Felipe González, Ex presidente del Gobierno

«La conspiración quería eliminar el derecho de la gente a elegir a quien les venga en gana»

Jesús Ceberio

La respuesta del ex presidente González a las revelaciones de Anson se ha limitado hasta ahora a dos apuntes: puesto que en un rapto de honradez Anson ha decidido tirar del pico de la manta, que tire de ella del todo; y no para poner en cuestión el resultado de las últimas elecciones generales, sino para que los ciudadanos conozcan las convicciones democráticas de cada uno.

«La primera incertidumbre que hay que despejar», dice, «es la de los votos de los ciudadanos. No debe vincularse este asunto a las elecciones del 96 ni personalizarse en mí. Esto afecta al Estado democrático, y expreso una vez más mi convicción de que a las urnas sólo se puede desagraviar, cuando llegue el momento, con las urnas. Esto es, con el voto de quienes creen que no se debe primar el juego sucio de quienes están dispuestos incluso a poner en riesgo al Estado democrático».

Pregunta. Pero nada de lo que se ha contado es realmente nuevo. Se sabía todo eso y mucho más antes de las últimas elecciones. La única novedad es que ha hablado uno de los protagonistas de la operación.

Respuesta. Lo espectacular, lo nuevo, es que dicho por uno que estaba allí ahora pueden creer lo que no me creyeron a mí. Yo lo sabía y lo mencioné en varias ocasiones, pero eso no me impidió aceptar el veredicto electoral, y basta ver las imágenes de la noche del 3 de marzo de 1996 para demostrar que lo hice incluso con alegría, a diferencia de lo que ellos habían hecho en el 93. Arenas negó entonces la validez del resultado, y ahora le oigo decir, a él y también a Rato, que queremos deslegitimar las urnas. Una vez más cometen el error de confundirnos con ellos, y cuando digo ellos ni siquiera hablo del PP en su conjunto, porque estoy seguro de que hay mucha gente en ese partido abochornada por todo esto. Sólo en una cosa estoy de acuerdo con lo que ha dicho Pedro J. estos días: la verdad nunca hace daño al Estado. Por tanto, les pido a los que estaban en el juego sucio que digan la verdad, para que conozcamos, palabras de Pedro J., la catadura moral de los hombres públicos, incluido él.

En la gira permanente que realiza estos días Anson por todas las emisoras de radio...

Todas menos una...

Sí, la SER

Claro, porque el juego sucio continúa; porque no hay una respuesta democrática a ese juego sucio. Pero creo que ha llegado la hora de que empecemos a preguntar nosotros. Queremos saber la verdad de lo que hacían, por pura higiene democrática.

Pero el propio Anson ha ampliado el arco de participantes a políticos, financieros, etcétera.

Seguramente no todos han tenido la misma intención y más de uno ha sido utilizado en esta llamémosle operación, por no hablar de conspiración. Todo esto no es más que un conjunto de personas y una serie de medios que perseguían coordinadamente un objetivo. Aunque Anson lo personaliza, el objetivo no es Felipe González, el objetivo es que gane en las urnas «quien tiene que ganar», que el electorado no se equivoque, como escribía el señor Aznar en 1979 recordando la primavera trágica del 36. En un artículo de prensa venía a decir entonces que se equivocaron los que votaron a Azaña, a su Azaña de ahora, y que por eso pasó lo que pasó. Si los que se abstuvieron entonces hubieran votado a quien tenían que votar, cuántos sufrimientos nos hubiéramos ahorrado. O sea, interpreto, el Azaña que ahora admira era el personaje equivocado. Recordaba también las elecciones de Chile, donde los abstencionistas permitieron la victoria de Allende, y luego pasó lo que pasó, porque se habían equivocado a la hora de votar o de no votar. Ése es el sentido que tiene toda esta historia. No se trataba de acabar con Felipe González, podría haber sido otro, como lo fue Azaña en su tiempo; ni siquiera de aupar al señor Aznar, que fue para el que trabajaron. Hubiera valido cualquiera que se prestara a sus propósitos, y Aznar se prestó. Salvadas todas las distancias, Pompidou contaba una anécdota muy ilustrativa. Un amigo suyo, importante hombre de la patronal -no sé por qué se me ha ocurrido pensar en la patronal- le dijo después de haber sido elegido presidente: «Lo hemos conseguido, te hemos ayudado a llegar». Pompidou le contestó: «Tiene usted razón, el candidato Pompidou tiene que darle las gracias por la ayuda que le han prestado, pero el presidente Pompidou no tiene nada que agradecer a nadie».

Esto conduce a un artículo publicado en Abc poco después de las elecciones del 3 de marzo en el que reivindicaba la contribución del propio Abc, El Mundo y la COPE a la victoria de Aznar.

Claro, la cadena de los obispos, la COPE, era clave; también una parte de la AEPI, eso que en tono de broma llamamos el sindicato del crimen: un comando mediático cuya proclamada independencia podemos calibrar ahora. Pero es verdad que, como ha recordado Anson, ése era sólo el frente mediático y que había otros muchos detrás. Por ejemplo, los verdaderos propietarios de El Mundo. Pero no bastan los medios...

