La mano en el bolsillo vacío

Omar Enrique García-Bolívar

Se veía venir. Los precios del petróleo podían caer y las finanzas de un país como Venezuela iban a ser duramente afectadas. Muchas voces lo anunciaron, y llovieron propuestas coyunturales y estructurales. Nadie le paró, mucho menos el gobierno. Pero los precios del hidrocarburo negro cayeron y la administración anuncia que para solventar la merma en los ingresos, va a hacer varias cosas peculiares: no pagará deuda, incluida lo que es con los venezolanos, y nos meterá la mano en el bolsillo.

En realidad ante una reducción de ingresos lo sano sería reducir los gastos. Perfecto. El problema es que el Estado Venezolano se ha convertido en un aparato que recolecta dinero y paga deudas. Los Estados de los países desarrollados gastan en seguridad, solución de conflictos, protección de fronteras, educación, salud e infraestructura. Cuando esos Estados deben reducir sus gastos tratan de no afectar esas áreas, y cuando es ineludible recurren a mecanismos de gerencia pública en los cuales cogestionan con el sector privado.

En Venezuela hace rato que el Estado no gasta en ninguna de las funciones típicamente estatales. Por arte de magia, las funciones que los liberales más radicales del mundo le asignan al Estado, en este país han sido privatizadas de hecho. Entonces, ¿ cuáles son los gastos que va a reducir el Estado Venezolano? No lo sabemos. Porque si lo que se pretende es reducir la inversión pública, ya esa era bien raquítica: 1% del PIB. Y además, sin inversión en el sector petrolero, por ejemplo, habrá menos ingresos.

Si lo que pretende el gobierno es dejar de pagar la deuda, entonces estamos en problemas, domésticos y en el extranjero. Porque si no se paga la deuda pública laboral arde el país, y si no se paga la externa, quedamos aislados del mundo.

Pero hay más perlas: cobrar más impuestos. ¡Mon dieu! En un país donde más o menos 65% de la economía depende de una u otra forma del petróleo, ¿ cómo se puede pretender cobrar más impuestos cuando los precios de ese producto han caído?

Además, si el sector privado no produce riqueza porque el Estado ocupa la mayor parte de la economía y porque el Estado no garantiza el derecho de propiedad, cobrar impuestos es igual a meter la mano en el bolsillo vacío de una persona.

¿Qué se ha debido haber hecho? Varias cambios estructurales. Nada de "pañitos de agua caliente". Una, por ejemplo, surgió del propio gobierno.

Se trataba de la creación de un fondo de estabilización macroeconómica. Los excedentes de ingresos petroleros se destinaban a un fondo que debía ser utilizado en casos como estos. Algunos pensábamos que la solución, aunque buena en teoría, podía ser negativa por la imposibilidad de utilizar esos ingresos para fines eminentemente estatales; y porque no resolvía el verdadero trauma: la presencia omnipotente del Estado en la economía. Sin embargo, con todo, la propuesta tenía sentido y hubiese ayudado en una situación como la actual. Pero la propuesta no pasó de ser eso. El propio gobierno no quiso utilizar su fuerza política (su concubinato con AD) ni sus argucias jurídicas (suspensión de garantías o ley habilitante) para crear el fondo en cuestión.

Otra propuesta más estratégica consiste en convertir a los venezolanos en capitalistas. Ideas como pago de deuda laboral con acciones de PDVSA, repartición de acciones de las empresas públicas entre los venezolanos y democratización petrolera apuntan en ese sentido. En todo caso, la intención es diversificar la economía, hacerla menos dependiente del petróleo y más competitiva. En un escenario de diversificación económica, de capitalismo competitivo y de menor dependencia del petróleo, el que suban o bajen los precios del petróleo no es tan importante. Serán los productores de riqueza quienes, a través de sus impuestos costearán los gastos del Estado.

Hoy la preocupación del gobierno es la caída de los precios del petróleo, mañana puede ser el descubrimiento de un sustituto energético del petróleo, o el desarrollo de vehículos con motor hidráulico, o que los ambientalistas tengan el control político de los países desarrollados. La lección que hay que aprender de todo esto es que no podemos ser tan dependientes del petróleo. Los precios pueden subir nuevamente el año entrante, pero lo que ha quedado claro es que el negocio petrolero cada día se vuelve menos predecible y más riesgoso. Los caminos que tenemos abiertos son como siempre dicotómicos: seguir en el mismo esquema y en la incertidumbre del subdesarrollo o dar el paso hacia la diversificación económica y todo el fascinante proyecto de construir un futuro próspero.

Tomar el primer camino y esperar que los gringos invadan a Iraq para vender más caro el petróleo, no sólo es inmoral, vulgar y macabro, sino que puede resultar tan bueno como ganar el bingo en un barco que se hunde.


Economía Hoy, 19 de febrero de 1998


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