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Cómo explicar imágenes a una liebre muerta

Desde casi sus inicios, he seguido con interés y aprecio el trabajo de Santiago Pallini porque considero que en él se encarna la capacidad de trascender el mero carácter material de los objetos. Pallini pertenece a  esa estirpe de artistas que poseen un talento especial, no para realizar obras sino para construir mundos, y ésta es una tarea que pocos saben sostener. Los cuchillos que hoy presentamos poseen una fuerza muy especial que los hace vivir, como señala el propio artista. Cada cuchillo es una historia, cada elemento ha sido penetrado por el sentido.

No hay azares, sólo la necesidad casi sagrada que nos hace responsables de expresar los impulsos oscuros y fantásticos que permiten que el arte se revele a plenitud. Barrocas y expresivas, estas piezas dejan entrever vivencias y hallazgos de una existencia dedicada a la escultura en piedra y la forja de acero.

El resultado en este conjunto destila dominio del oficio y los materiales, los cuales, por su calidad y diversidad, resaltan la configuración de un objeto por naturaleza noble y ancestral. Los cuchillos y dagas han permanecido guardados durante mucho tiempo en el taller de Pallini, y, sin duda, ésta será la ocasión propicia para entablar un primer diálogo entre ellos y el público.

Sofía Imber
Director-Fundador
Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber

En un cajón hay un puñal
Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado...
Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él;
se advierte que hace mucho lo buscaban...
Otra cosa quiere el puñal
Es más que una estructura hecha de metales;
los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso...
En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas,
interminablemente sueña el puñal su sencillo sueño de tigre,
y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima...
A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fe, tan impasible o inocente
soberbia, y los años pasan, inútiles.
J. L. Bórges

Santiago Pallini: Cuchillos y dagas

Haga click aquí para ampliar la fotoLos cuchillos fueron apareciendo entre mis cosas, como lo hacen los amigos, un árbol y a veces, un gran amor. Esto es, poco a poco, de costado. Podrían contarse sus historias de varias maneras y todas serían verdaderas.

Como trabajador de materiales, uno sabe apreciar un filo, una punta. La mano y el ojo saben, entienden de eso. Y aquello que sale de la mano y termina en filo o en punta, es un cuchillo. Desde este punto de vista, la aparición de estos cuchillos no configura ningún misterio. Desde otros, sí.

A la sombra de un trabajo que nada escultórico, crecieron estas criaturas. Sin deliberación, abriendo espacio entre esculturas de densa resolución, momentos de tensión y cansancio. Pero también ha sucedido en esos instantes felices, fluidos (donde la obra se desliza corno en una danza y se consuma) que llegue el momento del cuchillo o "la hora del cuchillo".

Sí se ti-atara de establecer algún parentesco serían hermanos -esculturas y cuchillos- o tal vez, amigos. Como tales, tienen cosas en común: no se pueden separar tampoco del taller, las herramientas, de los días de mar, de una calle de lit ciudad.

Algún observador reconocería en un cuchillo un trozo de jadeíta o basalto de una escultura, o una lima ya gastada convirtiéndose en hoja de Cuchillo-, un viaje, a veces (le otros, traería materiales que terminarían en cuchillos... Pasan los años. Estos cuchillos, olvidados y recordados cíclicamente, fueron sumándose inadvertidamente y protegidos de la mirada y el tacto de los demás, con la excepción inevitable de los amigos. Fueron mostrados unas veces por vanidad, otras para compartir algo querido (cuchillo) con alguien querido (amigo). Eventualmente se sumó una botella de vino, fuego y carne asada que cortamos y comimos con la ayuda de ellos.

Estos objetos estuvieron en las manos de otros seres, en los ojos de otras personas. Gente que habló de ellos con otra gente. Un día alguien aparecía en el taller y pedía verlos. En ocasiones, por propia iniciativa, sentí la necesidad -muchas veces vana- de mostrarle a alguien determinados cuchillos. Otras, una resistencia tenaz a hacerlo. En todo caso, nunca fueron expuestos. El tiempo pasó. Los cuchillos y dagas fueron formando un grupo sólido, independiente, aun reconociendo el parentesco con el resto de la obra.

Los cuchillos caen por su propio peso.

Tiempo - Sueños - Épica

El tiempo en que se pone a "vivir" un cuchillo.

En esa cosa siempre ilusoria del tiempo, hay una época evocada, un deseo de vivir algo soñado en la niñez, en la adolescencia. Una doncella salvada del peligro, la defensa de un camino, de una torre, de un amigo. Sin pensarlo, sin buscarlo en los libros ni en los museos, uno es un hitita, un griego, un olmeca, un habitante de un palafito primitivo. 0 un persa, un ario buscando hierro meteórico en las montañas. Soñé con estas cosas y me fue necesario un cuchillo que luego me ocupé de hacer.

Realidad del cuchillo

Pero estos cuchillos, nacidos de ilusiones, de impulsos oscuros y fantásticos, son reales. Tienen hojas cada vez más cuidadosamente forjadas, bruñidas y afiladas, gavilanes ajustados para resistir dura faena, fundas celosas, protectoras de golpes que puedan lastimar los filos, las puntas y protectoras especialmente de las miradas.

Haga click aquí para ampliar la fotoEsta "realidad" del cuchillo antes soñado que ahora pesa en mi mano y brilla ante mis ojos, en ocasiones me abruma. Descubro que no hay doncella que salvar, que no soy un hitita, ni un griego, ni un persa. Ahí están las calles, los automóviles, la prohibición de portar armas blancas, la violencia, las armas de fuego. Entiendo que sin darme cuenta soy un armero o un cuchillero y que estos objetos, especie de criaturas mías, son herramientas, son utensilios, pero también son armas.

A todo esto, uno es un convencido pacifista, a quien la violencia le repugna profundamente. Y aquí están -no obstante- estos objetos de los que me hago responsable. Es cierto que no conocen otra sangre que la de uno cuando se lastima haciéndolos. Pero mirándolos con sincera atención, allí esta, cuidadosa, la intencionalidad cortante y penetrante de cuchillo y de arma. Por eso tal vez, el día que se termina de pulir el último detalle de un cuchillo, se observa, se empuña quizá Linos segundos y se (culta con los demás en alguna parte de la casa. Por un tiempo no habrá cuchillos en la mente ni en el corazón. Uno se comportará coi-no un escultor: se ocupará otra vez de fabricar objetos inútiles.

