La crisis de Irak

Humberto Calderón Berti

En el transcurso de estos días los medios de comunicación han venido informando sobre la agudización de la crisis planteada por Irak al negarse a que los funcionarios de las Naciones Unidas inspeccionen algunas instalaciones en el territorio iraquí donde se presume que el régimen de Saddam Hussein mantiene materiales para la fabricación de armas químicas y bacteriológicas.

Si lo que se dice es cierto, no hay duda que ello constituye una amenaza para la paz de la región y una clara violación a las decisiones de las Naciones Unidas y a los compromisos adquiridos por Irak, a raíz de la derrota militar sufrida por este país en 1991.

Para el momento de escribir esta nota (15/2/98) todo pareciera indicar que en cuestión de horas, o días, debe producirse el ataque por parte de Estados Unidos y sus aliados, que ahora son mucho menos que en 1991. Esta situación se ha tornado en algo recurrente por el error cometido, y ahora reconocido, por el Presidente George Bush al no permitir que sus tropas avanzaran hasta Bagdad y derrocaran a Saddam Hussein, un dictador desalmado que ha subyugado a su pueblo durante más de 20 años.

No tienen los Estados Unidos frente a sí una situación fácil. Para derrocar a Hussein sería necesaria una invasión terrestre, cosa que aparentemente está descartada por los momentos. Si el ataque se produce por el aire será una acción punitiva parcial y la historia volverá a repetirse al permanecer el dictador iraquí, aunque debilitado, con una cierta capacidad perturbadora en la política regional del Medio Oriente.

El resurgimiento de la crisis en Irak ha coincidido con una importante merma en los precios del petróleo, lo cual tiene una significativa influencia en las finanzas públicas venezolanas y en la situación económica global del país. De allí que mucha gente está esperanzada en que la crisis del Medio Oriente detenga la caída de los precios y revierta la situación de desconfianza que se ha generado en el país.

No deja de ser lamentable que un país tenga sus esperanzas puestas en un conflicto armado para recuperar la confianza perdida. Todo esto se presenta por la crónica imprevisión como son manejadas las finanzas públicas venezolanas. Durante los últimos años el mercado petrolero, y los ingresos producto de las exportaciones, han superado con creces las expectativas.

Tanto en 1996, como en 1997, ingresaron al país más de 3.000 millones de dólares anuales por encima de lo estimado, sin que el Gobierno tomara la previsión de mantener una cierta reserva para atender necesidades cuando el mercado petrolero se pudiera debilitar, caso por lo demás bastante frecuente, habida cuenta de la gran volatilidad con que suele comportarse. Lamentablemente, los recursos fueron quemados en atender básicamente el gasto corriente, lo que evitó que buena parte de los ingresos se utilizaran en programas de inversión para mejorar la maltratada infraestructura educativa, hospitalaria, de servicios públicos y de educación con que cuenta el país.

Nadie puede afirmar que lo que está ocurriendo en el mercado petrolero internacional se veía venir a comienzos del último trimestre de 1997. Todo lo contrario, lo que se vislumbraba era un mercado petrolero sólido y en franca expansión. La caída de los mercados financieros asiáticos, un invierno demasiado benigno en el Hemisferio Norte y una producción petrolera por encima de lo esperado han debilitado los precios y han ocasionado que de unos pronósticos optimistas del futuro económico inmediato nacional se haya pasado a una realidad signada por la desconfianza que se observa por la arremetida contra la divisa extranjera que ha originado una importante disminución de las reservas internacionales y una seria amenaza contra la estabilidad de nuestra moneda.

Lo que no luce racional es que el país esté esperanzado en la crisis iraquí como remedio a nuestros problemas económicos internos. Hay varias razones que nos mueven a mantener esta postura. Si el ataque llega a producirse, como es de esperarse, el efecto sobre el mercado, si no se afectan las instalaciones petroleras, como es de suponerse, será mínimo y más de naturaleza psicológica que por causas reales. Por otra parte, si el conflicto toma otra dimensión, como podría ser un ataque iraquí a Israel y este país ahora gobernado por un primer ministro de la línea dura, como lo es Benajmín Netanyahu, repele a los mismos, entonces podría originarse una reacción del mundo árabe, aun los países conservadores tal como sucedió a raíz de la guerra del Yom Kippur, en 1973, y surgió el embargo petrolero a algunos países industrializados.

En cuanto a Venezuela concierne, existen dos frentes que son necesario atacar. El primero se refiere al problema del gasto público, básicamente su naturaleza. La verdad es que uno corre el riesgo de volverse fastidioso, y hasta cansón, al repetir hasta la saciedad la urgencia que Venezuela tiene de avanzar en la reestructuración y redimensionamiento del Estado, que permita canalizar los recursos en la solución de los problemas que más apremian a la sociedad venezolana. Si esto no se hace, de una vez por todas, y dentro de un programa que permita su ejecución gradual, se toma el riesgo que buena parte de los inmensos recursos que habrán de ingresar al país como resultado de la Apertura Petrolera corran la misma suerte de los casi 300 millardos de dólares que han ingresado al país por concepto de las exportaciones petroleras en el transcurso de los últimos 20 años.

El otro aspecto está referido a la ejecución de los planes de la expansión petrolera. Dentro de los ajustes presupuestarios se le ha exigido a Pdvsa un recorte en el presupuesto de gastos cercano a los 800 millones de dólares. Algunos podrían pensar que estos recortes están referidos a gastos corrientes que por razones de austeridad es necesario efectuar. Pero no es así. Buena parte de los gastos están orientados al mantenimiento del potencial de producción y cualquier recorte en los mismos afecta la capacidad de la misma, de manera que algún efecto habrá de sentirse. Otro tanto podría ocurrir si esta situación, que es definitivamente coyuntural, origina algunas dudas sobre los planes que habrán de ejecutarse dentro de los próximos años. Si esto sucede y se plantea una reducción importante en las inversiones que habrá que realizar en el transcurso de los proximos años se estaría cometiendo un grave error que de alguna forma se pagará en una disminución de la capacidad de producción programada y del importante nivel de ingreso que se espera recibir.

No nos dejemos influenciar por los nubarrones de naturaleza pasajera que hay en el firmamento petrolero.

Apartado postal 2081. Caracas, 1010

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El Universal Digital, 19 de febrero de 1998.


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