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Lelia Delgado
El hombre siempre ha necesitado recipientes. Al principio pudo ser de gran utilidad una concha o una calabaza, pero pronto debió encontrar un método más fácil para transportar los frutos de la recolección, de la caza y de la pesca. Un método que dejara los manos libres. Antropólogos, arqueólogos y especialistas en artes textiles coinciden en que la cestería fue en el pasado una práctica universal. Ésta precedió a la alfarería, pues las cestas fueron usadas como moldes en la fabricación de ollas de barro destinadas a la cocción de alimentos.
La cestería, además de preceder a la alfarería, es anterior a todo trabajo de cuerdas y telar. Los afirmaciones sobre los orígenes de la cestería son difíciles de sustentar por los dificultades que presentó su conservación. La humedad ha sido el elemento más perjudicial. Por tal razón, las evidencias arqueológicas de su existencia sólo se encuentran en lugares sumamente áridos. Aunque los cestas desaparezcan, su huella se mantiene fresca en el barro de los suelos y en los restos de la alfarería más antigua.
En el rompecabezas de razones inexplicables con el que la historia sorprende siempre a los arqueólogos, está la existencia de embarcaciones hechos en Egipto o principios del siglo V a.C., con técnicas de cestería, que presentan grandes similitudes con las usados por los Incas, los cuales siguen siendo ampliamente utilizados por indígenas de Bolivia y Perú, constituyendo una de las soluciones más satisfactorios de transporte acuático. Botes similares, aunque con algunas variaciones resultantes del uso de materias primas, juncos y fibras locales, han sido usados en Europa, India y África.
Nuestra cestería étnica ha sido reconocida por su belleza, diseño y diversidad técnica: hunde sus raíces en una memoria antigua. Este hecho queda confirmado con toda certeza por la investigación arqueológica, pues es frecuente la aparición de fragmentos de alfarería prehispánica en los que ha quedado marcado su fina huella, encontrados en regiones como el Bajo Orinoco, los llanos Occidentales, Cumarebo, la cuenca del lago de Maracaibo, o el valle de Quíbor, entre otras. Su extraordinaria nitidez ha sido reseñada por algunos arqueólogos, quienes han observado el conocimiento que poseían las sociedades prehispánicos venezolanas en la utilización de materiales y técnicas para la fabricación de cestas y esteras.
Este oficio incluía un conocimiento profundo de la vida de las palmas, bejucos, raíces, corozos, cogollos, cortezas y lianas utilizados en la obtención de fibras. Una vida compartida con la naturaleza requería de la destreza manual necesaria para retorcer, entrecruzar, enrollar, tejer, coser, plegar y amarrar cientos, miles de tramas y urdimbres; además estaba la necesaria paciencia y concentración para llevar a cabo los más hermosos y complejos patrones gráficos, que alegraban los sentidos. Fray Antonio de Caulín observó cómo en estos territorios se producían muchos y variados especies de palmas: palmas reales, corozos, moriches y chaguáramos. Con toda razón Gumilla, al comentar la manera en que los indígenas utilizaban los pencas de la palma de moriche, la designó como "el Nuevo Árbol de la Vida".
Entre ellos, quizás lo más apremiante, ha sido la creación de una cestería consecuente con los necesidades del intercambio comercial. En algunos casos, este condicioncimiento ha desmerecido la calidad original de los cestos. Sin embargo, ha sucedido que al adoptar nuevas convenciones técnicas, se han logrado soluciones imaginativas que concluyen en lo creación de estilos e iconografía peculiares, a veces dentro de una misma tradición cestera. El "Panare Moderno" introduce nuevos elementos simbólicos en los patrones del tejido de sorgo, aplicados fundamentalmente a la confección de guapas. En el "Warao Moderno" se desarrollan nuevos elementos formales y decorativos con el uso de la fibra de moriche, creando una cestería particular dentro de lo no tradicional. Entre los Ye'kuana cabe señalar la excelencia del tejido de la "wuwa" comercial, hecha por los mujeres o partir de una cesta tradicional de carga, a lo que han incorporado elementos decorativos de carácter simbólico. De acuerdo con cada cultura, los técnicas de tejido se adecuan directamente al tipo y características del material con que se cuenta. Algunos grupos tienden a preferir ciertos procedimientos sobre otros, lo cual agrega un sentido de pertenencia étnico a cada objeto; tal es el caso de los cestos de chiquichique tejido en espiral, característica de los Archuacos del Río Negro, o los de bejuco mamure trenzado de los Ye'kuana y Yanomomi, tan diferentes entre sí a pesar de usar similares técnicas y materias. Entre nuestros indígenas, la variedad de cestos utilitarios es inmensa. Por mencionar sólo unas pocas tenemos esteras, sopladores, cedazos o manares, guapas, catumares, nasas, petacas, sebucanes, mapires y guaturas. Aunque sus formas se relacionan con el uso, no podemos decir que lo utilitario contradiga sus cualidades estéticas. Si bien muchos de las formas se inspiran en el orden de la naturaleza, en el tejedor experimentado no hay una servidumbre que frene el libre juego de la imaginación, y aunque la estructura formal de los cestos esté de acuerdo con los sólidos geométricos, como cilindro, rectángulo, cubo, cono, esfera, sólo constituyen los principios básicos de toda variación.
