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Psicopatologías monetarias
Axel Capriles

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Ÿ Psicopatologías monetarias
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Ÿ El arte hacia la búsqueda de lo real
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La transacción de las satisfacciones humanas
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Ÿ Laberinto
Ÿ La materialización de lo abstracto
Ÿ Una una Oración por Todos
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Ÿ El dinero no es algo real
Ÿ El último minotauro
Ÿ El efecto del MILENIO
Ÿ Capítulo VII La mujer freudiana
Ÿ El dinero- un cosmos de significados subjetivos
Ÿ CHORONI entre el cielo y el infierno
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Ÿ A propósito de galerías- Las hay de chicha y las hay de limón-
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Ÿ Antología poética - Elizabeth Schön
Ÿ Por los respiraderos del día. En un momento dado
Ÿ El Samán de Güere
Ÿ Rasgadodeboca
Ÿ La mujer en el Egipto antiguo

La psicología del siglo nace a la luz de la sexualidad. El genio creativo de Sigmund Freud popularizó el descubrimiento de que muchas de las enfermedades mentales tratadas por los médicos y psiquiatras de la época eran el resultado de la represión de potentes complejos sexuales. La acumulación de antecedentes clínicos conducente al surgimiento de la moderna psiquiatría dinámica apuntaba en esa dirección. La histeria dominaba el escenario de los casos estudiados por La Escuela de Nancy, la Escuela de la Salpétriére, Pierre Janet, Joseph Breuer o el propio Freud.

Y tanto la histeria como el fin de siglo europeo escondían complejas patologías eróticas. Hoy por hoy, en las postrimerías del siglo XX, la condición humana es substancialmente diferente. Los complejos sexuales parecen no estar sujetos a tanta represión y negación, y encontramos mucha más patología en las representaciones monetarias que en el sexo. La moneda es una fuente de locura personal y colectiva.

Melville Herskovits escribe que "en casi todas las sociedades ágrafas nadie depende del dinero para vivir, y sólo puede asumirse el riesgo de confiar en el dinero cuando se trata de satisfacer aquella clase de necesidades que son secundarias y no guardan relación con el sustento"1. Por el contrario, las imágenes inconscientes atadas a las necesidades biológicas más elementales del hombre occidental contemporáneo están hoy conectadas al dinero y al sistema económico.

El ser humano ya no depende de una relación directa con la naturaleza. Nuestro instinto de supervivencia, la satisfacción de nuestras urgencias de alimentación y cobijo, pasan todos a través de una intrincada red de relaciones económicas y transacciones monetarias. ¿Me alcanzará el sueldo para mantener a mi familia? es la urgencia más sencilla que enfrentan millones de personas. Ya no tememos la furia de los dioses ni la arbitrariedad de los fenómenos de la naturaleza.

El miedo primigenio, la inseguridad y las ansiedades más arcaicas en torno a la sobrevivencia propia y la de nuestros seres queridos se ubican ahora en la adaptación de nuestras actitudes financieras y representaciones monetarias. La economía, como naturaleza, es un gigante de dimensiones y poderes incontrolables del cual dependen nuestros más básicos instintos vitales. No es necesario acudir a otros niveles de complejidad de las necesidades psicológicas superiores para remarcar la inmensa carga emocional del complejo. El dinero es el portador simbólico de la más elemental angustia de supervivencia.

Muchos síntomas secundarios de los desórdenes afectivos manifiestan claramente los miedos y angustias primordiales. La mayoría de los pacientes con diagnósticos de depresión crónica o neurótica gastan muy poco y despliegan fantasías catastróficas sobre su futuro económico. En las psicosis depresivas encontramos con frecuencia temores agudos de perder todos sus bienes e ideas delirantes de pobreza. Uno de los grandes aportes de Carlos Gustavo Jung 2 fue resaltar el hecho de que en la enfermedad mental y en la locura no encontramos nada nuevo. Son manifestaciones extremas de la matriz de los problemas vitales que todos enfrentamos en nuestro más íntimo ser.

