Precios e ingresos petroleros

Alvaro Silva Calderón

Muy recientemente una tendencia sugiere que los ingresos nacionales pueden garantizarse con la sola elevación de los volúmenes de petróleo vendido, sin aumentar los precios y, al contrario, pensando en que precios bajos permiten competir y obtener mercados. Conforme con esa orientación, la política actual del Gobierno no tiene a la defensa de los precios del petróleo como cuestión prioritaria y sí a la expansión de la producción.

Es, sin embargo, imposible ponerse de espaldas a la realidad, la cual muestra que el descenso de los precios del petróleo compromete los ingresos de los países productores y, además, genera incertidumbre y trastornos en sus presupuestos, en su planificación y en el nivel de vida de sus habitantes.

Por eso una política que olvide la defensa de los precios carece de un pilar fundamental. Por ese olvido los precios pueden tender, en un descenso incontrolado, a límites precarios, ante lo cual no habría volumen de petróleo que pudiera garantizar la compensación de los ingresos perdidos por tal descenso. En todo caso, se crearía un inmenso desperdicio, el venderse grandes cantidades de petróleo a precios viles.

Siempre serán bienvenidos los aumentos de precios petroleros, sólo que, para su debido aprovechamiento, hay que administrarlos bien, que es otra cosa.

Restar importancia a lo que está pasando actualmente con los precios del petróleo y esperar corregir sus efectos con futuros aumentos de producción, luce como la actitud del avestruz, que con la cabeza enterrada en la arena quiere ignorar la tormenta.

Se ha pretendido también que la formación de los precios del petróleo se da espontáneamente por la actuación de las fuerzas del libre mercado. Esta no luce ser la verdad. Tales precios aparecen a lo largo de la historia fuertemente manipulados. Al comienzo, por las grandes empresas cartelizadas o integradas trasnacionalmente, con la vigilancia o la anuencia de los grandes centros industriales consumidores. Y posteriormente, aunque con menor eficacia, por los Estados productores o sus organizaciones.

La intencionalidad de quienes intervienen en las actividades petroleras predomina en la formación de los precios sobre los elementos exógenos, que todavía algunos quieren ver como hechos fatales que determinan dichos precios.

Tales eventos no tienen una automática o correlativa repercusión en los precios y, en ocasiones, en medio de severo invierno o de un conflicto bélico, los precios no suben en la proporción imaginada o se producen efectos contrarios.

Esta situación se ha notado especialmente después de la creación de la Agencia Internacional de Energía (AIE), hecho acaecido como una reacción a la tendencia planificadora de producción y precios por parte de la Opep.

A esta tendencia le fue opuesta una planificación por los consumidores, quienes han concertado una planificación energética que les produce ahorros de sustancias y les evita los altibajos que la abundancia o la escasez circunstancial de petróleo puedan producir sobre la oferta o la demanda.

Esta política de los consumidores parece haberles dado mejores resultados que a los productores sus tentativas, tal vez por el subdesarrollo o la desunión de éstos, que han actuado dentro de la Opep o como independientes de ella, mirando más sus particulares intereses inmediatos o de corto plazo y pensando con preferencia en arreglos bilaterales con los consumidores, antes que en los permanentes intereses colectivos de los productores.

Venezuela sufre, como el resto de los productores, un bajón en los precios del petróleo, con los efectos en nuestro presupuesto y en nuestras condiciones de vida que todos sentimos y que no podemos corregir superando la cuota de producción que nos tiene asignada la Opep y que tampoco en el futuro hay seguridad de corregir con la esperada producción de más de seis millones de barriles diarios para comienzos del siglo inmediato. Por el contrario, esa producción sugiere una lucha por mercados y un abandono de la planificación de Opep que ninguna certeza de buenos precios e ingresos petroleros puede augurar.

El presente cuadro hace recordar la situación de los años alrededor de los 60, cuando las compañías petroleras fijaban a su arbitrio los precios del petróleo, más como valores de transferencia para sus casas matrices que como reales precios de mercado, lo que originó reparos fiscales, la creación de la Comisión Coordinadora para la Conservación y Comercio de los Hidrocarburos, la Opep y por último la fijación unilateral de los precios del petróleo con fines fiscales. Fórmulas éstas que sin duda alguna fueron por lo menos correctivos, sin los cuales la tendencia a la manipulación de los precios por las compañías petroleras hubiera sido mucho más dañosa para la Nación.

Creemos que en la presente circunstancia debe mirarse hacia esos antecedentes e intentar retomar el camino abandonado de negociar pluralmente la fijación de precios razonables para el petróleo, de manera que se garantice al mundo un suministro estable del producto y se eviten las intempestivas o imprevistas oscilaciones de precios, que son negativas para la planificación y la vida, tanto de los países productores como de los consumidores.


El Nacional On-Line, 19 de febrero de 1998


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