: "The independent
radio station that was forced off the air for two
days by the Government, B92, used that time to begin digital broadcasts
in Serbo-Croatian and English over audio Internet
links. And its web site took over the reporting on the protests, which were
set off by the Government's annulment of municipal elections won by the
opposition) (Ver otras páginas sobre este mismo asunto en http://www.ciec.org/, http://www.cpsr.org/cpsr/nii/cyber-rights/,
http://wired.com/5.04/belgrade
o bien en la lista de correo electrónico listserv@cpsr.org).
Algo intentarán. Por ahora esta es la situación: se ha privatizado
la concesión del registro oficial en Internet, llamado InterNic.
Este está controlado por una empresa llamada Network Solutions, que
a su vez fue adquirida por otra: Science Applications International Corp.
(SAIC), apenas unas semanas antes de que se anunciara la privatización.
Casualidades. SAIC deriva el 90% de los dos mil millones de dólares
de sus negocios de contratos de defensa, seguridad e inteligencia. La junta
directiva de SAIC es como para una novela de espionaje: Bobby Inman, antiguo
jefe de la Agencia Nacional de Seguridad y subdirector de la CIA; Melvin
Laird, ministro de defensa de Richard Nixon; el general Max Thurman, comandante
de las tropas que invadieron a Panamá; Don Hicks, antiguo jefe de
investigación y desarrollo del Pentágono; Don Kerr, ex jefe
del Laboratorio Nacional de Los Álamos. Hasta hace poco pertenecieron
a esa junta Robert Gates, ex director de la CIA; John Deutch, así
como William Perry, el ministro de la defensa de Clinton (Wired, febrero
de 1996, p. 72 http://wwww.wired.com/wired/.
No sé cómo van a hacer para controlar a Internet. Algo inventarán.
Pero dudo mucho que logren más que la Inquisición cuando estableció
el Index.
¿Cómo se puede ser del Partido Republicano? No solo son ignorantes
sino miopes: Hollywood introdujo una demanda para impedir que la gente usara
videograbadores, pero cuando perdió esa acción salió
ganando: hoy Hollywood gana más con la venta y alquiler de videos
que mediante las salas de cine.
La Enciclopedia de Babel
La Britannica no está condenada. Ha comenzado a adaptarse, como harán
las editoriales que no quieran perecer como reglas de cálculo. Comienza
a convertirse en un grande orientador en esta inmanejable Biblioteca de
Babel que es Internet -encontrar el nuevo oficio de librero, de Gran Bibliotecario
del Mundo, el Archivero de la Atenas Global. Aquel amable y sabio consejero,
que en los estantes polvorientos nos orientaba y auxiliaba en la localización
del legajo que buscábamos y nos convenía, será ahora
más sabio, más paciente, más potente y deberá
y podrá estar más pendiente de su oficio desde y hacia cualquier
parte del mundo. La edición de 1996 de la Grolier Multimedia Encyclopedia
en formato CD-ROM entabla vínculos en línea con fuentes informativas
constantemente actualizadas de un servicio privado y limitado: CompuServe.
No está mal, pero mejor será en Internet, que es infinita.
Es un deber. Ya vendrá.
Hugo, Paco y Luis, los sobrinos del Pato Donald, pertenecen a un club
de niños exploradores que posee una enciclopedia infinita: el Manual
de los Cortapalos. Ilimitadamente pequeña porque cabe en un bolsillo
e ilimitadamente grande porque es omnisciente; es como Dios, está
en todas partes y todo lo sabe. Un día, explorando una montaña
arcana a donde ningún forastero había accedido, Tío
Rico, Donald, Hugo, Paco y Luis encuentran a unos indígenas de lo
más ocurrentes, los Gubis, que comían oro y jamás habían
visto a otros humanos que ellos mismos -mucho menos unos patos parlantes,
dato impertinente en el mundo surreal de Disney. Los patos parlantes y pensantes
necesitan comunicarse con aquellos indios, y hallan en el Manual una gramática
y un diccionario completos de la lengua de aquellas apartadas personas.
Hubiera tenido Colón tal manual... Es la irrisión del proyecto
totalizante de la enciclopedia: una ventana sobre la realidad sin intervención
del hombre: ¿quién pudo escribir esa gramática y ese
diccionario de unos hombres a quienes nadie conoce?
La enciclopedia ideal es la que contiene toda la información existente
sobre todo y se escribe a sí misma. La Teoría de la Relatividad
y el incidente del borrachito en el bar de la esquina. Es, insistimos, Dios,
porque conoce todo lo conocible aun antes de ser conocido por mortal alguno.
El Manual de los Cortapalos es su caricatura. Las enciclopedias verdaderas
tienen que seleccionar la información y dar datos fijos sobre realidades
cambiantes. La enciclopedia ideal cambia con la realidad. Es como aquel
mapa del Imperio, que cuenta Jorge Luis Borges, el más genial caricaturista
de todos los tiempos:
...En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía
logró tal perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba
toda una Ciudad, y el mapa del imperio, toda una Provincia. Con el tiempo,
esos Mapas Desmesurados no satisfacieron [sic] y los Colegios de Cartógrafos
levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio
y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio
de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese
dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias
del Sol y de los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas
Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País
no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.
Suárez Miranda: Viajes de varones prudentes, libro cuarto, cap.
XLV, Lérida, 1658 (Jorge Luis Borges, "Del rigor en la ciencia",
in El Hacedor, in Obras completas, Buenos Aires: Emecé, 1974, p.
847).
Para ser exacto tenía que ser del tamaño del Imperio, porque
la reducción a escala es ya, aunque congruente, una primera distorsión
de la realidad. Pero era un mapa estático: no reflejaba los cambios
continuos del tiempo. Su exhaustividad era solo espacial, no temporal. Era
un mapa sincrónico, no diacrónico. Si fuera diacrónico
sería la realidad misma, pero ese mapa perfecto no es útil;
para eso se han desarrollado precisamente los instrumentos del saber, esa
síntesis inteligible de la realidad, a la que debe fidelidad incondicional.
Nuestro conocimiento no debe ser la realidad misma sino una síntesis
de ella, es decir, una distorsión pertinente y útil.
Internet ya comienza a acercarse al mito del Manual de los Cortapalos,
pero sin la caricatura: el reflejo abrumador y revuelto de la realidad,
con sus contradicciones, trivialidades, glorias, complejidades, controversias,
enigmas, miserias y engaños, como una gran Biblioteca de Babel. Pronto
estará todo allí, y el mapa del Imperio terminará siendo
no solo más grande que el Imperio, sino más real, porque Internet,
como todo conjunto de signos, no será un reflejo de la realidad del
hombre, sino parte estratégica de ella, es decir, contendrá
no solo las verdades del Imperio, que son de su tamaño, sino que
tendrá que agrandarse para contener también sus falsedades
y fantasías. No tendrá la forma de un mapa cartográfico,
pero longitudinalmente será su fantasma, su delirio, su estructura
profunda, su manual de instrucciones y su negación, todo junto, incluyéndose
a sí misma. Será una duplicación de la realidad misma
en sí, por sí, dentro de sí y sobre sí.
