El karma petrolero

César Baena Airut *

El fin de milenio parece estimular las creencias en el poder de los cristales, la astrología, las flores de Bach y el karma. El karma puede ser positivo o negativo. Todo depende de cómo lo llevemos. El petróleo es, sin duda, nuestro karma. Desde que Los Barrosos 2 entró en erupción en 1922, el petróleo irrumpió en nuestras vidas para quedarse. Qué político ha logrado evacuar del todo el tema de su discurso? Qué intelectual que se precie como tal no se ha pronunciado, directa o indirectamente, sobre el tema? Aunque la gran mayoría de los venezolanos no haya visto nunca una gota, el petróleo está tan presente en nuestras vidas como pueden estarlo las reservas internacionales, las tasas de interés, la deuda externa y los astros.

Al petróleo hemos apostado todas nuestras cartas. Lo hemos visto como la panacea para todos nuestros males. Ahora constatamos que las ambiciosas expectativas iniciales han resultado en meros desencantos. Detallar los síntomas de la odiosa "enfermedad holandesa" que produce en los países la explotación y producción de grandes volúmenes de petróleo equivale a poco menos que desahuciar al enfermo: sobrevaluación de la moneda, excesivo crecimiento del Estado y de su nivel de gastos, tendencia al endeudamiento, reducción del aparato industrial, inflación, baja competitividad, y, como última aflicción, pésima distribución del ingreso. El engranaje funciona solo, aceitado por el elemento que lo genera. Tan tenaz es el padecimiento que ni países como Noruega, Reino Unido y Holanda (que, reacia, sirvió de inspiración a esa patología) han sido dispensados. Los efectos varían según el grado de diversificación de la economía, las instituciones de la sociedad y las políticas implantadas para hacer uso de la renta petrolera. En Venezuela, entre lo incipiente de lo uno y lo errado de lo otro, los estragos han sido mayores. Pero tampoco sería justo compararnos con los países árabes, que sólo tienen cuatro gatos de población y cuyas empresas petroleras se dedican a las inversiones financieras en el extranjero, poniendo gran distancia a los ingresos de la renta; y todo ello sin un Congreso al que rendir cuentas.

Nuestro regocijo es supremo cuando aumentan los precios del petróleo. Recibimos de brazos abiertos cualquier conflicto (en especial si ocurren en el Golfo Pérsico) que haga subir los precios del petróleo. Bienvenido es Hussein, niño rebelde del orden económico mundial, cada vez que obstaculiza la visita de los inspectores de la ONU, porque sabemos que así se acerca más la posibilidad de un conflicto en el área. A ninguno de sus vecinos, ni a Venezuela, le conviene que Irak entre al mercado con sus niveles anteriores a la crisis del Golfo en 1991, casi 3 millones de barriles diarios (b/d). Por el momento, Irak exporta escasos 500 mil b/d dentro del programa "comida por petróleo" permitido por la ONU.

Pero ay de nosotros cuando los precios bajan. El desespero y los recortes presupuestarios se convierten en la orden del día. Echamos pestes de nuestra dependencia del petróleo y vemos nuestro futuro tan negro como él. El Niño (no confundir con el niño rebelde de arriba), fenómeno climatológico, hasta ahora no ha hecho sino templar el invierno en los países consumidores. Al otro lado del mundo, los países asiáticos (llámense ex-tigres) han desacelerado sus envidiables niveles de crecimiento; por lo cual han decidido seguir con lupa los movimientos de sus balanzas de pagos, reduciendo los montos otrora destinados a las importaciones de petróleo. Incluso tomando en cuenta los aumentos de demanda de crudo de China y la India, el continente asiático consume en la actualidad 500.000 b/d menos de lo pronosticado.

Por otro lado, la oferta de petróleo no ha hecho sino aumentar. Entre 1996 y 1997 los países de la Opep incrementaron su producción en 1.156.000 b/d (quién dijo cuotas?). A su vez, la producción en áreas fuera de Opep creció en 1 millón b/d. Pdvsa ha comprendido bien esta ecuación y ha prometido duplicar su producción hasta alcanzar un volumen de más de 6 millones b/d para comienzos del próximo milenio. De una cosa podemos estar seguros, y es que nuestro karma continúa: seguiremos siendo un país petrolero. Nos queda como aliciente la posibilidad de aprender de los fracasos y aprovechar los logros del pasado, y poner en práctica la imaginación para hacer de nuestro karma un elemento realmente positivo. Porque el petróleo, ya lo hemos visto, da para todo.

e-mail: cbaena@iesa.edu.ve


El Nacional On-Line 17 de febrero de 1998


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