¿Quiénes estaban en los otros frentes?

Eso es lo que los demócratas tenemos derecho a preguntar. Si lo digo yo me pedirán que explique por qué lo digo. Hay mucha gente en el último año que siente un poco de bochorno y de vergüenza por lo que ha pasado y pasa. Naturalmente, me dan muchos datos. Pero se devalúan cuando los digo yo, porque inmediatamente reaccionan diciendo que estoy nervioso y que es un problema personal. Por eso prefiero apartarme y pedir a los que estaban en la operación que cuenten lo que hicieron. Porque aquí se va a saber todo, sin faltar nada.

Pero por ahora deberíamos limitarnos a preguntar, para que cada uno se retrate, porque no todos tienen la misma catadura moral. Es evidente que yo no coincido con Anson, pero al menos ha tenido un gesto de honradez diciendo esto. ¿Con qué intención? No me atrevo a juzgar sus intenciones. Simplemente no coincido con él ni con su valoración de las reglas democráticas. Sería una monstruosidad decirle a Kohl, que lleva desde el año 82, que es un peligro para la alternancia y que habría que poner en cuestión incluso al Estado alemán para quitarlo. O a Pujol o a Fraga... Yo no coincido con ese código moral, por llamarle de alguna manera. Por tanto, me parece inmoral con la democracia y con el Estado de derecho, pero a pesar de todo reconozco que Anson tiene un código, interpretado desde su propia visión del país. Para él lo permanente es la monarquía y digamos que la democracia le parece menos sustancial. Pero tiene un código. Pedro J. no lo tiene. Por eso sería bueno que nos contara la verdad que él conoce y que no ha contado; que cuente la verdad de sus relaciones con ETA desde el 88, que todavía mantiene; que cuente quién grabó a Adolfo Suárez cuando era presidente, quién le dio la cinta para publicarla y llevarla al propio Suárez. Son preguntas fáciles de contestar: por qué le dijo que era una operación nuestra contra Suárez, cuando él sabía que no teníamos ni idea de la existencia de la grabación...

Puede argumentar que un periodista está obligado a mantener el secreto de sus fuentes.

Yo no estoy hablando de sus responsabilidades como periodista, sino como conspirador. Responderá como quiera, pero él sabe que yo le estoy diciendo dónde tiene su punto débil: en eso y en sus relaciones con HB, ETA, la señora Gurruchaga. Que cuente lo que ha hecho, porque yo no quiero que mi país esté en manos de un personaje de esas características en temas que afectan al Estado.

Pero tampoco parece que Ramírez sea el personaje clave.

Una de las cosas curiosas que ocurre en esta historia, a diferencia de lo que podría considerarse la trama del 23-F, que tampoco fue una conspiración hasta que estalló, es que entonces había una jerarquía, había un número uno, dos, tres, etcétera. Aquí no era exactamente así. Esto era una especie de convoy en marcha que en distintas estaciones incorporaba nuevos clientes para esta concertación de voluntades. Nunca ha quedado claro, ni siquiera hoy lo está, quién era el número uno. Porque son tan soberbios y vanidosos que todos se consideran número uno y como tal quieren ser premiados.

En ese convoy hay también eso que en la jerga clásica algunos llamaban compañeros de viaje. Como Antonio Romero (ex diputado de IU) y su jefe, que cuando agitaron la cinta de Suárez dijo en seguida que era obra del comando Rubalcaba. ¿Estaba enterado el compañero de viaje de lo que pasaba? No lo creo. Ni él ni su jefe. Si me equivoco, que lo digan. Esas prácticas continúan. Por eso ahora vemos que Pedro J. advierte a Mayor Oreja que él es quien es y le publica lo que ningún otro periódico. Por supuesto no se equivoca publicando nada contra Álvarez Cascos. Como dice el Evangelio de San Marcos, y perdone esta incursión de un laico en la moral católica, pero quiero que me entiendan los que están en esa clave: «Quien tenga oídos para oír, que oiga». ¿Es que vamos a seguir sin enterarnos?

La explicación de Anson y la de otros es que no hubo tal conspiración, sino una coincidencia de propósitos.

Eso lo explica mejor Anson. Hay que reconocer que siendo académico de la Lengua la conoce mejor. Es verdad que era una conjunción de medios personales y materiales para conseguir un objetivo concreto, que según dice Anson era derrotar a Felipe González, porque no le iban a «aguantar 30 años después de haber aguantado 40 años a Franco». Es decir, lo mismo da por las botas que por los votos. Esta manera de razonar puede darnos la orientación de lo que querían. Naturalmente los otros lo niegan, y aseguran que lo hacían para que resplandeciera la verdad. Creo que Anson tiene razón y que está claro que jugaron sucio, pero también puedo aceptar la otra explicación. Puesto que han contribuido a investigar una parte de la verdad, según ellos, yo les pido que ahora respondan a las preguntas para que se sepa toda la verdad, porque eso sí será una verdadera contribución a la limpieza democrática. Por tanto, siguiendo el argumento de Anson, que es el de verdad, o éste que han manejado cínicamente los del sindicato y sus compinches , los ciudadanos tienen derecho a conocer toda la verdad : quiénes eran y con qué medios contaron a lo largo del recorrido del convoy.