Los editores de la Britannica son sabios, ya encontrarán la vuelta.
Por ahora está en Internet http://www.eb.com.
Será más fuerte que nunca. Como el libro.
Los signos quietos
La lectura no es actividad obvia. Durante millones de años la humanidad
vivió sin lo que hoy conocemos como escritura. Conocía sí
el ritmo poético, la métrica, que de algún modo ayuda
a inscribir en mente lo que hablamos, porque facilita el recuerdo. El registro
permanente, fuera del cuerpo, fuera de la mente, tampoco fue tarea obvia
y no nació de una sola iniciativa. Fue una deriva que duró
milenios, hasta que se llegó a los alfabetos mediterráneos,
asiáticos y a los medios de registro precolombinos.
La escritura, esa voz sin boca, se instala en lo comercial, pero también
en lo sagrado y en lo legal, que muchas veces son la misma cosa. Lo primero
que se escribe es lo que se ha de recordar: negocio, liturgia, ley. Como
business are business, como los negocios son impersonales, se recurría
a la instancia externa de los signos inertes para dar fe del carácter
objetivo del negocio. Allí se llevaban las cuentas y tal vez los
primeros contratos. La escritura servía para tomar la palabra al
otro: "Aquí dice que tú te comprometiste". Escribir
servía, además, para invocar las entidades superiores; entonces
Dios se dirigía a nosotros por escrito. Moisés hacía
constar en tablas la palabra escrita de Dios, que era eterna, permanente,
precisa, inamovible, como la escritura -lo escrito era prueba de que la
palabra divina era eterna y esta era prueba de que lo que se escribía
era hasta el fin de los tiempos, con la perpetuidad de la piedra o el bronce.
Tan fuertes eran las palabras sagradas que podían horadar la piedra
y el bronce para grabarse allí para siempre. Sin alfabeto no había
Tablas de la Ley. Y, en fin, consecuencia del primer contrato, la escritura
servía para hacer constar las normas comunes que regían la
vida social, eso lo dice lo escrito, de modo que no hay modo de recusarlo,
quia verba volant, scripta manent ('pues las palabras vuelan, los escritos
quedan').
La escritura era constancia, veridicción, de allí el prestigio
de lo escrito, que era lo permanente, lo eterno, lo que trascendía
a la muerte: al individuo y atravesaba y enhebraba los tiempos, Herodoto
no era posible sin escritura, la historia pasó de ser conseja, chisme,
leyenda, mito, terror de los arcanos, para devenir crónica laica,
referenciación independiente. Porque la palabra tiene esa doble potencia:
una sacraliza, fija la palabra de Dios; la otra laiciza, entonces la historia
dejó de ser épica y comenzó a ser la reseña
sin solemnidad de la crónica hasta volverse periodismo, cotidiano
y cordial.
Y fue posible también la ciencia, el saber que se asentaba para
que perdurase, como joya ensartada en la línea de la escritura, que
era sabiduría trascendente en el espacio y en el tiempo. La ciencia
se escribe; la superstición se dice. Cualquiera compra un tratado
de biología molecular; nadie compra un manual de supersticiones en
tanto tales, pues la superstición no osa decir su nombre. Las supersticiones
se oyen, de boca a oreja, sin prótesis sígnicas. No tienen
el privilegio ni el prestigio del signo milenario que nos informa de la
redondez de la tierra o de la estructura química de las gonadotrofinas.
Las primeras palabras escritas, inscritas, en piedra, bronce, pergamino,
papiro, papel, debieron ser mágicas. Leer era volver a aprender a
hablar, cuando el niño descubre un día la magia de decir "agua"
y que le entiendan que tiene sed y le den, efectivamente, agua. Cuando alguien
escribía algo, aquello tomaba el cariz de una proclamación,
de una instancia superior, imparcial, externa, trascendente -inhumana en
suma-, era otro el que hablaba. Escribir era inscribir. Faltó mucho
para que aprendiéramos que "papel aguanta lo que le pongan",
así como descubrimos que cualquiera puede decir misa, que fue averiguación
anterior.
Mahoma respetaba a los judíos y a los cristianos porque tenían
sendos libros. Los llamaba "los hombres del Libro", que en gran
parte era el mismo. Los respetaba porque él mismo tenía uno,
el Corán, que le había revelado el propio Alá en persona,
a él, su profeta. Si no hubiera tenido escritura, hubiera tenido
que inventarla o, formulado de otro modo: Mahoma fue posible porque había
escritura. De otro modo la palabra de Alá se hubiera atascado en
los oídos de unos pocos prosélitos que hubiesen andado al
alcance de la voz de Mahoma. Con libro, en cambio, la palabra de Alá
circulaba por el mundo conocido: los dioses hablaban con la última
tecnología. Ahora hablan a través de Internet, donde hormiguean
todas las sectas. Cristo, dicen, solo escribió unas palabras enigmáticas
en la arena, pero tuvo apóstoles que fueron pródigos en el
manejo de Los signos quietos. Tuvo la misma suerte de Sócrates, que
tuvo discípulos que escribieron sus decires -reales o convenidos-
para que trascendieran el espacio y el tiempo hasta Internet, donde hablan
Platón y hablarán todos los que escribieron y escriben.
La escritura, pues, nos dio comercio de alta mar, religión, ley
y ciencia. Era cosa tan seria que Platón se escandalizaba de ella,
en primer lugar porque sus signos eran demasiado quietos, en segundo lugar,
paradójicamente, porque eran móviles y podían deslizar
las ideas que invocaban hacia personas que no gozaran de los privilegios
bien ganados del saber, como se lo hizo saber a Fedro (Platón, Fedro,
§ 275d, Obras completas (traducción de Juan David García
Bacca), Caracas: Universidad Central de Venezuela-Presidencia de la República,
1981):
Terrible cosa, Fedro, es esa semejanza tan verdadera que se da entre escritura
y pintura que las creaturas de esta preséntanse cual cosas vivas,
mas si se les pregunta algo se callan con grande y venerando silencio. Lo
mismo hacen las palabras escritas: creyeras que entiendes lo que dicen mas
si, con intención de aprender, les preguntas algo de lo que dicen,
indican por signos una y la misma cosa siempre. Y una vez escrita,
toda palabra rueda en todas direcciones, hacia los entendidos exactamente
lo mismo que hacia los que en nada se interesan por ella, y no sabe a quiénes
debe decirse y a quiénes no. Si se la trae a despropósito,
si contra justicia se la calumnia, necesita siempre de paterno socorro,
porque ella de sí no puede ni defenderse ni ayudarse.