La misma inseguridad y angustia primaria del neurótico aparece en los hombres normales y ronda las bases de las más descomunales fortunas. El editor Miguel Angel Capriles, quien fuera uno de los hombres más ricos de Venezuela, confesó que el motivo de fondo de todas sus aventuras empresariales, de su codicia y ambición, fue la necesidad de calmar el miedo. Compartía la noción de heroísmo del escritor ginebrino Enrique Federico Amiel3 quien definía la proeza heroica como el triunfo resaltante sobre el miedo, el miedo a la pobreza, al infortunio, a la soledad y al aislamiento. En Memorias de la Inconformidad el editor venezolano escribe que su esfuerzo infantil.

1. HERSKOVITS, Melville J. Antropología Económica. Fondo de Cultura Económica. México, 1974. Pág. 233.

2. JUNG, Carl Gustav. Symbols of transformation. Routledge & Kegan Paul, London,1970

3. AMIEL, Henri-Frédéric. Journal Intime. L'Age d'Homme, Lausanne, 1976.

" por contener el miedo y parecer valiente, toca un punto crucial de lo que después ha sido una constante en mi vida y que por lo visto aprendí a los 5 años en esas terribles noches de 1920. Porque si muchos esfuerzos he tenido que realizar a lo largo de los años, ninguno ha sido más agotador que el de hacer aparecer a un niño adolescente y adulto después, con el alma llena de temores y miedos, con la imagen del hombre valeroso y desafiador... El temor siguió siendo después la barrera constante que debía saltar para enfrentarme en las luchas por la sobrevivencia propia, la de mis 13 hermanos -cuya jefatura asumí junto a mi madre al quedar huérfanos de padre- y por el éxito, que se personificó en la necesidad de ganar dinero".

Sintiendo que otros caminos para la realización personal, como la ciencia, la intelectualidad o la política, no estaba abiertos para él, M.A. Capriles "dedicó su vida a producir dinero, como único instrumento de éxito a su disposición"5. El miedo lo impulsó a vencer los más grandes obstáculos y amasar una inmensa fortuna, pero una fortuna que nunca le dio verdadero solaz y que lo llevó al sacrificio de muchos lazos afectivos que hubieran podido darle un séntido más íntimo pleno a su vida.

Los usos emocionales del dinero aparecen en casi todos los disturbios mentales. En los casos de manía surgen con frecuencia delirios demenciales de grandeza y de riqueza. El enfermo eufórico se siente capaz de realizar los más arriesgados negocios y las más extraordinarias transacciones millonarias. Su ritmo de consumo pone en peligro los ahorros familiares hasta el punto de llegar a dilapidarlos, siempre sordo a los consejos de los familiares y allegados para que gaste de manera más racional. Los paranoicos esconden el dinero y viven obsesionados y acosados por el temor de que alguien quie robarlos. Cada tipología caracteriológica tiene sus taras monetarias: el avaro, el tacaño, el manirroto, el jugador, el exibicionista, el soñador, el negociante, el coleccionista.

Algunas personas con fortunas lo suficientemente grandes para cubrir el dispendio de varias generaciones viven perseguidos por perenne miedo de que en el futuro pueda faltarles los medios para su estabilidad económica. Otras, carentes de bienes fortuna, gastan lo que no tienen sin el menor escrúpulo o recato. Hay sujetos que regatean por el arte del regateo mismo. Aun sabiendo que el precio del artículo deseado es el correto o el mejor, ellos nunca quedarán satisfechos si no obtienen una rebaja, sintiéndose disminuidos en su valor personal si llegan a comprar sin haber logrado alguna concesión en el precio.

