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El venezolano siempre ha tenido la propensión de tener "su casa",
"su hogar" y de vivir en su propio mundo, aunque sea de cuatro paredes. Más que
el orgullo de la propiedad, tiene el orgullo de la independencia. No invita para enseñar
o presumir; cuando dice "venga a mi casa" lo hace con el mismo tono abierto y
sincero que emplea cuando invita a "su rancho". Lo que en el fondo vale e
importa es el contacto humano: conocer la familia, establecer una relación, participar e
intercambiar. Por eso, al decir "mi casa" debe entenderse "mi familia"
y todo su perqueño gran mundo. Hay individualidad en la casa, por modesta y sencilla que
ella sea. Individualidad que revela carácter y personalidad. Siempre habrá algún
detalle que la diferencia de la vecina, aunque sea los colores solamente.
Casuchas, casitas y ranchitos que dejan presumir acerca de la región a
la cual pertenecen y especular acerca de los recursos de quienes las habitan. Viviendas
que se tildan de humildes y, a veces, de "pobres"; pero, cuánta vitalidad,
identidad y carácter.
No creo tenga gran interés conocer el
nombre de los lugares donde tomé las fotos que ilustran las páginas siguientes.
Pertenecen a varias regiones, pero repito, el sitio geográfico es de secundaria
importancia; lo que vale es tener las facultades para poder descubrir y apreciar todo el
pequeño gran mundo que encierran esas paredes de bahareque, de tablitas, de bloques y de
colores.
Fuente: GASPARINI, Graziano, Casa Venezolana,
Editorial Armitano.

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