La palabra necesita, pues, de marcos institucionales que la defiendan
y la interpreten: academia platónica, liceo aristotélico,
iglesias, sanedrines, partidos políticos, sectas, universidades,
tribunales, registros mercantiles, notarías, bibliotecas, que se
hacen cargo de los signos detenidos. La escritura está, pues, en
el asiento de poder. Quien tiene los escritos en su poder sujeta las palabras
claves que rigen y enhebran su hacienda, su fe, su saber, su legitimidad.
Había, ¡hay!, quienes almacenan los escritos en su mente escolástica,
y entonces se aprenden de memoria los textos trascendentales, los signos
exánimes. Eso les da poder, pues por su boca circulan las palabras
más pudientes. Son las "divinas palabras", preferiblemente
dichas en latín, que es lengua exánime que no se puede conocer
sino por escrito, que nadie platica ya en latín en esquinas, peñas
y corros de comadres. Pero si no son latín, han de ser "palabras
murciélagas", como las nombraba Quevedo, es decir, palabras
sacadas de libros, y entonces se habla de implementar los planes contingentes,
se dice que la contracción del mercado se debe a una inelasticidad
de la oferta, se afirma que los programas residentes tienen conflictos en
la memoria RAM alta, o que a menos que sea abintestatum nadie puede ser
desheredado del todo, pues aún tiene derecho a la legítima.
Son palabras generalmente incomprensibles para quien no ha leído
los libros adecuados, son palabras del poder y cada quien tiene su poder
según su acceso a los libros o a las personas que han tenido acceso
a ellos. Cuentan que el dictador venezolano general Juan Vicente Gómez
era hombre de pocas lecturas y escrituras, pero que sabía muy bien
a quiénes recurrir para que le hicieran las que él llamaba
"escribantinas", es decir, José Gil Fortoul, Manuel Díaz
Rodríguez, Pedro Manuel Arcaya, César Zumeta, José
Antonio Ramos Sucre, Teresa de la Parra... Eran los que sabían de
las escrituras que había que oponer a las de José Rafael Pocaterra
y Pío Gil, que también eran hombres de libros. Por eso había
que ponerlos bajo el resguardo del poder: a unos en Palacio, a otros en
la tenebrosa prisión de la Rotunda, a otros en el exilio, a todos
bajo control. Que tenerlos por ahí callejeros era jugarse el poder
y con eso no se juega.
Más tarde la escritura, que se hacía con letras -con literæ-,
se volvió, precisamente, literatura, y todavía estudiamos
"letras" en algunas universidades, es decir, el dominio de la
palabra escrita con fines estéticos. Primero fue mera transcripción
de las viejas locuciones primordiales, y Per Abat transcribe el Poema de
Mío Cid y así se transcriben romances y consejas. Así
algún copista hizo también con La Ilíada y La Odisea.
Luego fue oficio del mismo escritor, que ya no escriba o scriptor, sino
auctor, auctoritas que se asentaba ante su escritorio y componía
sus propias palabras para contarnos cuentos o dictarse a sí mismo
los poemas de su inspiración.
Finalmente, ahora, la lectura es también intrascendencia: Gaceta
Hípica, prensa farandulera o deportiva, crucigrama, chiste desabrido,
muñequitos de Superman (que en paz descanse), novelitas de relajo
(como llaman los cubanos a las pornográficas), todo lo cual, como
dicen los Rolling Stones y Willie Colón, es periódico de ayer.
Son escrituras que desafían e indignan a los intelectuales, porque
son la negación de la trascendencia de la palabra, que es la esencia
de la escritura, de la cual los intelectuales son depositarios, custodios
y curadores, a pesar de que esa palabra baladí está ahí
almacenada y fijada en las hemerotecas para siempre. Ese es en todo caso
nuestro propósito, to the last syllable of recordèd time,
'hasta la última sílaba del tiempo registrado', decía
Macbeth. O tant que la langue vivra, 'mientras viva la lengua', como decía
Flaubert.
Qué es leer
Leer es, pues, cuando nos recuperamos de la palabra fatua, constatar entidades
altas, trascendentes, monumentales. Figúrense: de Dios para abajo.
Lo que cuenta (comercio), lo que se profesa (religión), lo que se
sabe (ciencia), lo que consta (ley), lo que es bello decir (poesía,
literatura). Leer es comunicarse con grandes mentes, lanzarse cuesta arriba
hacia destinos que recorren tiempos perennes y espacios vastos.
Es entablar una comunión con la humanidad más grande posible,
la que vivió hace miles de años, la que vive al otro lado
del planeta, la que vivirá en el futuro, ese tiempo que nos azora
y nos agobia con su estruendoso silencio. A esa humanidad futura queremos
dejar el testimonio de nuestro expectación, nuestra versión
de la vida para orientarla y para que nos releve en la búsqueda sobresaltada
del sentido supremo. Leer es descifrar y apropiarse de lo más distante,
de lo más compuesto, de lo más ambicioso.
Es religión, en su raíz religio, 'religamiento', 'atadura',
como de naves amarradas a un puerto común. Por eso la religión
es frecuencia autoritaria y mortífera, de pura ansiedad de ver a
los herejes alejarse hacia otros modos de la fe o a los paganos empecinarse
en no aceptar mi convenio con mi Dios, sea el que sea, ese aferramiento
a un sentido grandioso y por tanto irrecusable. Así sean unos pocos
herejes y paganos que persistan en no vivir sin vivir en mí a mi
Dios. He allí la raíz histórica y perpetua de toda
lectura: voluntad de religio total con la humanidad total, entera, integrada
en un religamiento uno y único. Cuando leo me enfrasco en la cópula
completa y definitiva, por eso me alarman y execro los libros que encuentro
falsos, equivocados, porque siento que descaminan a la gran humanidad que
quiero conmigo, para apechugar juntos, sin esa soledad desoladora ante el
vasto silencio del universo, esa máxima crueldad de la existencia.
De allí mi ubérrima alegría ante el libro que hallo
acertado, porque me emparienta en una cópula feliz, definitiva, completa,
con otro espíritu que halló la verdad para mí y para
todos. Me entra esa "gana ubérrima, política" de
Vallejo de amar al que dice verdad, al que luchó y venció
por todos. El libro que hallo verdadero me hace sentirme menos solo.
No importa equivocarse así. Aunque nos equivoquemos en grande
al leer el libro malo y disparatado, lo cierto es que optamos por lo grande
y lo sonoro, lo resonante, lo amplio, lo espléndido, lo magnánimo.
