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El primer paso en el desarrollo de la textilería debió inspirarse en la observación de una modalidad del comportamiento animal, como la confección de nidos y otros refugios "tejidos". A esto se unió el ingenio del hombre, puesto en la satisfacción de sus necesidades básicas, como protegerse del sol, del viento o de la lluvia.

Sin embargo, cualquier afirmación sobre los orígenes de la textilería es difícil de sustentar, pues la humedad y acidez de la tierra dificultan la sobrevivencia de productos textiles en condiciones que no sean ideales. Las evidencias arqueológicas de su existencia sólo se encuentran en lugares sumamente secos o áridos.

Aunque en nuestro país no se hayan encontrado muestras de textilería arqueológica, sabemos de su existencia por el hallazgo de instrumentos de trabajo tales como agujas de hueso y piedras horadadas, que sirvieron de volantes de huso para el hilado del algodón, ampliamente cultivado en muchas regiones del país, según se lee en las anotaciones de escritores, cronistas y viajeros, quienes atestiguaron la variedad de sus usos y técnicas de manufactura.

Haga click para ampliarAsí mismo, la milenaria observación de sustancias tintóreas da cuenta de una suerte de química muy antigua, destinada a colorear los hilos que conformaban trama y urdimbre de telares rudimentarios, en los que nuestros indígenas confeccionaron mantos, chinchorros y otros géneros textiles. Como bien observó Fray Jacinto Carvajal, los naturales pobladores de los Llanos hacían ovillos de primoroso hilo de algodón, inmensas madejuelas de cabuya delgada, mochilas y paños tejidos. Así mismo, muchos de los pueblos que habitaron las regiones bajas y de tierras calientes, utilizaron telas de origen vegetal, como la "marima" (Antiaris saccidora), la corteza del coco y otros libros naturales. Los españoles reconocieron esa destreza y habilidad.

Por esto, muy pronto introdujeron los complejos telares europeos de lizos y pedales, y el uso de lana de ovejas traídos de Castillo. Entre 1546 y 1549, Juan Pérez de Tolosa, Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela, fundó la primera industria de telares y tejidos en la ciudad de El Tocuyo. Hacia finales de 1605, ya se producían en Mérida, Trujillo, Coro y Barquisimeto, alfombras de lana y telas de algodón de muy buena calidad. De las alfombras merideñas todavía se conservan testimonios materiales: éstas se hicieron en telares de alto lizo, colocando los hilos en la urdimbre verticalmente, siendo una particularidad del tejido de alfombras de esta región, el uso de un nudo sencillo, no doble como el de las alfombras persas y turcas.

Haga click para ampliarEn los primeros años de lo Colonia, las telas traídas de España eran escasas, pues la industria textil de la metrópoli no alcanzaba a cubrir las necesidades que estos pueblos demandaban. Esta circunstancia permitió el desarrollo del tejido artesanal, sobre todo en aquellos lugares en los que ya existía una tradición de tejido prehispánico, lo cual ocupó, como era previsible, la mano de obra indígena en tareas de limpieza, desmonte, recolección, hilado y tejido de algodón y otros libros, como la cocuiza (Furcraea foetida) que crecía en abundancia en El Tocuyo y en el Valle de Quíbor. Durante el siglo XVIII, los lienzos producidos en El Tocuyo fueron un importante producto de intercambio comercial la eficiencia y enorme destreza adquirida en el uso de telares de lizos y pedales, además del hilado con rueca, permitió la acumulación de un excedente en telas que ingresaron a España, debilitando la industria de sus telares, como confirma la prohibición de exportación de géneros textiles de las colonias dictado por Carlos V "El Iienzo de la fierro" produjo importantes ganancias; éste fue utilizado como moneda a falta de otro circulante.

De tal forma, seis varas de lienzo de algodón equivalían a un peso. Como reza en los registros, el encomendero Tomás de Quirós, por una deuda de tierras debió cancelar un impuesto de 72 pesos de oro fino, la que canjeó, a 16 reales por peso, en lienzo tocuyano los géneros tejidos fueron usados como forma de pago de los indígenas a sus curas doctrineros. Con el tiempo, la tejeduría de lienzos de algodón fue desapareciendo y, junto a ello, el uso campesino de camisas blancas y amplios pantalones que daban un poco más abajo de la rodilla. Así, la empresa iniciada por Juan Pérez de Tolosa, reseñado ampliamente en los crónicos de Fray Pedro Simón, cesó un día cualquiera, en los años 60 de este siglo, con la muerte de Elías García, último tejedor de telas de vestir. Aunque ya no se escucha el rumor cercano de las ovejas que solían pastar en los tórridos y espinosos aledaños de Tintorera, y el algodón industrial haya sustituido por completo a la lana; aunque las faenas de escardado, teñido, lavado e hilado sean apenas un recuerdo, un traquetear de los maderos del telar afirmo que en este lugar, un grupo de artesanos encabezados por la memoria del ya legendario Don Sixto Sarmiento, cuya estirpe hunde raíces en el tiempo, continuó las artes del telar europeo convirtiéndolos en industria de excelencia y rendimiento.

