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Los perdedores de la historia Ramón Piñango La historia parece acelerarse en ciertos momentos. Es como si todo comenzara a cambiar rápidamente. Vivimos uno de esos momentos. Cuáles son los signos de cambio? Son muchos y diversos; pero hay tres particularmente notorios: La aparición de nuevas figuras que, con fuerza, retan el viejo y otrora poderoso liderazgo, el desconcierto electoral de los grandes partidos y la irrupción de nuevos movimientos políticos. Son signos agradables para unos y desagradables para otros, pero revelan que está ocurriendo algo distinto, tan distinto que los analistas lucen confundidos, cautelosos y hasta temerosos. Lo que más confunde y crea temor es lo impredecible de la dinámica social cuando el cambio se hace evidente. Un clima incierto es siempre motivo de ansiedad, para decir lo menos. Por eso, no es sorprendente que en estos días uno escuche con frecuencia interpretaciones ingenuas o simplistas, que reflejan peculiares concepciones de lo que son las sociedades humanas y su historia. Por ejemplo, parte importante de las elites se quejan de que la popularidad de nueva figuras es típica de la irracionalidad con que muchos analizan los problemas del país y sus posibles soluciones. Una vez más, argumentos de esta naturaleza reflejan la vieja costumbre de cierta dirigencia de acusar a los venezolanos -su cultura y manera de pensar- de ser la causa principal de los males del país. Y una vez más deja esa dirigencia de preguntarse por qué la gente anda buscando nuevas figuras, nuevas voces, nuevos estilos que por lo menos luzcan diferentes. Parte importante de la elite política y social expresa su preocupación por el crecimiento de la popularidad de un Chávez, pero pocos se preguntan qué es lo que ha provocado que un Chávez sea atractivo para muchos. Cuando digo ``un Chávez'', me refiero a un tipo de persona, a un tipo de discurso que la gente anda buscando y no a una persona específica llamada Hugo Chávez Frías, cédula de identidad xxx. Esa persona, su liderazgo, su fuerza política, es hechura de la gente. Hay que preguntarse por qué la gente crea o inventa determinados líderes. Poco se gana con andar acusando a la gente de irracional. Es bueno recordar lo que debería ser obvio: La historia no es racional ni irracional, es un proceso social. La historia, en ciertos momentos, puede ser sorprendente, desagradable, ingrata, injusta, insondable e incomprensible. Todos estos rasgos son inaceptables para los ingenuos hijos de esta época en que todavía predomina una visión cientificista o racionalista del mundo, cuando muchos creen que el destino de las sociedades humanas es planificable como un viaje a la Luna. Las almas racionalistas siempre son las más sorprendidas por la historia. Nada de lo dicho aquí significa que no hay razones para preocuparse. Al contrario, debemos preocuparnos y estar atentos a los acontecimientos, porque tampoco podemos ser víctimas paralizadas del determinismo histórico. Pero preocuparse no implica calificar de ``irracional'' lo que no nos gusta. Sólo un ser sobrenatural, capaz de colocarse fuera de la historia y juzgarla con criterios absolutos, puede atreverse a usar tal calificativo al examinar el curso que toman las sociedades humanas. Y sólo los mejores políticos son capaces de compenetrarse con el devenir de una nación para influir en su destino. Que las cosas no acontezcan de acuerdo con nuestras preferencias nunca puede ser razón para despreciar, calificándolos de inaceptables, determinados procesos sociales. Quien incurra en tal desprecio estará condenado por la historia a ser un eterno perdedor, una pobre víctima de los acontecimientos. El Nacional On-Line, 19 de febrero de 1998 |
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