Uno no ha sido utilero de sus sueños. Uno ha sido armero de sus sueños. No está la doncella a quien salvar pero está el cuchillo para salvarla. Si alguien me preguntara por qué hago cuchillos, contestaría que no sé.

Anatomía del cuchillo

Haga click aquí para ampliar la fotoLa hoja
Es el alma, la esencia del cuchillo. Si está la hoja, el cuchillo está naciendo. Y en esa hoja se fijarán cualidades deseadas, si es que se logra obtenerlas. En algunos casos. cualidades que hemos necesitado y no encontrarnos en cuchillos ya hechos -podría tratarse de una hoja corta, manejable pero flexible. Con cierta curva, con determinado filo, para la función específica. Antes ha debido obtenerse el acero, que para otorgar flexibilidad será laminado.

La forma de la hoja es su fisonomía y, pase lo que pase luego, la del cuchillo. Hay una proporción entre la hoja y su proyección hacia el extremo de la empuñadura. A veces cuesta mucho obtenerla. La frontera hoja-empuñadura, desde un punto de vista estructural, es álgido -Si no hay tina feliz transición en este punto fronterizo de forma y material, significará la muerte temprana del cuchillo. Resuelto este paso, hallada y demarcada esta frontera, hemos encontrado el espacio del "gavilán-o cruz". Éste puede estar o no en un cuchillo. La hoja será templada, revenida según su Liso y luego bruñida a mano.

Sin hablar de lo "fálico" que es sagrado y últimamente recurrente, podría decirse que lit hoja, aunque en castellano sea femenina, es viril, macho. Es directa, penetrante, activa.

El gavilán

También llamado "cruz"

En las espadas y facones tiene la función de detener la hoja del adversario en una confrontación, protegiendo la mano que empuña el arma. Si además el que ha parado la hoja tiene buena muñeca y el gavilán un diseño adecuado, puede trabarle el cuchillo y desarmarlo con un fuerte giro de la mano.

En un cuchillo, el gavilán es simplemente la frontera -de la cual ya se hit hablado- entre la amabilidad del mango o empuñadura y lit hostilidad del filo para la mano. Al cortar o punzar algo, la resistencia frena al cuchillo y la inercia hace que la ¡llano tienda a deslizarse del mango hacia el filo. El gavilán detiene este deslizamiento y protege la mano.

Variados son los casos de gavilán entre mis cuchillos. Muchas veces se inclinan de la frontera hacia la empuñadura y se funden con ésta. Otras, se manifiestan como tales y por último desaparecen tal vez por razones estéticas, buscando unidad.

Entiendo el gavilán como algo neutro, andrógino, ecuánime. Si se quiere, ambiguo.

El gavilán se instala en su lugar inmediatamente definida la forma de la hoja. Después, puede encararse el trabajo de la empuñadura.

Empuñadura

Haga click aquí para ampliar la fotoUna vez fijado el gavilán, la parte posterior de la hoja reviste mucho interés desde el principio, pues allí se trabajará la empuñadura, también llamada mango o cabo. Antes que nada se determina el ángulo respecto a la hoja. Con la ayuda de la mano pulsando la hoja. se puede imaginar la mejor corte. Este momento tiene una extraña característica en el proceso total del cuchillo: 0 se "ve" la empuñadura como imagen, en cuyo caso se ve sin dificultad "todo" el cuchillo, incluída la funda, o no se ve nada y todo se detiene indefinidamente.

Por alguna razón evito hacer las tradicionales cachas con remaches y prefiero incrustar la o las partes que Constituirán la empuñadura. En ocasiones, es un arduo trabajo.

Existe también la necesidad de encontrar la longitud armónica de la empuñadura en relación con la hoja y finalmente, con la mano como consejera, buscar la "aptitud" de la forma, lo que se traduce simplemente como comodidad al empuñar el cuchillo.

Sólo falta el remate, la última pieza de la empuñadura. Lo opuesto a la punta de la hoja del cuchillo.

Funda o vaina

Aquí termina el proceso del cuchillo. La funda comienza a formarse a partir de la hoja. Internamente copiará la forma de ésta. En cuanto al exterior, puede seguir viéndose o no. Y al ocultar la hoja se oculta el cuchillo transformándose en un objeto, siempre longilíneo, con distintos diseños.

La protección que proporciona la funda es múltiple. La hoja y el cuchillo en sí están protegidos del ojo. No vemos la hoja. Mediante un sencillo mecanismo alojado en su interior, la hoja se sujeta de manera tal que el cuchillo, al ser invertido, no se sale sino que permanece en su funda, lo cual hace que filo y punta se mantengan en buen estado.

Un cuchillo muy afilado sin funda es peligroso para nosotros y, en cuanto al mismo filo o punta, cualquier caída o roce con materiales duros o erosivos los daña. De manera que la protección es mutua. El cuchillo en su funda se transporta o manipula sin dificultades y se dispondrá en el momento de ese poder; filo y punta están allí intactos.

Por último, la cavidad interna de la funda contiene todo lubricante que se aplique en la hoja, manteniendo la superficie en buen estado. Todas estas características parecieran referirse a lo femenino: la funda es hembra.

Aceros

Haga click aquí para ampliar la fotoAunque no sé nada de metalurgia, pude comprobar que los aceros varían mucho entre sí. Los hay frágiles y duros, no tan duros y flexibles. Algunos cantan coi-no campanas cristalinas cuando se golpean, otros emiten sonidos sordos, opacos, pero jamás se parten. Se pueden tener muchos formones, pero trabajando, la mano busca al favorito y la calidad de su acero tiene mucho que ver con esta predilección. Un acero de fundición tiene algo de cristalino, no podemos flexarlo sin riesgo de que se rompa. Pero al afilarlo, hallamos que es un filo excelente. Ese acero lo hace la industria para fabricar mas que luego "se las verán" con metales, incluídos otros aceros.

