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Alarma electoral Diego Bautista Urbaneja Cunde por allí una suerte de alarma electoral y se olfatea con cada vez mayor fuerza que algo anda mal en ese terreno. Hay tanta tela que cortar aquí que uno no sabe por dónde empezar. El espectáculo del CNE Está, por ejemplo, el espectáculo de la escogencia de los miembros del nuevo organismo electoral, el CNE. Lo que todos hemos visto es una actitud cicatera y calculadora de los partidos que se han dado en llamar tradicionales. Filtros, negociaciones, exámenes con lupa de los antecedentes políticos y las actuaciones recientes de los nombres que se han barajado, para calcular al milímetro sus posibles inclinaciones políticas. Se pregunta uno dónde está entonces la tan cacareada voluntad de renovación. Se pregunta uno con qué poder y autonomía van a actuar los miembros que al final se nombren, si han sido filtrados por un proceso tan maltratador y condicionante. Como me lo decía uno de ellos: 'si esto es antes de nombrarme, ¿cómo será después?' Se pregunta uno si no van a llegar esos señores a ocupar, con la mejor buena voluntad, el copito de un organismo cuyas otras estructuras van a quedar casi intactas. Pruebas de la verdad Es en esas cosas donde se demuestra la voluntad real de llegar a acuerdos de verdad, en torno a avances concretos. Del resto, un papel con puntos programáticos comunes lo firma cualquiera. Ya habrá pretextos para salirse de la suerte. Lo que importa son las conductas, y lo que se ha visto en torno a este episodio de prueba deja muy mal parada la capacidad de los partidos tradicionales de poner en juego sus intereses inmediatos. El rumor, apresuradamente desmentido por los involucrados, pero que todo el mundo sintió como perfectamente creíble, de que se estaban negociando puestos en el CNE por puestos en la Corte Suprema nos indica qué tipo de pactos son los que en realidad están dispuestos algunos a firmar. Los acuerdos que valen la pena se producen de otra forma en la Venezuela de hoy. Hemos visto, por ejemplo, el caso de la importantísima Asamblea Nacional de Educación que se realizó hace algunas semanas, gracias al esfuerzo de Leonardo Carvajal y su valioso equipo. Allí, sin necesidad de pactos ni firmas, el pensamiento vigente del mundo educativo venezolano se reunió, debatió y encontró precisos puntos de consenso que cualquier programa de gobierno sensato deberá incorporar a sus propuestas educativas. No como producto de una coincidencia verbal entre los partidos, sino como producto de una elaboración genuina de los docentes del país. Aumentando la brecha Forma parte de lo mismo la lentitud de la organización electoral. La nueva ley supone un cambio muy radical en la composición de las mesas electorales, que a su vez supone un esfuerzo muy grande para instruir y seleccionar a los docentes y los estudiantes que según la nueva reemplazarán a los representantes de los partidos. Está además el asunto de la automatización y la adquisición de las máquinas necesarias para ello. El proceso de inscripción de varios millones de nuevos votantes. La difusión de la información sobre cómo votar, acto que la nueva ley complica bastante. Todo se viene encima y no se ve que las cosas marchen con la celeridad y el sentido de la urgencia que corresponde. Uno que otro ya habla de la posibilidad de que las elecciones no se puedan realizar. Eso siembra una desconfianza general que, como todo el mundo sabe, es un eficacísimo ahuyentador del votante hacia los terrenos de la abstención. Este es a lo mejor el objetivo inconfesado, implícito, o como lo quiera cada quien llamar que está detrás de tanta dilación y de tanto forcejeo aparente. Todo ello aumenta la brecha que hay entre los partidos que se nos muestran de esta forma, y la ciudadanía que aspira a un proceso electoral más transparente. Pero en el corto plazo afianza el control electoral de lo que queda como electorado. La separación de las elecciones En reacción al corri-corri y la improvisación que asoman en el horizonte es que se ha planteado la separación de las elecciones para Presidente y Congreso, por una parte, y gobernadores y alcaldes, por otra. Es una manera de simplificar y hacer más manejable un proceso electoral que, tal como está previsto en la ley, podría resultar excesivamente complejo. Es una propuesta que debe ser tenida en cuenta y, por lo menos, puesta en depósito y a la vista. Lo recomendable es hacer el mayor esfuerzo posible para cumplir lo que la ley prescribe, es decir que las elecciones sean simultáneas, pero con la disposición de separar las elecciones si, llegado cierto momento que se determine como un plazo último, se constata que lo práctico y prudente es proceder a la separación. Práctico y prudente puede llegar a ser, pero será siempre triste, por llamarlo de manera algo tierna. Siempre se ha sabido que, según la ley, las elecciones deben ser simultáneas, que van a ser complicadas, que hay que prepararse, si de verdad se le quiere transmitir a la ciudadanía confianza y respeto por las elecciones y la política. Pero todo ocurre como si lo que estuviera trabajando en el fondo son los intereses de poder de unos partidos que se resisten a soltar el mango de una sartén cada vez más caliente. Allá ellos. E-mail Factor@Cantv.Net. El universal Digital, 19 de febrero de 1998. |
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