Muchas veces, el regateo irracional, codicioso o compulsivo, responde a patrones autónomos inconscientes y en lugar de servir a la racionalidad económica se toma disfuncional para el logro de la meta comercial. Un divertido cuento de Roald Dahl6 muestra la irracionalidad económica del regateo compulsivo. Mr. Boggis, un marchante inglés de muebles antiguos, había logrado fama y celebridad por su habilidad para ofrecer las más raras e inusuales piezas de los grandes diseñadores ingleses del siglo XVIII en la talla de Ince, Mayhew, Chippendale o Robert Adam.

Para obtener las exclusivas antigüedades, Boggis acudía a mil astucias y visitaba regularmente las más remotas aldeas de la campiña inglesa. Un día, fisgoneando una granja perdida en Buckinghanishire, Boggis se topó sorpresivamente con la pieza más buscada por los coleccionistas de muebles raros: la última de las únicas cuatro cómodas ejecutadas directamente por Thomas Chippendale durante el período más exaltado de

su carrera. La legendaria pieza se suponía perdida y se conocía de su existencia tan solo por las descripciones insertas en viejos registros históricos. Los humildes campesinos aspiraban por la cómoda 87 libras esterlinas, tan solo su costo original según el vetusto recibo que aún yacía en una de sus gavetas. A pesar de que el valor de mercado del extraordinario mueble de Chippendale superaba fácilmente las veinte mil libras esterlinas, además de asegurar la fama de su descubridor abriéndole un puesto seguro en la historia del arte, Boggis ofreció apenas diez libras.

4. CAPRILES, Miguel Angel. Memorias de la inconformidad. Publicaciones Capriles, Caracas, 1973.

Págs. 40-41

5. CAPRILES, Miguel Angel. Op. Cit. Pág. 42.

6. DAM, Roald. 'Tarson's P1easure" en KISS KISS. Penguin Books, Middlesex, 1978.

Haciéndose pasar por un piadoso reverendo ayudado por un negro disfraz de pastor protestante, tras habilidosas argumentaciones y un prolongado regateo, el negocio se transó en veinte libras. La última argucia de Boggis fue argumentar que, a fin de cuentas, el viejo mueble sólo servía como leña para avivar el fuego y si lo llegaba a comprar sería para utilizar su madera en la chimenea de la iglesia parroquial. Sintiéndose triunfador y orgulloso de su habilidad para el regateo, Boggis salió a buscar su automóvil para cargar el mueble. En el interín, temerosos de que el párroco quisiera bajar nuevamente el precio si todas las partes de la cómoda no cabían íntegras en el pequeño automóvil, los ingenuos campesinos decidieron ahorrarle trabajo al reverendo y tomando un hacha comenzaron a despedazar el mueble. En pocos minutos la mítica cómoda de Chippendale había sido convertida en leña para el fuego.

Cada tipo de personalidad, cada organización de carácter, expresa una dinámica psíquica diferente, una sui-géneris constelación del complejo monetario. Pero la verdadera destructividad del manejo patológico del dinero surge con el enfrentamiento de tipos psicológicos dispares en laconvivencia cotidiana, en el matrimonio, la familia o los negocios.

Las finanzas tejen silenciosamente intrincados contratos interpersonales, demarcan territorios y fronteras que nos ciñen y violentan disimuladamente. En muchas relaciones de pareja el tema monetario se convierte en un tabú ya que de lo contrarlío desataría desvastadoras tempestades y heridas incurables. El presupuesto agobia la sexualidad y el matrimonio. Es parte de la manipulación, el dominio y el poderío sexual en las relaciones interpersonales. Los divorcios y las discusiones por la repartición de bienes son potentes catalizadores de la agresión, gatillos para el brote de los componentes más oscuros y destructivos de la sombra personal. Los asuntos financieros embrollan el trato con los amigos, los lazos con lapareja, los nexos de parentesco y las relaciones paterno-filiales. El dinero convierte al interlocutor habitual en un extraño, consteliza la sombra en el otro.

En un ensayo sobre Argentina, el escritor trinitario de ascendencia hindú V.S. Naipaul comenta sobre la relación de dependencia entre la virilidad y el dinero.