Un acero laminado es flexible, se curva y al soltarlo vuelve a su posición inicial. Es, podría decirse, más tal vez por eso lo hayan utilizado en resortes y espirales de los juguetes mecánicos. El acero laminado en un cuchillo acompaña movimientos laterales, del corte, es más versátil. Tiene algo de orgánico.

El hierro se convierte en acero al agregarle una pequeñísima proporción de carbono. secreto que parecían conocer los hititas.

Hay aceros inoxidables, tienen algo de cromo algunos son excelente. Pero los aceros ajustan y

carácter con el temple y el posterior revenido que los prepara para su uso específico. La forja y el temple tuvieron connotación sagrada en el pasado. La elaboración de la espada japonesa, la Katana, llega hasta hoy y es marcadamente ritual. Estos oficios siempre han estado llenos de secreto.

El cuchillo que siempre quise hacer y no pude tendría la hoja de hierro meteórico. Cierta vez un amigo me trajo un pequeño corte de mi meteorito para que le forjara unos anillos -un regalo de aniversario de boda. Así lo hice, quedo un trozo demasiado pequeño para una hoja de cuchillo. Hice un anillo que aún conservo. Sucedieron cosas extrañas al forjar este hierro del espacio, pero solamente diré que se enfría muy rápidamente desde el rojo blanco, lo que hace el trabajo difícil. Tiene en su composición, además de hierro, (siderio en griego, seguramente sideral viene de allí) tungsteno o wolframio, níquel y trazas de otros minerales.

Los cuchillos y la gente

Los señores Ay B

Haga click aquí para ampliar la fotoAlguien aparece y pide que le muestre los cuchillos, o por alguna razón tino decido mostrar algunos por propia iniciativa. Una persona, digamos A, lo observa exteriormente, lo toca, le da vueltas examinándolo con algún interés. A esta persona será necesario, previas excusas, tomarle el cuchillo de las manos, desenvainarlo y ofrecerle arribas partes para que lo vea en su totalidad. Lo hará y probablemente trate él mismo de cerrar el cuchillo y lo logre. Ésa es una persona interesante. Allí termina la presentación. Puede sobrevenir algún comentario del señor(a), quien luego saluda y se retira comportándose normalmente.

Pero hay un señor B. que puede ser una elegante señora B, que hace las cosas de otro modo. Uno, muy cortésmente, le extiende alguno de estos objetos al señor o la señora B, que casi siempre se trata de una persona culta, educada, de esas gentes sensibles que se interesan por el arte y los artistas, seguramente no violenta, vegetariana, sin vicios, y que es capaz hasta de visitar a un escultor que hace cuchillos. Bien. El espectáculo es aterrador. Empuña como un tártaro ni¡ cuchillo y arrancándolo de su vaina, con ojos algo desorbitados, mira la hoja y a mí en brevísimas alternativas -es el momento en el cual yo retrocedo, avergonzado del miedo que experimento y trato de ponerme a salvo. Desgraciadamente este triste evento no termina allí. Es posible que acerque la hoja del cuchillo hacia mi cuello y haga ademanes de herirme con puñaladas histéricas. Siento el impulso de huir. descarto la posibilidad de acercarme a otro cuchillo con el que defender la vida, súbitamente amenazada. Pienso, resignado, que merezco de alguna manera lo que está sucediendo ya que comencé obviamente con todo esto. Si puedo escribir esta experiencia se debe a que los señores B no sostienen su sinceridad homicida durante mucho tiempo, inconstancia que agradezco de todo corazón. No es que crea que aprovechen la ocasión para observar su propia violencia -lo que dotaría de sentido a toda esta sórdida situación. Tampoco sabría explicarlo. Podría ser que evaluaran las molestias causadas por despachar a un pobre tipo como yo, tal vez temor a mancharse la ropa, no lose.

Mientras guardo con algún temblor mi cuchillo, siento que he aprendido algo de esta persona B. Pero no me servirá de nada. Nunca volveré a abrirle la puerta de mi casa. Al mismo tiempo descubro por qué no gusto ya de enseñar mis cuchillos, por vanidoso que sea.

UN CHOFER DE CAMIÓN Y LOS CUCHILLOS

Había comprado un grupo de herramientas un día antes y vino al taller un camionero de la empresa a entregarlas. Como había que verificar las herramientas y las cajas estaban fuertemente amarradas con cuerdas, traje uno de los cuchillos para cortarlas. El camionero lo vio y se obsesionó con él. Me lo pidió para observarlo y accedí. Me miro' con ojos muy abiertos y me preguntó:

-¿Cuánto vale?
-No lo vendo, contesté.

Volvió a mirarme con algo de resentimiento, de reproche, mientras recogía la nota de entrega que yo le había firmado. Me lanzó:

-Y entonces, ¿para qué me lo mostró?
-Se fue.

Al cerrarle la puerta del taller me preguntaba lo mismo.

La posesión, el camionero y yo, y entre ambos, un cuchillo.

AZAR

Haga click aquí para ampliar la fotoUna mañana, hace quince años, camino hacia mi taller por la Avenida San Juan Bosco, Altamira, Caracas. Pateo un trozo de hueso blanquecino, recio. Lo recojo, lo guardo en mi morral. Años después es un lagarto, la empuñadura de un cuchillo.

Pasa el tiempo y un día un amigo que sabe de huesos y fósiles me pregunta dónde obtuve ese hueso fósil. Le dije dónde lo encontré y que ignoraba que se trataba de un fósil. Sonrió, movió la cabeza varias veces, pero tuvo que creerme.

HUESO I

Un kinesiólogo, amigo de una romana de ojos verdes, a su vez amiga mía, ve mis cuchillos. Luego ambos se van. Otro día mi romana me pregunta sondeándome con cuidado si aceptaría un "huesito" del amigo kinesiólogo. Digo que sí. A los pocos días, los ojos verdes me traen un hermoso fémur humano que nunca trabajé hasta hoy y al que tengo mucho respeto.