No nos conformamos con ser lo que éramos, como Faetón, como
Ícaro, que quisieron volar con el Sol y hasta el Sol, respectivamente.
Quizás profesemos una doctrina errónea, una teoría
equivocada, un principio descaminado... pero si lo hallamos en un libro
ha de tener alguna grandeza, que compartimos. No perecimos en la esquina
de la cuadra familiar; perecimos en los Mares del Sur, en el Mar de los
Zargazos, en el Yukón, perecimos, sí, pero anduvimos lejos,
como Ícaro, como Faetón. No fue con una idea de sobremesa
que nos equivocamos, con un habla de esquina y bar soñoliento, sino
con índices analíticos, ilustraciones, citas en latín
y en francés y con ideas altisonantes, largamente meditadas. Ahí
está aún intacto el prestigio del libro de papel para respaldar
lo que sea que lo rellene.
Pero... ¿y qué tal si acertamos? ¿Y si el libro
que leemos dice la verdad? Es el enigma de la Biblioteca de Babel de Borges:
en algún libro puede estar nuestra personal piedra filosofal, en
algún pasaje recóndito de los millones de libros ha de haber
un concepto que nos dé vueltas en redondo, que cambie el curso de
nuestra vida o de muchas vidas o de todas las vidas de la humanidad: "Un
fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo", "Dejad que
los niños vengan a mí", "El buen sentido es la cosa
mejor compartida del mundo", "Dios ha muerto", "Españoles
y canarios, contad con la muerte", "Salve, fecunda zona",
"Porque esta gran humanidad ha dicho basta y ha echado a andar"...
Son los grandes decires y los grandes temas, los grandes instantes de lectura
que un día pueden repetirse, quién sabe en qué dirección,
en qué destino definitivo. Y, ¿por qué no?, tal vez
los esotéricos tengan razón, a lo mejor hay una palabra definitiva,
la que encierra la clave de bóveda del universo, tal vez el nombre
de Dios, o del Demonio, o tu nombre secreto y verdadero.
Tipos de lecturas, tipos de lectores
Podemos, pues, leer para informarnos, para distraernos, para conocer la
palabra divina, para comprender la naturaleza íntima del universo,
para saber las noticias de mi tía Serafina, para enterarme de la
vida privada de María Conchita Alonso, para saber desarmar un carburador,
para programar mi computadora, para enterarme de qué me acusan, para
saber si mi amada aceptó, si firmo este contrato, si llorar por María
o reírme de Tartarín, para saber qué hablan los Dioses.
Leer leemos todos, hasta los analfabetas. Pero para ellos leer es cosa "natural",
es decir, no pasa por ningún esfuerzo: no leen letras, pero leen
como leemos todos, como leyó la humanidad iletrada durante millones
de años: leen rostros, apariencias, gestos, vestidos, vestigios.
Nosotros, lectores de signos quietos, sabemos que cuesta trabajo, que
hay que aprender a quedarse inmóvil durante horas, ¡goce insólito
este que requiere de la inercia! Por eso piensan los santos que la lectura
es cosa espiritual, que exige la desmovilización corporal para hacer
reinar sus signos en nosotros. Hay que aquietarse como los signos. El analfabeta
cree que eso es magia, como el indio aquel que se puso una Biblia en la
oreja para oír la palabra divina y la tiró porque no ocurrió
lo que el cura le anunció (John Wilkins, Mercury. The Secret and
Swift Messenger, London: Nicholson, 1707, p. 3-4). Hubo una señora
analfabeta, el oculista le dijo que le iba a poner lentes "para leer",
es decir, para la presbicia de su edad. Al día siguiente se presentó
a devolverlos.
-Estos lentes no sirven, doctor. Traté de leer el periódico
y no entendí nada.
Es anécdota significativa, como la de aquel analfabeto que me dijo:
"No aprendí a leer de muchacho porque no entendí que
una letra le habla a la otra". Tal vez hubiera sido poeta este analfabeto
que discurría con tanta belleza sobre su propia incompetencia -poeta
por escrito, quiero decir, que de puro fetichismo de la letra he terminado
por creer que la poesía es solo letra y tinta.
Pero los lectores pueden ser muy diversos. Es decir, entre el que lee cómo
desarmar un carburador y el que lee cómo despierta el alma dormida,
hay abismos incalculables. Por eso los lectores se clasifican según
sus lecturas: dime qué lees y te diré quién eres. Y
dime qué no lees y también te diré quién eres.
Cierto que podemos leer muchas cosas, pero cierto también es que
nos especializamos en leer principalmente ciertas cosas. Principalmente,
no importa que no sea exclusivamente. Por eso somos abogados, médicos,
curas, poetas, mecánicos. O ignorantes sin afiliación profesional.
Porque siempre habrá no solo un libro, no millones de libros, sino
muchos tipos de libros que jamás leeremos. Sean de termodinámica,
sean de los cultos de Osiris, sean de la historia de algún falansterio
insondable, sean la historia sin fin o el libro que vendrá. Libros
cuya existencia jamás conoceremos y cuya trabazón nos permanecerá
oculta para siempre. Porque leer no solo es recorrer las líneas de
signos quietos de un libro cualquiera, sino entablar su trabazón
con tantos otros y por eso los libros se remiten unos a otros, se hablan
unos a otros, como las letras. Por eso son religio.
Los libros siempre fueron hipertexto porque nunca se conoció un libro
aislado, un libro solitario es impensable. Por eso vivirán sus anchas
plenas en Internet. Es lo que podríamos llamar la triple articulación,
análoga a la doble del lenguaje, primero la de las letras entre sí,
luego la de las palabras entre sí y finalmente la articulación
entre los libros, esas colecciones de palabras, ideas e imágenes.
Porque no se llega a un libro así por casualidad, siempre hay un
itinerario entre libro y libro, por tortuoso y precario que sea, como el
del "poeta malo imprescindible", que decía José
Lezama Lima (José Lezama Lima, La expresión americana, en
El reino de la imagen, Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1981, p. 418. También
en Madrid: Alianza, 1969):
Este poeta malo imprescindible, que asciende hasta una frase, o aportada
palabra, es también hombre aposentado en un solo libro, que
lo vio por todos los días, que sin ser lector, cuando se ve obligado
a lecturas, tiene que marchar hacia ese libro uno, que lo espera, que se
constituye en silencioso monstruo que espera las migajas de un ocio que
le pertenece. Surge de esas casas sin libro, de esa cuartería muy
nutrida de loros, pianos viejos y fundas con letras inexplicables, donde
de pronto asoman ediciones de baratillo de Quevedo, con mitad de chiste
desabrido y su otra mitad para los sueños; un Espronceda para el
suicida y el anarquista, el amargo, el desaprensivo, que se retira de la
insignificancia de todos los días con un pozo para la maldad que
se acumula y se arrincona; un Bécquer que provoca la mariposa y el
pintiparado, las ventanas con tiestos hormigados. Conocemos una persona
casi analfabeta. Nos acercamos por la sorpresa de que portaba un librejo.