"Se asume que todo hombre es un macho. La conquista sexual es un deber. Ello tiene muy poco que ver con pasión o aun con atracción ... En una sociedad tan dominada por la idea del saqueo, las atracciones del macho, de arriba a abajo de la escala monetaria, son esencialmente económicas. La ropa, reflejando la clase o la riqueza del macho, es una señal sexual importante. También lo es la billetera. Y las llaves del macho, símbolos de propiedad, deben ser exhibidas ... El dinero hace al macho"7.

La psicólogo argentina Clara Coria en su análisis de las formas de subordinación y dependencia femenina en relación con la economía observa también que en nuestra cultura patriarcal "el dinero aparece claramente sexuado" y está "asociado apotencia y virilidad, convirtiéndose casi en un indicador de identidad sexual masculina"8. A pesar de que las citas anteriores surgen, coincidencialmente, de sendas reflexiones sobre la sociedad argentina, el enlace entre sexualidad y dinero no es un rasgo exclusivo de esa nación particular. Apunta a una problemática general de la cultura de las sociedades occidentales modernas.

La perspicaz asociación del dinero a virilidad y potencia sexual se inserta en un modelo de relación de sexos basado en la cantidad, donde la función numérica determina el corriporde los factores que intervienen en el proceso de formación de la identidad personal. La intrusión de este modelo en la vida particular de cada quien acota las vicisitudes del desarrollo personal y genera complicadas patologías en las formas de sociabilidad entre los.sexos. La falta de dinero en el hombre es un ataque a su virilidad y a su identidad sexual . Se experimenta íntimamente como castración y depotenciación del yo. Esta solapada sexualidad monetaria es también un caldero de conflictos para la mujer contemporánea. Siendo el concepto de feminidad el que más intensas transformaciones ha sufrido en el siglo veinte, la definición de la identidad de la mujer moderna pasa inevitablemente por la reformulación de las imágenes de sexualidad monetaria arraigadas en el más profundo inconsciente cultural.

7. NAIPUAL, V.S. The Return of Eva Peron. Vintage Books,New York, 1981. Págs. 163-164.

8. CORIA, Clara. El sexo oculto del dinero. Formas de la dependencia femenina. Ediciones Argot, Barcelona, 1987. Pág. 24.

Los usos emocionales del dinero en la psicología individual han sido, relativamente, bastante estudiados. Cuando nos acercamos al plano colectivo, sin embargo, la psicopatología del dinero se nos hace mucho más confusa. La tendencia a querer explicar todos los comportamientos monetarios por medio de la ciencia económica ha inhibido la posibilidad de un análisis más profundo de sus implicaciones psicológicas. Las crisis, los pánicos Y los colapsos financieros son fenómenos económicos que reclaman revisión desde la perspectiva de su significado anímico. También la estanflación y la inflación exigen una nueva óptica de análisis, sobre todo porque ellas forman el círculo de procesos socio-económicos que más carga eniocionalmente el complejo monetario y de cuyas derivaciones afectivas no puede dar cuenta la macroeconomía.

En épocas marcadas por un aumento constante y significativo de los precios, el tema del dinero deviene una obsesión de impenetrables repeticiones. La inflación es un desarreglo de la lógica colectiva, una descomposición subversiva de la racionalidad social. La autonomía de su comportamiento y la magnitud de sus desvastaciones frustan una y otra vez todo intento de manejar y saber verdaderamente cuál es el fondo de esta enfermedad social. ¿Cómo es posible que todos los actores económicos de una nación entren en la vorágine de este círculo vicioso?

Desde un punto de vista meramente teórico, la inflación regular y generalizada es un juego Suma Cero donde al final nada cambia. Aumentan los precios de los bienes y servicios, se incrementa la tasa de interés, suben los sueldos y salarios, varía la tasa de cambio y todos los valores económicos se ajustan mal que bien de manera general. Al compensarse mutuamente los cambios, la situación relativa de las personas queda inalterada. El incremento general de precios es un resultado de la aglomeración de conductas de miles de individuos.