HUESO II

En un basural marino del litoral central encontré un hueso extraño, pero familiar. Con el tiempo reconocí un trozo de temporal humano. Tampoco forma parte de ningún cuchillo.

TARZÁN Y LOS LLANEROS

Haga click aquí para ampliar la fotoFuimos invitados a un "asado" de carne en vara a la usanza ¡lanera. Llegamos a unas montañas aterciopeladas de un verde tierno y brillante, en las afueras de Caracas. Me acompañaban dos hermosas mujeres -una de ellas la mía-, el amigo que nos invitó y uno de mis primeros cuchillos. (Donde nací, uno suele llevar su propio cuchillo cuando lo invitan a un asado). Había bastante gente. Caminábamos por el lugar y un sujeto que estaba con otros comenzó a gritar: "¡Tarzán!" y otras idioteces que no recuerdo. Creo que este pobre señor estaba más molesto por las bellas hembras que me acompañaban, que por mi pobre cuchillo. Por suerte, las mujeres -que anticipan la violencia de los hombres- me alejaron de allí. Hicieron bien: uno era joven, algo pasional y fácil de encontrar cuando lo buscaban. A pocos pasos de allí se me acercó un hombre muy recio y a la vez muy respetuoso que pidió ver m¡ cuchillo. Se lo di. Examinó el filo y me preguntó si podía prestárselo. Dije que sí, con gusto. Nos dimos cuenta de que estábamos junto al fuego y el hombre era uno de los llaneros que estaban despostando la ternera que comerían los invitados. Un rato más tarde me buscó y me devolvió el cuchillo, agradeciéndome habérselo prestado. Con una sonrisa amistosa lo tornó por la hoja y me ofreció la empuñadura como hacen los varones de ley. Debí habérselo regalado pues horas más tarde perdí el cuchillo cortando gamelote por los alrededores de la fiesta.

Busqué el cuchillo durante un tiempo, sin resultado. Cerré los ojos y arrojé la vaina al azar: Si alguien lo encuentra algún día, tal vez lo halle completo.

EL TESTIGO

He escrito todas estas intrascendencias que usted generosamente lee y no he contado que hubo un testigo de los cuchillos. Era el primero en verlos y de un modo tácito, el guardián. Claro, que no hablo de "guachirnán", no. Él protegía la parte de mi alma que hacía estos cuchillos.

Tuve el privilegio de ser su amigo y su lugar de origen dio nombre a un cuchillo con el que mi amigo gustaba comer carne que asábamos al calor del fuego, bajo las estrellas y con música de esas ranitas emblemáticas de las noches caraqueñas. Satisfecho después de la comida, mi amigo clavaba el cuchillo en la tierra. Yo sonreía y no decía nada. Me gustaba que siendo algo tímido y reservado hiciera eso que a nadie más hubiera permitido. El cuchillo: "El aragonés". El amigo: el aragonés. Siempre le ofrecí el cuchillo, le dije que era suyo. Siempre rechazó poseerlo. Solamente aceptaba usarlo.

Afortunado aquél que pulse "El aragonés" y le llegue por la empuñadura algo del hermoso espíritu de mi amigo: terminará bailando solo pero feliz, danzas griegas, viriles y serenas, como él lo era.

EL FORJADOR

Fui conociendo los aceros de una manera natural. La primera herida que requirió sutura, durante mi niñez, no fue por una caída de bicicleta ni jugando fútbol: fue tallando torpemente madera con un cuchillo de ni¡ abuela. Conservo este sello iniciático en ni¡ mano derecha. Más tarde en la secundaria y a pedido mío, un profesor de "actividades prácticas" me enseñó a afilar formones, aunque no estaba en el plan de la materia. Ya joven y en plena pasión por la escultura, me puse a tallar la piedra de mi lugar natal: granito blanco. Como no tenía herramientas de carburo de tungsteno, necesitaba rehacer constantemente mis puntas y cinceles de acero. Para ello conseguí, no muy lejos de mi casa, a un extraño personaje. Era italiano, pequeño y ya anciano. Un día llegué a buscar mis herramientas reconstruidas al taller de] forjador, un poco antes de que terminara de templarlas, cuando el señor estaba en plena danza. No es ninguna metáfora literaria: el hombre bailaba. La fragua destellaba en el galpón oscuro y m¡ herrero brincaba ágil como un gnomo con las tenazas sujetando el cincel cuya punta, calentada al rojo cereza, dibujaba en el aire sus cabriolas. Creo que canturreaba algo casi inaudible mientras sumergía y sacaba el cincel, con gran rapidez, de distintos baldes con líquidos. Miraba la punta con atención y la escupía varias veces evaluando entre una y otra escupida los efectos de su -para míextraño proceder. Yo permanecía de pie, quieto y fascinado. Cuando terminó con el último cincel lo juntó con los demás y me los entregó. Le pregunté cuánto le debía y le pagué. No hablamos más. Él seguramente no tenía nada que decir ni que preguntar. Yo sí, pero no podía hacerlo.

CONFESIÓN

Confieso que no me es concebible que un cuchillo sea más hermoso que un coral, que un tigre de Bengala, una tortuga, un araguaney o una brizna de hierba. Si hice un cuchillo de coral negro es porque encontré trozos en un basural marino de la costa venezolana, seguramente arrancados durante una marejada. Si hice otro con un hueso de tigre de Bengala es porque en un zoológico de Caracas murió una de estas maníficas criaturas, me imagino de tristeza, y alguien me acercó uno de sus nobles huesos. Y así siguiendo. Nunca maté un animal ni un árbol para hacer un cuchillo.

El hecho de que haya sido incapaz de permanecer quieto y en paz, y me dedicara a hacer cuchillos, entre otras cosas, no me hace necesariamente insensible y estúpido. Y un artista, más que eso, un hombre sensible sabe que un tigre o un coral, tortuga, árbol o hierba son hechos, actos de belleza absoluta, total.

Si los tigres no murieran y sus huesos no se dispersaran, jamás habría en este inundo un cuchillo mío hecho con hueso de tigre de Bengala.