Leía dificultoso y como a sílabas, pero ¿qué
es lo que leía? El progreso del peregrino, de Bunyan, edición
gaceta, sin consignar el traductor. El itinerario de este libro hasta llegar
a la analfabeta no mostraba capítulos complicados. Lo había
heredado de una cuñada espiritista también en él casi
analfabeta. El progreso del peregrino, de Bunyan, recostado y apretado en
una biblioteca de tres mil lomillos, puede bostezar y justificar caprichos.
Bunyan había cultivado el difuso espíritu, no el espiritismo,
pero por haber fundado sectas religiosas, cultivado persecuciones,
se le emparejaba en aquel brumoso sector. La cuñada espiritista
cuya muerte tan solo había hecho posible el donativo del libro único,
había llegado a la tesonera sentencia de que "el espiritismo
es la esencia de las religiones". Pero las conclusiones son obvias,
la obra de Bunyan en una biblioteca, naufraga, se entrelaza en un ordenamiento
cultural, donde se diluye. Su único en manos de un silabeo sin rectificaciones,
asciende hasta la sentencia entrañable. Un idiota puede tener un
día genial, y decir buenos días. Pero en ese día él
es confiadamente terrible.
Ese ordenamiento cultural en que se entrelazan los libros ha de ser nuestro
propósito cuando enseñamos a leer al artista adolescente,
al liceísta, al que llega desprevenido al plantel o a Internet sin
saber que tenemos para él esta batería de saberes y de recursos,
para organizarlo como lector, para que se afilie a un mundo de lecturas,
y para que sepa apreciar los sentidos más puros de las palabras de
la tribu. Los que leen sin tener claro ese itinerario, leen en corto circuito
y por eso no entienden nada, pero los libros se hablan y se explican unos
a otros, así como también se ignoran, se niegan y se refutan
unos a otros. Esa gran multitud de voces, ese coro altisonante y a veces
cacofónico nos arrastra de salto en sobresalto desde las cuevas de
Altamira -ese primer intento de aquietar el flujo de la realidad mediante
signos quietos- hasta los procesadores de palabras. Hay en la entrada de
la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela un gran petroglifo
en que algún indígena ignoto grabó signos que nadie
ha descifrado. José Vicente Abreu escribió un texto sabio
y hermoso en que designa a esa enorme piedra como el primer libro de esa
biblioteca, expuesta allí a su entrada para esperar la mirada lúcida
que algún día, ojalá, descifrará para todos
lo que quieren significar esos trazos y los religue al resto del torrente
verbal de la humanidad. Ese libro es indescifrable porque no está
enlazado con ningún otro libro. Ante es roca indescifrada todos somos
románticos.
El futuro es de la escritura. La idea de lo audiovisual en expansión,
que lo abarcará todo y lo ahogará todo en un infierno de televisión
idiota y videojuegos desesperantes no es el horizonte único que se
nos ofrece. La palabra, y la palabra escrita, sigue siendo el destino humano,
que, si no está en el papel, estará ahora en las pantallas
de las computadoras y los terminales. Nunca como en esta época fue
tan necesario leer. Nunca se leyó tanto. Nada más en Inglaterra
se publican cuatro mil novelas nuevas cada año. Se necesita una vida
para leer solo las novelas nuevas que editan los ingleses en un solo año.
En el período de las bibliotecas medievales bastaba que un grupo
de especialistas fuera capaz de leer para que el mundo marchara. Hasta el
rey podía ser analfabeta. Pero hoy, con la expansión del sector
terciario, donde se ubica la producción, circulación y consumo
de información, todo eso está en la escritura. No sabemos
cuánto vivirá el libro de papel, pero sabemos que será
por poco tiempo, y también que no es posible el mundo humano sin
libros, aunque no sean de papel.
Pero ¿por qué tienen que ser libros? Cierto que un libro
es una colección fija de signos quietos anterior al alfabeto, el
papiro, la imprenta, Internet. Que antes de las letras la gente se los escribía
en la memoria. Que todos son libros, desde el volante callejero hasta la
Enciclopedia Espasa. Pero entre uno y otro y por el torrente electrónico
puede haber una miríada de virutas, de limaduras de texto, de invenciones,
de otros modos del verbo y del hacer signos del hombre, que no todos son
libros -como piensan los intelectuales, fetichistas del papel que han hecho
de la inteligencia una estupidez. El hombre es capaz de mucho más
y refugió la poesía y todo decir y casi todo significar en
papel manchado porque no pudo encontrar, hasta Internet, otro modo más
digno y duradero. Pero también hay pintura, fotografía, cine,
tapiz, afiche, mural, ánfora, valla, linterna mágica, sombra
chinesca, mímica, indumento, ceremonia, teatro, ritual, gesto -hay
un mundo de signos fuera del papel. Cada vez que encontramos una nueva tecnología
para montar un sistema de signos, abrimos un nuevo horizonte expresivo,
desde las cuevas de Altamira hasta los multimedia. Unos inventaron el tapiz,
otros el esmalte, otros las pirámides, otros la fundición
en bronce y el tallado de las piedras y hubo uno que imprecó a la
piedra convertida en Moisés: Allora, parla! Fue así como las
piedras aprendieron a hablar. No todo es, pues, libro en la vida. Hay otros
modos y medios de decir y en el campo expresivo ningún lance de dados
abolirá el azar. En la palabra misma hay otras posibilidades, que
ahora vislumbramos, correo electrónico, página WWW, por ahora.
Y habrá mucho más en los multimedia y los diccionarios y enciclopedias
electrónicos. Es cuestión de que la imaginación no
se encierre en libros, que se vuelven cárceles del pensamiento cuando
los fetichizamos. Un libro es un recurso formidable para ampliar el pensamiento,
no una fatalidad, no una condenación inapelable.
La superautopista
El vicepresidente de los Estados Unidos, Al Gore, ha dicho que la actual
política de información es como la que hubo una vez para la
producción agrícola, que se podría en grandes silos
mientras en otros lugares la gente pasaba hambre. Actualmente hay grandes
repositorios de información que no llegan a los interesados. En algunas
áreas, dice Gore, la información se duplica cada seis meses.
Por eso propone llamar exformación esa información sin destino.
No está mal para un vicepresidente (Al Gore, "Infrastructure
for the Global Village", Scientific American, setiembre de 1991).