El agricultor percibe que el valor del dinero recibido por la venta del maíz no es suficiente para repetir la siembra y mantener su nivel de vida. Decide, por tanto, aumentar los precios. El industrial hace exactamente lo mismo para cubrir los nuevos costos de producción del bien manufacturado, y el obrero, al ver su incapacidad para adquirir el producto al nuevo precio, acude al sindicato, el cual, a su vez, exige un aumento general de sueldos y salarios.

Después de largas discusiones, de complicados remarcajes de precios y de afanosas negociaciones, todos los precios suben para dar nuevo inicio al proceso en un juego donde, en el mejor de los casos, la suma de los resultados iguala a cero. Si el incremento en el valor de los ingresos se ve inmediatamente nivelado por el incremento en los gastos, ¿no es acaso una locura colectiva derrochar el esfuerzo de millones de individuos en recorrer un camino circular que termina en el punto de partida?

En la realidad, el proceso inflacionario sucede de forma más desordenada. Por lo general, la variación en los precios relativos producto de presiones externas y la inflación irregular y sorpresiva afecta de manera diferente a las empresas y personas siendo sus efectos mucho más perversos. Los resultados perniciosos y el impacto desigual de este tipo de inflación irregular no hacen sino acentuar el problema de la irracionalidad planteado por el círculo vicioso inherente a la inflación regular y generalizada.

El agregado final de la miríada de conductas individuales que en un principio eran acciones eminentemente racionales de los actores económicos defendiendo sus intereses y buscando el beneficio propio, se trastoca en desordenada irracionalidad colectiva donde el desajuste y el malestar social se revierten negativamente sobre el mismo individuo.

Esto es conocido en economía como la falacia de la composición, donde el comportamiento de cada individuo sería racional si no fuese por el hecho de que todas las demás personas se conducen de la misma forma. El todo es diferente a la intención y suma de las partes. En vista de que las causas y las consecuencias nocivas de la inflación son por todos conocidas, es incomprensible la persistencia de los mecanismos que estimulan el flagelo. Tiene que haber un correlato inconsciente que ofrezca soporte a tanta irracionalidad.

Con la refrescante mordacidad del sentido común, Frank Hahn señala que él no sabe si la mención en gran parte de la literatura económica de que Ia inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario "... debe tomarse como una afirmación empírica o teórica, o de cualquier forma que se tome, cuál es su significado. Ciertamente el precio de la mantequilla es un fenómeno de la mantequilla, pero esto no parece ser una

observación muy esclarecedora"9.

Sin duda, una ciencia de la mantequilla podría llegar a ser tan útil como los indicadores macroeconómicos para esclarecer el fondo psicológico del proceso inflacionario. Ninguno de los dos llega a explicar el fundamento humano de tan abrumante malestar y enfermedad social. Si la economía hubiera tenido menor interés por la racionalidad y le hubiera prestado más atención a la patología, probablemente hubiéramos presenciado logros más excelsos en el manejo de la inflación.

Algunos ensayistas literarios como Elías Canetti han palpado con más tacto el cuerpo de ese creciente malestar económico. Según el escritor búlgaro,

puede designarse la inflación como un aquelarre de la devaluación, en que hombres y unidad monetaria confluyen de la manera más extraña. Uno está en lugar de lo otro, el hombre se siente tan mal como el dinero que se pone cada vez más malo; y todos juntos se hallan entregados a este mal dinero y también juntos se sienten igualmente sin valor"10.