LA PREGUNTA

Alguien que me conoce hace tiempo y es motivador de algún modo de este manuscrito, me ha pedido que explique por qué he decidido deshacerme de estos objetos. Es curioso, hasta hace poco me preguntaban por qué no lo hacía. Responder esta pregunta implicaba cierta invasión a mi vida íntima y tenía resistencia a revelarla. Pero la gente no tiene la culpa. Me preguntan por un cuchillo y la respuesta es mi vida. No puedo evadir esta realidad: in¡ obra es mi vida. Me parece importante responder con toda sinceridad porque allí puede haber algo más esencial que la mera existencia de estos objetos.

Creo haber contado antes que mi resistencia y celo a exhibir estos cuchillos, dagas y puñales -que en la práctica implica su venta y dispersión- era tenaz e inflexible. Algunos allegados me apoyaban en esta actitud. Tal vez veían en ella algo que muchos necesitan presenciar de vez en cuando, y es que no todo pasa por el dinero. Ése era un hecho: estos cuchillos no se podían conseguir con dinero, no estaban en venta. Hoy en día sé que además de este "lujo" que se da alguien más bien pobre como uno, pudo haber como una especie de represalia contra la gente exageradamente interesada en los cuchillos y al mismo tiempo apática con el resto de mi obra plástica -que siempre estaba físicamente presente cuando veían los cuchillos. Por otra parte me aterrorizaba la imagen de señores y señoras B, que suelen tener mucho dinero, haciendo de las suyas con un cuchillo mío en sus manos.

En un sentido más material -eso que ingenuamente llamamos concreto y que nos gusta tanto- un día me encuentro de golpe con el hecho de que había reunido una colección de objetos -algo que en realidad nunca quise hacer (ya que lo único que he coleccionado han sido defectos) y no tenía lo que deben de tener los coleccionistas, a saber: una casa segura, empleados, una mucama que mantenga la colección en buenas condiciones, seguros, una mujer orgullosa de la colección de su marido, perros feroces, etc... Me pareció que no reunía los requisitos. Ni siquiera uno. Me encontré en jaque mate. Mi primer y último amor, la libertad, me llevó a crear cuchillos a mi antojo y luego fui esclavizado por ellos.

HACER-ME
LIBERTAD CUCHILLOS
DESHACER-ME

Todo esto puede sonar fácil y teórico y hasta inteligente. Pues no. Ninguna de las tres cosas. Fue difícil, a golpes y uno es bastante obtuso. Pero finalmente sonreí al contrincante -qué remedio- y tumbé mi rey.

Si a usted no le gustan las cosas como me sucedieron y en cambio le parecen tiernas las historias del bosque, tenga a bien escuchar este cuentico:

"Había una vez en el bosque un enanito artesano que hacía pequeñas espadas como él. Las cosas que hacía, más las espaditas, eran una pesada carga cuando debía dejar las cabañas que le alquilaban los enanos propietarios. últimamente se había enamorado (era un enano enamoradizo) de una enanita que quería vivir en otra comarca. Así lo hicieron arrastrando pesadamente objetos y espaditas. Como ni la nueva comarca ni la enanita mostraron mucho afecto, al poco tiempo el enano regresó a su vieja comarca dejando atrás sus queridas espaditas. Buscó a sus amigos enanos pero nada era igual. Todos se habían alejado o vivían en otros bosques. El enano se quedó solo y todo el cariño que él sentía por la enana y sus amigos enanos estuvo libre y se lo dedicó a las espaditas. Quiso la fortuna que en estos días varios queridos enanos se encargaran de hacerle llegar sus espaditas de la lejana comarca que había dejado. Éstas, que eran leales, amaban a su progenitor. Ya no había ni una seta que comer. El enano estaba flaco como una hoja de pino y una vez más le pidieron que desalojara su cabaña. Las espaditas, con sus tibios aceites en las fundas, se sintieron mal. Decidieron reunirse esa noche mientras el enano dormía y al amanecer salieron en "puntitas de funda", atravesaron el bosque -que a esa hora es muy azul- caminaron y caminaron una tras otra en fila y, finalmente, llegaron al gran poblado enano. Allí hechizaron a una enana mercader que decidió colaborar con ellas.

Cuando el sol calentaba, el enano despertó y se extrañó al notar la ausencia de sus espaditas. No tuvo tiempo de sentirse triste y entregarse a la autocompasión -cosa que le encantaba practicar- porque justamente en ese momento apareció el antipático enano propietario y lo echó a la calle, es decir al bosque.

Pasó mucho, pero mucho tiempo, y el enano se convirtió en un vagabundo. Conoció nuevos y hermosos bosques, aprendió a no tener hambre cuando no tenía comida y que la vida sin hacer espaditas era más interesante de lo que pensaba. Aprendió también otras cosas.

Un día llegó hasta una casita muy bella, casi escondida entre soberbios cedros -que eran azules naturalmente. El enano, que por la sorpresa estaba con la boca abierta, con ganas ya de cerrarla, no pudo hacerlo porque se acercó hasta él en ese momento una enanita preciosa: rubia y de ojos verdes, ligeramente gordita y con unos pechitos muy lindos -todo lo que a él le gustaba en materia de enanas. Tras saludarlo graciosamente le preguntó si era el enano que había hecho ciertas espaditas. Cuando quedó claro que así era, le dijo que ella estaba esperándolo, pues esa casa y esos cedros eran para él. Y en el acto se enamoraron y vivieron muy felices muchísimos años en la casita bajo los cedros azules.

En fin, no creo que las cosas sean así, pero a algunos de nosotros nos encantan los cuentos.

Para mí, simplemente es la comprensión de un apego más. Hay algo desconocido que apenas comienza a percibirse.

PREGUNTA ADENTRO

Si quisiera indagarse un punto de vista interior, sucede que hubo un mundo de actos, de deseos que buscaron realizarse. Fueron esculturas, dibujos, pinturas, otras cosas y también cuchillos. Lo dificultoso del mantenimiento de esa materialidad antes mencionada es ineludible, pero no implica el desapego. Más sencillo: no puedo cuidar ya de mis cuchillos. Me separaré de ellos, tal vez para siempre, aunque son algo importante para mí. Pero lo haré por algo que es aun más importante.