En guapas y petacas se representan rayos, nubes, soles, estrellas, cielos, ríos, lagos, montañas, plantas, animales, personas, ideas conectadas con la vida o con la muerte, particularmente relacionados con los héroes culturales y personajes de los relatos míticos. Sin embargo, no en todos los casos el signo se corresponde literalmente con el significado. El signo puede ser caprichosamente modificado, abreviado o reducido a un simple trazo, a una forma geométrica. Acceder al simbolismo indígena precisa de una paciente investigación que permita, además de señalar los signos típicos de cada grupo, conocer con cierta profundidad su ambiente natural, la mitología y el contexto social en el que el arte cestero se desarrolla. Hay quienes consideran que la cestería ha caído en desuso, y que el tiempo en el que las cestas maravillaban por su utilidad y perfecto diseño ha pasado. Desde este punto de vista, la cestería parece apenas consistir en el tejido y plegado simple de fibras elementales para construir un objeto o recipiente. Sin embargo, basta con observar cómo, a pesar de la producción masiva de objetos industriales, es difícil encontrar una casa en la que no haya una cesta cumpliendo funciones utilitarias o decorativas. Además, cuando se observa con detenimiento este oficio, es imposible dejar de experimentar un sentimiento de admiración por objetos, salidos de manos indígenas o campesinas, capaces de producir un genuino placer estético. En Venezuela, la cestería es una de las pocas tecnologías que ha sobrevivido. Sus formas y usos tradicionales, que escapan a la memoria misma, se han conservado en el medio rural constituyendo un importante oficio artesanal destinado, principalmente, a las faenas de subsistencia. Tal es el caso de las cestas conocidas con el nombre de "maras", los cuales se producen en algunos sitios del estado Táchira, Margarita, Cerezal en la costa de Orinoco, y muchos otros pequeños poblados de la Costa Oriental. Hechos con finos tiros extraídos de la "caña brava" (Gynerium sogittotum) o del "carrizo", que es el nombre colectivo con el que los campesinos designan distintas especies de gramíneas, estas cestas siguen siendo de gran utilidad y definitivo uso cotidiano. La destreza adquirida en el tejido incluye pies y manos, que se incorporan en el incesante ritmo de las cañas chocando entre sí. Con la técnica del tejido de mimbre se fabrican, en casi todo el país, los más bellos cestos, canastos y petacas utilizados principalmente para cargar, almacenar o recolectar café, cacao, maíz, caraotas, o colocar frutas.
En las regiones andinas, para limpiar los granos de su cáscara y de otras impurezas, campesinos lanzan semillas al viento, sobre rústicos manares tejidas en sarga con la corteza del "carruzo", proceso que llaman "arneo". En los aledaños de Boconó vemos mujeres de todos los edades, bajo el fresco cobijo de algún árbol o sentadas a la entrada de sus casas, tejiendo una fibra que conocen como "cola de mula". Con ello forman haces que se unen entre sí, hasta levantar el cuerpo esbelto de los cestos que el tiempo va trocando, desde el verdor original de los cerros hasta los tonos dorados de la paja seca. En el mismo mundo campesino se produce todo tipo de cestos y recipientes de carácter decorativo, y aunque se fabrican con las técnicas tradicionales, la variedad de sus formas y diseños han ido cambiando a la luz de nuevos modelos. Tal es el caso de los cestos de Luis Ojeda, artesano monaguense, cuya escala, fino acabado y formas sofisticados se han ido adecuando a los nuevas necesidades y formas estéticas contemporáneos. Un género textil que ha venido decayendo, es la fabricación de sombreros de cogollo de palma, que fuera distintivo de nuestros llaneros criollos. Éstos solían tejerse en casi todos los regiones del país, principalmente en Táchira, Mérida, Trujillo, Lara, Margarita, Miranda, Falcón y en los llanos, los cuales fueron sustituidos por sombreros industriales de lana y fieltro, como el refinado "pelo ´e guama". Sin embargo, todavía unos pocos artesanos se ocupan de este oficio utilizando materias primas locales, principalmente diversas variedades de palmas y algunos gramíneas de las que extraen la paja necesaria para la fabricación de sencillos sombreros de uso diario. Una de los maneras más frecuentes de hacer estos sombreros y los llamados "pavas" de mujer, es tejiendo largas crinejas de palma de dátil, que luego cosen a mano o máquina, iniciando su forma desde el centro de la copa hasta el remate del ala. En el mundo indígena, sólo los Wayuu siguen practicando este oficio, en el que utilizan una paja conocida como "mawisa", que tejen con las técnicas de sorgo y que permite la creación de complejos patrones geométricos de carácter simbólico, como rombos, triángulos, cuadrados, secuencias de líneas y otros signos. El tejido de sorgo produce un efecto de alto y bajo relieve, de acuerdo con la dirección y longitud de las fibras. Y la combinación del negro de la paja teñida y el color natural.
Una mirada que nos acerque al tejido de las fibras duras, que llamamos cestería, nos ha dejado ver como el ojo, la mono y hasta los dientes del tejedor se disponen a producir un objeto que nunca contradice la belleza, el orden, el equilibrio y las proporciones. Nuestros cesteros tienen el sentido siempre dispuesto a ofrecer el placer de multiplicar los usos de ese arte milenario. Fuente Artesanía Viva, Fundación Centro Cultural Consolidado -Editorial Arte
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