Haga click para ampliarPara entender esta tradición que se prolonga en el tiempo, habría que comprender las peculiaridades de un lenguaje arcaico, con el que los artesanos nos explican, con esa mezcla de ternura y paciencia que suelen tener las gentes cuya vida florece en el silencio y la soledad, los secretos que guardan los harcones, las cumbreras, los largueros laterales, el "julio" trasero o delantero, los "guiahílos", el "peine", la "quijada", el "garabato", la lanzadera, los pedales y los lizos. Todo aquello que convoca un ritual en el que el cuerpo del tejedor marco en su gesto el ritmo acelerado de alzar y hundir simultáneamente los hilos de la trama y de la urdimbre, para crear así las más bellas telas multicolores, de cuadros o rayas, con las que confeccionan alfombras, manteles, individuales, hamacas y cobertores.

Pero no sólo allí han permanecido las artes del tejido. En caseríos húmedos y frescos de las montañas andinas, en los aledaños de Mucuchíes, todavía algunos campesinos conservan la estética del tinte y de la urdimbre. En estos nostálgicos refugios, aún no alcanzados por la confusión de un tiempo sin historia y tradición, gente serena, cuya certeza interior conserva la ordenada belleza de otros tiempos, confecciona ruanas y cobijas tejidos con lana hilado de manera artesanal. Sus "cobijas burreras" todavía poseen los "recios" colores del gris, beige o marrón de las ovejas. A veces juegan a los colores con la alquimia de viejas materias tintóreas como el añil, "la concha de aliso", el "guarapo", el "ojito", la "raicita" y la "uña de gato", cuyas tonalidades resisten precariamente el cambio producido por los recién adoptados anilinas comerciales. Vivimos un tiempo en el que los viejos usos y costumbres van cediendo frente al proceso acelerado de la industrialización.

Tal es el caso del tejido de la "capellada" y "talonera" de las alpargatas. Quienes tuvieron el privilegio de conocer este oficio, como Don Manuel Díaz Brito, cuentan que éste se realizaba en las casas con la ayuda de un telar de forma triangular los lados de las maderas dentados permitían asegurar los hilos de algodón o pabilo, con los que se conformaba una urdimbre en la que se insertaba una trama de hilos cruzados con la ayuda de una aguja metálica enhebrada en hilo doble, negro o de color. El cuerpo de lo que fuera el calzado tradicional venezolano, se montaba en una horma de madera y se cosía a la suela hecho con sisal trenzado, cuero o el resto de un neumático. Con el tiempo, el telar triangular fue sustituido por una suerte de máquina metálica accionada con pedales, lo cual hizo posible la fabricación de "capelladas" en serie. En casi todos las regiones de Venezuela, en Mérida, Trujillo, Zulia, Lara, Margarita o Monagas, en los Llanos, en Amazonas o en el Delta del Orinoco, en medio de la fronda y hojarasca que, en sí, ya es un vasto tejido vegetal de juncos, lianas y raíces, ajenos a la araña que se descuelga parsimoniosa de su red, tejedoras campesinos e indios van trenzando un mapa imaginario del mundo. Mientras tejen en concentración meditativa, parecen ausentes, como si el espacio circundante no tuviera nada que decir.