Usted los contempla: son unos cuchillos. Le gustarán más o menos, algunos, todos o ninguno y eso, 9 a lo mejor, es todo.

Pero si yo los contemplo, veo los rostros que amé, veo lo que quise ser, lo que soñé, veo la amistad, incluso con materiales en muchas tardes de trabajo, veo paisajes que nunca pisé....

Los hechos pueden tener magia. Cada cuchillo hecho calmó o realizó un deseo. Y él sigue estando allí. Tal vez me fui vaciando de esos actos, de esos deseos -épicos, alegóricos, de amor, éticos y estéticos- que terminaron en objetos de filo y punta. Cada cuchillo, un acto cumplido. un hecho consumado. Serán dispersados, como los restos de Osiris, corno se hizo con las cosas que amé y a las que pertenecen. Y todos Juntos serán cenizas:

Serán cenizas, mas tendrán sentido
Polvo serán, mas polvo enamorado
Quevedo

PREGUNTA ADENTRO II

No creo en historias lineales, en causas y efectos, ni patrones estadísticos, ni en grotescas sicologías el

y sociologías esquemáticas. Creo en estructuras misteriosas, simultáneas, enormes, en las que todos

estamos inmersos. En los breves momentos en que se abre el velo de la estupidez, ambiente en que vivimos -y también es la mía- veo estas estructuras claramente, masivas y silenciosas como las nubes de esa montaña.

Mis trabajos, como los de cualquier otro, fueron hechos en el seno de esas estructuras misteriosas, mezclándose con las de quienes me rodeaban y yo amaba. La imagen del mundo y de uno mismo, los sueños inevitables, los deseos, los miedos, los sufrimientos, los desamparos y las soledades terminan directa o compensatoriamente constituyendo objetos, manipulación mediante.

Las estructuras misteriosas se reúnen, bailan con alegría y plenitud a veces. Pero la fiesta termina y nos quedarnos solos. La fiesta terminó y estoy lleno de cuchillos.

ESPADA

Cierto día, después de muchos cuchillos, como quien dice después de ¡Duchas lunas, me dije: "¿por qué no tengo una espada?" Sentí que para defender doncellas, amigos y torres no bastaban los cuchillos específicos: semejante héroe épico necesitaba una espada. Y no cualquier espada: su espada. Y no se ría, lector, que esto, aunque ridículo, es muy serio.

Me entregué a la tarea en cuerpo y alma. Sí, tiene usted razón al preguntarse en qué estado estará esa alma para ocuparse en la construcción de una espada y además finalizando el siglo XX. Pero estará de acuerdo conmigo en que el cuerpo tiene que estar en buenas condiciones: forjando la endiablada hoja, solamente la hoja, estuvo seis meses este pobre pero resistente cuerpo. Sé que estoy contando estas cosas en un tono jocoso, pero debo insistir: la espada era una cuestión muy importante. Iba a ser mi espada, de algún modo mi última palabra. Muchas espadas que había visto, recordado y aún imaginado, fueron descartadas. Lo que fue determinando su forma, materiales y métrica, fue la "visualización" de su uso. Tara qué necesitaría ese héroe esa espada? o ¿qué entuerto iba a "desfacer" con el justiciero elemento? Ya se imagina usted que la locura no acabó en el siglo XVI.

Finalmente mi espada tuvo el acero de ballestas de algún enorme camión, acero laminado de grueso espesor y una memoria de curva de ballesta que me costó los seis meses ya mencionados en quitarle a sus moléculas, en forjas agotadoras. Soñaba que se volvía a curvar mientras yo dormía agotado de enderezarla por enésima vez. Temí, lo confieso, que volviera a curvarse dentro de su recta funda mientras estuvimos separados. La hoja fue corta, concisa, de doble filo y con cierta curva en ambos filos. Los filos, son tales en cuanto a forma, como los de un hacha. Su empuñadura es impensablemente larga, pero mis brazos indicaron esa exacta proporción, al igual que el largo de la hoja. Es una espada para destruir obstáculos, para abrir espacio, camino -no entre seres vivos sino entre objetos-, ya sean mecanismos, mamposterías, arquitecturas o concreciones materiales múltiples (pienso que puede destruir un molino de viento, grande y de recias aspas).

Probé mi hoja desnuda atravesando una puerta -una experiencia que no deja de ser hermosa-, luego comprobé su "performance" vertical y, esta vez con un banquito que encontré una vez abandonado, lo adopté y restauré. Lo quería más que a mi espada naciente y ésta lo atravesó limpiamente. Dirá usted, ¿así trata este sujeto loco a lo que ama? Pues sí. ¿Preferiría usted que pruebe mi espada con el banquito de mi vecino'? Envalentonado con las pruebas definitivamente exitosas, decidí atacar algo más digno de los soberbios sentimientos que me invadían. Resultó apropiada una columna ole concreto, de esas que tienen cabillas y hormigón armado. Un solo golpe resulto devastador, ya que parte considerable de la columna se desprendió sin consecuencia para ni¡ espada. Allí di fin a las pruebas. Para darle un toque de ternura. ya que intuyo oscuros pensamientos suyos, querido lector. diré que la última materia que laceró ni¡ espada ya terminada fue una torta, a pedido de los escasos presentes durante una reunión muy amigable, y lo hizo con mucha suavidad.

Mi espada tuvo un nombre, pero se nos ha olvidado a los dos.

GADES

Durante una marea baja, en el fondo marino frente a una fortaleza en Cádiz, me encontré con los restos de una espada antigua. Seguí vagando por Andalucía con mi mochila y ahora con espada, y conocí a una andaluza hermosa como una estrella, que me invitó a su pueblo. Cuando me vio aparecer en Zahara de los Atunes con una espada, se reía."Tiene gracia", dijo. -Se llama Santiago y llega con una espada.Dejé, en la bella Andalucía, mi Estrella y in¡ espada.