Internet es la primera institución anárquica exitosa de
la historia. Esta red mundial de redes de computadoras, no tiene gobierno.
No se puede, además. Basta que dos computadoras se conecten para
que armen una red incontrolable. Y en Internet hay cientos de miles más
cada mes.
Paradójicamente Internet surgió como un proyecto del Ministerio
de la Defensa de los Estados Unidos para el caso de un ataque nuclear: necesitaban
una red comunicacional sin centro, modo de seguir operando desde varios
puntos a la vez luego de destruido el comando central. Una institución
anárquica originada en los cuarteles. La dialéctica existe.
Uno puede trabajar en su casa y con compañeros de trabajo que
estén siete en Singapur, dos en Cochabamba y cuatro en Caucagüita.
Las restricciones de inmigración no tendrán sentido en esta
red internacionalizada. ¿Cómo exigirle permiso de trabajo
a un traductor hindú que labora para una empresa en París,
contratado por un intermediario en Haifa, vía Internet? Ello se debe,
además, a que ya la mayor parte de la economía está
vinculada a la información. La manufactura y la agricultura emplean,
juntas, menos personas que las actividades que producen y manipulan información.
Rip van Winkle en 1997
¿Qué tecnologías actuales eran desconocidas para un
Rip van Winkle de la década de 1950? Hagamos el ejercicio,enumerémoslas
apartando aquellas que solo mejoraron superficialmente, como el automóvil
y los enseres domésticos (pasaré por alto los cambios etológicos,
desde los Beatles hasta la minifalda, pasando por la literatura latinoamericana,
la caída -tal vez no por mucho tiempo- del comunismo soviético
y sus empresas filiales y la insumisión de los oprimidos (mujeres,
minorías étnicas, jóvenes). Tales aspectos no forman
parte de este trabajo porque no han sido provocados ni por Internet ni por
sus desarrollos afines):
Anticonceptivos mejorados.Artes gráficas: profusión y calidad
del color. Asistentes personales digitales. Avión a chorro.
Calculadora electrónica. Casetes de audio. Celdas solares para generar
electricidad. Cinta digital de audio (DAT -digital audio tape). Computadora
personal y portátil -las mainframe ya existían. Disco compacto
digital para música (CD) e información (CD-ROM). Fibra óptica.
Fotocomposición y diseño gráfico electrónicos.
Fotocopiadora electrostática tipo Xerox.
Fotografía y pintura digitales. Ingeniería genética.
Láser. Naves espaciales. Pantallas de cristal líquido. Reloj
digital. Robótica.Satélites artificiales,
incluyendo el geoestacionario de comunicaciones. Telefonía celular,
contestadora telefónica y discado directo para larga distancia. Televisión
en colores.Video-tape profesional y videograbador y cámara caseros.
Las demás tecnologías son las mismas que Rip conoció
antes de dormirse -salvo refinamientos y miramientos, casi siempre debidos
a la electrónica:
Alfarería. Agricultura. Ascensores.Automóviles.Cine.Comidas
sintéticas.Conocimientos y técnicas médicos. Electrodomésticos.
Luz eléctrica. Metalurgia. Máquinas de escribir electrónicas.Paños
de vestir sintéticos.Papelería. Plásticos y otros materiales
sintéticos.Producción en serie.Radiodifusión.
Salvo técnicas como los anticonceptivos, el color gráfico,
el avión a chorro y algunas terapias, casi todo lo demás es
función de la electrónica -y aun ellos mismos están
influidos por esa tecnología. En cuanto a otros desarrollos: la ingeniería
genética es aún proyecto esperanzador y aterrador. La energía
nuclear es básicamente la que comenzó en Hiroshima y se fue
haciendo más mortífera y a ratos pacífica durante la
década cincuentona de nuestro Rip hipotético. Los progresos
de las tecnologías no electrónicas son como los del telescopio
de Galileo: sigue siendo el mismo, pero con refinamiento óptico.
De los cuatro desarrollos científicos de esta segunda mitad de siglo
(cibernética, energía nuclear, anticonceptivos e ingeniería
genética -sobre el déficit teórico-doctrinario-deontológico
ante estos cuatro desarrollos tecnológicos preparo un libro, cf.
La ciencia ha muerto, ¡vivan las humanidades!), la cibernética
ha sido la de progreso más acelerado porque ha estado jalonada por
los avances de la electrónica, esa inteligencia de la electricidad,
que es energía, que es masa, que es materia -como el cerebro. El
transistor, los estados sólidos, los microchips han disparado un
crecimiento exponencial del ingenio electrónico hasta llegar a estas
prótesis cerebrales, como las computadoras, que nos asombran primero
y luego nos hacen reír al mirar su estado apenas diez años
atrás, como nos harán reír en un lustro las que hoy
nos extasían. Aunque debiéramos ser nosotros mismos los objetos
de ese risoteo, debiéramos desternillarnos de nuestra ingenuidad,
pero siempre y solo desde hoy, desde cualquier hoy, desde este hartazgo
de asombro cotidiano en que hemos vivido a partir del momento en que Steve
Jobs y Steve Wozniak armaron la primera computadora personal práctica,
la Apple I, allá en su garaje legendario.
La computadora personal ha cambiado el trabajo y promete cambiar la civilización:
ciencia, información, medios de comunicación, narrativa, literatura,
artes, socialización, relaciones personales, vida sexual, comercio,
industria, entretenimiento, ciudades, educación, imaginación,
inteligencia -los medios y modos de todo. El primer paso fue la primera
computadora personal Apple I, el segundo Internet. Lo demás será
ritmo cotidiano enfebrecido.
Internet: provincia latinoamericana.
No es accidental que el primer hipertexto sea latinoamericano: la novela
Rayuela de Julio Cortzar. Ella presenta dos itinerarios de lectura, con
sendos sistemas de conexiones internas. Algo similar ocurre en ltimo round,
del mismo autor. Era el mejor hipertexto que podía hacerse en papel.
¿Qué hubiera hecho Cortázar con un programa electrónico
de hipertexto como HyperCard o Netscape?
La América Latina es la región más universal. En
vez de decir qué culturas se anidan aquí, sería más
fácil decir cuáles no han hallado en este lugar su más
vasto territorio de mutua fertilización. En su música mestiza
se aman todas las raíces en la cópula más cosmopolita
desde que el hombre apareció en las praderas de Kenia. Cuando un
latinoamericano quiere adentrarse en casi cualquier cultura sólo
tiene que mirar hacia dentro. "Homo sum; nihil humani a me alienum
puto", decía Plauto: 'Hombre soy; nada humano considero extraño'.