Si todo el mundo coincide en que la inflación es perniciosa para la sociedad y está de acuerdo en que ella es consecuencia de un crecimiento excesivo del dinero en circulación por recurrencia de políticas expansivas, es inevitable preguntarse ¿por qué los gobiernos mantienen el déficit fiscal y por qué todos continuamos reforzando los cursos de acción que generan alzas en los precios? ¿Por qué, por ejemplo, el Estado venezolano entra en 1986 en una política fiscal expansiva cuando, precisamente, el precio del petróleo descendía por la debilidad

del mercado petrolero mundial? No es un problema de simple desconocimiento o desinformación.

La imposibilidad de ceñir la expansión monetaria implica una actitud mental: la complacencia y el temor a decir no, la incapacidad de ponerle límites a la satisfacción de deseos y demandas de la población. Es el mismo rasgo que lleva al carpintero contratista a asegurar que mañana traerá sin falta los muebles cuando en el fondo sabe que ni siquiera ha comenzado a ensamblarlos en el taller. La experiencia inflacionaria venezolana ha demostrado que acontecimientos coyunturales o cambios exógenos en los precios relativos han desatado presiones inflacionarias adicionales en virtud de las políticas populistas que tienden a ceder a las presiones de los grupos influyentes afectados.

Responde a la resistencia de aceptar racionalmente que es necesario ponerle fin al estilo de vida dispendioso al que nos había acostumbrado el boom petrolero. En teoría del consumo este comportamiento irracional es conocido como el efecto Duesenberry. Cuando bajan los ingresos, las personas se resisten a disminuir el consumo de la misma manera que antes lo habían aumentado cuando inicialmente el ingreso creció. La gente se acostumbra a su nivel de ingreso y no hay forma de que acepte ajustar su estilo de vida por más que la racionalidad así lo exija.

9. HAHN, Frank. Mitsui Lectures in Economics. University of Birmingham, 1981. Tomado de Gustavo Márquez. "La inflación en Venezuela", en Francés, Antonio y Dávalos, Lorenzo (compiladores). Inflación: economía, empresa y sociedad. Ediciones IESA, Caracas, 199 1. Pág. 9 1.

10. CANETTI, Elías. Masa y poder. Muchnik Editores en el libro de bolsillo, Alianza Editorial, Madrid, 1983. Vol. I. Pág. 182.

Los acontecimientos económicos y políticos de la década de los ochenta no sólo deterioraron la situación social, afectando negativamente la distribución del ingreso agudizando los niveles de pobreza crítica en Venezuela, sino que iniciaron un cambio de nuestra imagen como sociedad y nación. La actividad económica depende de la fe y la confianza. Y siendo la moneda el símbolo de la fortaleza del aparato económico y de la integridad nacional, la inflación es en primer lugar el resultado de la pérdida de confianza de la población en la capacidad de su dirigencia para mantener dicha integridad. Es una falta de fe en el símbolo utilizado para medir y valorar los logros de la sociedad.

La psicología y la economia comparten numerosos términos en común. Inflación y depresión son dos de ellos. Estamos psicológicamente inflados cuando el ego pierde la capacidad crítica para demarcar los límites entre sus capacidades y sus limitaciones. De hecho, la persona no ve límites a sus capacidades. El sujeto, lleno de energía, se atribuye los mayores logros, se siente triunfador, dominador y capaz de grandes realizaciones en un mundo en desarrollo continuo.

En la depresión, por el contrario, la persona no tiene energía, queda como paralizada y se siente desmotivada y débil. Carece de confianza en sí misma y en lo que hace. Tiene muy baja autoestima y pierde completamente la fe en el futuro. Para el deprimido no hay futuro. La atmósfera es lóbrega y tenebrosa. Nada tiene sentido. No hay esperanza. La depresión, sin embargo, puede ser un signo de salud psicológica. Implica transformaciones interiores. Es, de hecho, un proceso necesario para ceñir y limitar la hybris y la desmesura del ego. El comienzo de una depresión es el signo de que el desarrollo previo había excedido su tamaño normal, había perdido contacto con sus límites naturales.