HERMANA

Hablábamos mi hermana y yo llego de no vernos durante diez años. Nos preguntábamos y respondíamos muchas cosas que sucedieron e hicimos en este transcurso. Entre todo eso, salieron los cuchillos. "Hago cuchillos. ¿Qué raro, no?" - Anticipé la mirada de sorpresa a que me tienen acostumbrado cuando digo que hago cuchillos. Sin embargo, mi hermana con la mirada baja, dejó lo que estaba haciendo y sin decir palabra salió. Regresó al rato y puso sobre la mesa un objeto. Era un cuchillo, una daga que yo había hecho y olvidado cuando era un adolescente y mi hermana amorosamente guardó durante todo ese tiempo.

SOBRAS Me he preguntado mirando algún cuchillo si la diversidad de materiales presentes en él no es característica de la época en que vivimos. Si uno se propone enumerarlos en una lista, se encuentra con algo exótico, caprichoso, con un rebuscamiento que hasta puede molestar. Pero las cosas no fueron así. Pues resulta que simplemente se recoge por aquí, por allá algo del Suelo, una piedrita que le gusta y un amigo trae de sus vacaciones otras de mares lejanos; y comprando mármol en Guarenas uno pisa Linos trocitos de piedra de un extraño color rojo y que resulta ser travertino rojo o, estos pedazos terminaron en una daga que se llama "Persa", luego de aliarse de Persia. Por cierto, con materiales de otros lugares. Entonces si se trata de exótico, rebuscado o caprichoso, es el entorno con un tráfico material sin fronteras, fluido y sin límites, que ojalá tuvieran nuestras mentes. El rebuscamiento entonces es aparente. Es como la comida francesa. Luce imposible y sofisticada pero si se tiene la oportunidad de leer el menú de cualquier almuerzo de Luis XIV con 130 y más sopas, 20 y más carnes de cacería roja, otro tanto de aves, pescado, cremas, guarniciones etc., entonces se imagina a la servidumbre mezclando esas sobras y haciendo con ellas nuevos platos que, con el tiempo, podrían ser tradiciones culinarias francesas. Omita el origen, es decir. sobras del pantagruélico festín del rey, y vea simplemente los ingredientes y su preparación. Luce sofisticado porque hay que "fabricar" esas sobras. Distinto a mezclar simplemente éstas, cosa que nada tiene en sí de complicado. Tal vez mi analogía sea bizarra, pero aplicando esto podría decir que hay en nuestro entorno un festín pantagruélico de materiales, del cual se recogen las sobras que le interesan, y se prepara su plato, es decir en este caso su cuchillo.

KARIMENSIS

Es media mañana, el machete, la azada y el pico pesan cada hora un poco más en las manos. Desde el amanecer, con ayuda de un compañero, limpio un bello precipicio que compré para algún día -pensaba entonces- vivir y trabajar allí. Sudor. Adrenalina. Cansancio. Un grito: ¡Mapanare! Es mi amigo, el "testigo" que siempre en el mar o las montañas encuentra serpientes. Corro hasta él, que tiene una serpiente revolviéndose apretada con un rastrillo. Como conozco a mi amigo, sé que el verdugo de la mapanare seré yo. Un rápido movimiento del reptil me deja ver una marcada triangularidad en su cabeza. Me decido y la mato con una azada. Pero no es una mapanare. Mi corazón da un vuelco cuando veo a una hermosa y joven tragavenados. Para qué seguir con esto. Aún me avergüenza mi impulsividad de ese momento,pues pude haberla reconocido como lo que era, todavía viva. En fin. Pedí perdón a las serpientes por mi crimen. Recientemente vi y acaricié una de estas tragavenados mientras engullía una paloma de monte rumbo al río Gamboa en el Ávila. Y cerca de ese lugar me encontré dos veces con una tigra mariposa grande y una pequeña mapanare. Ninguno molestó al otro. Tal vez he sido perdonado. Pero aquella vez reuní unos hallazgos del sitio: un viejo trozo de machete, cuarzos, madera del lugar, huesos y construí un cuchillo, el Karimensis, para expiar la muerte de una pequeña boa en 1989.

SUR

El cuchillo es un objeto muy presente en el Sur, de donde vengo. Desde el Martín Fierro hasta la poesía de J.L. Borges, tan amante del mundo anglosajón, pasando por el folklore, milongas y tangos, el cuchillo aparece.

"Malevos" que en su último suspiro besan "la cruz del cuchillo" a modo de crucifijo, otros en trances no tan definitivos hacen en ella un juramento. Duelos, venganzas, desafíos. Se trate del amor, del odio, de un agravio o una traición, siempre está la sombra del cuchillo. El gaucho hallaba en él, luego de su caballo, quizás la pertenencia más fiel. Era su herramienta para carnear, elaborar sus aperos, lazos, botas, etc. Su defensa, su atributo. Con la inmigración y los grandes frigoríficos de los ingleses, multitudes de hombres y mujeres ganaban el sustento con un cuchillo en la mano, diez y catorce horas diarias muchos de ellos -uno se imagina miles de carniceros o cirujanos.

Se conserva una antigua tradición de platería que incluye al cuchillo-gaucho en su producción.

Un venezolano muy lúcido, F.H. Luque decía en un artículo de prensa, ante cierta antipatía en el ambiente contra gente del Sur, algo así corno ¿,cuál es el problema con los sureños? Son gente de cuchillo y comedores de carne igual que los llaneros de Páez, que descalzos y con lanza y caballo, enfrentaron a los españoles en los campos de batalla.

El gaucho lo usaba en la espalda a la altura de los riñones, ligeramente ladeado, según fuera zurdo o derecho, sujeto por la presilla de la vaina al tirador, especie de cinturón.

Y gangoso con la tranca Las armas son necesarias
me solía decir: "Potrillo, pero naides sabe cuándo;
recién te apunta el cormillo, ansina, si andás pasiando
más te lo dice un toruno: y de noche sobre todo,
No dejes que hombre ninguno debes llevarlo de modo
te gane el lao del cuchillo. que al salir, salga cortando.
Martín Fierro, v. 2405 y 2410, capítulo XV
"Consejos de Viscacha"

Y hay que oírle a Borges decir con ese aire abstracto que tal vez le daba la ceguera: "Sí. sí, usaban cuchillo corto, para estar más cerca del adversario". Se refería a los guapos suburbanos que utilizaban un cuchillo más corto que el gaucho, fácil de ocultar en la ropa y parecido al que usaban para trabajar.