¿Qué parte de sus memorias ocupará este episodio?

No mucha, porque esto está dentro de la lógica de nuestra historia. Ha sido un comportamiento habitual de determinados grupos reaccionarios, que no quiero por otra parte confundir con la generalidad de un partido como el PP. Lo que a mí me sorprendió en cualquier caso es que este tipo de actitudes no se hubieran superado después de veinte años de experiencia democrática. Ni siquiera me llamaba la atención que hubiera tirones involucionistas en el 78, en el 81 o incluso en el 85. Pero pensaba que habíamos superado esa pulsión histórica que lleva todavía a algunos grupos a pensar que el voto sólo tiene sentido «para evitar males mayores», según Aznar, y cuando les beneficia a ellos. Aznar lo expresaba claramente ante las elecciones del 79; por lo tanto ésa es su filosofía. Lo que dice Anson en sus declaraciones es perfectamente coherente con lo que escribe Aznar en sus artículos cuando estábamos en un momento dificilísimo de la democracia, tan difícil que el golpe del 81 fue un intento de frenar el acceso al poder del partido digamos equivocado. El error de las urnas que diría Anson. Pero en una democracia los únicos que tienen derecho a equivocarse, incluso votando a estos señores, son los electores. Y eso está por encima de los partidos. Lo único que pretendo es alertar para que no se prime a los que practican el juego sucio.

¿De qué forma influyó esta coalición negativa en su decisión de abandonar la secretaría general del PSOE y no volver a ser candidato a la presidencia?

De ninguna forma. Pero me gustaría que esta defensa del Estado democrático, que me importa más que una alternativa de partido o de personas, esté desvinculada de cualquier lucha por un sillón. Que nadie pueda pensar que lo hago por una ambición personal. Mis ambiciones las tengo colmadas, pero quiero ayudar a los ciudadanos de mi país a consolidar aquello que me importó toda mi vida: la democracia. Por eso Anson y los suyos se equivocarán de nuevo pensando que hay una táctica detrás de esto. No, en términos militares hay una estrategia, y muy de fondo: la defensa del Estado democrático frente a los que no creen en el derecho de los ciudadanos a elegir a quien les venga en gana. Ésta es la esencia de la democracia. Es el Estado democrático del que hablaba Paco Tomás y Valiente lo que están cuestionando.

Las ideas de Aznar

Felipe González hace mención en la entrevista con el director de EL PAÍS a un artículo escrito por José María Aznar en 1979. Se trata de un texto publicado el 23 de febrero de ese año en Nueva Rioja, bajo el título La lección de la historia, y que incluía, con el epígrafe Lo que nos jugamos, los siguientes párrafos:

«Ocurre, sin embargo, que en las próximas elecciones nos jugamos mucho más que el nombre del futuro presidente del Gobierno. Tal como está redactada la Constitución, los españoles no sabemos si nuestra economía va a ser de libre mercado o, por el contrario, va a deslizarse por peligrosas pendientes estatificadoras y socializantes; si vamos a poder escoger libremente la enseñanza que queremos dar a nuestros hijos o nos encaminamos hacia la escuela única; si el derecho a la vida va a ser eficazmente protegido, si el desarrollo de las autonomías va a realizarse con criterios de unidad y solidaridad o prevalecerán las tendencias gravemente disolventes agazapadas en el término nacionalidades, y así un sinfin de trascendentales temas, cuyo desarrollo dependerá del equilibrio de fuerzas políticas que surja el próximo día primero de marzo. En determinadas ocasiones, la abstención puede estar justificada. Incluso dar el caso de una abstención beligerante como en el pasado referéndum constitucional. En estas elecciones la abstención puede resultar catastrófica para la democracia y para la sociedad española entera y verdadera. Piénsese en las elecciones de febrero de 1936, que con un índice de abstención del 30% propiciaron lo que más tarde se llamó 'la primavera trágica', que no fue, a su vez, sino el preludio de una gran tragedia nacional. Piensen aquellos que se sienten atraídos por ideales nuevos, y por soluciones moderadas y reformistas, en los demócratas cristianos chilenos descansando en Viña del Mar mientras la izquierda, como por otra parte nunca dejó de hacer, votaba en masa y aupaba al poder a Salvador Allende. ¡Cuántas desventuras podría haberse ahorrado el pueblo chileno si en aquella ocasión quienes no lo hicieron hubiesen cumplido con su deber!».


El País Digital, 18 de febrero de 1998

 

 

 

 

 



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