Como Icaro cuyo ascenso al sol fue súbitamente interrumpido por el desprendimiento de las alas al derretirse, por exceso de calor, la cera que las contenía, la depresión es una reacción compensatoria que busca bajar a tierra y limitar el alto vuelo del ego. Las defensas maníacas en contra de la depresión son el aderezo de complicaciones de esta ensalada psicológica. En vez de sentirnos deprimidos y desinflados, nos volvemos hiperactivos, eufóricos. Negamos con mayor énfasis nuestra propia falta de energía. Cuando no aceptamos la depresión, la agresión se dirige al inconsciente acompañada de desvalorización y de impulsos autodestructivos. Compensando la elevada autoestima de la inflación, nos sentimos inferiores y devaludados, pero devaluados a nivel inconsciente.

La inflación económica, y más aún la estanflación, abrigan la misma dinámica. Son janos bifrontes y paradóicos. Por un lado, los precios y el valor nominal de todos los bienes suben, por el otro, el valor de la moneda y el bienestar general de la población bajan. La inflación económica es una inflación psicológica producida por un manejo maníaco en contra de la depresión, donde los sentimientos de devaluación inconsciente de la colectividad son transferidos a la moneda como símbolo de la identidad e integridad de esa sociedad. De ser aceptadas las limitaciones y la desvalorización a nivel consciente, se caería en una franca depresión y recesión, las cuales, a pesar de ser tan negativas, abren la posibilidad de un aprendizaje. Citaremos nuevamente a Elías Canetti por la agudeza de sus comentarios sobre la inflación:

"Ninguna devaluación súbita de la persona es jamás olvidada: es demasiado dolorosa...Pero tampoco la masa como tal olvida su devaluación. La tendencia natural es entonces encontrar algo que valga aún menos que uno mismo, que pueda despreciarse delamismamaneraen que uno mismo fue despreciado ... Lo que se necesita es un proceso dinámico de rebajamiento: es preciso tratar algo de manera que valga cada vez menos, como la unidad monetaria durante la inflación, y este proceso debe continuar hasta que el objeto haya llegado a un estado de

completa ausencia de valor" 11 .

Esta aproximación psicológica a la inflación y a la recesión es relevante para las sociedades latinoamericanas donde los estereotipos autodenigrantes y la desvalorización de la propia imagen conducen a una actitud fatalista con serias consecuencias para el logro de metas y la identidad nacional.

11. CANETTI,Elias. Masa y poder. Alianza Muchnik, Madrid, 1983. Pág. 183.

Cuando reflexionamos sobre las patologías del dinero, podemos entender la preocupación de Aristóteles por la forma en que el dinero se aumentaba a sí mismo por medio de la usura o el interés. La Antigüedad consideró antinatural y peligroso este tipo de autogeneración. También Naopoleón Bonaparte pensaba que si no fuera por las revoluciones y las bancarrotas el continuo crecimiento de ese monstruo llamado interés habría devorado el mundo. El dinero lleva dentro de sí la demanda de más dinero. Cuando un banco presta cien unidades de una moneda, el receptor del préstamo deberá entregar al final del lapso acordado una cantidad mayor a la recibida pesar de originalmente. ¿De dónde sale la diferencia? Ella surge de la utilidad, es el producto añadido del desarrollo y la expansión. Fuera de los casos particulares donde la ganancia de unos es la pérdida de otros, la plusvalía es sólo posible si el sistema monetario global crece incesantemente. Cada año hay más dinero en el mundo. La moneda lleva implícito, como parte es estructural de su naturaleza, un elemento prometeico de crecimiento y expansión. Su forma de funcionamiento exige el crecimietno continuo y sin parada. No hay tiempo para retrocesos y reajustes. No hay espacio para un tempo psíquico acompasado con las lentitudes inconscientes. El sistema monetario exige de sí mismo una expansión infinita. Su único límite es la irracionalidad humana, los pánicos, las bancarrotas y los colapsos.

 

 

 

 


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