| La
conspiración Diego López
Garrido
Las
resonantes declaraciones del académico Luis
María Anson definen, sin lugar a dudas, toda una
conspiración. El académico seguro que admitirá
el sentido que da el Diccionario de la Lengua
Española a la conspiración: «Unirse contra un
superior o un particular». Los periodistas que
se reunían y concertaban, en el relato de Anson,
lo hacían para acabar con un Gobierno
democrático, porque «no querían que a 40 años
de franquismo le sucedieran 30 de González».
Así, el director de un periódico como Abc, que
apoyó a un dictador no elegido, se dispuso a
conspirar para que el pueblo no pudiera elegir
libremente a quien quisiera.
Lo de la abdicación del Rey, el indulto a
Mario Conde o la llegada de la república lo
atribuyo más a fantasías de charlas de café
que a planes serios que, si los hubo, caen de
lleno en el Código Penal. Pero lo cierto es que,
aparte la megalomanía que destila la
declaración de Anson, conspiración sí hubo:
entre directores de periódico, locutores de
radio y periodistas de influencia considerable.
Fue un verdadero cártel mediático el que se
formó bajo la bandera del antifelipismo. Esto ya
lo sabíamos. La novedad es que, ahora, uno de
sus integrantes lo confiesa, no se sabe bien por
qué.
Para poner las cosas en su sitio hay que
arrancar de aquello que les dio bazas tentadoras
a los miembros del cártel y a sus directos
beneficiarios-animadores políticos (el PP). Se
trata de la actitud irresponsable que adoptó la
dirección del PSOE, frente al estallido de casos
de corrupción y, luego, de guerra sucia contra
el terrorismo. Fue González el que -con ocasión
del caso Juan Guerra- acuñó aquella teoría de
que, hasta que los jueces dictasen sentencia, no
había responsabilidad política que asumir por
medio de declaraciones o dimisiones. Por muy
fuertes que fueran los indicios.
Esta doctrina letal, impropia de las
costumbres parlamentarias, abrasó al PSOE, que
quedó bajo eterna sospecha, convirtió a los
jueces en maquinarias políticas y politizadas y,
sobre todo, abrió un enorme hueco a la acción
concertada de los medios de comunicación más
conservadores y afines a la derecha para
organizar una verdadera estrategia de
destrucción del Gobierno y de su partido. La
metralla la suministró, como sabe todo el mundo,
el tándem Conde-Perote, que vio en esa guerra a
muerte su oportunidad de sacar tajada, hasta
forzar incluso una increíble entrevista en La
Moncloa con González, a través del ministro de
Justicia e Interior, que nunca debió permitirse.
La anterior legislatura fue una constante
tensión felipismo-antifelipismo, que se hizo
insufrible, como si no existieran otras
alternativas a los problemas del país. En ese
esquema participó de lleno el PP, que no tenía
más que ganar, aun a costa de cargarse elementos
básicos de una democracia. Porque una
concertación de tal calibre de medios de
comunicación poderosos es como un acuerdo de
empresas que rompen el mercado libre en perjuicio
de la gente pero mucho más dañino para la
convivencia.
En esa dinámica, desgraciadamente, cayó toda
la izquierda. El PSOE, porque fue incapaz de
salir de la trampa de negarlo todo y negarse a
asumir su responsabilidad en su momento, pagando
justos por pecadores. IU, porque se metió como
un cañón en la estrategia diseñada por el
cártel, situándose en el antifelipismo puro y
duro y haciendo de comparsa de una melodía que
otros compusieron e interpretaron. Alguien
convenció a IU de que el final del PSOE era
inminente. Una locura. Aquí se forjó, con tales
inspiraciones externas, la nefasta teoría de las
dos orillas y de la pinza con el PP. IU, con
ello, estaba cavando su tumba y fracturando su
proyecto.
El resultado es que hoy la derecha gobierna
con casi todos los mass media a su alrededor
(sobre todo la televisión); y la izquierda -que
sumó, a pesar de todo, más votos en 1996- pasa
por un momento muy difícil -PSOE estancado, IU
hundida- que sólo una profunda renovación y
recuperación de estrategias, que hoy brillan por
su ausencia, podría superar.
La conspiración es el pasado. Ya no la
necesitan hoy. Pero conviene tomar muy buena nota
para el futuro, que es lo que nos importa, y
obtener algunas conclusiones:
1. Que a una fuerza democrática no se le
puede perdonar que se aleje de las reglas
democráticas de funcionamiento de un Estado de
derecho arrojando sobre los jueces un papel
político de resolución de responsabilidades que
nada tiene que ver con su función. Ésta es una
herencia de la época socialista.
2. Que los flancos que la izquierda deja
descubiertos facilitan siempre la alianza de los
medios de comunicación más conservadores, y de
otros poderes, para marcar la agenda política
(que la debilidad del PP le impedía elaborar
pero sí aprovechar).
3. Que la concertación política de
periódicos, radios o televisiones es la forma
moderna de presión de los poderes fácticos,
antidemocráticos en su origen y objetivos, y
alejados de la finalidad informativa que se
supone tienen. Hoy, el papel de presión del
Ejército o la Iglesia pueden cumplirlo los
medios de comunicación si, en vez de competir
entre sí, se unen conspirativamente. Se
configuran así como un verdadero poder político
no legitimado.
4. Que, de todo ello, el único que se
beneficia es el que prefiere la clandestinidad o
el anonimato; es decir, los grandes poderes
económicos, sociales o mediáticos privados, el
núcleo duro social de la derecha.
El PSOE no puede decir que no cometió
profundos errores; se ganó a pulso perder las
elecciones. Esperemos que no se dedique a mirar
al pasado para justificar su derrota. El PP ganó
en unas elecciones democráticas, pero la
experiencia conspirativa es un lastre que deberá
soltar, desatando el nudo de la red mediática
que esa derecha hegemoniza asfixiantemente. Las
fuerzas progresistas y los ciudadanos y
ciudadanas deben mirar este episodio del pasado
con mucho cuidado para saber lo que tienen que
hacer en el futuro.
Por último, naturalmente, cabe preguntarse
por qué ha hablado Anson ahora. ¿Aviso para
navegantes utilizando prácticas made in Conde?
Son incógnitas morbosas y sabrosas para el
periodismo de investigación -ese que
supuestamente desarrollaban los voceros de los
papeles de Perote-; pero me parece más
importante sacar otras consecuencias sobre lo que
hay de real en esto, y es que alguien conspiró
contra alguien para favorecer a Roma. Roma
triunfó, pero después resultó que «Roma no
paga a traidores». Y hace bien.
Diego López Garrido es secretario general de
Nueva Izquierda.
El
País Digital, 19 de febrero de 1998
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