EL "VISTEO"

Los niños de la pampa argentina iban a la cocina hasta la olla, suspendida sobre el fogón. Zurdos y derechos untan de hollín sus dedos índices en ella. Juegan. Se enfrentan, se esquivan, tratan de marcarse puntos en el cuerpo y evitan ser tocados por el otro. Picardías. Se avisa que se marcará un punto cuando arteramente se busca otro. Se ríe y se juega. Pero también se crece y se adquiere destreza. Serán jóvenes, serán hombres de bien o pendencieros. Pero sus cuerpos sabrán buscar y eludir a otros, cuando la vida los provea de pasiones y cuchillos.

DESAFíO

Tenía yo diecisiete o dieciocho años y Roberto cincuenta y tantos y unos bigotes delgados. Hablaba con frases cortas, sin ganas, muy suave, como si hablar fuera algo fastidioso pero necesario:

-Yo era pibe, coi-no vos, y la mina me gustaba. Me dijeron que el punto con el que ella estaba era mayor, que vivía en ese barrio y esa casucha. Creo que me estaba esperando. Le dije mi nombre. Me miró, "¡Pasá!", dijo. Me dio la espalda algo encorvada y al ver su camiseta sin mangas, su chancletear cansado, sentí lástima por lo que le iba a hacer. Se sentó en una silla de paja y me ofreció otra. No quise sentarme, no iba de visita. Habló: "Porpolleras no hay que pelear, pibe.- Le di a entender lo contrario. Me miró largamente, movía la cabeza en Un gesto de disgusto. "¿Traés revólver?", "Sí" contesté. "Dejálo ahí." Señaló con el mentón una mesa. Lo hice. "¿Tenés cuchillo?" Le dije que no. "Tomá". Me dio uno suyo que saco de un cajón. algún puñal, sin conseguirlo. Comenzaba a arrepentirme de haber ido hasta ahí cuando el tipo se sacó una alpargata de las que calzaba -que en el Sur tienen una sucia de cocuiza tejida muy sólida. La sumergió en un balde de zinc que tenía agua. La escurrió sacudiéndola varias veces y me dijo "Dale".

Las primeras fintas que hice fueron de "esgrima",no podía darle un tajo ni un puntazo a un tipo

armado con una alpargata. Pero al tercer alpargatazo en la cara, las puñaladas que yo le tiraba eran a muerte. Una vez -cuando todavía veía- clavé el cuchillo en el marco de la puerta y me costó desencajarlo mientras el tipo, tras esquivarme, me daba un rápido alpargatazo en la nuca. Para qué contarte más, pibe. En un momento me saco el cuchillo de la mano suavemente. Con lit otra sobre mi hombro me llevo hasta lit puerta de su casa. Me puso mi revolver, que había descargado, en el bolsillo del saco, y mientras tanteaba m¡ mano, me entregaba las balas y me dijo: "Viste. pibe, que por polleras no hay que pelear".

MAR

El mar, ese escultor incansable, es un proveedor generoso de materiales nobles. Acudía con frecuencia a admirar sus trabajos y también a recoger de sus tesoros algunos materiales para mis obras y cuchillos. De alguna forma, para mí desconocida, los selecciona: allí encontrará usted huesos, perfectamente limpios y desengrasados, por allá maderas duras, goma en otro grupo definido, restos de muñecas, también agrupados. Ademas de agruparlos espacialmente, lo hace también en el tiempo: hay días de huesos, días de coral negro, días de basalto o ausencia de ellos. Él traga, regurguita, cincela, incrusta, pule, interviene, corta, enreda, muestra y esconde, juega como sus hijos, los delfines. podría dibujarse un mapa de sus talleres a lo largo (le lit costa. lino donde pule sus basaltos, cuarzos y granitos, otro donde gusta acumular sus maderas, lugares en que huesos, bambúes, magnetita, etc.

Cuando se despide de las maderas, luego de jugar con ellas, y las deposita en la arena, va les ha regalado el don de resistir a los insectos, de ser más fuertes y resistentes.

Una vez cruzaba una isla pequeña desde su parte tranquila, interna, hacia su costa oceánica. Antes de llegar a ella escuchaba sonidos cristalinos, múltiples, corno si hubiera gente trabajando metales macizos o piedras. Apuré el paso y llegué a "la mar océano" que tenía allí Un deslumbrante taller de coral blanco corno nieve. Y había piezas pulidísimas que parecían mesas dignas de Un rey -de esos buenos de los cuentos.

Ir al mar a ver qué tiene para Lino, es más difícil que acudir a un importador, pero es más bello y misterioso. Además se consiguen cosas más interesantes. A veces el mar está de buen humor y hace chistes.

Encontré un canto rodado igual que las piedras que lo acompañaban. Tenía algo familiar y a la vez llamaba la atención corno algo extraño. Resultó ser un trozo de travertino romano de las montañas italianas, que cayó en sus manos en alguna demolición que acostumbran botar al mar y él lo trabajó como a sus milenarios cuarzos. Es poesía lo que enseña el mar, o "la mar", coi-no bellamente dicen los poetas españoles. Caminar sin obsesiones, pero atento, y dejar que se crucen en el camino las cosas que se han de recoger o no, según criterio del corazón.

Azabache, magnetita, conchas multicolores, coral negro, jaspe, cuarzo, basalto, maderas exóticas -parece que encontré un buen lugar para hacer cuchillos. El Caribe, el Trópico. Donde no cuesta llegar a lugares remotos, donde uno respira aire puro y ve animales salvajes y árboles que nadie sembró, a minutos de atravesar a pie una autopista envenenada y furiosa. Mi gratitud a esta tierra y a este cielo.

Fuente: Galería Félix, 1998, Santiago Pallini "Cuchillos y dagas"
Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber, "Cuchillos y dagas" de Santiago Pallini, Octubre 1998, Catálogo Nº 136.


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