Internet: ¿jungla o jardín?

Antonio Pasquali

Acomienzos del siglo XVII, el mundo se vio enfrascado en un conflicto comunicacional no tan disímil de los nuestros, sobre un fondo de invariables motivaciones: poder y comercio, principales contrincantes: el imperio sobre el que nunca se ocultaba el sol, España, y los pequeños Países Bajos, dueños a la sazón de la flota mercantil más grande de la Tierra. Motivos: el manejo de las comunicaciones marítimas, con el codiciado Caribe de epicentro problemático. ¿Debían pactarse prioridades y reglamentos en la materia, o acatarse el principio de una libérrima navegación, con la ley del más fuerte como ultima ratio ? Durante un par de siglos, galeones imperiales, corsarios y piratas debatieron el problema a cañonazos sobre la mar océano y aledaños (la terrible 'visita' de Morgan a Maracaibo es de 1668). Pero en el plano conceptual, las respectivas posiciones quedaron muy pronto definidas por dos gigantes del pensamiento filosófico-jurídico de la época: el español Francisco Vitoria y el holandés Hugo Grocio (autor en 1609 del celebérrimo Mare Liberum, matriz de todas las doctrinas posteriores del Free Flow ). Inspirado en aquella confrontación de poderes forja Vitoria, primero entre todos, la noción de jus communicationis, y

dos siglos antes de Kant_ conceptualiza con prodigiosa perspicacia la hoy llamada 'mundialización' ( totus orbis... una republica est ). Buscando argumentos para su bando, Grocio da cuerpo por primera vez al Iusnaturalismo en Derecho, nada menos. Período, pensadores y obras que requerirían un merecido e iluminador rescate.

Nuestra pesetera época ya no dispone, para comprender sus enredos comunicacionales, de pensadores del calibre de los Vitoria y los Grocio. La muy áspera batalla de los años de las décadas de los 50 y 80 acerca de los MCM, (básicamente protagonizada por funcionarios gubernamentales gendarmes de la Guerra Fría), puso en evidencia que de los filósofos que habían marcado la época o que aún vivían: Husserl, Russell, Heidegger, Sartre, Ortega, Gramsci y Lukaces, entre otros, (con la luminosa excepción del grupo de Francfort) ninguno había aportado la menor luz al ingentísimo tema de las comunicaciones. Hoy, el debate sobre Internet se está llevando a cabo a nivel aún más bajo (e incluso sin la falsa grandeur de los solemnes principios invocados durante la Guerra Fría) entre jueces no necesariamente expertos en la materia, zorrunos 'ciberguerreros' representantes de los fuertes intereses involucrados, y anónimos funcionarios de organismos reguladores, con presidentes, jefes de Estado y directores generales de OIG, soltando de vez en cuando alguna barrabasada.

Lenta, pero felizmente, la manipuladora época de la unidimensionalidad radio-televisiva llega a su término, en coincidencia con la conclusión del período II Guerra Mundial/Guerra Fría. Más que profetisa anunciadora, la tela de araña Internet, (todo un símbolo de la Post-Guerra Fría) devuelve sus fueros reales al diálogo bidireccional, e impone sus reglas del juego a la interactividad y multimedialidad de mañana, con un potencial de movilización, democracia cognoscitiva y relacionalidad dialogal bien superior al pequeño porcentaje explotado en la actual fase bodeguera. El que Internet llegue a ser un hermoso y florecidísimo jardín público en que todos podamos pasearnos con seguridad, o una jungla de lobos, salteadores e itinerarios incómodos o inseguros, es un problema bien superior a los 'contenidos' de los MCM debatido en los últimos cuarenta años.

El contencioso Internet es complejo y aún en formación de perfil: a) la capital cuestión impositivo/aduanera relativa a sus transacciones comerciales; b) en qué manos quedarán los controles finales e intermedios de la red; c) qué tribunal de última instancia legislará en la materia; d) el problema del libertinaje en contenidos racistas, terroristas y pornográficos; e) la piratería electrónica, son apenas los capítulos esenciales del dossier. Pero la suerte está echada: el dilema jardín o jungla quedará despejado (esperémoslo) en confrontación abierta entre los Estados Unidos (58 millones de internetistas) y Europa (37 millones). El 8 de julio de 1997, en la Conferencia de Bonn sobre Redes Mundiales de Información, los representantes de 29 países europeos expresaron 'su conformidad en cuanto al rol motor que corresponde a las empresas privadas, y su disconformidad en relación al rol que quiere asumir los Estados Unidos' ( Le Monde, 11-07-1997).

¿Qué reprochan esencialmente los europeos a los norteamericanos? Leyendo fino entre las líneas de los textos diplomáticos, lo siguiente:

_El rol asumido por su Corte Suprema, al rechazar el 26 de julio pasado el Communication Decency Act aprobado por el Congreso; una forma de legislar sobre Internet. Resultado: 'el ciberespacio es la nueva tierra de la libertad. No habrá barreras en Internet: ni a la porno, ni a las teorías más subversivas. La red es una reserva protegida de la libertad de expresión'. ( El Universal, 27-07-1997). Sabido es que ningún juez norteamericano de Corte Suprema que no sea suicida osaría interpretar restrictivamente la Primera Enmienda, el tabú supremo. Pero ese es un problema interno. Internet fue vendida al mundo como una red sin centros ni amos ni contralores. Al tratarse de un sistema global e igualitario, las Cortes Supremas Nacionales debieran abstenerse de legislar en la materia, pues al hacerlo se arrogan de facto el papel de Cortes Supremas Mundiales;

_El rol oficialmente adoptado por la Casa Blanca de impulsora de una Internet concebida como una red telemática libre de impuestos y de todo control gubernamental, terreno de libre competencia para la nueva economía virtual (del discurso de Clinton del 1-7-1997) en el Framework for Global Electronic Commerce , con un solo e irrenunciable control en manos del Gobierno USA: de ser el único depositario de las claves de acceso a los códigos criptográficos de comercio electrónico (razón oficial: para luchar contra la criminalidad). Una vez más: tampoco en materia impositiva puede decidirse unilateralmente.

El último episodio, por ahora, lo constituye la reunión a puertas cerradas del llamado G8 Informático, en diciembre pasado en Washington, entre los ministros de Relaciones Interiores de los ocho países más ricos (una noticia de la mayor importancia que la información 'veraz' de agencia prefirió no darnos a conocer). La red es de todos, pero corre el riesgo de volverse tierra de nadie, enfatizó la anfitriona Janeth Reno. Un Plan de 10 puntos (legible en las corresponsalías europeas del 3-01-1998 en Internet ) permitirá luchar más eficazmente contra las siguientes formas de la cibercriminalidad: pedofilia, tráfico de droga, lavado de dinero, espionaje industrial y estafas electrónicas (robo de cartas de crédito y piratería informática, principalmente). Si son rosas, florecerán.

Correo electrónico: anpasqu@ibm.net


El Universal Digital, 19 de febrero de 1998.


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