Podría ser nuestra divisa. Aunque no somos españoles ni africanos
ni indios, sino "un pequeño género humano", decía
Simón Bolívar. Somos más que la suma de nuestras partes.
Europa y los Estados Unidos son provinciales, como ha observado García
Márquez. Los norteamericanos viajan a los lugares más desatendidos
del planeta buscando un McDonald. Habla uno con un francés culto
y fuera de dos o tres nombres universales -Shakespeare, Cervantes, Dante-
no habla sino de escritores y pensadores franceses. En cambio hablas con
un latinoamericano culto y encuentras una encrucijada ecuménica.
Piensa en el mismo Cortázar, en Jorge Luis Borges, en Alfonso Reyes,
en Alejo Carpentier. Nada humano les es extraño. Son intelectuales
universales. Como era un político universal Francisco de Miranda.
Así, podemos especular que tal vez la Internet es una provincia
latinoamericana porque las conexiones que permite asaltan toda frontera
y ubican en todas partes y en ninguna. Normalmente no sabemos si la persona
con quien intercambiamos correo electrónico es rubia, joven, gorda,
afganí. A veces no sabemos ni su sexo. Hay grupos segregacionistas
en Internet, ciertamente, pero no sé cómo pueden impedir que
un judío guasón se les cuele entre los mensajes.
Hay limitaciones, generalmente de carácter económico. Según
las Naciones Unidas http://www.un.org la
mitad de la humanidad jamás ha intercambiado una llamada telefónica.
Según la misma fuente sólo en Italia hay más teléfonos
que en toda la América Latina. Así y todo, el bajo costo relativo
de la Internet permitirá seguramente, que la América Latina
ingrese en ella con toda su fuerza para retomar su carácter de "raza
cósmica", de espacio para todos, para dar a la humanidad lecciones
de humanidad -eso sí: una vez que la América Latina descubra
y asuma esa universalidad, superando sus actuales atascos, que derivan precisamente
de no haber sabido percibir su especificidad que, paradójicamente,
es la universalidad. Perdimos el tren de la Revolución Industrial.
Pero esta vez podríamos conducir el de la próxima aventura
humana. Europa enseñó a la humanidad a ser como Europa; América
Latina puede enseñar a toda la humanidad a ser como toda la humanidad.
Un lugar sin espacio
Las redes digitales de comunicación han producido una implosión
del espacio, ese ámbito físico en el cual se desplazan cosas
y personas y que permite la localización y la contextualización.
Desplazarse en el espacio significa instaurar una relación otra entre
las gentes. Estoy en mi casa o en mi trabajo o en el estadio o comiendo
un perro caliente de esquina. Son lugares que determinan contextos sociales
diversos, lo que implica cambios de cultura a veces radicales, pues no me
comporto en la sala de mi casa del mismo modo que en un bar o en un andén
del Metro. Las reglas que me rigen no son iguales ni lo son las perspectivas
y expectativas que desarrollo cuando estoy en cada uno de ellos. Un lugar,
pues, es un conjunto de condiciones que implican un cambio de personalidad,
esquizofrenia diacrónica y diatópica, porque voy cambiando
de personalidad en el tiempo y en el espacio.
La especificidad de las funciones y papeles obligaron a segmentar el
espacio en lugares impermeables, cada uno con sus propiedades y doctrinas.
Era una de las bases de lo que llamamos cultura o civilización. "Cada
espacio tiene su axiología, su sistema de valores o de medidas particular"
(Pierre Lévy, l'Intelligence collective. Pour une anthropologie du
cyberspace, París: La Découverte, 1997, p. 142). Las funciones
y papeles de los lugares no suelen ser compatibles: prueba llevar un bebé
a una oficina o poner allí una hamaca. Cuando estás en un
lugar ganas sus ventajas pero se te imponen también sus restricciones.
No puedes desnudarte sino en tu recámara privada. No puedes hacer
el amor en la acera sino arrostrando graves consecuencias. La excreción
es igualmente relegada a lugares sigilosos. Las ventajas te expanden unas
facultades mientras las impedimentas te mutilan otras. Todo lugar implica
una pequeña muerte. O grande. Todo lugar nos obliga a abultar parte
de nosotros y a renunciar a casi todas. Aquí eres espontáneo
y allá forzado a todo comedimiento. Las facultades mutiladas se vuelven
potencialidad y a veces impotencia. Conocer a una persona en un solo lugar
es conocerle solo una fracción. Por eso tus compañeros de
trabajo te sorprenden cuando convives con ellos en la cotidianidad de un
día de playa o de unas vacaciones.
Los lugares imponen vestimentas, modales, actitudes, conocimientos. En ellos
cumplimos vidas distintas, al mismo tiempo expandidos y delimitados, hipertrofiados
y mutilados. La cárcel castiga porque fuerza a una sola vida, a una
mutilación radical de casi todo el espectro de tu humanidad. Es el
necrosamiento de la mayor parte de lo que eres o hubieras llegado a ser
y a hacer, sin contar los espantos específicos de esa vida unidimensional.
En ella tu personalidad compleja se dispersa y simplifica en mil amputaciones
que insisten en ignorarse mutuamente. Algunos, sin embargo, prefieren esa
cortapisa y se hacen monjes de clausura, para desarrollar facultades que
la mundanidad impide y suprimir otras que el siglo exige. Otros se retiran
a una casa de playa, donde no hay teléfonos ni vecinos conocidos,
para escribir un ensayo o terminar una novela o pintar un cuadro o escribir
un programa de computadora. Dicen que son "los pocos sabios que en
el mundo han sido". Las vedettes son contrarias: prefieren el panóptico
del mundo y ser observadas en permanencia por la abigarrada multitud, llena
de fisgones espontáneos o profesionales como los paparazzi. Están
en el mundo para ser vistas, reinas de belleza, actores, políticos,
peloteros, que viven de exhibirse y para exhibirse. Su existencia depende
de la multiplicación máxima de las miradas. Otros tienen tal
poder que modifican los lugares que pisan, en vez de lo contrario, que es
lo habitual. Entra Madonna en tu oficina y ese lugar trillado se vuelve
escenario del mundo y te vuelves audiencia, olvidando los papeles y tu papel.
Entra tu persona amada y es lo mismo. El centro de la mesa es cualquier
puesto que el señor ocupe.
Por eso luchamos por el espacio, en guerras, migraciones, invasiones.
Damos la vida por el suelo patrio porque en ello nos va la identidad, que
para los humanos es la vida. Y por eso también las mujeres suelen
disputarse el espacio porque se discuten la convergencia de las miradas.
Una mujer bella produce una polarización de las contemplaciones y
se vuelve centro, sección áurea, celada de voluntades ajenas.
