| Bille
August: Director de Cine «La
melancolía es la esencia de la identidad
escandinava»
Miguel
Mora
Jerusalén
es un viejo sueño de Bille August. En 1988,
cuando rodaba Pelle el conquistador, se enamoró
de una obra «que ponía en juego todas las
grandes cuestiones de la vida». La novela, dice
desde Londres en conversación telefónica, «es
un sutil tratado de moral y de ética. Todo el
mundo puede equivocarse, a veces incluso de forma
desastrosa, pero el amor nos da siempre la
oportunidad de reconciliarnos».
Inspirándose en ese lema tomado de la novela
de la escritora sueca Selma Lagerlöf
(1858-1940), Premio Nobel en 1909, August narra
el alucinante viaje desde una aldea sueca hasta
la Ciudad Santa emprendido a fines del siglo XIX
por 40 granjeros suecos a los que embauca un
predicador evangelista de verbo apocalíptico.
Pero la historia, de tres horas de duración,
«es, más que una película religiosa, una
epopeya amorosa, de un relato sobre el poder
universal del amor y la necesidad de sentirlo».
En segunda instancia, la película refleja el
inmenso poder manipulador de la religión, «que
llega a ser terrorífico cuando afecta a gente
que vive en ambientes culturalmente pobres».
«Lo importante, de todos modos, es que aquellos
hechos sucedieron en 1896, y un siglo después
las cosas parecen iguales», prosigue August.
«Algo pasa con los finales de siglo, la gente
empieza a ser muy vulnerable y sensible, hay una
gran falta de fe en la política y más necesidad
de líderes fuertes y religión. En esas
condiciones, resulta muy fácil manipular. Es un
momento muy peligroso».
Fanatismo
Los personajes de Jerusalén se convierten en
bloque a un fanatismo sin alternativa. Pero el
director y guionista fija su mirada más allá,
en los deseos más íntimos de cada uno de ellos.
Y así teje una película que parece coral, pero
que es a la vez profundamente intimista, extraña
mezcla de momentos dramáticos, fantasía y
contención narrativa. «No sé si sigo la misma
línea de Dreyer, Bergman y Von Trier. Me
considero buen amigo de Bergman y soy colega
íntimo de Lars. Pero, aunque tratemos los mismos
temas, me parece que los vemos de forma
distinta».
August sabe que hay espectadores que sienten
rechazo por ese tipo de cine que bucea sin
bombona en el interior del hombre. Y sabe
también que, jugando con las emociones, se corre
un riesgo enorme: atravesar la línea de la
profundidad poética, caer de bruces en el
maximalismo puro y duro. «Si me enamoré de esta
historia es porque es un drama que se apoya en
las relaciones entre diversas emociones. Pero
sólo me interesa contar cómo hace la gente las
cosas, no por qué las hace. Cuando hago cine en
Escandinavia, procuro respetar todo lo que puedo
la identidad escandinava. La melancolía profunda
es la esencia de esa identidad, y yo no quiero
cambiar eso. Es lo más importante. Aunque no
deja de parecerme triste que haya gente que
considere ese tipo de cine como arte y ensayo, y
aunque sea muy triste que eso reste público y
distribución. Pero tal vez es, simplemente, que
la gente se ha vuelto perezosa y prefiere pensar
poco».
«Vivimos en un mundo que respeta cada vez
menos al hombre como criatura espiritual y
emocional; y es importante para mí, cada vez
más, hacer este tipo de películas», ha dicho
August, aunque eso no le ha impedido realizar dos
incursiones hollywodenses que no duda en
calificar de «comerciales». La casa de los
espíritus (1993), adaptación de la novela de
Isabel Allende, y Los miserables, que se
estrenará en mayo en Estados Unidos, con Liam
Neeson y Uma Thurman. «En Hollywood es todo
blanco o negro. No hay matices. La primera
experiencia fue muy dura y difícil, pero
aprendí mucho: a lidiar con los compromisos que
impone el estudio, con las estrellas, con esa
mentalidad del target (diana comercial) que no
admite condiciones. Soy consciente de lo que he
hecho y asumo la responsabilidad».
En el compacto reparto de Jerusalén destaca
sobre todos la mujer del director, Pernilla
August, actriz teatral en sus inicios, niñera
Maj en el último filme de Ingmar Bergman, Fanny
y Alexander (1982), y protagonista de Las mejores
intenciones, con la que logró el premio a la
mejor interpretación en Cannes. También
reaparece el viejo fenómeno Max Von Sydow, en un
breve y asombroso vicario tolerante, pero el
descubrimiento es sin duda Maria Bonnevie, actriz
noruega de 22 años que hace su debú con
Gertrud, un personaje intenso, bañado en
primeros planos, idas y vueltas, dudas, fortaleza
y delirio. Su belleza de ángel fascinó a
August: «Hicimos un casting con 500 actrices y
sólo hizo falta verla para elegirla. Es una
mujer única, un ser profundo, maduro e infantil
a la vez».
El
País Digital, 19 de febrero de 1998
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