Haga click para ampliarSin embargo, con naturalidad asombrosa, poco o poco, vemos surgir de sus manos diestras, que parecieran dejar correr el placer elemental de jugar con los hilos, bellas hamacas y chinchorros, atarrayas, redes, bolsos, mantos y cobijas, realizadas con herramientas sencillas- quizás un rudo cuchillo, una aguja de ganchillo, una astilla afilada o dos estacas de madera hundidas en la tierra, eso es todo lo que les hace falta en su realización. Muy poco se necesita para confeccionar cordones y mecates de distintas fibras, entre ellos el sisal (Agave sisalana) y el chiquichique (teopoldina piassaba), este último usado por los indígenas del Río Negro. Además están los cordones del adorno corporal indígena, usados paro atar cintura, brazos, pantorrillas, piernas y glúteos; incluso, todavía hoy, se confeccionan los llamados "cinturones amazónicos" como el "wao" de los Yanomami, con el que atan el pene a un cordel de hilos de algodón que rodea la cintura. Entre las pocas prendas de uso que todavía se tejen en Amazonas están los guayucos hechos con hilos de algodón, que varían en tamaño y forma de acuerdo al grupo étnico, como la "ramopotima", guayuco femenino Yanomami cuya parte posterior es un haz de cabos de algodón que forma un arco sobre los glúteos, y la anterior, hecho con una serie de hilos que caen como flecos sobre el pubis.

Los Ye'kuano tejen una especie de delantal que utilizan los jóvenes en el rito de paso de la infancia a la adolescencia, llamado "muwaaju". Éste presenta una interesante adaptación de materiales no autóctonos, como la mostacilla, tejido en un telar en forma de arco, el cual se construye con dos trozos de bejuco grueso citados fuertemente por los extremos, para que el lado arqueado pueda mantener la tensión necesaria que requiere una urdimbre en cuya trama se insertan los pequeños cuentos de vidrio, de colores azul, blanco y rojo, principalmente. El tejido de hamacas y chinchorros, enseres colgantes de origen indígena destinados al sueño, al descanso, al amor y la muerte, se ha extendido a todos los regiones del país, adoptando en cada lugar, en cada sitio, una expresión propia que los caracteriza y diferencia.

Sus elementos básicos pueden ser los mismos, sin embargo, las técnicas se adecuan a la tradición, al clima y a las fibras producidas. En Venezuela hacemos distinción entre chinchorro y hamaca, la cual radica en el tipo de punto utilizado. Mientras que en el primero el tejido se hace abierto, en la segunda se teje una trama tupida como una tela. Aunque el uso de telares verticales o manera de "bastidor" es general, pueden variar los tipos de madera y las dimensiones. Sin embargo, en lo mayoría de los casos, tejer hamacas y chinchorros es para las mujeres indígenas o campesinos de todo el país uno de las más importantes fuentes de ingreso en su economía doméstica. Según observó Aretz (1979, p. 66), las técnicas más usadas para el tejido de hamacas y chinchorros son la malla, la cadeneta o "tripa" y la de "los caireles". En la isla de Margarita, Anzoátegui y otras regiones del país, se usan fibras de algodón hilado en cosa o algodón industrial, llamado pabilo o "guaralillo".

Haga click para ampliarEn los Andes, Mérida y Táchira se teje la lana de oveja. Hacia el oriente, principalmente en los poblados indios del Delta, se usa el moriche (Mauritia flexuosa). En Amazonas, los Yanomami hacen rudimentarios chinchorros con un haz descortezado del bejuco mamure (Hetoropsis spruceana). En Monagas, especialmente en Aguasay, se teje la fina fibra de curagua (Ananas erectofolius). En Falcón y Lara se tejen chinchorros con el hilo sacado de las dentadas hojas del cocuy (Agave cocui) que llaman "hipopo" o "dispopo". Para los indígenas, tejer es una habilidad definitiva de su identidad, pues cada grupo posee signos que les son propios. Esto es evidente entre los Wayuu, tejedores por tradición, quienes encuentran en sus mitos la explicación de los orígenes de un oficio que se ha ido transformando, con la introducción de nuevos símbolos y materias, suplantados el algodón silvestre y el sisal por nuevos hilos mercerizados e hilazas y fibras acrílicas de vistosos colores, con los que tejen objetos de evidente aplicación funcional, pues todo el mundo necesita un chinchorro, una hamaca, una faja o una mochila. Al observar sus tejidos no podemos menos que sentir una especie de nostalgia de la vida natural.

Para los Wayuu tejer es un oficio del universo femenino. Con el arribo o la pubertad, las niñas convertidas definitivamente en mujeres deberán pasar por el "mayajuru" o "blanqueo", encierro ritual durante el cual aprenden las labores propias de su sexo, entre ellas el arte de tejer. Luego deberán colocar en sus brazos la pulsera "kannaspi", que ayuda a recordar lo aprendido y mantiene viva la experiencia, creatividad y perseverancia para concluir los tejidos. El uso ritual de lo "kannaspi" producirá sueños Mágicos; si en ellos logra ver la serpiente "wui", la niña estará dotada para el "kanaás", el arte de tejer los signos.