Por eso no hay peor rival de una mujer que otra mujer, porque se disputan
el mismo espacio vital. Hay también hombres que hablan alto para
marcar territorio, igual que ciertos animales dejan el olor de su orina
en su hacienda. Unos son acústicos, otros son bioquímicos.
Se sienten machos así. Mientras más libertades tienes en un
lugar, más tuyo es. Porque en el espacio hay tuyo y hay mío.
Por eso peleamos, a muerte a veces. O con frecuencia. Búscalo en
el periódico de hoy.
El ciberespacio nos inaugura otro diseño, con lugares más
integrados, menos incomunicados. El monitor de la computadora empuña
el mundo, con o sin itinerarios, pero sin espacio, sin desplazamiento del
cuerpo. No habiendo espacio, o mejor dicho, siendo impertinente el espacio,
los lugares se superponen, en implosión. El espíritu corre
solo por todos los lugares sin estar en ninguno. El espíritu se desplaza
resumiendo el espacio a topología pura. El espacio virtual no tiene
dimensiones. En ese espacio anadimensional si tal cosa es pensable
vivimos sumergidos en la totalidad, sin salvedades de pasaportes ni miradas
extrañas que compitan con nuestro dominio del ámbito que recorremos.
Las mentes, como dice Lévy, colaboran en una sola inteligencia colectiva
en donde el individuo guarda la plenitud de sus fueros y comparte sus facultades
con todos. No habiendo dimensiones, la materialidad se vuelve pura virtualidad
y el espíritu ya no vive embarazado por las restricciones de la materia.
La mente no está sujeta a las distracciones propias de su seso y
a las limitaciones del cuerpo. Cuando una mente cesa en su oficio, porque
duerme, se divierte o descansa, otras toman el relevo y siguen alimentando
la inteligencia colectiva.
Ya no importa dónde te encuentras, al otro lado del tabique o del
mundo; lo que importa es la pertinencia de tus cualidades específicas
para colaborar o discrepar, aplaudirse o refutarse, congeniar o injuriarse,
en una tarea común, cualquiera que ella sea.
Pero además no importa lo que estoy haciendo. Ya no tengo que
renunciar a divertirme mientras trabajo, a enamorarme mientras navego, a
escribir poemas mientras programo una computadora, a perder el tiempo mientras
hago amigos a siete leguas o a mil. Y algo mejor aún: puedo emulsionar
esas actividades en una sola integrada de ellas y muchas más. Internet
es una enciclopedia de funciones.
Los lugares ya no me mutilan ni hipertrofian. Ya no hay callejón,
zaguán, comedor, playa, mercado o sala de fiestas. Todo está
en todas partes porque no hay dimensiones que alejen los lugares. Todo es
regional y universal, la comarca es metrópoli y la capital provincia.
La patria es una elección, no un albur involuntario. Si soy eslovaco
puedo leer diariamente la prensa de mi paraje sin aferrar allí mi
cuerpo, o no hacerlo nunca aun viviendo en él porque prefiero los
diarios de Madagascar. O consultar las noticias de mi parroquia sin deambular
por sus plazas y extraviadas capillas. Y desde mi arrabal conocer las del
universo mundo como si fueran murmullos de esquina. Los saberes y sabores
se vuelven plenarios, pues no se fraccionan en regiones desvinculadas. El
proyecto cosmopolita de Marco Polo y de Colón ya está realizado.
Polo comunicó las antípodas y Colón contaminó
las humanidades que no se conocían desde la primigenia diáspora
de Kenya.
Internet realiza plenamente esa implosión de los linajes porque
nadie puede verificar si soy rubio o esquimal o gordo o varón o narizón
o adolescente. Cuando fuera de Internet me juzgan así, o por ingeniero
o por árabe, me juzgan en bloque, masivamente, me muelen en un molde
y filtran mi individualidad. Mi idiosincrasia inconfundible se confunde
en una estadística enteriza que me desmorona. Un ingeniero vale como
otro cualquiera, no importa si lee poesía medieval o come parchitas
sin azúcar o ama ciertos abetos. Es un ingeniero y no se espera nada
más de él en su vida cotidiana. Pero cuando me conocen por
Internet me juzgan exactamente por lo que muestro. En Internet las apariencias
no engañan porque todo es apariencia. Puedo adoptar un alter ego
o muchos al buen tuntún de mis virtualidades. Puedo ser niña
virginal y al otro flanco del monitor Rambo implacable o ancianillo sabio.
Necio. En Internet los llaman avatares, que es lo que son. Todo depende
de mi facultad para trasmutarme y volverme demiurgo de mí mismo.
La esquizofrenia es sincrónica y sintópica porque puedo tener
todas las personalidades al mismo tiempo y en el mismo lugar sin espacio.
Internet es una sana esquizofrenia.
Puedo hacer todo en el mismo lugar, porque todos los lugares se conjuntan.
No tengo que coger autopista, porque todo está allí al alcance
de mi ratón y mi teclado. Puedo, más que laborar, colaborar
con todos, no importa si duermen mientras velo o si no cumplen horario o
tienen carta de trabajo: ya no habrá inmigrantes ilegales porque
todos seremos nómadas inmóviles. Las migraciones no ocuparán
el tiempo histórico sino que ocurrirán en tiempo real, bajo
nuestras narices, en segundos, para asistir a un concierto de los Rolling
Stones en Nepal o nadie tiene por qué saber dónde. Tal vez
ni ellos mismos porque es una retransmisión desde quién sabe
qué lugar o porque es un montaje. O una síntesis de sus imágenes
y sus voces.
Esta implosión del espacio implica un nuevo horizonte de lo concebible,
un cambio de paradigma. El hombre ya no será el mismo. Usar una computadora
portátil, o una computadora de redes, ubicua, es poner la oficina
en cualquier lugar, en la terraza, en el Metro, en la playa. Allí
investiga, se comunica, ama, odia, se divierte, juega, cambia de opinión,
se empecina, reflexiona, aprende, calcula, dice estupideces, favorece a
un candidato, vitupera a un escritor, escribe poemas, compone, pinta, hace
dibujos animados, programa, planifica una obra de teatro, compra y vende
en la Bolsa de Tokio, asume personalidades divergentes, monta una película,
se ríe, fomenta rebeliones, adopta doctrinas, lee El Quijote, se
enamora. Ninguna de esas actividades desplaza u obstruye otras. No solo
conviven sino que pueden integrarse en una sola, enriqueciéndose
todas. El juego y el trabajo dejan de ser incompatibles, puedo llenar un
balance en pantuflas, hablar en piyamas con mi profesor, comprar acciones
mientras compongo un bolero; escribir poemas mientras sopeso un informe.
¿Qué consecuencias culturales, históricas, políticas,
laborales, civilizatorias, sex |