Un año sin el pequeño timonel

Alvaro Sierra

Deng Xiaoping es el autor de la más grande revolución que haya vivido el gigante asiático desde que Mao Tse Tung se tomó el poder en 1949. Y su invento, la 'economía socialista de mercado', puede palparse en la mayor parte del país tanto en sus grandes logros como en sus enormes contradicciones. Una mirada a la vida y la herencia de Deng.

Esta mañana, frente a mi casa, colgaban un cartel: "Ming Hu Restaurant", anunciando uno más en las docenas de miles de menudos negocios familiares con que uno se tropieza a cada paso en Beijing. Cartelito modesto, pero clave para entender la importancia de un señor que se murió hace un año y sin el cual no habría ni una nueva China, abierta y dinámica, ni sus contradicciones.

El siglo veinte en China está ligado a dos nombres: Mao y Deng Xiaoping. La estatura política de este último, que no llegaba a un metro con cincuenta, es incuestionable: Deng alentó una transformación que surtió en la China contemporánea un efecto casi tan cataclísmico como la revolución de 1949 sobre la China milenaria.

Abrir al mundo el país y la cultura más cerrados. Abrir al capitalismo la economía más férreamente comunista luego de las orgías colectivizadora del Gran Salto Adelante y represiva de la Revolución Cultural. Recuperar, con la tesis "un país dos sistemas", Hong Kong y Macao. Restablecer relaciones con los Estados Unidos y con la Unión Soviética. Lista parcial de las cosas que hizo Deng desde que llegó a la cúspide en 1978.

¿Cuál es el símbolo de Deng Xiaoping? ¿Shenzen, la urbe ultra-capitalista de cuatro millones de frenéticos empresarios chicos, medios y grandes, creada, como tantas otras zonas económicas especiales abiertas a la economía de mercado y la inversión extranjera, por orden suya? ¿O las imágenes de los tanques y el ejército aplastando la protesta democrática de Tiananmen? Difícil decir quién es más legítimo hijo suyo, si el señor de enfrente de mi casa que, como millones de chinos, puede ahora poner un negocio con el que incluso soñar era mortalmente peligroso hace veinte años, o el disidente que la cárcel mantiene, como hace veinte años, todavía en silencio. Contradicción que parece haber presidido toda la vida del "pequeño timonel".

Hombre de contrastes

En 1978 Deng fue el primero en enviar 480 estudiantes chinos a formarse al extranjero (desde entonces 270 mil han salido), y reprimió intelectuales al término de la campaña de las Cien Flores.

Empezó comprando tres aviones Boeing en el 78; hoy hay 145 mil empresas extranjeras que emplean a casi 18 millones de chinos. Revolucionó la agricultura, acabando con las comunas, y la economía, introduciendo la iniciativa privada, en cuyos 29 millones de negocios labora hoy casi el 11 por ciento de la fuerza laboral. Y cuarenta años antes de morirse ya era secretario general de un partido cuyo poder absoluto él mismo se demostró dispuesto a preservar por cualquier medio.

Una vida dura

Deng fue el último de la vieja guardia comunista en morir. Y el primero de una nueva generación. Su vida no fue fácil. Le tocaron los tiempos de clandestinidad, la Larga Marcha, varias purgas y grandes cataclismos que signaron la revolución China: el Gran Salto Adelante, las Cien Flores, la Revolución Cultural, la Banda de los Cuatro.

Su hijo quedó inválido luego que los Guardias Rojos lo obligasen a tirarse desde un cuarto piso. Durante la Revolución Cultural, a Deng lo pasearon con sombrero puntiagudo, lo confinaron en solitario dos años y lo pusieron a reparar tractores.

En el 73 fue rehabilitado. En el 76, otra vez purgado. Un año más tarde, volvió al poder, para quedarse.

Su relación con el mundo, que empezó a considerarlo importante sólo en 1974, cuando llevaba más de 40 años jugando un papel clave en China, es igual de contradictoria. Abrió a China pero presidió la invasión a Vietnam. Viajó a París cuando tenía dieciséis años, pero la segunda vez que salió a Occidente había cumplido setenta.

Igual fue su relación con el poder. En 1987 abandonó sus cargos, conservando la poderosa presidencia de la Comisión Militar Central, que sólo dejó en 1990. Desde el 94 dejó de aparecer en público. Pero hasta que se murió fue el jefe supremo de China.

A imagen y semejanza

La China moderna luce como su contradictorio creador. Se ha revolucionado, pero se conserva. La calle bulle de negocios individuales y carteles de publicidad. El Partido mantiene su poder. Una generación nacida en la nueva China presiona desde abajo, no con demandas políticas directas, sino con su propia iniciativa económica. Los extranjeros son bienvenida fuente de dinero. Y de males inherentes al capitalismo, como el vacío moral y cultural o el culto a la riqueza.

Se edifica y se consume con frenesí. Pero con la reforma ha crecido el desempleo, el cual amenaza volverse una bomba de tiempo. No reinan el terror ni el culto a la personalidad pero el Partido sigue tan único como hace veinte años. Y la gente escéptica de que el régimen quiera combatir con seriedad la corrupción que lo atraviesa. Con la apertura, la tradicional autosufiencia china está cediendo terreno a caprichos del mercado mundial y presiones económicas o líos ambientales típicos del crecimiento.

Para un veredicto final sobre Deng -como sobre China- hay que esperar. De todos los líderes del siglo veinte -y lo vivió casi completo, de 1904 a 1997- Deng Xiaoping es quizá la figura más contradictoria. No sólo desde 1978 sino toda su larga vida actuó convencido que no había contradicción entre libertad económica y autocracia política. Eso, en suma, es el celebrado "modelo chino", es decir, la China moderna. Cuyas contradicciones internas apenas están en desarrollo.

Dentro de 20 años, cuando los comunistas chinos puedan decir "en este país capitalista seguimos mandando nosotros", o cuando se afiancen quienes eventualmente los reemplacen, entonces se sabrá si Deng Xiaoping fue, o bien un visionario que acertó con las necesidades de su sociedad, o bien un autócrata que sólo logró unas décadas más de tiempo para un régimen de todos modos inviable. De este hombre, grande a todas luces, no se puede, por ahora, hacer otro balance.


El Tiempo de Bogotá, 19 de febrero de 1998

 



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