El lugar de las tejedoras es un espacio abierto, cerca del fogón; puede ser el fondo de un paroviento en donde se clavan las estacas del telar vertical. No se trata de un "atelier" o de un sitio predestinado o tal fin, pues todo modelo existe sólo en la tradición. Tejer forma parte de un estilo de vida que nunca interrumpe los oficios de la casa, la crianza de los hijos, el pastoreo, pues al tejido sedentario del telar le sigue un tejido nómada, hecho con sencillas agujas de ganchillo que suelen llevar de un sitio o otro.

Cuando apreciamos el "kanaás" con ojos profanos, sólo podemos ver una pequeña parte que corresponde al mundo de las formas. Nuestros sentidos parecieran detenerse apenas en imágenes sin profundidad ni resonancia simbólica. No obstante, detrás de cada "dibujo", de cada extraña geometría, subyace todo un universo significante los signos que se repiten a manera de grecas, incluyen formas y nomenclaturas de la vida a la vida diaria "pulikerüüya" es el signo de la vulva de la burra, "molokonoutaya" el caparazón del morrocoy, "pasatalo'ouya" las tripas de la vaca, "jime'uya" el ojo del pescado, "rulumaya" el comején, "saiaatpanaa" el diente del conejo, "jalianaya" la madre de "kanaás".

El "kanaás" no se produce sólo por el uso del color. Va más allá de las formas como totalidad y se regodea en una rica complejidad de motivos, cuyos efectos ópticos se organizan de acuerdo a las convenciones técnicas del tejido. A diferencia de pintores o alfareros, poseedores de la libertad de las formas, quienes se aventuran a "dibujar" en el telar, dados las limitaciones del tejido, deben hacer síntesis. Acceder a la estética textil y a su simbolismo, preciso de una paciente travesía por mitos y leyendas, para reconocer en ellos o "Wareke", la araña, tejedora mística de "kanaás" que enseñó a tejer a las mujeres "Wareke", la artesana que luego de deglutir el algodón, y de cuya boca salieron ya listos y torcidos los hilos para tejer fajas, chinchorros y el "sheii", la rica manta funeraria tejida en el telar, en cuyo bosque de signos "Wareke" enseñó a los Wayuu a expresar la complejidad de sus ideas y prácticas sobre la vida y la muerte.

Todo esfuerzo de perfección es poco o la hora de hacer que los elementos del tejido sean iguales. Cada cabo de una trama debe tener un idéntico grosor; esto asegura el acoplamiento de los elementos bajo el control del tejedor. La unión de mil detalles es fundamental en su arte textil, ya que los rasgos individuales deben perderse para dar paso a una visión de conjunto. Su resultado es el logro de la perfección, como lo vemos en el tejido de las hamacas, cuya parte central muy tupida se hace en el telar de bastidor con el método de tejido plano o "paleteado". los chinchorros de tejido abierto y elástico pueden ser trenzados o tejidos con tramas de cabos espaciados sobre una urdimbre que puede ser sencilla o doble.

El acabado de impecable belleza y colorido de hamacas y chinchorros incluye las técnicos del ganchillo, el anudado y la cordelería la perfección así lograda permite el acto lúdico de jugar con los hilos, cuya estética propone nueva riqueza de tonos y armonías o cabeceras y cenefas ricamente decoradas. También tejen los "susu" o mochilas hechos con la aguja de ganchillo, técnica introducida a principios de siglo por misioneras. Esta técnica ha entrado a formar parte de la tradición textil Wayuu, adoptando los innumerables diseños geométricos característicos de su estético textil. Una variación de los "susu" son las mochilas de carga, "piula", tejidas con cuero de chivo y anudadas en forma de malla. La estética de las artes textiles indígenas se aprende en las alegorías de los cantos nocturnos que entonan los ancianos, cuya filosofía es un poder que vive y crece en cada ser con el tiempo y la experiencia, pues tejer no es un oficio de profanos: es trabar los cabos del pensamiento en una tupida urdimbre de símbolos, es repetir la acción creadora de los dioses, es traspasar los grietas del mundo para franquear los caminos ordinarios del sueño y la imaginación.

Fuente: Libro "Artesanía Viva" de tradición Venezolana, Editorial Arte, Fundación Centro Cultural Consolidado, páginas 55-59.

 

 

 


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